sello
logo CED
Centro Eclesial de Documentación
Convento Franciscano de Tarija
sello
Inicio | Centro Eclesial de Documentación | Artículos | Ebooks | Artículos Cántaro
Documento sin título
 

SEMIOLOGIA ARQUITECTONICA: EL CONVENTO SAN FRANCISCO
EN LA CIUDAD DE TARIJA

vista del convento franciscano desde la calle La MadridQuienes bordean los cuatro lados del Convento de San Francisco quedan seguramente sorprendidos por las proporciones de la construcción. El convento ocupa una clásica cuadra: al sud, la calle La Madrid; al este, la Colón; al norte, la Ingavi; y, al oeste, la calle Campos. Tan sólo la intersección entre La Madrid y Campos da la sensación de una dimensión sacral por la presencia de la Basílica homónima. Sin embargo, ninguna persona percibe la unidad conventual por las muchas puertas de entrada y salida, que llevan a actividades diferentes: Fachada del templo y Parroquia (lado meridional); Museo, Librería y Comedor de los pobres (naciente); Puerta central (norte); el Centro Eclesial de Documentación y pared izquierda de la basílica (poniente).

La connotación de actividades apostólicas, las cuales han obligado a una refacción de los muros, no salva la relación originaria entre templo y complejo conventual. Tal dicotomía incluye aún a los actores de “adentro” y a los observadores de “afuera”, ambos lanzados a una vida de destino precario y devaluada en sus raíces por el proceso de modernización de la ciudad.

Como luna menguante .

Está suficientemente probado que Tarija nació para articular un contexto de hábitats, ya consolidados entre pueblos originarios e hispanos. Por tanto, la ciudad adquirió rápidamente los aspectos de la dimensión urbana; lo que significa en coordinación territorial (Cinti, Yunchará, Concepción, Padcaya y Entre Ríos), en dimensión de sociedad agrícola y en una economía de intercambios cercanos y lejanos.

La legitimación de su fundación residía también en una razón de defensa contra los Chiriguanos. En tal perspectiva su ventaja, respecto al poblado de San Lorenzo (Tarija La Vieja), fue determinante por su ubicación no muy cercana a la corona de los cerros de la Cuesta de Sama y más próxima a los diversos poblados. Entonces su residencia primera fue enlace vertical entre la Loma de San Juan y la Plaza Uriondo. El resultado inmediato era el control del río Guadalquivir, la altura de la Loma como defensa y la Plaza Uriondo como desarrollo de las actividades civiles y de comunicación. El molino, a su vez, era el lugar de las reuniones de trabajo y desde él corrían las acequias hacia los solares.

Tal era el núcleo inicial Tarija, que incluía el inmediato desarrollo de la ciudad. Para vislumbrar este último aspecto, debemos detenernos en la sucesión de la construcción de los templos, que eran reparticiones de población y elementos significativos de la arquitectura global. Unían, por tanto, las características sacrales y las referencias ideológicas del imponerse de la nueva sociedad. Así fue su sucesión: Santo Domingo, nacido con la fundación de Tarija y ubicado en la Plaza Uriondo; San Agustín (año 1588) en el actual mercado central; el convento San Francisco (año 1604) en el lugar que ocupa actualmente; la Iglesia Matriz (año?) en el lugar que hoy ocupa el Comité Cívico en la Plaza Luis de Fuentes; San Juan de Dios donde se encuentra el Hogar Moisés Navajas; y la Compañía (año 1670), que es la actual Catedral.

Lo que queremos subrayar es la vertebración armónica de la arquitectura que el conjunto recibía precisamente desde los templos. Tomaremos como elemento de proporciones el espacio de San Francisco. El está situado en la parte opuesta a la Loma de San Juan, en una línea diagonal ideal, que sería la hipotenusa de una doble triangulación: Loma de San Juan, Plaza Luis de Fuentes y San Francisco; y la otra: Loma de San Juan, San Roque y San Francisco. Repetición similar se daba entre la Loma de San Juan, la Plaza Central y la playa del río Guadalquivir.

Por las subdivisiones anotadas, la organización de Tarija correspondía precisamente a una luna menguante, tendida en la sucesión de los “ceque” (repartición de unidades triangulares), que tienen su ángulo de inicio en la Loma de San Juan y van desanudándose desde San Roque hasta el Río Guadalquivir. Valga el parangón con la arquitectura del Cuzco en su subdivisión circular y en las reparticiones de los “ceque”, que tenían un punto angular de encuentro en el Coricancha. Tarija ha seguido el mismo esquema ideal, realizándolo en su mitad.

