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ANTES DE LA PRIMERA VEZ: HISTORIACION DESDE TARIJA HACIA EL ORIENTE DE BOLIVIA
(Presentación de la próxima edición del Centro Eclesial de Documentación, en preparación al IV Centenario de la fundación del Convento de San Francisco)

Para nuestra “memoria histórica”

Desde hace cinco años, el Centro Eclesial de Documentación (C.E.D) está preparando una selección de documentos del archivo franciscano de Tarija (A.F.T.) para publicar con motivo de la celebración del IV Centenario de la Fundación del Convento (1606-2006). Toda obra de tal envergadura tiene siempre múltiples propósitos, que difícilmente pueden explicarse a cabalidad. La idea-guía que de alguna manera los resume es la recuperación de nuestra “memoria histórica” que incluye la ciudad, sus alrededores y el Chaco desde Santa Cruz hasta Orán (Argentina). En esa perspectiva de esfuerzo, el C.E.D ha asumido la expresión de Joseph Barnadas (“Introducción” en Diccionario histórico de Bolivia, Tomos I y II, Sucre, 2002) que “todo es historia” cuando se precisan realidades humanas en las coordenadas de tiempo y espacio, y más si se trata de entender un devenir diacrónico en el cual han concurrido fuerzas diferentes, que podemos aun identificar con las denominaciones académicas vigentes.

El departamento de Tarija debe a la historiadora Dra. Cristina V. Minutolo de Orsi, el Dr. Erick Langer, la Dra. Catherine Julien y Cristina Angelis, M.A. la investigación y preparación de los seis tomos del Corpus Documental-Historia de Tarija (Tarija, 1986-97); y a la colaboración y tenacidad de la Prof. Zulema Bass Werner de Ruiz su publicación. Esta es una obra magna en la que se retranscriben documentos que van desde los tiempos primigenios de la presencia hispana hasta el 1900. Cada volumen se integra con documentos agrupados por temáticas. Otra obra importante es la del Dr. Barragán Vargas M., La historia temprana de Tarija, Tarija, 2001. Además desde hace años, como exigen sus características, Lilo y Carlos Methfessel están formando un Corpus fotográfico (no publicado), que recopila las pinturas rupestres de toda la extensión de nuestro departamento. Han presentado imágenes y ensayos explicativos en simposios internacionales, exposiciones en la Casa de la Cultura de Tarija, en la revista SIARB y en “Cántaro”, suplemento cultural del periódico El País. Una nueva visión de las realidades geofísicas, humanas, de flora y fauna está señalada en el libro de Preston D. y otros, Historia, ambiente y sociedad en Tarija, (Ed. Instituto de Ecología, La Paz, 2001). Finalmente otro instrumento para futuros trabajos científicos es el libro Zonificación Agroecológica y Socioeconómica. Departamento de Tarija, editado por Zonisig, bajo la responsabilidad internacional de Weeda A. y local de J. Ruiz.

La labor del C.E.D sigue una metodología diferente a las obras anotadas. Se trata de una recopilación de documentos que reposan en el archivo conventual y, por tanto, son textos emanados de un mismo actor institucional, que es la Orden Franciscana de Tarija. Lo aparentemente reducido se vuelve inmenso por la continuidad de los siglos, por la diversidad de las acciones y más aún por la amplitud de los espacios de su presencia, que incluye los actuales departamentos de Tarija, parte de Santa Cruz, zonas chaqueñas y norte de Argentina. Vale la pena recordar que no se visualiza, en el cruce de las comunicaciones, sólo el ser franciscano en la formación de la nacionalidad boliviana, sino que ellos fueron testimonio persistente en el cambiar de las circunstancias religiosas, eclesiales, económicas, antropológicas, políticas y sociológicas.

