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AVILA CLAURE CARLOS Y  FERNANDO ARDUZ RUIZ: VIGIAS
DE LO RECONDITO DE TARIJA

El futuro que volvió

“Cántaro”, suplemento cultural de El País, ha marcado la última década de nuestra vida. Siempre hemos sido lectores de obras clásicas y de textos científicos. Lejos de nosotros el pensar que pocas páginas hubieran podido deleitar el espíritu. A pesar de ello, por deberes académicos, estuvimos atentos a Revistas y Suplementos sobre problemáticas políticas, económicas y culturales, buscando lo “no-dicho” de vivencias de humanidad allí donde, por escritura de generalidades o vivisecciones, los rostros de la gente aparecen descoloridos y sin capacidad de redención. La solución era otorgarles un “añadido” de análisis introduciéndolo a lo que el autor quería condenar o amar. Internacionales o nacionales, tales páginas eran secuencias sin raíces.

La llegada a Tarija, en Diciembre de 1993, obedecía a la ansiedad de un retorno, que no había tenido arribo.  Se entiende que un franciscano de la Provincia de Florencia, en los años de 1973, tenía destino boliviano en Tarija o en el Chaco. Aquella posibilidad se realizó después de veinte años de residencia en la llajta de Cochabamba. Por el conocimiento de la documentación del Sur de Bolivia, incluida en el archivo franciscano de Florencia, Tarija y sus tierras nos parecieron, en los años de joven sacerdote, ambientes de profunda riqueza histórica y cultural. Luego, los estudios en las Universidades de Roma, Lovaina y Urbino consolidaron la decisión. En Bolivia, ligado a la Universidad de San Simón de Cochabamba, que fue larga experiencia de estudios antropológicos andinos, en el momento de la jubilación pudimos pensar en un regreso real a lo que había sido encuentro, programado en forma ideal anteriormente. La conclusión de la larga espera fue que llegamos a Tarija sin alforja franciscana y con un camión de libros, que hoy forman la biblioteca del Centro Eclesial de Documentación.

Tales decisiones, nuestras y de los superiores, obedecían al proyecto de complementar la documentación existente en el Convento de San Francisco y a un destino de investigaciones de archivista. Pensábamos combinar la soledad intelectual con la actividad de sacerdote, que nos habría salvado de toda frustración de comunicación humana. Debemos el inicio de escritor en Tarija a la presentación del libro La Duda (Ed. UAJMS, Tarija, 1993) del Dr. Edmundo Torrejón Jurado. La interpretación, que dimos en clave de análisis lingüístico, resultó interesante a nuestros auditores, lo que nos abrió las puertas para otras presentaciones de obras literarias.

Nuestro ingreso a las colaboraciones en “Cántaro” se debió seguramente a aquella primera prueba. Después de tal inicio, sin embargo, fue otra cosa. Pasamos a charlas con su fundador y actual director el Dr. Carlos Avila Claure y  con su co-fundador,  Prof.  Fernando Arduz Ruiz. Raramente se piensa que un literato y un  artista puedan lograr espacios similares de intelectualidad, y más aún que se unieran a ellos los intereses de un antropólogo. Así fue; y ahora podemos agradecer sus benevolencias y bondades.

Don Carlos Avila Claure: poeta de raíces y de destinos 

Con Don Carlitos, así nombrado por todo el mundo, cultivamos desde aquellos inicios conversaciones diarias, que duran el espacio de un café, un cigarrillo y cortos momentos de intercambio de ideas sobre literatura tarijeña; otros temas son  recuerdos de tiempos antiguos o razones que implican crecimiento y malestares socio-culturales actuales. ¿Amplitud de horizontes o demasía de intereses humanísticos? No precisamente. Don Carlitos es hombre de raíces por lo cual el hablar no es discontinuo. Ha sido siempre educador (Colegios y Vicerrectorado en la UAJMS); ha asumido también responsabilidades ciudadanas: fue alcalde de Tarija y la Provincia Cercado en momentos de transición de poderes.