Tal similitud arquitectónica mostraría que el inconsciente colectivo se mantenía vigente en los espacios andinos y que la participación de los pueblos originarios fue efectiva en la construcción de la ciudad. La señalización de “tambos” en la región y su denominación según la nomenclatura de los Andes, muestra también que la influencia tiahuanacota e incaica estaba presente en los cerros altos y bajos. El desarrollo de las dos plazas: La del Rey (hoy, Uriondo) y la Plaza Común (hoy, Luis de Fuentes) connotarían tal presencia en la arquitectura; la primera con características señoriales hispanas y la segunda de dimensiones populares a partir de lo más autóctono.

El sincretismo chapaco se inició, por tanto, en la composición de la ciudad: circular por su relación con el Cuzco y en extensión por cuadras según la tradición hispana.

Los Franciscanos en el destino de Tarija

Sacerdotes en el antiguo corredor del convento franciscano de Tarija, actual calle ColónLa fundación del convento de San Francisco se hizo a petición de la población de la ciudad. Se debe aclarar que las órdenes religiosas, en aquel tiempo, no eran tan sólo agrupaciones espirituales alrededor de un “fundador”, sino corrientes eclesiales y formas ideológicas de la sociedad. Lo que se apreciaba de los Franciscanos era la ligazón con las venas populares y su ser misioneros. Tal itinerancia era comparable tan sólo con la de los Padres Jesuitas. Las otras órdenes podríamos definirlas “residentes”. Así los Franciscanos llegan cuando Tarija toma posturas efectivas de apertura hacia los territorios colindantes. Las proyecciones más inciertas eran las del Chaco. Y, en el año de 1616, daban ya hacia Salinas.

Otra característica de la vivencia franciscana era su espíritu de pobreza. En tal sentido no está permitido a la orden el vivir con rentas. Los hermanos, ni por concepto de apostolado, debían tener sueldo fijo. De allí la pelea con el mismo Virrey Francisco de Toledo por no querer percibir ingresos gubernamentales en razón de ser responsables de “doctrinas de indios”. La resolución de no manejar dineros se solventaba con un administrador civil (síndico apostólico), que resolvía las necesidades de la comunidad. Así es que los emolumentos para las misiones eran recibidos para los indios y las entidades eclesiales correspondientes. El vivir sin trabajo remunerado volcaba un concepto de “Providencia” en la huerta.

Así los conventos se fundaban en los límites de las ciudades. Allí era posible concebir un sustento desde la caridad de los feligreses y usufructuar precisamente de la huerta, que resolvía los problemas del comedor. Por tales razones, el convento de Tarija ocupaba el solar que iba desde la Plaza Sucre (antes: San Francisco) hasta la calle Bolívar y en la línea oeste-este desde la calle Campos (antes: Santa Bárbara) hasta la Suipacha.

Los cronistas conventuales afirman asimismo la presencia de una abundante acequia que pasaba por la actual calle Ingavi (que en esa época no existía). Todo lo indicado determinaba una subsistencia agrícola suficientemente segura. El concepto de convento integraba también los espacios de oración, de trabajo manual e intelectual, de convivencia entre hermanos y las relaciones con personas, que mantenían un afán de apostolado con el convento. Tres ítems de ocupaciones eran incluidos en la organización del día: oficio divino (en el coro), parte litúrgica (en el Templo), trabajos manuales (en las oficinas) e intelectuales (en la Biblioteca y celdas privadas).

En tal correr de las horas, los objetivos fundamentales eran la labor apostólica “afuera” y la vida comunitaria “adentro”. Esta última se cumplía en el Templo, trabajo y estudio. Sin embargo, el “afuera” estaba contemplado como presencia conventual por la connotación misionera (cuyos polos de acción quedaban territorialmente lejos). Por tanto, la arquitectura conventual (en la plenitud del accionar de los Franciscanos en Tarija) ocupaba tres claustros: el primero era lugar de vivienda de los hermanos con celdas, comedor, biblioteca y templo; el segundo con las dependencias (depósitos, gallineros, corral, carpintería, panadería, peluquería, herrería y lavandería); y el tercero con alojamientos para los neófitos. En tal contexto, la huerta era la compenetración de todo: tierra, templo y viviendas formaban, en suma, las unidades principales, que articulaban el conjunto conventual.

