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TARIJA: OCASO DE UNA SOCIEDAD TRADICIONAL

vista antigua de la ciudad de Tarija

1. La ambigua modernidad

Tarija fue ciudad de "frontera" hasta el 1952. La conexión territorial más próxima era con Potosí, a donde llegaban sus productos agrícolas. Ciudad apacible, cerrada entre ríos y cerros, no fue condicionada para afanes de cuartelazos. Llegaban tan sólo sus resultados sin colorear situaciones de sangre. Terminado el auge minero del Altiplano, la ciudad se aventajó por ser el centro urbano más próximo a la Argentina. Nacieron así las grandes casas comerciales que introducían productos al interior del país. La ciudad elaboró su centro simbólico con rasgos de arquitectura francesa, sólida y muy elaborada en espacios de vida familiar y social. La línea férrea de Villazón (1920) y de Yacuiba (1950) debilitó el flujo comercial sin que el volumen agrícola pudiera organizar una estrategia de acción económica. Ni la preparación ni el desarrollo de la guerra del Chaco fueron ocasiones de lanzamiento de un programa en tal sentido.

La sociedad tarijeña de mayor peso se mantuvo en la configuración de los valles, siguiendo los modelos de los asentamientos centrales, lo que significa en organizaciones superpuestas según los “pisos ecológicos” andinos. La parte hacia el Chaco fue contenida por la presencia chiriguana. Allí los asentamientos humanos eran distribuidos según la sucesión de las reducciones misioneras que se extendían marcando una lógica de grandes centros poblacionales sin otras subdivisiones. Más reducciones eran asentadas en subregiones, que juntas representaban la arquitectura territorial "salvaje" de los Chiriguanos y de los Matacos. El resultado era la no dispersión de población. Pero allí también su debilidad ya que dejaba corredores libres (normalmente bosques reservados a la cacería y a la recolección de frutos), que fueron interpretados como terrenos "baldíos". La parte central del departamento (es decir los alrededores de la ciudad de Tarija) se lanzó hacia ellos con programas de conquista, destinándolos a la ganadería. La extensión no favoreció la explotación intensiva, sino provocó el multiplicarse de comunidades muy reducidas en población. La agricultura de subsistencia generalizó una sociedad rural estancada, donde la globalidad se mantenía firme por el movimiento forzoso entre centros intermedios y comunidades periféricas.

Un inicio de innovación se dio con la revolución de 1952. La clase aristocrática de ex-terratenientes se quedó en la ciudad, capitalizando sus mansiones y promoviendo una migración intelectual interna, que rompió el aislacionismo departamental. Asimismo, a raíz de las subdivisiones de las haciendas y de la consecuente parcelación de tierras, se produjo un mercado de productos básicos directamente con la ciudad. Dichos movimientos campesinos se volvieron cabeza de puente por una migración hacia Tarija, estableciendo negocios de venta sobre lo que antes era un simple intercambio o pago de servicios con bienes de naturaleza. El inicio de no-retorno entre campo y ciudad sobrevino en los años 1970.

Las sucesivas migraciones rompieron la lógica tradicional de la ciudad. En el juego entre economías de subsistencia y grandes provisiones de stocks de productos y de utensilios, desde los países vecinos, se estableció un margen muy negativo para las fuerzas laborales. La circulación de la moneda era mantenida con emisiones gubernamentales en pago de los servicios de educación, de salud y públicos, que se mostraron insuficientes respecto al volumen poblacional. La ciudad, bajo la presión del aumento de personas, perdió su carácter de unidad simbólica y de equilibrio humanístico. Desde la centralidad de las plazas (Luis de Fuentes y Sucre), San Francisco y San Roque se pasó al cordón ideal que une el puente San Martín, mercado campesino, cementerio, terminal de buses, mercado central y palacio de justicia. Por la característica de ser éstos sólo puntos comerciales o de deambulación, Tarija no es más una ciudad circunscrita en un territorio establecido. Su periferia es zona abierta, empujada hacia un crecimiento indefinido y abigarrado por la imposibilidad de superar su topografía, marcada por quebradas geológicas.

