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La modernidad en los cantares de Octavio Campero Echazú

La valentía de la poesía

Nada más incoherente en la lectura de Octavio Campero Echazú que colorearla de sentimentalismos, si bien debemos asumir que el lirismo de sus versos se apoya siempre en lo sensitivo del alma. En este aspecto, colocamos la modernidad de su poesía, a veces cargada de melancolía y a veces de alegría por la conquista de aventuras, pero siempre meditativa y nunca embriagada por las meras circunstancias de la vida. De cualquier forma, su obra jamás redacta suspiros momentáneos sino cantares que tejen situaciones que involucran la integridad de la personalidad humana.

Resultaría, por tanto, ambiguo un discurso que quisiera interpretarl e (psicoanalíticamente hablando) desde un concepto de "pulsiones", que repone toda explicación vivencial en lo biológico. Más bien, el espectro de las imágenes poéticas vivifica la parte "instintual" del quehacer humano, uniendo destinos de cuerpo y de alma. Sin tomar en cuenta afirmaciones intermedias, podemos definir la personalidad de Octavio Campero Echazú como de lucha entre instinto de vida e instinto de muerte (Freud), sabiendo post factum que la victoria correspondió al primero.

La modernidad que él introduce es la fidelidad al juego psicológico, que supera los canales de la angustia introvertida para ponerse decididamente en la valentía de atacar cualquier elemento, gesto y dicho que pudieran ser ofensa a lo bello, lo estético y lo creativo de nuestros deseos. Su modernidad finalmente expresa muchas facetas de antimodernismo hacia las cuales parecen agruparse varias fuerzas de las civilizaciones de hoy. Rescatar el juego profundo de los sentires, en su interacción con la tierra, el cielo y las personas, seguramente representa el coraje de su escritura poética. Si no hubiera sido tal, sea por don natural, sea por oportunidades de formación, otros caminos habría escogido Octavio para afianzar lo bueno, lo correcto y lo saludable de la vida individual y colectiva.

Finalmente Campero Echazú se formó como hombre de leyes, pero cuya práctica no habría podido ser educativa o pedagógica. Lo esencial comunicativo, en sus tiempos, era la escritura; y su vocación personal lo llevó a la poesía. En el campo literario de entonces también imperaba la novela, género que exige siempre una temática en la que el cuadro de referencia es de aceptación o de rechazo de modelos de vida. La ideología de Octavio Campero no fue precisamente la de legitimar soluciones sino la de inculcar sabores de vida, por los cuales, bajo cualquier sol o desavenencia, el individuo fuera capaz de asumir su destino. Sus afanes educativos son la trama de su dimensión poética, que se transformó pronto en ética de enseñanza.

Su palabra, bien calibrada y de gran propiedad, creció entre muros domésticos. Seguramente la he rencia literaria de su padre -reconocido poeta-, que dejó huérfano a Octavio a la edad de un año (pues había nacido el 21 de Noviembre de 1900), fue mantenida viva en la familia, descendiente además del marqués de Tojo. El joven Octavio se inició en las primeras letras en la ciudad de Tarija en forma autodidacta (afirmación de su esposa, la señora Delia Zabalaga), siguiendo, luego, estudios de derecho en la universidad de San Francisco Javier de Sucre. Su vocación pedagógica empezó siendo todavía estudiante cuando asumió la cátedra de filosofía del derecho en la misma universidad y de literatura en la Normal, que ya se imponía como escuela para formación de profesores. Esta queda todavía hoy en día como el único lugar de profesionalización específica en la carrera de filosofía y letras bolivianas.

