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La Poesía de Roberto Echazú

Roberto EchazúLa sal de la tierra (fragmento)
¿Dime padre por qué siempre caminamos ciegos percibiendo apenas la luz en los eriales trasegándonos con los otros muertos volviéndonos fugaces sombras de olvido?

Si ninguna persona es una isla, menos lo es un poeta. Si aún su arte fuera sólo un "grito", siempre él concurrirla a formar la sinfonía de voces que son tierra, cielo, biografías de hombres y de mujeres; y, a través de ellas, mostrará cómo nuestra vida se eleva a contextos de "encuentro/ desencuentro" en amores, ternuras, contemplaciones, agradecimientos y enojos. Sin embargo, otros géneros de arte pueden ocupar tales situaciones y por lo tanto éstas, por sí solas, no connotan un espacio poético. La reflexión moderna sobre lo poético, más que a "efectos de escritura", se refiere al proceso de creación de la misma; si bien las características de la escritura queden siempre no absolutas. El manierismo vació a la poesía por insistir en ese non esencial: en el ritmo, en la métrica y en un desenfrenado simbolismo, que no sabía dónde y qué cobijar. Lo "esencial", al cual aludimos, se ubica entre lo real del poeta y el emerger de la poesía; y por tanto en la mediación entre su "sentir" y "decir". La raíz más originaria de tal conducta es el entender y el explicitar los aconteceres del universo. En ese horizonte se desenlaza la verdad de sus "palabras" que, nacidas de la profundidad existencial, son redención, regeneración y finalmente mesura del "deseo" . Es alli, donde las huellas de una vida precaria logran ser contemplación o denuncia, a veces dramática, de situaciones de vida.

PALABRAS COMO LINEAS DE GRABADO

A estos contenidos de modernidad, la poesía de Roberto Echazú agrega, - a su vez, la particularidad de la escritura, donde los signos que explicitan el "decir", no se reducen a las solas palabras. Si bien la linealidad de su discurso es clara y esencial, él integra el sentido pleno de la comunicación diagramando los varios signos, que se esparcen en la totalidad de la página. Las proporciones de blanco, la verticalidad y horizontalidad del escrito y el nivel de grandeza de las letras están ligados al contexto global, que precisa el sentido de cada parte y del conjunto. Su escritura se hace, por tanto, imagen de grabado y no figura de cuadro. La diferencia, más allá del género pictórico, está en el no-aparecer inmediato del objeto de reflexión que, si bien vislumbrado y querido, emerge no de lo "pensado" sino del andar del canto entre notas y momentos melódicos. En realidad resulta un moverse de una polisemia, que no camina por líneas continuas sino en un proceder de segmentos intra­ lineales, que unen la secuencia de las palabras, del silencio, de los colores y de los espacios anchos, cortos o largos.

Atribuimos a esta escritura del "decir" una pedagogía mayéutica, la cual más que imponer significados los hace encontrar porque anteriormente invocados. La "métrica corta" en realidad forma el canto de la composición. Es un cantus firmus gregoriano, proclamado sin acompañamiento instrumental y al cual es esencial un contexto de vida para elevarse y dar calor a la voz. Por reducido que resulte el espacio de la página, su arquitectura es territorio sacral de catedrales o de Iglesias conventuales. Allí, los universos de las varias significaciones son disciplinados desde la interioridad y desde un referente implícito universal. Por tanto se trata de una escritura que se mueve, delgada y llana, en amplios y cromáticos terrenos del alma y que sustenta el impulso del conjunto poético.

Sin embargo no tenemos derecho a seguir en una comparación religiosa tan fuerte. Para Roberto Echazú la dimensión de la catedral y de la iglesia conventual es horizonte trunco. El es un deshabitado de cualquier casa, que no albergue interrogantes. Así es que todas sus preguntas van hacia el "gran misterio" que, para sustancializar lo bello, lo generoso, lo solidario y lo armónico, debe tener ante todo raíces humanas . Se trata de un más acá, bañado de una "felix culpa" originaria, la cual es rechazo de todo imperativo o Molock solitario y agresivo . Sin embargo desde la misma fuente de "culpa originaria", el Molock se da razones para construir la "historia natural del mal" (E. Mendel).Y la redención de esta última no se hará arrinconándola sino manteniéndola en condición de diálogo. Así, preguntas y respuestas, intrínsecas en el soliloquio de Roberto Echazú, estructuran su poesía en grandes melodías de canto y de contracanto; este último presente como parte meditativa y el primero como filigrana que modula en voz alta el necesario suplemento de interioridad a fin de que la vida no sea para la muerte.

