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COPACABANA EN TARIJA
(Crisis y modernización en los Andes)

Los Andes y lo andino 

Pintura rupestre en TarijaNo existe un corazón geográfico de los Andes. Si bien se dan diferencias de ecosistemas, lo que domina son los espacios, los cielos, los colores entre ambos, y finalmente la superficie del silencio, que alivia cualquier aspereza. Sobre tal contexto, la diversidad está marcada por la presencia del hombre, que ha dominado a lo imposible, otorgando un “nombre” a aquellas inmensidades. La división de las poblaciones en ayllus era para tender sobre los Andes una cartografía de comunicación. Así el antropomorfismo era referencia al cuerpo humano y el zoomorfismo al de los animales para indicar una lógica del andar; resultaba fácil orientarse desde la cabeza para ir al pie o a una tetilla.

A tal sucesión micro se enlazaba la comprensión macro, que nacía cuando la entidad de “ciudad-estado” se cambió en imperial. En ese momento las denominaciones indicaban los caminos de conjunción entre los ayllus; llegaron a ser los caminos reales a lo largo de los cuales se extendían los tambos. De los Andes geográficos, pasamos así al atributo de andino donde geografía, costumbres y vivencias encierran el vuelco, que desde las raíces biológicas y cósmicas conduce al destino propio, expresado por la lógica simbólica.

El marco existencial de tal juego resulta que cada punto ahora es centralidad, que reverbera una periferia antropológica. Es dimensión de perspectiva axiológica de los valores en las relaciones humanas, que desde el interior del ayllu surge al ecumenismo de las relaciones externas al mismo. Los éxitos de tal operación, eminentemente política, no resultarían sin la inserción del contra-poder religioso: sublimar la posible coerción en términos de adhesión. Así el santuario nunca se establecerá en el lugar de las decisiones; se ubicará casi siempre en las zonas de límites o de confines. El concepto de destino, sin embargo, no podrá leerse en una morfología indiferenciada. El “corazón” (“ombligo” o “centro del mundo”) es indicación aglutinadora, donde se dan copresencias de elementos y totalidad.

Los símbolos, que expresan de forma más apropiada a lo andino, son la cruz y el signo “escalonado”. El primero es la cuatripartición del régimen político que, desde la organización tiwanacota, pasará al incario, y el segundo indicaba la dimensión de los intercambios económicos que unían horizontalmente a los “pisos ecológicos”. Con tal definición se entendía (por J. Murra, que fue su inventor) la manera de conquistar a los Andes según la especificación de sus cultivos, que evidentemente corresponden a los niveles de altura del mar. La parte más alta era ocupada por las papas, la mediana por los cereales y la baja por las frutas. Los tiempos de producción simultánea van precisamente desde Junio a Diciembre que son los meses dedicados a la Virgen y a los Santos “distribuidores”. El rol de las fiestas sigue a los pisos ecológicos: locales serán las que interesan a un único “piso” y las regionales las que relacionan más ayllus.

Por tal circularidad de intercambios, cada fiesta es “mercado”, donde el valor del “trueque” otorgaba antiguamente características de solidaridad. De esa forma el signo “escalonado” de Tiwanacu se vuelve símbolo impregnado de “serpiente” como unión del agua que desde lo alto corre a las zonas bajas. Lo importante es remarcar que un corte de agua significa muerte para el “piso” correspondiente y los demás porque rompe la circularidad de los productos. Asimismo la serpiente (ella misma retranscrita en postura escalonada) es representación de ese destino por un corte que se le provoque en cualquier parte de su cuerpo.

Copacabana en Tarija

Templo en el altiplano de TarijaLas fiestas católicas han conservado los caminos y la distribución, que tenían en los Andes. Nuestra afirmación, sin embargo, es válida si ponemos en relación la Fe y la cultura, donde la última es mediación de la primera. Por tanto, la asunción de los signos incluyó una transformación de significados, centrados en las nuevas creencias. De allí que los símbolos andinos permanecieron. La cruz fue fácilmente integrada como signo de redención y la serpiente (en su postura “escalonada”: lugar de la Pachamama por ser fértil) aplicada a la Virgen como imagen de la Nueva Eva que mató a la antigua serpiente bíblica.

Finalmente debemos encontrar la razón del nombre de “Copacabana” en Tarija. Seguramente fue por lógica de similitudes con el entorno de Taxara donde sus lagunas se asemejan al lago Titicaca. Copacabana de Tarija está ubicada en el último reservorio de aguas hacia Villazón. Entre aguas y paja brava aparecen los “arenales”, que remiten específicamente a la topografía de Oruro. Ofrecen una imagen de destrucción y de angustia en el universo pastoril – agrícola. Por tanto, una línea acuática une idealmente Taxara al Titicaca, pasando por Oruro; y tal línea es surcada por Tunupa, el dios del rayo, que en la confrontación con las nuevas deidades asume características negativas. A él atribuimos lo que la mitología del lugar da como desavenencias suyas. Había un “pueblo viejo” actualmente residente bajo las aguas. Y así en las noches a los viajeros llegan los tañidos de las campanas, que comentan tal destino.