Volviendo a Tarija, ingresó en el Colegio Nacional San Luis, que fue su vida y en el cual ejerció por largos años como director. Sus estudiantes (testimonio del Dr. Carlos Avila Claure) recuerdan aún ahora sus clases del buen decir castellano y el énfasis que daba a la lectura de los textos literarios. Seguramente, en el afán de asegurar interés y amor a la literatura, él dio estructura de "canto" a sus poesías. Sin embargo, no podemos atenernos a las solas razones de tipo escolar, ya que sustituyó en la materia de literatura, por necesidad o invitación del titular, que era el prof. Pablo Colodro Robles. Su dimensión pedagógica y educativa se amplió siempre a la ciudadanía, local y universal, como aporte a la creación de una opinión pública diferente. Así también él no se concibió a sí mismo como escritor profesional. La sucesión alterna y distanciada de sus obras lo califica más bien como cantor de "tierra adentro"; desde allí salía en largos tiempos para indicar caminos, ya prefigurados y vencidos en su espíritu.

Varios títulos describen la trayectoria de su obra. El primero es la producción en situación estudiantil, definido como Arias sentimentales (año 1918), al cual no atribuyó valor de espacio poético. Por tal razón, siempre Carlos Ávila, discípulo y editor de las Obras Completas de Octavio Campero Echazú (Ed. Luis de Fuentes, Tarija, 1995), no lo incluyó en ellas. Siguen después, se paradas siempre por décadas, las páginas que veneramos: Amancayas (1942); Voces (1950); Al borde de la sombra (1963) y Aroma de otro tiempo (1971). El último libro es obra póstuma, pues él murió el 5 de Julio de 1970.

Benevolencia y fatigas de amigos dieron vida a otro grupo de poesías, ya editadas de Octavio Campero, con el título de Poemas en 1958. Encontrándose incomunicado en sus tierras de San Juan del Oro y no sabiendo del Concurso Nacional de Poesía, lanzado por la Alcaldía de La Paz, sin poder consultarlo, los amigos seleccionaron cantares de nuestro autor enviándolos, luego, al jurado calificador. Los pocos ejemplares no justificaron una reedición, si bien está anotada como tal por algunos críticos. Más allá de la simpática anécdota, Octavio Campero siempre dedicó sus poesías a amigos. Desde sus nombres, entendemos que una corriente de afinidad unió a los intelectuales más destacados de ese tiempo y que sobre la base de sus quehaceres ha surgido la generación de jóvenes artistas: pintores, escritores, poetas y músicos de hoy.

Un puente o varios puentes se establecieron entre ambos polos. En vida de Octavio Campero Echazú existió el grupo "Fraternidad", formado por personas que se reunían mensualmente alrededor de un tema artístico, musical o de conversaciones estéticas. Posteriormente, a iniciativa del Arq. Carlos Torri, Director de la Casa de la Cultura, se organizó las "Octaviadas", veladas musicales en honor de dos grandes amigos y exponentes de la cultura de Tarija: Octavio Campero Echazú y Octavio O'Connor d'Arlach. Su actividad era sólo musical con programación de conciertos o videos. La connotación musical correspondía precisamente a Campero Echazú, quien en su sensibilidad artística juvenil incursionó hasta en la composición melódica, la que mereció el respeto de don Mario Estenssoro, componente del Jurado del Premio Chopín en Varsovia (Polonia) en 1975.

La poesía como espejo de la
condición existencial

No hay duda que para ser universales necesitamos un territorio, una cultura y una sociedad que nos acoja e identifique. Tal conjunto fue para Octavio Campero el universo chapaco o tierras de Tarija. Por tal relación su voz artística logro reconocimiento desde su propia ciudad, del gobierno central y autoridades intelectuales de Bolivia, llegando hasta las Filipinas. En estas islas, fue calificado por un jurado internacional como el "poeta de la naturaleza". El título que más le otorgó la crítica del país fue el de "poeta de las églogas" como cantor de la vida agrete. Seguramente sus composiciones cubren largos momentos bucólicos, pero no hay que confundir les como exclusión de la ciudad.

Lo que él anotó fue la “ternura” y el “placer”, que son realidad y provocación desde los árboles, el agua, la mujer, el cielo, la casa, los hijos, la fiesta y los amigos que lo llevaron a aventuras interiores. Allí, raíces de vida y de destino gozan de perfección a medida que se desarrollan y se llenan de los encuentros con los "otros". Octavio Campero Echazú, en suma, cultivó siempre las sorpresas de la comunicación humana, hecha de cosas, de visiones, de intereses y de contactos. Los elementos permanentes son a su vez precarios; el valor del individuo es complementar tales aspectos y mantenerlos intactos en el caminar de los días.