De hecho, ningún actor social actúa independiente de los otros, así es que el gran árbol reflejará en sus ramas el titilar de luces, que se opacarán o lo harán resplandeciente en el azul de un porvenir a construirse siempre. Al intercalarse el “día/noche” se manifestarán con más vigor el surgir de varios sujetos, legitimados por las instancias propiamente civiles. En las razones de pro y contra, los franciscanos serán permanentemente fieles al pacto con la ciudad de Tarija y las otras regiones de su presencia. Surgirán melodías disonantes cuando en el pentagrama del presente se darán notas de incertidumbre hacia el Bien Común.

Esto es lo que, ideológicamente, perfilan los documentos del archivo conventual de San Francisco. Sin embargo, manteniéndonos en la especificación de Joseph Barnadas que “todo es historia” (por un “criterio de inclusión”) y queriendo matizar en el presente artículo sobre todo una relación entre Historia y Estética ¿podrán nuestros lectores adecuarse a la comprensión del título, que unirá los cuatro tomos, con un total de 3.000 páginas, que denominaremos: Formación intercultural del Sur y Oriente de Bolivia en los documentos del Archivo Franciscano de Tarija, 1606-1936?.

Hechos y acontecimientos

Un archivo, en realidad, es un conjunto de hechos de los cuales muchos no aparentan trascendencia; los definimos “historia menor” frente a la historia oficializada. ¿Habrá que mantener todavía tal desequilibrio de evaluación o bien replantear otros espacios de historia? Así pensamos. Un documento puede no sobrepasar en sí los datos de su relato, pero la coordinación entre ellos es precisamente lo que define a algunos como determinantes para la comprensión del momento histórico; diríamos que es cuando la diacronía encuentra su plenitud en la sincronía: la primera es la sucesión de los hechos, y la segunda es la etapa que cambia la conexión formal y directa entre pasado y presente para otro futuro.

En la dimensión latinoamericana se dio un momento de choque entre su pasado y un presente diferente. Nos referimos a la confrontación militar de su inicio y a su trasformación inmediata en otro tipo de sociedad. Fue un vacío de tiempo (si bien lleno) y de esperanza, donde nadie podía salir perdedor; y la angustia del desafío llevó a la agresividad de las armas. Dos desconocidos se encontraron sin tener posibilidades de diálogo; el invasor fue quien se sobrepuso a los derechos del “otro”. Sin embargo el “corto tiempo” fue anulado por los “tiempos largos” en el contexto de una patria común. La contradicción resulta del conectar planetarización y globalización: la primera relata las vicisitudes de encuentros entre todos los pueblos de la tierra, la otra la dimensión de una “historia natural del mal”, cuando el “instinto de muerte” genera muerte alrededor de sí. Su redención puede darse sólo implantando líneas de “instinto de vida”, que favorecen momentos de “placer” entre personas y sociedades diferentes, y que precisan entre los unos y los otros la capacidad del “sentir” y “decir” juntos.

En estos espacios rescatamos lo mejor de la civilización latinoamericana sobre todo en lo que se refiere a la lucha por la justicia, que por cien años marcó la intelectualidad de las universidades de España (Hanke L., La lucha española por la justicia en la conquista de América, Ed. Aguilar, Madrid, 1959). El esquema de las reciprocidades fue tardío por lo desconocido de la historia recíproca y por las lejanías. La mutua influencia por lo mismo se matizó en el “nuevo mundo” en las formas de organización socio-económica, literatura y artes. Las tragedias, que se sucedieron y se mantuvieron, fueron inicio y herencia similares, esparcidas en la realidad del mundo entero; peor todavía la realidad de los Estados Unidos entre pueblos originarios y colonizadores británicos y en Europa entre campesinos y estamentos señoriales en las regiones de los inicios protestantes de Alemania (Bloch E., Ateismo nel cristianesimo, Ed. Feltrinellli, Milano, 1971).