Tunupa, el dios del agua y como todo dios andino es, a la vez, bueno y malo. Sin embargo, lo que desbarató a Tunupa fue una historia antigua (antes de la era cristiana). El, hijo de Dios, rechazó adorar a la “huaca” de Copacabana, descrita como estatua azulada, con cabeza de mujer y cuerpo pisciforme. La Virgen María tenía en el marco de las semblanzas femeninas las razones para la victoria. El entorno mitológico del Titicaca cuenta que el cuerpo de Tunupa fue puesto en una balsa que, pasando por el río Desaguadero, continuó hasta el lago Poopó. La transformación cristiana mantendrá la oposición “hombre/mujer”, identificando a la Virgen con el agua (agua: signo también de la fertilidad) y a Tunupa, como siervo de la misma, siendo el Santo que salva de las aguas en las semblanzas de San Cristóbal.

Tal conjunto cristiano pudo llegar a Tarija por obra de los frailes dominicos. Ellos fueron los constructores del primer templo en honor a la Virgen de Copacabana, que debieron abandonar por orden del Virrey Francisco de Toledo. Sin embargo, ellos acompañaron a Luis de Fuentes a Tarija; y es posible argüir que, sobre las bases mitológicas y geográficas del Titicaca y de Copacabana se animaran a la creación de otro santuario cristiano. Se dirá también que Taxara, por la presencia del agua, era paso obligatorio para llegar a los valles de Tarija. Por información de Carlos Methfessel, experto en arte rupestre del Departamento de Tarija, sabemos que caminos llameros se dan de Copacabana hacia Camacho y de Pasajes a Pino, que seguramente guiaron a los hispanos a nuestra ciudad. El mismo informante denomina a tales redes de comunicación como “caminos de la sal”, que conectaban a las regiones altas del salar de Uyuni con los valles bajos. Otra razón de intercambio entre los “pisos ecológicos” anotados, habría sido el maíz. La primera laguna, respecto a Taxara, se denomina Pujsara, que en quechua significa “ocho maíces”.

La Virgen de la Candelaria: la fiesta en Copacabana de 1998.

Llegamos a Copacabana a las 8:30 Hrs de la mañana. El Altiplano vivía las profundidades de su ser andino. Su antigüedad relucía en los elementos de la naturaleza simplificándose en el azul del cielo y en los colores fuertes de las mantas y polleras de las mujeres. Los últimos campesinos siguen llevando los productos agrícolas y animales. Pero, no existen las actitudes de la solidaridad y del andar juntos. Se esperan camiones que abultan la carga con más pasajeros y más animales. El coche corre en la ruta, marcada por las señalizaciones en piedra, que indican presencia de comunidades más dentro. A ellas se llega por humildes senderos. La relativa lejanía se explica por la necesidad de disponer de extensas zonas de pastoreo.

Copacabana nos aparece rodeada de camiones y de coches. A horas 9.30, todo funciona en el mercado y en las calles. Se ofrece ropa, animales, frutas y comidas. La transformación comercial ha quitado el rostro humano al conjunto. Se percibe signos de prestigio, alegrías de encuentros con conocidos, intenciones de resolver necesidades familiares y de trabajo. El gran parlante de la plaza humilla a la capilla, que está delante. Es construcción de adobes y de arquitectura tradicional de los Andes. Delimita un espacio sacro: atrio, puerta central con arcos y el templo mismo. Su historia puedo leerla en las imágenes: la Candelaria, la Dolorosa; y las urnas con San Antonio y San Cristóbal. Las pocas velas son suficientes para mostrar líneas artísticas de las postrimerías del 700.

Sombras oscuras, sin embargo, surcan las figuras de los santos por la desorganización arquitectónica del espacio sacro. Lo mismo resulta en la triangulación externa entre agua, arenales y capilla. Solamente el catequista pone el interrogante del avanzar de los arenales, indicándolos desde el punto de residencia de la estatua de la Virgen. La debilidad litúrgica muestra que las razones antiguas no están en el corazón de los feligreses. Su angustia se resuelve en el pedido de servicios sacramentales. También la procesión con la Virgen es desatenta a las aguas, a los arenales y al pueblo mismo, pues se fue rodeando sólo la cuadra donde se ubica la capilla.

Dos realidades articulan las horas y las acciones de las personas: el mercado y la feria. La última connotación ha encerrado la dimensión de la fiesta. La población “flotante”, respecto a todas las significaciones sacras, está representada por los jóvenes. Sobresalen deseos de encuentros cuando grupos de jovencitas dan con ellos. Por un buen tiempo dura el juego. Pero, los gestos no corresponden a la dignidad de proyecto de vida. Además el tipo de saludo los esclarece como no residentes habituales de las comunidades altas. La vestimenta los hace urbanos y, por tanto, en trayectorias de migración.

Nos encontramos en un toldo improvisado para el almuerzo. Fue una hora fatal de desencuentro con la fiesta, que no surgía. La feria ganaba en el desorden, en la desarticulación de los gestos, en la falta de representaciones familiares, en los ruidos de los parlantes que engrandecían la voz de una grabadora. De cuando en cuando, desde una puerta entreabierta salían los gemidos de la caña y de la caja. Me faltó el coraje de encontrarme con aquel rostro.

Un deseo de descanso me encerró nuevamente en el coche. Poco antes, para vivir un concepto de “trueque” moderno había comprado queso, que resultó muy caro; asimismo me había acercado a una canasta por la cual no hubo ningún trato. ¿Cómo explicar tales contradicciones? La pérdida de la dimensión simbólica impedía el desenlace de las demás significaciones. Y nunca tanto ruido tuvo tantas razones para encubrir la oscuridad de las motivaciones, donde humanidad andina y Catolicismo quedaban lejos de aquella agrupación de personas. El sueño fue corto y sin reposo. Volvimos y sólo el ardor de la tarde nos acompañó hasta Tarija.

Tarija, 6 de Febrero de 1998.

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

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