Lo que nos ha dado Octavio es la conjunción de los dos, redactándoles como dimensión de vida interior, donde está enraizada la razón del ser de ambos. Podemos entender el por qué él mismo se afanó en hacer desaparecer su obra juvenil (a los 17 años). Parece que la consideró prueba de escritura poética. Don Carlos Ávila nos dice que ensayó hasta el soneto. Una explicación, más acorde con su psicología, nos lleva a pensar que tal desafecto le fue originado por lo que un joven pueda fácilmente atenerse a lo precario y abandonarse a la codificación social de los sentimientos. Queda evidentemente la pena de no haber podido consultar los retoños que se hicieron después ramas de un gran árbol. Sus poemas, si bien escrito en tiempos alternos, mantienen siempre la unidad temática y pueden ser considerados como "tiempos de su vida".

Empieza con Amancayas, obra editada en Sucre con los auspicios de la "Biblioteca Universitaria de San Francisco Javier: serie poética" (Tipografía Salesiana, Sucre, 1942). Sin duda es la obra fundamental, donde juegan de manera sincrónica todos los niveles de la transformación de una existencia en vida de un hombre con nombre y apellido específico. Que el título haga referencia a la azucena (que incluye a su vez otras flores) y no a una tentativa de definición para vislumbrar algún acontecimiento, es indicativo para entender la fuente de su inspiración, que fue el correr de la vida misma.

En su poesía él nunca recurre a la imaginación, sino más propia­ mente a la historiación de sí, desarrollando las connotaciones simbólicas de la "ternura" y del "placer. Su parnaso no fue un lugar ideal o fuga de lo cotidiano; fue su ambiente y circunstancias reales de vida. Los grandes temas que surgen como pilares solitarios o a veces mezclados entre sí, son manifestaciones de di ferentes existencias: las plantas, el agua, los elementos siderales, los cantares populares, los instrumentos musicales, los animales y los olores, contextualizados siempre al universo chapaco. ¿Hubieran podido darse tales aconteceres en regiones fuera de Tarija?. Si se dieron ellos habrían sido muy disímiles.

Pueden subsistir, sin embargo biografías personales que reproducen una estructura parecida de acciones; y éstas son precisamente el mensaje de Octavio Campero, donde la diferencia apoya la universalidad de la condición humana. Su biografía hace resaltar cantares de un individuo que vivió la vida de todos. Concierta citas de amores, encuentra desengaños de afectividad, convoca a la fiesta, identifica lugares donde la vida es deseos y melancolía, modulada siempre por el viento, agua, cielo y tierra que son los orfebres de los sentimientos ocultos.

La siguiente obra de Octavio sale en el año 1950, titulada Voces. Nosotros consultamos su segunda edición (Ed. Universitaria, Tarija, 1960). Voces es sólo ternura de quien conoce los quehaceres humanos y donde el camino escogido no da espacio a tentaciones, que puedan llevarlo más allá de él. Las sorpresas lo han llevado a “tierra incógnita”. El es ya “poeta, tierra adentro, por los caminos del sol". Los sentidos están dominados por las responsabilidades que han surgido desde la vida. Se comentan o lloran vicisitudes, pero más es la reflexión sobre la fatiga a través de la cual se ha logrado domesticidad. Allí se cantan raíces de tierra, dimensiones de fe, herencias poéticas, quehaceres de la vida y remembranzas de mujeres, que fueron y son su madre y su esposa.

La tercera obra es Al borde de la sombra (Ed. Universitaria, Tarija 1963). Son los sentimientos que se han purificado con el paso de los días y están ligados a los que él descubre permanentemente en el devenir. Las “sombras” del ocaso se acercan y los pensamientos van a lo esencial de las cosas y de los gestos. Fe, nostalgia y aceptación de vicisitudes consolidan la filigrana de la vida que fue siempre abierta desde la "orilla", de la cual se procede, a la otra, que es nuestro destino ("Dios nos acoja en su orilla"). La vida es río donde cada uno de nosotros ha tenido salvación o estancamiento según la interioridad que ha construido. Ella es terrenal y rellena de espiritualidad a medida que muestra humanidad ha luchado entre sentidos huecos o sabrosos; luego, queda la escenificación última que es la capacidad de mantener luces frente a la oscuridad de la muerte.