El inicio del convento no fue precisamente así, si bien todos los elementos arquitectónicos estaban presentes. Existía la capilla, cuatro celdas, la huerta (donde no se podía controlar la acequia) y una pequeña biblioteca. Y, hasta el año 1755, parece que el régimen de la pobreza era imperante. En el año indicado, al convento de San Francisco fue adjuntado el Colegio de Propaganda Fide con el título de “Santa María de los Angeles”. Las construcciones actuales del comedor, biblioteca, archivo, enfermería y nave central del templo son de aquellos años. En la reconstrucción del convento no debe olvidarse una dimensión artística. Se debe entender por ella un factor estético, de intelectualidad y de espiritualidad. Tales aspectos, juntamente con el apostolado misionero, integraban psicológicamente la vida célibe, pobre e itinerante de los hermanos (explicitada en su dimensión religiosa en los votos de castidad, obediencia y pobreza).

También la fundación del Colegio de Propaganda Fide en Tarija (en lugar de Chuquisaca, como pretendía la Audiencia) fue una decisión espiritual: vivir en los centros de poder favorece honores, pero no recogimiento y preparación misionera (P. Mingo de la Concepción). Así pensamos que la “apacible ciudad” de los cronistas conventuales marcaba sobre todo un sentimiento de paz, quietud y de acogida por parte de la ciudad de Tarija para con los Franciscanos.

Los claroscuros de la medialuna.

Vista del convento franciscano de Taria desde la calle ColónEl Colegio de Propaganda Fide fue quien trajo a Tarija un volumen de acciones diversas: la consolidación del territorio departamental por el caminar de sus misioneros, el acercamiento de los territorios alejados a la convivencia con la ciudad, el control de las informaciones y de la opinión pública y una economía de innovaciones agrícolas. El convento finalmente se ponía como espacio cultural e intelectual con su biblioteca, con la llegada de nuevos misioneros europeos, latinoamericanos y bolivianos.

La vertebración con la ciudad era intensa también por la presencia de los hermanos legos, que iban de casa en casa por limosnas. Asimismo la unidad de las reducciones chiriguanas fomentaron la regionalización chaqueña y el juego económico con ella. Los padres franciscanos, sea por las ayudas gubernamentales, sea por iniciativas de bienhechores favorecían el traslado de recursos desde los “fieles” a los “infieles” y viceversa. Cabe destacar que en los avatares de las guerras de la Independencia el recinto conventual fue respetado en su totalidad. Salieron los hermanos, quedando sólo cuatro para su custodia. Afirma el P. Gerardo Maldini que no se produjeron hechos lamentables por decisión de Uriondo, cuya madre era terciaria franciscana.

Se entiende así cómo, a los tres días de haber sido creado el Departamento de Tarija, el 27 Septiembre de 1831, se decidiera la reapertura del Colegio de Propaganda Fide. Con el nuevo régimen de autoridades, Tarija adquiría decididamente nuevos rumbos históricos. A partir de allí reelabora su configuración arquitectónica, centralizándola en la Plaza Luis de Fuentes. Edificios para las autoridades, oficinas de servicios y elementos de prestigio coordinan otra viabilidad ciudadana y trasforman las necesidades de la vida civil en oportunidades de explotación urbana. La figura de la “luna menguante” pasa a la de “medialuna” incluyendo el posterior avance hacia la circularidad en las diagonales del cementerio, Hospital San Juan de Dios en la Avda. Potosí, la universidad y la calle Cochabamba. La línea religiosa ideal se substancializa ahora entre la Loma de San Juan y San Francisco. Así, después de haber construido el Lazareto (año de 1858), entre 1865 y 1872 se amplió el templo a las tres naves actuales.

Ya en 1884, el cronista P. Corrado escribía que “Tarija no era la pequeña villa del Corregimiento de Chichas; ...era una ciudad capital de Departamento.” Tal contexto urbanizado conllevaba a conformar también una centralidad ideológica, que en su oposición más grande correspondía a la lucha entre universo “laico” y universo “religioso”. El convento asumía el conflicto especializando sus actividades y volcándolas de “adentro” para “afuera”: el Colegio Antoniano, las Obras Antonianas y el periódico El Antoniano (y otras revistas de formación espiritual). Eran los liberales los que llevaban la contra, lanzados desde los años de los comienzos del siglo en caminos secularizantes de la sociedad. Sin embargo, la oposición católica se aglutinaba alrededor del convento, que obraba con el “brazo secular” de la Tercera Orden Franciscana.