Las grandes confrontaciones se dieron en los centros de poder incaico. La superioridad hispana de las armas de fuego no explica del todo sus victorias. Otros factores políticos, internos a los pueblos originarios, agrupados en las zonas andinas, debieron favorecer la rápida ocupación del territorio. Tarija, sin embargo, iba con otro modelo de formación. La presencia española se da ya con Almagro en su camino hacia Chile (1538). Quedan en el territorio soldados que se dedican a la agricultura, concentrados en la actual región de San Lorenzo, que en ese momento formaba parte del reino de los Chichas y, por tanto de la antigua parte de la conformación tiwuanacota. Su coordinación con el área andina explica la presencia de mitimaes incaicos, que se justificaba por la presión de los guaraníes que procedían de los valles subandinos y regiones chaqueñas.
La ciudad tuvo su fundación hispana en el 1574, justificada como ciudad de frontera. El traslado de San Lorenzo obedecía a razones de defensa contra los guaraníes y su inicio se dio en la Loma de San Juan, creando la Plaza de Armas en la actual Uriondo, con su mercado en la plaza principal Luis de Fuentes. Sin embargo, la nueva ciudad tenía ya organización urbana. Tempranamente se erigieron la Iglesia Matriz, los conventos de los Padres Dominicos, Agustinos, Franciscanos, de San Juan de Dios y los Jesuitas. La prueba de tal preexistencia la podemos testificar en el hecho que en dos casos (Agustinos, 1588, y Franciscanos, 1606) debieron comprar los solares para la construcción de sus conventos. La denominación de “frontera”, justificada por los historiadores como baluarte contra los guaraníes, no parece explicarla en sus varios quehaceres. Más probablemente significaba punto de límites para varias direcciones continentales: Potosí, Buenos Aires, Paraguay y Chile.

Tarija: procesos de expansión e inclusión

Publicar documentos de archivo impone decidir la secuencia de diagramación de los mismos: seguir la simple cronología o agruparlos en una dimensión de variables del acontecer histórico. La segunda forma señala ya una intervención precisa del editor. Por tanto, dos responsabilidades se implican: la selección en cuanto tal, el tiempo que incluye a unos, excluye a otros y la argumentación en variables, lo que puede inducir a una perspectiva de análisis y de allí a la inferencia de interpretaciones. La única solución, para atenuar tal problemática, es que el editor dé razones de sus propósitos y metodología.

Para salvaguardarnos de posibles confusiones, especificamos que los documentos abarcan los tiempos de la presencia franciscana en Tarija desde el año de 1606 a 1936. El concepto de IV Centenario (que nos ha empujado a un trabajo de cinco años) queda un poco mutilado. Llegar al emblemático 2006 habría incluido dos tomos más, lo que supera los esfuerzos de todo el equipo del C.E.D. Repetimos que los tomos previstos son cuatro. Incluirán una abundante documentación fotográfica a partir de los años del 1865. Cada tomo estará dividido en “partes” que recapitulan actores, artes, actividad de otras órdenes religiosas (Dominicos, Agustinos y Jesuitas), el proceso de fundaciones reduccionales desde Santa Cruz hasta Orán, conflictos de los Padres Conversores con las autoridades civiles y militares y el momento de las Guerras de Independencia, que creará espacios de nuevos rumbos.

Lo anunciado hasta ahora ocupa los dos primeros tomos, que además incluirán las biografías de los Franciscanos presentes en las regiones indicadas en tal espacio de tiempo. Los tomos III y IV (1825-1936) contendrán una similar agrupación de variables. El inicio es la refundación de las reducciones chaqueñas desde el Sur, que se integrarán a las del Norte (Cordillera) con los Padres del Colegio de Potosí. Se repetirán en su continuidad la elaboración artística del complejo conventual, las insurrecciones guaraníes, la actividad de exploración del territorio (sobre todo para vencer al río Pilcomayo), la secularización de las reducciones y la presencia de los Franciscanos en Tarija y en las regiones desde Camargo, Tupiza y Entre Ríos. Desde 1918 a 1936 se tratará de la vigencia del Vicariato de Cuevo y la elaboración de una nueva acción en el entramado urbano y del nuevo régimen conventual de Tarija. Quedará el convento como casa central de los Franciscanos de la Bolivia del Sur, aporte escolar a la ciudad con el colegio Antoniano, educación informal con el periódico el Boletín Antoniano y ayuda espiritual a las parroquias que coordinan la división territorial de todo el departamento actual.