Obra póstuma es Aroma de otro tiempo (Ed. Universitaria, Tarija, 1971). No se trata de recopilación de manuscritos. Si bien son cantares repetidos anteriormente, ellos son ahora recuerdo de una sensibilidad que todavía subsiste con el paso de los años. Los versos, sin embargo, están teñidos por la previsión de las separaciones. Lucidez y disposición al alejamiento terrenal agradecen a la vida. Su síntesis (última pieza poética, titulada Un aire de golondrinas), es una sucesión de cantares de un único himno poético subdividido por numeración romana. El abandono de los aconteci mientos de la vida y el otro encuentro con el amigo son el "adiós" de sus versos extremos:

Y adiós, ahora.

¡Voy a dormirme, Guido!

La vida más allá del cuadro
pictórico

La poesía reposa sobre las figuras literarias de la alegoría y la metáfora. La primera es núcleo generativo de refiguraciones, que elevan lo particular o específico a las generalizaciones incluidas en el discurso; la segunda tiene su valor en la capacidad de deslizar un mensaje donde un significado remite a otro. Así el "dormir" de los versos arriba citados, va directamente a la tradición cristiana que lo asimiló a la "no muerte" y a la situación de paso a otra vida. Evidentemente en este caso se da la doble connotación de la muerte como hecho físico y la muerte como realidad espiritual. Es el texto literario el que precisa la significación apropiada.

Tal operación de escritura resulta relativamente fácil a Octavio Campero. Sus poesías son relatos de cuadros pictóricos donde el sabor de las palabras está transformado en colores. En ellos él logra la profundidad de la perspectiva haciendo operativas dos líneas semánticas: la una que es el texto global y la otra ligada a las intercalaciones de los versos. La interconexión entre alegoría y metáfora que estructuran los significados particulares (alegoría) y los significados abiertos a realidades simbólicas más amplias (metáfora), hace que la polisemia nunca origine una confusión de sentidos.

Evidentemente tal procedimiento resultaría de imposible composición si el poeta no tuviera la capacidad de proponer siempre un discurso "cálido", que introduzca al lector en su simpatía. Así resulta que las temáticas de Octavio Campero van por los caminos de la experiencia de todos nosotros, sacando palabras que son memoria de cada uno: el len guaje del territorio, de los sentimientos, de las aspiraciones, de lo doméstico y del futuro. La biografía posible, que el lector se construye, se da por la relación de variadas líneas en las que cada cual reconstruye la propia. La de Octavio la hemos definido como diagramación entre "ternura" y "placer": La ternura como contemplación de las cosas y las vicisitudes humanas; y el placer como fruición que de ellas deriva. Por tanto la relación entre el poeta y el lector es esencialmente un diálogo de complicidad, construido sobre las palabras que son del repertorio común.

Ateniéndonos a Obras completas, entre las que Amancayas, Voces y Al borde de la sombra son ediciones controladas por el autor, se da la articulación de cuadros de vida que describimos a continuación. El procedimiento empleado para su análisis es de metodología estadística: contar las frecuencias temáticas más recurrentes en sus versos. Se manifiestan los universos preferenciales según las prioridades que describiremos. Primero es lo biográfico que se encarna siempre en las vivencias chapacas (su naturaleza, su teología, la vida agreste, vicisitudes del campo), matizadas y acompañadas por connotaciones de música, fiestas, estaciones, amores y afectos familiares. Algo de reflexión, que corta el andar descriptivo de los versos es el pensamiento entre vida y muerte, amor y amor sin afectividad y lo terrenal sin perspectivas de "cielo y tierra nuevas" anunciadas por Jesús de Nazaret (tema que ligamos al de la Fe).