TIERRA Y TERNURA

Los libros de poesías: Morada del olvido (Ed. Quinto Centenario, Madrid, 1990) y La Sal de la tierra (Ed. Talleres del Ministerio de Relaciones Exteriores, La Habana-Cuba, 1992), son en realidad una secuencia, que podemos recibir como una sola obra. Las poesias, de hecho, toman fecha de creación desde 1961. Los editores las declaran "poemas". También nosotros anotamos como muy realística esta denominación. Ellas son las estaciones de la vida del poeta. Allí, nada, si bien ligado a ocasiones, es meramente circunstancial. No obstante, la "palabra escrita" se llevó también a la vida. La pregunta ahora es: ¿Cómo sentimientos de hombre pueden dibujar una grafica de la nostalgia, del dolor y de la alegría? Existe, por lo tanto, una geografía del alma. El concepto de "poema" es precisamente dar nacimiento, territorio, un habla a lo que, si bien generado, adquiere vida autónoma y va a tener su propia trayectoria de cielo. Así, Roberto, más que versos, escritos para nosotros (compañeros de sus orígenes y de su destino) ha escrito himnos al universo. Y el poeta está allí, grande como los sentimientos que colorean el aire, el cual, a su vez, da estatura a su cuerpo y espacio, a su vida; un cuerpo receptáculo y fuente. Así hacer preguntas al universo es, en definitiva, contestar a sí mismo.

Las respuestas son los estados de ánimo, que marcaron los años y el tiempo, donde la juventud quiso desarrollar raíces. Son temas heroicos desuelo, que repiten las vicisitudes del pueblo de Bolivia. El recuerdo surge como voluntad de inserción en la historia. El poema 1879 es precisamente el sufrimiento de una pérdida de territorio. Sin embargo lo que provoca el dolor es la marca de la agresividad en la convivencia de los hombres: así desde la patria como desde la juventud negada. El poder de las cosas humildes y el poder de los poderosos son las alternativas que favorecen o rechazan la posibilidad de "la multitud sonriente". Solamente el aparecer de la Cruz del Sur y la llegada del Pájaro Azul serán calor y vuelta de un mañana diferente. Le sigue Akirame. Fue el tiempo del sacrificio de la sociedad boliviana, invadida por las armas de sus militares. Es un Molock con disculpa patriotica, que esparce imágenes de muerte, de soledad, de ausencia, de sin tierra; una presencia del absurdo como destino inculpado, que permite solo amor frío y cansado, la "inmóvil estancia” no encuentra cantares de gloria. La poesía se hace salmos, nacidos en la esclavitud y proclamados en lamentaciones, ocultas y silenciosas. La escritura surca ahora la página entera como sola posibilidad de denuncia.

Desde allí, el mundo se recrea en lo íntimo, que es la Provincia del Corazón, poemario fechado en 1989. Existen ya las experiencias de la paternidad; y las obligaciones de custodiar la vida. Desde tal condición vuelven las elegías de amores encerrados, pero abiertos a los derechos de los hijos, que deben vivir la vida según sus circunstancias bajo árboles eternos, en los deseos de compartir amores de mujer y de patria. Su momento es la realidad de "Este país-no país" en Ñancahuazú y el recuerdo de "Camina el monte...” en Teoponte, que deben ser meditación sobre el sacrificio de quienes añoraron otros mundos. La Morada del Olvido relata las biografías de personas, que golpearon a la puerta de la casa del poeta: quien vendía cenizas, quien era mozo de bar y quien "Se fue dos veces / por donde vino / una trayendo / la muerte / otra llevando / el olvido". Jorge Zabala es el amigo boliviano, con el cual se pudo compartir ideales; y fue compañero de camino. Con él: "Todo se consume / y sin embargo / todo queda". "Antes te encumbran y después te muerden" son poesías de retrato de los amigos, que han muerto. Son pregunta hechas a la vida, que no reciben contestación. Sólo la memoria de ellos queda presente en los días de Roberto. Sin embargo, la muerte en el mundo está vencida por este retorno a la vida: "La calle / por donde caminaste / para siempre / sigue siendo el patrimonio / de tu heredad / imprescindible y única / libre". La ternura se sustancializa en los rostros de los amigos, que siguen compartiendo quehaceres humanos, y sobre todo en los hijos. Ellos nacieron y entraron en la convivencia humana como flor, movida por el viento del mismo destino. "Sólo Indigencias" es la antecámara poética para cantar a estos brotes de nueva vida, que si bien siempre consoladora, entrará en la morada del olvido. Inmóvil y eterna, ella sigue albergando las preguntas y respuestas de siempre. La última denominación, que es parte del poemario, ha dado nombre al libro.

"La sal de la tierra" es el último libro de poesías de Roberto Echazú. La línea escrita se hace más gracil y vertical sucesión de palabras: más aparece el silencio que la voluntad del decir. El discurso está construido sin causalidad interna, sin títulos y sin puntuaciones superfluas. Los números romanos, que indican las partes y los arábigos, que dan la sucesión de las páginas, son gritos sin nombres y que, sin embargo, son redacciones esenciales de la vida de cada persona. Su grandeza será siempre escrita en la complementariedad con el universo: " ¿Quién / remonta / lo que soy?/ ¿Pobres / parques / del hombre/ o / pobres / aves / del cielo?”

... A LA ORILLA DEL RIO

Los itinerarios interiores de Roberto reflejan los pensativos caminos de su vida. Nacido en Tarija, a la orilla del río Guadalquivir, su poesía: tiene el aliento latinoamericano y del mundo entero. El hombre apisonado por los grandes acontecimientos que han dado muerte a nuestros días, ha llevado consigo mismo las imágenes que cultivaron a su niñez. Todavía, a la orilla del río sigue viviendo el sauce que inclinado, bebe agua de montañas y de planicie; y resplandece: su propio verdor.

Lorenzo Calzavarini

 

 

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