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WILMER URRELO ZARATE Y MIGUEL ANGEL GALVEZ: GANADORES DEL “PREMIO NACIONAL DE PRIMERA NOVELA 2000”

Presentamos dos novelas que reflejan la tragedia personal y colectiva, inscrita en la ciudad moderna. Frente a la nueva situación social del país se abandona el relato histórico e indigenista para construir biografías individuales y de grupo.

Gálvez M.A., La caja mecánica, Ed. Nuevo Milenio, La Paz, 2001.

Un doble interés me empuja a leer obras literarias. El uno es la composición estética y el otro la reconstrucción en mí mismo de la personalidad del autor. Hasta en páginas de “ficción” me sumerjo en ambos propósitos. En cierta forma, el primero y el segundo se hacen inseparables. Así, mis autores son rápidamente amigos. Con los mismos intentos he leído el libro de Miguel Angel Gálvez, que resultó ganador del “Premio Nacional de Primera Novela 2000”.

Una razón de su lectura ha sido que el libro es regalo de un amigo dilectísimo, a quien por sus poesías, considero compañero de viajes de vida. Otra razón ha sido la escritura en forma de “diario” de la novela; y, al fin, la redacción tupida de los hechos.

Me fue fácil entrar en una casa cerrada, con pocas cosas para vivir, despojada de todo placer de connivencia afectiva y amorosa, en la que el personaje tenía pocas exigencias. Sin embargo, siguiéndolo y estudiándolo página tras página, me resultó imposible identificarme con él y encontrar rasgos de similitudes con  el trajinar de mis días. Finalmente lo suyo no era la soledad, que me esfuerzo en defender sino el solipsismo de quien pensó hacer de lo privado su mundo total, rellenando los vacíos con fantasmas.

De cierta manera, la casa había sido coloreada a su gusto, alcanzando hasta niveles de consonancia perfecta entre su ser y estar en ella. Sin embargo, los estímulos/respuestas, que en tales espacios se creaban, iban perdiéndose poco a poco. Quedaron presentes en el correr de los días las paredes, un tic tac y la puerta. El tic tac era la resonancia de vida de la “caja mecánica”, las paredes eran la casa, los acontecimientos extra-casa como relatos de muerte, también de familiares cercanos, y de contradicciones de intereses. Todos ellos vividos al son de las circunstancias. Lo único que quedó fue la puerta. Allí aparece de cuando en cuando un niño, sobrino del personaje, que por su inocencia, entiende la vida anómala del tío. Al último, niño (que se hace presente por su generosidad y ternura) y puerta (que se abre sobre un corredor) son la negación de la extrema voluntad del no ligarse a cualquier “otro”.  Por este final ya se entiende la trama interior del personaje. Una sola vez se interesa en “vacaciones” y “trabajo”: el mundo le resulta extraño y él es víctima de su propia victimación.

El valor del libro el de haber relatado en una sola biografía, tantas biografías (posiblemente de profesionales). Los presupuestos de las vicisitudes negativas tienen intensidad sicoanalítica; y el desenvolverse del “instinto de muerte” matiza colores diversos con un único resultado. Nosotros anotamos la fatal tragedia de quienes optan por un mundo estrecho (emblema de inseguridades y placeres que niegan lo sensorial y mental) que se alejan de la lucha en el mundo grande.

Como producto de escritor, atribuimos a la novela la capacidad de moverse por similitudes, donde el día tras día marca una sucesión de cuadros de vida impropia. ¿Será verdad de autor o verdad de personaje?. La ficción escrita nunca fue tan real.

Urrelo Zárate W., Mundo Negro, Ed. Nuevo Milenio, La Paz, 2001

El amigo, que me quiere mucho, me ha regalado otro libro que es Mundo Negro. También “Premio Nacional de Primera Novela 2000”. La anterior y la presente novela han sido honradas con el mismo galardón. A nuestro entender, no siempre los contrarios son contradictorios entre sí; y pueden complementarse por sus diferencias. Mundo Negro no es la pasividad frente a las luchas del mundo de hoy, sino un entremezclarse allí donde el crimen y el sabor de muerte se unen. Los personajes no son tantos, pero, vistos por el policía, son múltiples y ubicados siempre afuera de la mentira aristocrática. Se dan, van y vienen en lo subterráneo del control social. 

Tal control social se mueve en la sospecha y hace víctimas a quienes moralmente muchas veces no son asesinos. Todo el libro discurre la trama de vidas presumiblemente ocultas. Y no lo son. Lo policial no está más al servicio del control social (para salvaguardar el “bien común”): es la “mano armada” de los que tienen razones para asumir tal rango.

Los delitos son muchos y diversificados; pero sólo algunos están en el tablero. Son muertes blancas y vencidas por el no-sentido de la vida. La referencia es el mundo de los más jóvenes y menos jóvenes donde se insertan pasiones y riesgos de vida, siempre sedientos de una imagen poderosa de sí. La brutalidad parece ser el contraataque a tal pretensión e ilusión. Se castigan rostros sociales, estructuras de belleza corporal, líneas de amistades y finalmente se destrozan genitales.

Mundo Negro es la región de la oscuridad y, por ser tal, de ambigüedad. El mal puede resultar victorioso por varias razones: legitimidad en la indagación de los otros, afán de hacerlo bien (matando o castigando), solidaridad entre armados y la conciencia de ser salvadores de la sociedad. En realidad las biografías uniformadas son iguales: el más valiente es quien las recoge todas, mezclando lo privado (o personal) con la vida de los demás. Se pone frente a ellos un universo de historias humanas también peligrosamente negativas. La lucha es aminorar el mal en la coordenada entre represión e insurgencias. Las biografías están en ambos lados, lo que dictamina el malestar de la sociedad. 

La escritura de Wilmer Urrelo Zárate, por la composición del cuadro, es siempre de espera. En realidad para dar continuidad a la diversidad de los acontecimientos, desarrolla una lógica de desconfianza mutua entre personas y de éxitos escondidos, poniéndolos en una redacción de crónica. Cada cuadro lleva como título (la sucesión de capítulos) indicaciones resumidas de los hechos. Mundo Negro se hace vertebración de la ciudad, donde el vencedor se declara tal dándose también la muerte. Se trata de un “affaire”, que se autoconsume en sí mismo con poses de héroes y antihéroes.

El delegar el poder social no es representativo de la sociedad: lo privado ocupa espacios públicos; y el mal y el bien son juegos entre personas. ¿Las tramas del Mundo Negro saldrán a la luz del día?. Relatar lo primero es incentivar hacia lo segundo. El autor lo manifiesta connotando angustia y arrepentimiento de un mundo equivocado. 

 Dr. Lorenzo Calzavarini
Director Centro Eclesial de Documentación

 Tarija, 19 de mayo de 2001

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