La gratitud que más lo consuela es la simpatía de los tantos ex-alumnos, ahora profesionales, que alegran sus canas con recuerdos de la formación, recibida en su juventud. “Cántaro”, a nuestro parecer, es una lógica ampliación de tal ministerio pedagógico. Sin embargo, los conceptos de “raíces y destinos” los justificamos a partir de su libro Voz entrañable (Ed. Corporación Regional de Tarija, Tarija, 1981). Voz entrañable es el legado del hombre que ofrece frutos sabrosos de experiencias de vida. En efecto, las páginas plasman una biografía donde “raíces y destinos” están ligados  por la pulcritud  interior. El lirismo de los versos se desarrolla al compás de las remembranzas sorpresivas que fueron largas meditaciones, las cuales construyeron su universo subjetivo.  ¿Una secuencia sintagmática de realidades contemplativas, que la sintaxis de la vida ha unido? Escuchemos: 

“Urgencia de cielo
en las puntas  de los álamos
mecidos por la brisa
y el viejo molle
languideciendo
tras su acecho de mil albas
junto a los frescos aleros
de la vieja casona.”

Hemos citado versos de una de las pocas estrofas, que pueden memorizarse. Por el proceder meditativo y el cuadro contemplativo del universo estético, la poesía de Don Carlos es lectura silenciosa (por ser versos de “sentires” desde el silencio). Su realidad brota del titilar de las resonancias verbales que son luces de sensaciones corporales, visiones de nacer y morir de la naturaleza, empalmes de vida y fascinaciones de ternura.

Los días de Don Carlitos transcurrieron desde una juventud pensativa que se ha lanzado limpiamente hacia un destino de donación, que culminó en la paternidad y en la labor pedagógica. Una rara y sutil filigrana de atenciones circunscribe las incertidumbres de lo imprevisto juvenil, que puede dejar huellas de heridas. En la multiplicidad de las temáticas, los versos siguen métricas diferentes. Lo meditativo camina siempre en líneas largas como insistencia de invocaciones de plenitud, mientras que  lo contemplativo se lanza libre y rápido sobre lo recóndito de la memoria. Asimismo, en esta última postura artística, pueden leerse sus fotografías. Son instantáneas cotidianas, donde la plasticidad  de los personajes o elementos (¿no será el cielo, más que coreografía, una dimensión personalizada de nuestra existencia?) está  elevada a pensamiento metafísico de relatos de vida.

El libro, para ofrecer a los lectores niveles de análisis de realidades tarijeñas, contiene asimismo páginas en prosa. Ahora, gramática y sintaxis se mueven en lógica cerrada de externalizaciones (si bien siempre de albores subjetivos) como reflexiones de un ciudadano, amante de su tierra. ¿No será nuestra vida tal juego estético que combina lo real con lo imaginario, ambos  unidos por el deseo de “ser sí mismos” para “otros”?

Prof. Fernando Arduz: notas de ensueño

El Prof. Fernando Arduz Ruiz vive la pesada vida del artista de nuestro medio. Con él podemos hablar de música sólo en horas nocturnas, lo que significa después de las diez de la noche. Llega a la biblioteca con Janeth, su esposa, que es también artista. Se da, si bien con marcados silencios de Janeth, un diálogo de tres. Las intervenciones de la señora son normalmente  precisiones de fechas de conciertos y ediciones. Entiendo que se trata de una historia musical, nacida en el calor doméstico ya que los hijos son, además, intérpretes  de  las obras del padre.

Nuestro primer encuentro de colaboración con Fernando Arduz, se realizó en  lo que se tradujo en un cassette: Celebramos la Eucaristía: meditaciones y cantos (Grabación Estudios Grata, Tarija, 1996). Escribimos los textos que Fernando ha extendido en  canto. La escucha nos hizo vislumbrar: lo que resultaba indecible en palabras, las notas lo resucitaron. Nuestro mundo subjetivo resultó en sintonía con movimientos melódicos chapacos, que Fernando supo rescatar y adaptar a las vivencias de los misterios de la Fe del pueblo del cual soy sacerdote. Nunca he expresado tal gratitud al autor de lo que era, evidentemente, fruto de una comunión espiritual y estética.

