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IMAGENES DE LA MEMORIA
(Exposición pictórica de René Subelza, Tarija, noviembre-1999)

Es raro que un pintor redacte en el catálogo de sus obras su propia autobiografía. La intencionalidad fue seguramente la de guiar en la lectura de los mismos cuadros, que representan momentos pasados y espacios ecológicos, ahora inexistentes en la ciudad de Tarija. Por tanto, se trata de un recorrido en el tiempo que fue, y en el cual todo ciudadano debería reconocer su ausencia. Evidentemente la insistencia de paisajes y rostros “antiguos” conlleva a una sutil línea de añoranza y de disconformidad con el concepto urbanístico actual.

El problema de la interpretación pictórica y estética, sin embargo, se complica por disponer precisamente de una doble redacción “oficializada”: la redacción escrita y la redacción pictórica. La primera se mueve en sucesión continua, en la que la “memoria” está sacrificada por la lógica de la sintaxis  y de la conexión propia del escribir; la segunda, al contrario, es sucesión discontinua, donde el cuadro es un todo, que une en un espacio limitado el decir y el sentir. La complementariedad de las dos se salva por ser enraizada  en la redacción de un único autor que quiso decir lo mismo de manera diferente. Así es que el texto escrito resulta ser una historiación personal, mientras que los cuadros son momentos de la “memoria”, que visualiza a sí misma.    

Los dos textos relatan las vicisitudes, que corresponden a la biografía de René Subelza. Todos sabemos que nominar padre, madre, vecinos de casa, escuela y amistades es reverberación de universos de infancia, de placeres inocentes y, sobre todo, intento de devolver a la vida sus propias raíces. Y, lo que la palabra escrita afirma, el cuadro pictórico matiza, haciendo que las tantas biografías que rodeaban al niño y al adolescente conformen una biografía colectiva de lo que era periferia de un centro apacible (las plazas Sucre, Luis de Fuentes de Tarija y calles adyacentes). Todo esto define lo que los psicólogos interpretan como emergencia desde el subconsciente, en  el que la “memoria” colorea simpatías, agradecimientos a personas, crónicas de pasos que tuvieron fin y deseos que fueron truncados por la fatalidad del descontrol en el crecimiento de la ciudad. La nota biografica, escrita por Subelza, nos revela que desde la Capilla de San Juan hasta las Barrancas, era ambiente de verdes huertas, de senderos obscuros y acequias surcadas por estrechos puentes de palo.

El concepto de periferia rellena lo que definimos confines entre ciudad y campo, que siempre fueron lugares de mercado para caminantes. Sobre esta base ha nacido el Mercado Campesino actual, que ha ocupado el espacio de entonces. Sin embargo, hoy, tal lugar no es sólo espacio de intercambio de bienes sino conjunto urbanístico, que ha sido comercializado, anulando lo sencillo y lo cálido de las relaciones humanas anteriores: La especulación urbanística ha puesto a lo antiguo en venta, cambiando un lugar de vida en lugar de contratación (de compra y venta de productos).

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Sólo un pintor podía provocar la añoranza de haber podido ser nosotros diferentes de lo que somos; y su revancha es devolvernos el “decir” y el “sentir” de lo que fuimos. La insistencia en los paisajes y en los rostros de personas une el universo natural con el universo humano. En ambos, las huellas del recuerdo conforman identidades, marcadas por las relaciones que interconectan animales, árboles, plazas, techos, cocineras, lugares de venta y rostros de personas; el todo en perspectiva de ambiente vivencial.

Por esto, los colores, generalmente cálidos, subdividen el cuadro en puntos de  movimiento ad intra, que trasforman al pintor en observador ad extra de los mismos. Por tal magia de reminiscencia, la pintura de René no tiene sujeto personal; él redacta el simbolismo del cada día, que esparce en el cuadro y que por ser vivencial, resulta como el más realístico. Sólo la técnica de la acuarela, que disuelve los colores y los sobrepone no tanto en la paleta sino en el lienzo, manifiesta el juego propiamente pictórico entre sombras y luces en un continuo que va desde la intensidad al diluirse de ella.

El efecto estético surge de la condición onírica, que vive lo bello como espacio de placer, que la fuerza cromática focaliza en una sensación de remembranza. Entre recuerdos y simulaciones de los hechos se desarrolla la luz interior del cuadro, que es dimensión psicológica de la infancia y juventud de René Subelza. En la misma dinámica, pero ya en proceso de elaboración fantástica, están las imágenes que el niño elabora por ser alejadas de su control. Así las grandes murallas de arcilla, que rodean Tarija, se yerguen frente a su memoria como castillos que tocan el cielo; y la fuerza de la lluvia, que es huracán, en contra de las corredizas aguas del río, que son plácidos lugares de juego.

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Lo dificil es establecer un inicio artístico para René Subelza. Lo mismo lo pensamos con relación a Oscar Alandia Pantoja, Octavio Campero Echazú, Oscar Alfaro y Roberto Echazú; más sustantiva ha sido la trayectoria musical. Una explicación de la explosión artística, que se dio en los años setenta, la encontramos en lo tupido del sentimiento chapaco, que tiene su  manifestación más noble en la copla y el contrapunto. Tal subsuelo generoso retomó efervescencia en el proceso de modernización de Tarija, cuando los riesgos de las alternativas sociales  y culturales ponían en peligro las raíces humanísticas de tal historia.

Un comienzo común a todos los artistas de Tarija  fue  la lectura enarbolada por Octavio Campero Echazú y profundizada, en su marco de pensamiento, por Oscar Alfaro. La escuela de Bellas Artes corroboró para la perfección de un concepto estético con contactos nacionales e internacionales. Los profesores de aquel Ateneo “profesionalizaron” a los jóvenes artistas. Así la poesía de Oscar Alfaro se prolongó en las novedades de Roberto Echazú en cuanto a poética, y  los Cuentos Chapacos fueron herencia para René Subelza.

Oscar Alfaro, si bien con gran capacidad de versificación, no improvisaba sus mensajes artísticos ni le era tan natural el realismo fantástico, que se le puede atribuir. La pluma para él era pincel de sentimientos que tenían raíces en la experiencia chapaca y que recogía en sus andares entre San Lorenzo y Tarija. Oscar fue escritor de terruño como René de su narración en colores. Tal secuencia estética chapaca es puntual en el encanto evocativo de Roberto Echazú:

Capillas 
El eterno perfume   
de las flores

Hemos unidos tres nombres: Oscar Alfaro, Roberto Echazú y René Subelza. En la modernidad artística de Tarija, ellos son iniciadores de lo que  no tuvieron: una escuela (sin pretensión alguna de su parte). Sin embargo, raíces y retoños llaman siempre a un destino. Volvemos nuevamente a la imagen familiar en las tierras chapacas: un sauce a las orillas de un río, donde recuerdo y sensación generan biografías de olvido. Espacio y tiempo, plantados en circunstancias de vida como añoranza soleada por lo bello.                       

Lorenzo Calzavarini

Tarija, 30 de noviembre de 1999

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