Otro cruce de variables podría unificar una diferente secuencia de temas en función de la Formación intercultural del Sur y Oriente de Bolivia..., con datos de economía, sociología, demografía, antropología, política, organización territorial, actividad religiosa, etc.

Historia de la Iglesia y del franciscanismo.

Resaltan los libros de las decisiones del Discretorio, las crónicas, los inventarios y los libros de cuentas. Entre estos últimos se anotan las reconstrucciones del convento de 1756-1769 y la refacción del templo de 1862. Las Bulas Pontificias, la Legislación de la Orden Franciscana y los Estatutos en cuanto Colegio de Propaganda Fide; los manuscritos de espiritualidad y los libros de “Patentes” (que son cartas de los superiores provinciales, enviadas al inicio de su mandato); las biografías de los franciscanos y las anotaciones de su muerte desde 1762-1936.

Presencia y modalidades de vida de los pueblos originarios desde Tarija, Santa Cruz y norte argentino.

El espectro más amplio y permanente desde 1755 es la obra franciscana (no se excluye referencias a Jesuitas, Agustinos, Dominicos) “entre infieles”. Se trata de literatura sobre “pueblos originarios” chaqueños y el formarse del territorio, injustamente pensado como periférico a la entidad boliviana. Cada reducción tiene su fundación, descripción de problemática, de desarrollo en su momento colonial y republicano; Salinas, Pilipili, Acero, Piray, Cabezas, Abapó, Centa (Orán), Florida, Tucurú-Igmiri, Zaipurú, Masavi, Iti, Parapetí, Tapuitá, Coyambuyo-Tariquea, Itaú, Chimeo, San Francisco Solano y San Antonio de la Peña (hoy: Villamontes), Caraparí, Aguairenda, Tarairí, Macharetí y Tigüipa.

Asonancia y disonancia con los poderes centrales.

La unión de la cruz y la espada es vertebración siempre presente en la historiografía latino americana en términos negativos. De hecho, de allí resultaría un polo de confrontación y de dominación respeto a los “pueblos originarios”, rompiendo precisamente la característica principal de la civilización del continente. La lectura de los conflictos entre “naciones” conlleva siempre a la lógica de “amigos” y “enemigos” y lo más fácil, en el caso que nos ocupa, es identificar al “nativo” como enemigo y al europeo como “amigo”, cuando ambos vivían en reciprocidades directas o indirectas. Al contrario de tal postura, se presentan claramente en los documentos del archivo de Tarija varios momentos de divergencias con los poderes centrales de la colonia y república. Primero es el “Asunto Viedma”, referente a su Plan de Gobierno, que obedecía a la ejecución de la política de los Borbones, iniciada con la expulsión de los Padres Jesuitas. La contienda era pasar las reducciones cruceñas a rango de parroquias, sacándolas del régimen misional. La polémica iba desde los años de 1788 hasta 1813, cuando el “Plan” fue vencido por las razones de las Guerras de Independencia. Los conflictos anteriores fueron determinados por los comerciantes cruceños y los soldados de los fortines. Los Franciscanos atribuyen las sublevaciones de 1796-1803 al acoso de los hacendados. Cien años después la matanza de Murukuyati (1874) y la lucha de Kuruyuki (1892) sobrevendrán por el avance criollo; y la “secularización de las misiones” (1905) será el golpe dramático y definitivo dado por los gobiernos liberales contra los guaraníes.

Relaciones de viajes y exploraciones.

Son páginas llenas de sorpresas y de lectura etnológica y antropológica. Hacemos la distinción entre “viajes” y “exploraciones”: los primeros son las “entradas” de misioneros, las segundas responden a empresas estatales con el objetivo de estudiar y construir vías de comunicación. Los Franciscanos participan en éstas por ser conocedores de los territorios y por tener contactos con los distintos pueblos originarios. Resultado de su permanencia entre ellos son los invalorables documentos lingüísticos: (escritos desde 1791 hasta 1950) sobre todo acerca de los guaraníes, tobas y noctenes. Igualmente importantes son los datos demográficos chaqueños, la cartografía y la documentación fotográfica.