Y, por la centralidad adquirida, el convento tuvo que pagar su tributo a la nueva organización de la ciudad, sacrificando precisamente sus huertas y claustros. A cambio, enaltecía su primacía intelectual a través del Colegio Antoniano y compartía la importancia de la proximidad del Palacio de Justicia. La triangulación fundamental era el Palacio de Justicia, el Mercado Central y el convento San Francisco. También la Plaza Luis de Fuentes se oscurece al perder las características populares, transformándose en lugar de servicios exclusivos (bancos y acciones burocráticas estatales). El lugar de diversiones parece ir hacia la Plaza Sucre, más central a la ampliación de la ciudad y con connotaciones de sociedad pequeño-burguesa.

Enaltecer un centro para ampliar una periferia

En pocas décadas la ciudad ha confundido su semiología arquitectónica clásica. El centro simbólico ha sido desgarrado en una sucesión de calles y de residencias sin aspectos urbanísticos. De la ciudad, que se complementaba en “centros” repetitivos, se ha pasado al anonimato del conjunto por la concentración de comercios y bancos en lo que era antes espacio de vivencia ciudadana. Los centros civiles y religiosos han sido humillados por la privatización de lo público. El “destruir para reconstruir” requiere de un plan de costos a recuperarse con proyectos de inversión de largo alcance; y ésto impone el control de la economía sobre la política, obligando también a inversiones sobre la calidad de vida (ampliación de la educación privada).

La explotación del territorio urbano tiene su fuerza en la estructura comunicacional del espacio. El modelo actual parece extenderse en sucesión continua desde un centro hacia la coordenadas locales y nacionales. Están excluidas las intersecciones de barrios como dimensiones de vida ciudadana; así hemos pasado de la arquitectura circular a la lineal, estableciendo dicotomías que no podrán ser resueltas. El concepto de doble casa (ciudad y campo) corresponde a niveles de prestigio pero también a la esclavitud que grupos económicos imponen en la construcción/destrucción de la ciudad.

Finalmente no disponemos más de dimensiones humanísticas. La Loma de San Juan no guarda su unidad con la Plaza Uriondo y menos es lugar de raíces ciudadanas por haber sido transformada en cruce vehicular. Lo mismo pasa con el convento de San Francisco que es “parada de los micros para San Jacinto y otros”.

Siguiendo en nuestra perspectiva de análisis, se llega a dictaminar la “tugurización” arquitectónica del centro histórico de Tarija o su inversión comercial a través de la explotación urbana. ¿Una patología inscrita en la misma arquitectura de la ciudad?

El anonimato social es para los científicos la fuente de toda agresividad: familiar, pública y personal. Más todavía cuando tal situación se desarrolla en contextos que no invitan a significaciones nobles de la vida. Reducir el complejo conventual de San Francisco a un mero hecho de viabilidad y no a un punto de reflexión, es matar las vivencias religiosas y civiles que enaltecieron a la ciudad de Tarija. Con tal humillación opacamos las huellas históricas, encerradas en su museo; quitamos el honor a los personajes y vicisitudes de nuestros pueblos originarios, documentado en el archivo; reducimos el esfuerzo de la inteligencia de la vida, vislumbrado en las tres bibliotecas; y finalmente cortamos la posible comprensión entre raíces y destino desligándonos del templo.

¿La patología no será también el fetichismo de la novedad? La estética global de Tarija reposa en los paisajes, en la vida simple y digna, y en la convivencia social sonriente. Y sus construcciones de adobes y tabiques han permitido que cada cual tuviera su techo. Cambiarla es querer otra cosa. Y, entonces, ¿por qué no se fueron con sus vidrios esmerilados a vivir más allá del aeropuerto? En su tiempo, también Cochabamba construyó puentes sobre el río Rocha; y las propuestas de ahora son las de hacerlo desaparecer bajo una avenida. ¿Un sauce llorón salvará al Guadalquivir?

Tarija, 17 de febrero de 1998

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

logo centro eclesial de documentación
Centro Eclesial de Documentación
e-mail: ced@franciscanosdetarija.com
teléfono/fax: 00591-4-6644909
Tarija-Bolivia