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El viento de las hojas
Espacios y signos poéticos de Roberto Echazú

atardecer en los valles de TarijaNada más sabroso que leer poesía en pruebas de edición; al mismo tiempo, nada más gratificante que haberlas recibido de manos de su autor, que te invita a ser compañero de camino. Aquellas, luego, serán libro que sobrevivirá, separándose del destino del poeta. Se lanzará, con su autonomía, en el mar de los deseos y necesidades espirituales de los lectores. ¿Un porvenir en lo incógnito? Así es. Y el considerarte a ti, enterado de antemano, es precisamente la intriga de la complicidad a la cual estás librado.

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Tal ha sido mi situación, acertadamente prefigurada, al recibir a Roberto Echazú (él es el poeta) en el Centro Eclesial de Documentación. Con la sencillez, que le es natural, hacía correr las páginas frente a mis ojos. Ningún comentario previo; sólo el entusiasmo, que conoce la larga y lenta fatiga de haber querido dar lo mejor de sí mismo. Se trata de 107 folios, donde en cada uno de ellos se dibuja una sutil columna de escritura (similar a su hilo de voz), que sobresalía en la blancura del papel bond. La timidez de Roberto se teñía de señorío en el rubor de su rostro. Tácitamente argumentaba las razones, que esclarecían las condiciones de aquel contrato inicial de complicidad y que asumían su plenitud en la gratuidad de la firma.

Roberto salía después, contraído en su cuerpo y saludando respetuosamente a medio mundo, mientras yo volvía a la soledad de mi escritorio. Una voluntad oculta me prohibía bajar la mano de saludo hacia él, alta y sostenida, por el nuevo céfiro que entraba en el conjunto documental de los grandes pensadores de Bolivia. El embriagarse de aquellos versos fue acción casi mecánica. Leí hasta cerrar las últimas páginas, resistiéndome a la voluptuosidad de adueñarme de lo que no podía ser "mío". Sobresalía en toda palabra, en toda separación de línea y en todo signo del texto, el lirismo que alumbraba espacios de ensueño, que añoré aunque jamás fueron huellas en el recorrido de mi vida.

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El texto dibujaba el enigma, que colorea la dimensión de su realidad. Inscripciones es el título general. Página tras página tejían notas de diferentes intensidades rítmicas. La primera se denomina "Sal de la tierra". Era el inicio del sentir, luego que la vida había creado el compromiso y capacidad de provocar el ensanchamiento de sí misma. Corren las inscripciones en la naturaleza, en el cuerpo de una mujer, en el resultado de las caricias inolvidables y que sucesivamente serán magisterio pedagógico. Lo imprescindible de toda vida es el evocar nuestras raíces, que se vuelven raíces de otros.

"Camino y Cal" (la segunda intensidad rítmica) es la contemplación de frutos que, si bien nuevos, no abandonan los caminos antiguos. Ellos son viejos sólo por cantar melodías de ocaso. Su dignidad queda, sin embargo, en la propensión a ser preguntas a las huellas que dejamos "... en esta cuesta / interminable / que es la muerte" (Roberto Echazú). El "camino" es la aventura y la "cal" sus marcas. Siguiendo a éstas, lo enigmático se hace condición de ser hijos de nuestro hijos, amigos de nuestras amistades, pecadores de nuestros pecados y diversamente vivientes por haber surgido en el salto entre la muerte y la vida.

Finalmente, en el epitafio de las "Inscripciones" (que además del título, es la última intensidad rítmica), por añoranza de inicio, todo se vuelve contemporáneo: somos el presente de un pasado que será futuro para los que vendrán. La invocación, o el nivel máximo de la paternidad, es el círculo terminal de la telaraña de una oración silenciosa. Solamente quien conoce las intersecciones entre gestos y palabras podrá decodificar la significación de las inscripciones. A ellas se llegará por caminos de misericordia; lo contrario, será precisamente la no-misericordia que llevará al no-sentido de la muerte.

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Hasta ahora hemos puesto atención sobre todo a los temas, que son las vertebraciones de la poética de Inscripciones. Ellas llevan el verde a la totalidad del árbol y a las hojas, dando a cada cual su forma y ser. Sin embargo, los versos de Roberto Echazú se niegan a las grandes visiones; delimitan siempre espacios cortos y cerrados en secuencia de instantes, que son las ocasiones de la vida. Por eso, su escritura, frágil y delgada, acepta sólo puntuaciones finales: ) discurso intercalado para dar lugar a suspiros? La poesía de Roberto renuncia a toda conmiseración sobre sí mismo. El retrata, más bien, la valentía del herido, al cual da tiempo y espacio, y ambos transcurren al unísono como lugar e historia de vicisitudes.

El árbol se hace, en tal sentido, alegoría de raíces humanas nacidas en el terruño chapaco. Pero aún están presentes las disimilitudes, que no se encuentran en la unidad de la planta sino en la diversidad de las hojas: ) dónde la inculcada universalidad y eternidad de los cantos? Están en el viento de las hojas, deshabitadas de totalidad y parte del movimiento. Así resulta que eternidad y movimiento, universalidad y residencia, son polos de una mutua relación. La alegoría vegetal ahora es página de vida del poeta. Van las hojas en el remolino del viento (los versos), dibujando el blancor del papel (tiempo y espacio) que, por ser sustento de los unos y del otro, es realidad universal y eterna.

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Las tres reparticiones de Inscripciones no prefiguran continuidad. Son estancias diferentes que, si bien tejidas por iguales cantares, connotan pluralidad en la receptividad y en los ecos que de ella salen. Son secuencias que se cruzan a merced del viento. Las principales, son la dimensión cósmica (diagramada entre árboles, estrellas, días, jardines e hijos); la dimensión humana, que es la circularidad de padre, madre e hijos; y la del alma que encuentra silencio, paternidad, calor y desamparo. Parece, sin embargo, que el deternerse solamente en líneas de lectura horizontal no lleva a dar sentido pleno a la condición del mundo. El misterio del hombre vislumbra raíces lejanas y, no por eso, diferentes en cada uno de nosotros, y así será también para los que vendrán. La unidad de la historia del mundo la encontramos en el necesario "suplemento de vida", que ha sido y es fatiga de búsqueda de sentido para cada persona.

Desde lo inconcluso se articulan las temáticas de la verticalidad que son trayectorias terapéuticas de curación humana y espiritual. Lo de abajo que se abraza con lo de arriba en la dimensión de la esencialidad de la vida: paternidad y maternidad en el tiempo que se redimen en sí mismos para ser eternidad.

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Los símbolos que condensan tal camino (y los senderos de intercomunicación) son la misericordia, la ternura, el regazo y la invocación. Ellos son los sacramentos para aceptar la sorpresa de Dios, que es la instancia primera y última de nuestra existencia. Su rostro está oculto, indecible e inconocible por que es "Persona" nunca conquistada. El calor de su vecindad, es coraje de pregunta a sí mismo y a la vida.

Lorenzo Calzavarini

Centro Eclesial de Documentación, Tarija, 5 de Abril de 1997.

 

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