Los franciscanos en la ciudad de Tarija.

El convento conlleva sus iniciativas empezando desde Tarija. Fundación y desarrollo de San Francisco están atestiguados en los libros de cuentas y Capellanías. Prefectura y Franciscanos trabajan conjuntamente en los esfuerzos más importantes. Los dos estarán unidos en el desplazamiento hacia Salta y el Virreinato de Buenos Aires. La magnitud de las actividades conventuales y misioneras llevan al convento a tener contactos permanentes con Potosí, Chuquisaca, Santiago, el puerto de Cobija, Salta, Jujuy, Buenos Aires y Lima, resulta así que los Franciscanos de Tarija son los fundadores del Colegio de Moquegua (Perú). Las relaciones con las autoridades de Tarija fueron reñidas a partir de los años 1880 hasta finalizar la Guerra del Chaco; nunca sin embargo faltó el apoyo popular. Los problemas más candentes se referían a las reducciones chaqueñas, al plan urbanístico de la ciudad, a la lucha contra la facciones secularizantes, culturales y políticas. En función del departamento existe la documentación de “acción entre fieles” con predicaciones anuales en los lugares más recónditos, construcciones de templos para futuras parroquias y desarrollo de actividades de escolaridad y de información (El Boletín Antoniano, 1896 y Colegio Antoniano, 1913). Importantísimos son los manuscritos de las crónicas conventuales, que relatan los acontecimientos de la ciudad, de las reducciones chaqueñas y momentos de vida nacional.

Escritura e imagen en dimensión estética

No todo “grabado” es parte de un lenguaje; lo es en la medida que es capaz de mantener una relación con otros y por estar en conexión y transmitir una “significación” que lo ponga en situación de “signo”. Por tanto, lo que vemos son ante todo “signos”, que hacen relucir un lenguaje: un “decir”, que transmite un “sentir”. Es precisamente este “sentir” lo que reclama la dimensión estética. Un reconocerse en una estructura de arte, arquitectura, figurativa o literaria. La mercancía, respeto a estos lenguajes, vislumbra tan sólo un valor de uso ligado a razones circunstanciales. El “estar allí” rompe el lenguaje (en nuestro caso arquitectónico) trasformando el “grabado” en “ruido”, que es sin sentido en el conjunto figurativo.

La finalidad del presente número de Cántaro es la reconstrucción histórica de lo que fue la plaza Luis de Fuentes y sus alrededores. La trascripción del Dr. Renán Reinoso Hoyos nos muestra asuntos de destrucción, relativos a los conventos (y templos) de San Agustín, de Santo Domingo y de los Jesuitas. Se percibirá fácilmente que la estética urbanística allí, y no en la provisoria ubicación urbana entre la capilla de San Juan Evangelista de la Loma y la plaza de armas (ahora Uriondo), era la planificada como estable. La razón de su rápida devaluación correspondió al modelo originario andino (Cuzco) e hispano, implantado en la configuración de Tarija, que no aceptaba espacios discontinuos. Vencieron los “tiempos largos” en la correlación entre comunicación y significaciones urbanísticas. La exclusión de lo totalmente cuadrangular, desde la plaza y su expansión futura, se debió al peligro de la creciente del río Guadalquivir, integrado en perspectiva amplia como límite o lugar de diversiones.

La elaboración estética latinoamericana ya adquiría sus connotaciones principales: ante todo lo colectivo y luego lo privado. Por eso la ubicación de los templos representaba “signos connotados” de comunicación y de vivencias que, sin romper el conjunto, identificaba lo común (el centro) y lo propio (el barrio). Eran los puntos cálidos de la geografía donde el “sentir” de lo bello enlazaba la “ciudad terrenal” con la “ciudad de Dios”. Y no todo era tan homogéneo como podría aparentar. Los templos y los relativos actores otorgaban ideologías y doctrinas de Fe diferentes: los jesuitas siempre milites Christi en la propuesta de un diferente catolicismo, los dominicos adictos a la predicación, los agustinos equilibrio en las vertientes del saber y de la acción, y los franciscanos en su testimonio de la humanidad del Salvador y la cercanía de El a nuestra vicisitudes.