El curriculum vitae de Fernando es muy lineal. Sus días fueron siempre dedicados a la guitarra con estudios con Ernesto La Faye en Tarija, para pasar después a Montevideo, a La Paz y finalmente al Conservatorio Superior de Música de Madrid. Su capacidad técnica de ejecución y de armonización lo han hecho merecedor de varios premios nacionales como compositor de música y concertista de guitarra.

En su actividad de rescate de nuestro folklore, se destacan las elaboraciones presentadas en la casi totalidad de los números de “Cántaro” y en el libro Música Boliviana para guitarra -recopilación y arreglos-, (Ed. Música Mundana Maqueda, Madrid, 1997). Lo concerniente a la región de Tarija está editado en Música y cantos tradicionales de Tarija (Ed. ABNB y CED, Tarija, 1999). Aquí también pasamos largos tiempos de conversaciones y de mutuas fatigas, debido a nuestra participación en la recolección de los textos religiosos.

Sin embargo, una síntesis (ejecución y arreglos para guitarra) de prestigio internacional la ha logrado con el  disco compacto,  realizado en España, 1999,  bajo el patrocinio de los esposos María Teresa Rivera y Jan H. Stahlie. Es una selección de grandezas melódicas que unen lo antiguo y moderno de nuestras tierras.

Fernando, normalmente persona taciturna y de modales mesurados, habla sobre todo a través de su guitarra y con las posibilidades de canto, que ésta tiene. Y guitarra y Fernando son ya historia de Tarija.
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Premio Municipal a “Hacedores de Cultura”
 
El Honorable Concejo de la Alcaldía Municipal de Tarija y Provincia Cercado en esta última semana ha otorgado el premio de la cultura “Octavio Campero Echazú” al  Dr. Carlos Avila Claure, Prof. Fernando Arduz Ruiz y al Padre Anselmo Andreotti. La combinación de los tres nombres obedece a tres distintas formas de compromisos con la ciudad: Carlos y Fernando, ligados a la realización de “Cántaro”, y a las actividades culturales, de escritor el primero, y de músico el segundo; la mención al Padre Anselmo está justificada por la creación de la colección arqueológica boliviana, formada en veinte años de  estadía en Omereque y posteriormente donada al Centro Eclesial de Documentación del Convento San Francisco de Tarija.

Parece que la intencionalidad de nuestras autoridades en este año 2000, que marca los cien años del nacimiento de Octavio Campero Echazú ha sido indicar un momento de crisis cultural de nuestra ciudad y de la nacionalidad boliviana, subrayando la falta de indicaciones culturales (vacío desde donde dimanan las demás incertidumbres ideológicas, políticas y educacionales). Otros artistas y escritores de nuestro medio son meritorios de tal galardón. Sin embargo, a Don Octavio Campero Echazú no le corresponde tan sólo el mérito de una poesía telúrica y solar sino más el honor de haber lanzado una nueva forma de nuestro sentir.

Por esta última razón, Don Octavio Campero Echazú es, a su vez, cantor y constructor de bases culturales. En tal perspectiva, podrían haber sido escogidas las indicaciones para los tres premios: “hacedores de cultura” y personajes de síntesis de antiguos y  nuevos gérmenes culturales. En la actualidad, entre los quehaceres urgentes resultan apremiantes: los gritos del subsuelo escondido, los colores del terruño de antaño y  la convocatoria de la modernidad. Tres voces, para todas las voces, han sido premiadas. Un peso de privilegio ha sido dado a las que son “constructoras de bases culturales”, que evidentemente justifican a ellas y a las demás.

Lorenzo Calzavarini
Director del Centro Eclesial de Documentación

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