Una imagen de aglomeración de casas y personas, con preeminencia de actividad de pequeño comercio, es el lenguaje que se ha impuesto en la ciudad. Normalmente tal proceso está definido de "modernización sin modernidad"; y por tanto de desarrollo sin contenidos socio-económicos y calidad de vida, coherentes con las dimensiones del espacio restringido y de la masificación de los individuos (por la necesidad de recurrir a servicios públicos comunes y con continuidad entre sus partes). La desproporción, entre exigencias de vida y la capacidad de sostenerlas, hace que muchos espacios humanos resulten por debajo de niveles admisibles de condiciones de existencia. Sin embargo ¿será posible que un plan de desarrollo urbano haya destruido las realidades que debían sustentarlo? Consideramos nuestra respuesta no comprobable inmediatamente, pero la pensamos capaz de dar explicaciones satisfactorias sobre el conjunto de las contradicciones presentes.

La etapa de modernización es un hito de civilización; y allí los modelos de vida que se incentivan, pueden estar, conscientemente o no, en contraste con el pasado y donde las soluciones previstas resultan generadoras de más problemas. La ciudad hispano-europea encerraba el espacio de la ciudad en las líneas ideales de la verticalidad y de la horizontalidad. En tal modelo global iba encerrándose, en la una y en la otra, planes de comunicación que resultaban ser submodelos de ambientes vitales. De allí la presencia de los barrios, que no articulaban una periferia sino el límite de la ciudad. En tal perspectiva, la ciudad europea podía recostarse sobre un conjunto de cerros, llanuras y ríos, identificando su centro en el cruce de las líneas ideales, donde cada parte tenía lógica a partir de él. Al contrario, la ciudad norteamericana privilegia la horizontalidad constituyéndose como zona de actividad más que de residencia. Así tenemos grandes vías de circulación, rapidez e intensidad en la comunicación, centros económicos muy visibles en el conglomerado y carreteras que la abren a la parte agrícola.

La sobreposición de este modelo urbanístico, a la vez que transforma el centro simbólico en centro comercial, ha puesto en la sombra a los conjuntos de unidad que daban vida a las partes y a la totalidad. La ciudad abierta introduce la provincia Cercado en la articulación de la ciudad misma, engrandeciéndose desproporcionadamente en el departamento. Este efecto de globalización deteriora la visión del departamento. ¿Disconformidad entre los arquitectos urbanos y los analistas socio-económicos del departamento? Estos últimos han programado cuatro polos de desarrollo además de Tarija (Villamontes, Entre Ríos, Yacuiba y Bermejo) que serían ciudades de contextura regional.

2. Crisis del universo religioso en Tarija

Tarija representa, también, un caso típico de una “periferia” eclesial. Fue parte de la creación de la arquidiócesis de Sucre (pasando desde 1807 al 1857 a la diócesis de Salta) y raras veces los obispos de Charcas llegaron a sus tierras. Sin embargo, en el momento colonial, la presencia sacerdotal era reforzada por las órdenes religiosas de los dominicos, agustinos, jesuitas y franciscanos. La organización parroquial se estableció según los ejes andinos en la parte norte; y, al sur, más allá de las inmediaciones de la ciudad, respetando la topografía de los valles. Resultaba una circularidad de pueblos intermedios que fortificaban el concepto de defensa dado a la ciudad. En el conjunto estuvo siempre presente una línea piramidal, articulada desde la ciudad a todo el departamento. En el momento republicano, desaparecidas las otras órdenes religiosas, la estabilidad de la organización eclesial fue mantenida por el convento de San Francisco que, entregado a una extendida e intensa labor misionera en el Chaco, asistía en las regiones centrales a parroquias vacantes y ayudaba a los curas rurales en la multiplicidad de sus oficios.