La variante estética tarijeña asumía los “ceques” cuzqueños (organización urbana por partes, que se centralizaban todos con el palacio del Inca), diseñándolos en sucesión de cuadras, distribuida en torno al templo y a su plaza chica en frente. Para expresarnos según la tradición de los tratados de arte, diríamos que el concepto de “bello” en Tarija se realizó en la perspectiva platónica, que teorizaba la estética en la acción de la “memoria”, que se reconocía en un objeto externo. La otra postura contraria, representada por Aristóteles, indicaba la fuerza de lo “bello” en la capacidad del observador de entender el objeto.

La ruptura epistemológica actual del arte se ha distanciado de los inspiradores antiguos. Lo bello ahora lo observamos en piezas sueltas, donde el texto no muestra su extra-texto. En el extra-texto de la ciudad de Tarija está su campiña agrícola. Esta queda y la ruptura se ha provocado en el interior de la ciudad por la trasformación de centro en lugar de comercio, obscureciendo su valor simbólico de lugar de encuentros y de coordenadas de horizontalidad (prácticas) y verticalidad (los templos).

Integrando la reflexión del Convento San Francisco, respecto a los ya indicados, diremos que su ubicación era identificada de extra-muros, y no por eso concebida como separada de la ciudad. Era una ermita en la ciudad, que justificaba el silencio como bien necesario de la vida de cada uno. ¿Podría ser ésta una de las razones del permanecer del convento también después de los avatares de la Independencia? La justificación política es clara por las amistades conventuales, con las familias de algunos de los guerrilleros como Uriondo y Echalar (“doña Agustina Echalar, suegra de Don Joseph Antonio de Larrea y madre de don Joseph Pérez, Presidente actual de la Junta de Buenos Aires”, sepultada en el templo de San Francisco el 23 de noviembre de 1813. Ver: De los Muertos, H-13, A.F.T.).

No habría que descartar la razón espiritual. La denominación del convento con dedicación a Santa María de los Angeles reclama un contexto de silencio, y el convento se mantuvo con presencia humilde desde 1606 a 1755. Los Padres vivían de las limosnas de los fieles y perfectamente integrados en la campiña. Otra integración a la ciudad era ofrecer el hábito franciscano como mortaja que se contabilizaba como parte de las entradas económicas conventuales. La fundación del Colegio de Propaganda Fide determinó la extensión a cuatro cuadras del conjunto. Ampliándose por exigencia de trabajo, la multiplicación de las actividades no sacrificó la significación espiritual de lugar de retiro. Así se negó la presencia de la plazuela en su frente y se acorraló el edificio con una alta muralla.

Siempre por manifestar la dimensión estética, trascribimos en el capítulo 7 los Manuales de las modalidades de acciones franciscanas. Incluimos la red de fincas ligadas al convento (1622-1760, que se extendían desde la ciudad hacia Camargo, Potosí, San Lorenzo y Entre Ríos), asimismo el ejercicio de la medicina, el gobierno de las reducciones y el catecismo en poesía. Volvemos a la evaluación de diferentes extra-textos, que evidentemente esclarecen el texto conventual. Ellos son la dimensión corporal como búsqueda de la salud, los caminos de relaciones humanas con conocidos y desconocidos, catequesis y poesía, cultivo de las ciencias (biblioteca), armonía arquitectónica conventual y contactos con pueblos de culturas muy diferentes entre sí.Arquitectura, arte y estética del Convento de San FranciscoLa estética conventual se manifiesta en varios ambientes de vida. Ante todo el templo que es la conexión entre los franciscanos y el pueblo de Tarija, sigue el conjunto de celdas, que deben llenar las exigencias de privacidad con los espacios colectivos. Estos corresponden a la biblioteca, al comedor y cafetería. Los contextos de trabajo son las oficinas que incluyen: bodega, carpintería, herrería, corrales para animales y la huerta. Juntamente a ellos se perfilan siempre necesarias la enfermería y la portería. Estos espacios pueden ser simplificados y sintetizados en multifuncionalidad según el número y las actividades específicas de los hermanos. Otro elemento indispensable es la coordinación y la comunicación de los hermanos entre sí, que son los corredores y claustros. Los segundos facilitan la viabilidad de los espacios y de los trabajos, los primeros permiten armonizar la discontinuidad con la continuidad, así mismo la diversidad con la unidad colectiva. Además de la referencia arquitectónica debe especificarse una correlación artística que explicita la semántica de los signos existenciales. Por tanto arquitectura, arte y oficios determinan la estética propiamente conventual.