Debemos aclarar que el lenguaje de inspiración de Campero Echazú, no es ni científico ni de intelectualidad moderna, sino de fuente que desglosa sobre todo la herencia del pensamiento popular, tal cual la reci­ bió de la tradición chapaca. Siendo Octavio profundamente humanista no juzgó adecuado alejarse del sentir del hombre común. Importante le resultó dar razones de vida que fueron la ternura y el placer.

La acción educativa y pedagógica que remueve su biografía va entre pasado y futuro para evaluar positivamente su presente. La línea de una reflexión pesimista le resulta imposible por el instinto de la ternura. De allí brota el tema naturalístico que va paralelo al correr de la vida y de las sorpresas que nacen en ella. Las fiestas, el contexto chapaco, la afectividad (otro tema) son suplemento del alma que desborda la psicología individual para complementarla en el destino colectivo. El placer nació de otro camino que fue precisamente su nivel estético y simbólico que lo llevaron a la sublimación psicológica de la tierra como "madre", de Dios como "paternidad" y del vivir en solidaridad como propuesta de destino. Emblemática resulta su dimensión de Fe que apoya sobre evocaciones bíblicas y el universo católico popular. Para romper la inteligencia racionalizadora y secularizante (aspectos que hacen antimoderna la poesía de Octavio Campero Echazú), la "ternura" y el "placer" se intercalan entre sí en la dimensión sensual, connotada siempre por intimidades, sugerencias de la naturaleza y por situaciones agrestes en las que la vida muere y renace. Por esto canta a las estaciones, a las estrellas, a su llanto frente a la naturaleza que niega sus frutos. Los amores domésticos nunca son directos; la casa era su ambiente de vida y recinto venerado por sentimientos diferentes: esposa, hijos y amigos.

El himno a la naturaleza se refiere siempre al universo chapaco (cuarto tema de preferencia) que incluye faenas agrícolas, personas, modales de vida, horizontes y sens itividad de lo cercano. Sin embargo su alma bucólica trasciende a los aspectos de la naturaleza y no es ajena a un sentido trágico de la vida (un tema más de su poesía). En tales intersticios de "ternura" y "placer" se diagrama también su dimensión de Fe (vena presente en todos los temas) que, quedando silente, se esparce como admiración de lo bello. Su alma pensativa seguramente no recurría a la invocación sino a la comprensión del transcurrir de los días, ante todo basada en las grandes fiestas católicas y en el devocionario popular. En este último, él encontró satisfacción psicológica en cuanto ligado a los sentimientos ocultos y que manifiestan lo espiritual de las cosas y de nuestras acciones. Su poesía "Adoro a Dios" más que un canto es una regeneración de la vida que no puede morir.

A manera de conclusión

Si nos es permitido poner punto final a lo que no se debería hacer, cerramos con una última reflexión: las estrechas relaciones entre la copla chapaca y los cantares de Oc tavio Campero Echazú. La principal está en la espontaneidad de los versos y el ágil moverse de las representaciones poéticas. Otra es la vena de "ternura" y "placer", que pasa del canto intercalado entre lo femenino y lo masculino al coro de la vida. Y finalmente el uso de la metáfora que remite siempre a nupcias, donde se conjugan existencia y vida.

Y para interpretarlo globalmente ¿no habrá sido el universo chapaco de Octavio Campero una gran metáfora para indicar orígenes, destino y muerte?. Seguramente el limitado recurso del habla dialectal se dio cuando el desenlace entre éstos se hizo más dramático. En todos los casos se trata siempre de un amor femenino herido que tuvo raí ces sin coherencia de destino; y donde el llanto de la víctima señala a quien lo provocó (confrontar en los poemas: Bajo el churqui grande, La creciente. Lluro roto y ¡Vos me darís otro!) . Hacemos presente que nuestra lectura de Octavio Campero Echazú no habría sido posible sin la guía de la Prof. Zoila Espinosa de Valenzuela y del Dr. Carlos Ávila.

Tarija, 22 de julio de 1998

P. Lorenzo Calzavarini
Director Centro Eclesial de Documentación

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