Su personal religioso, de hecho, estaba subdividido en hermanos estables en las reducciones (parte misional) y hermanos en régimen de vida conventual en la ciudad. Estos últimos totalizaban un grupo de quince a veinte frailes. Se trataba de sacerdotes y legos con diferentes caracteres de vida: profesores, estudiosos, agricultores, párrocos, predicadores e itinerantes en los pueblos vecinos. En los años 1880-1910 absorbieron a un conjunto de obras en Tomayapo, Padcaya, Tolomosa, San Roque, Colegio Antoniano y edición del semanario llamado también El Antoniano . La creación de la Diócesis en 1925 permitió substancializar una acción local más diversificada y dedicada sobre todo a la labor parroquial. En los restringidos límites de la ciudad se incentivaron organizaciones apostólicas, devocionales, congregacionales y de voluntariado. La guerra del Chaco y la post-guerra fueron asumidas con gran espíritu caritativo. En la revolución del 1952 no se produjeron cambios importantes, excepto en las regiones próximas a la ciudad. La relativa diversidad hasta 1975 vivía en las acciones parroquiales y del convento de San Francisco, que lograban ser representativas de los diferentes contextos de vida ciudadana.

La fatiga de establecer un equilibrio, entre las premisas del desborde urbano y la presencia eclesial, fue guiada de forma excelente por el sacerdote carmelita P. Bartolomé Attard, quién incentivó infraestructuras residenciales, de salud y de vida apostólica. La parte educativa se centró siempre en el Colegio Antoniano que competía con el colegio fiscal San Luis; asimismo la edición de La Hoja Dominical era incentivo para la formación litúrgica, que desde el templo iba a los hogares. La ruptura se produjo nuevamente en la década del 80 cuando el centro perdía el control del ensanche de la ciudad hacía los barrios periféricos y la campiña aledaña. En tal visión se reformuló el territorio parroquial, creando las parroquias de Fátima (1975), de San Francisco (1975) y de Juan XXIII (1987). Se invitó también a religiosas para la educación y la asistencia a personas desamparadas. Un punto emblemático de esas dramáticas decisiones de ampliación de acciones fue la pérdida que se produjo en el convento de San Francisco. Esta institución, ligada a la orden del Santo de Asís, expresaba conjuntamente dimensiones civiles y religiosas. En el camino de su historia había reclutado testimonios, culturales, literarios y teológicos sobre el formarse y desarrollarse de la sociedad en el sur de Bolivia. El conjunto documental, encerrado en sus muros, tenía repercusión en el Colegio Antoniano. Profesores y alumnos (y otras agrupaciones colaterales) formaban una institución educativa, ligada a la idealidad de una interpretación tarijeña de la historia en el concierto de nación boliviana.

La percepción era la de un centro católico de muchas facetas y acciones que, por su proximidad a las plazas centrales, a la catedral y al templo de San Francisco, mantenía un discurso a lo ancho y a lo largo de la ciudad. Absorbía a deberes de escolaridad y formación de movimientos apostólicos laicales. Tal núcleo de iniciativas, después de un siglo de vida, ha quedado roto con la cesión del colegio, cuyo nombre fue cambiado de "Antoniano" a "La Salle", canalizándolo ahora decididamente a la educación privada y separándolo de las preocupaciones eclesiales. Del conjunto de formación artística, intelectual y espiritual propio de la historia de Tarija, quedó sólo el afán del profesionalismo. Según la perspectiva de análisis que nos mueve, podemos concluir que el Colegio Antoniano sustentaba un equilibrio entre las venas de pertenencia y de institucionalidad eclesial. Trasladando este discurso a nivel de calidad de la intelectualidad tarijeña, debemos afirmar que esta decisión correspondió al ocaso de la gran literatura de la ciudad: poesía, narrativa y documentación histórica. Los nombres estelares de Campero Echazú, Oscar Alfaro, Varas Reyes, Rodo Pantoja, O'Connor d'Arlach, Sánchez Rossel, Federico Avila, Torrejón Cardozo combinaban con hombres de acción: Isaac Attie, P. Esteban Migliacci, P. Ignacio Copedé, Alberto Baldivieso, Jorge Araoz Campero, Jorge Paz Rojas, Rafael Camponovo y otros.

 

Lorenzo Calzavarini
Centro Eclesial de Documentación
Tarija, diciembre de 1996

 

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