Así entendemos cómo en la sucesión de construcciones, no se hayan dado contradicciones básicas. Los edificios primigenios se refieren a la fundación del convento y templo de dimensiones reducidas, ubicados en un terreno de dos manzanas, en su mayoría ocupadas por la huerta. El año 1606 corresponde al inicio. En 1645 se reconstruyó la capilla para dar a la celebración litúrgica más capacidad de presencias. Con la creación del Colegio de Propaganda Fide (1755) la proporción se ensanchó nuevamente. El espacio construido se extendió a toda la primera cuadra; se edificaron los ambientes principales de la actual calle Madrid y la continuidad de las oficinas en la calle Colón, antiguamente cerrada y, por tanto, con ocupación en ambos lados. Para no sacrificar los cultivos de hortalizas y tener alfalfa para los animales de servicio cotidiano, el claustro (actualmente cerrado por la calle Ingavi) estaba abierto integrando comedor, templo y huerta hasta lo que hoy es la calle Bolívar.

Las tres cuadras y media (una con el colegio Antoniano hasta la Suipacha) en el 1792 eran apenas suficientes por la presencia fija de 25 Padres con los demás que, viviendo en las 22 reducciones chaqueñas, debían de vez en cuando (al menos para asistir cada tres años a los Capítulos Guardianales) retornar al convento. Del total de 75 Padres, seguramente el convento era adecuado para cobijar a 60. La crisis de la independencia fue remediada con frailes de varias nacionalidades, que mantuvieron la estructura arquitectónica completa de los años 1756-1769, por el crecimiento de la ciudad persistieron las ampliaciones del templo: de la capilla de 1645 se pasó al ensanche de la nave en 1756 y en 1862 a las tres naves que forman la actual Basílica Menor de San Francisco.

Para la construcción estética debemos referirnos al hermano Fray Francisco Miguel Marí. Seguramente él es el arquitecto que ideó el complejo total en los años de 1756. Las crónicas conventuales lo presentan además como “maestro carpintero” en razón de haber hecho los altares y el retablo mayor. Nosotros le atribuimos también el inicio de una escuela de crucifijos, que son espléndidas configuraciones del sufrimiento humano. La refacción del templo de 1862 la debemos al artista Madalleno. Vale insistir sobre la figura de Marí, otras obras suyas son el templo y claustro de San Felipe Neri en Sucre y la media naranja del templo de San Francisco de Salta. Corresponde a su ser franciscano, la insistencia en la preservación del espíritu de pobreza, que especifica al conjunto arquitectónico conventual de Tarija, muy diferente de ése es San Felipe Neri de Sucre, de estilo aristocrático por ser destinado a otros actores. Se indicó como construcciones suyas la casa de la chacra de Obraje que era alfalfar del Convento, y según el inventario de 1806, disponía de la cantidad de 93 entre caballos y mulas.

La descripción del convento del Padre Corrado en 1884 (El Colegio Franciscano de Tarija y sus Misiones, Quaracchi – Florencia, 1884, págs 32-33) resume a cabalidad lo que muchos documentos del archivo aportan: “Este edificio, que aún subsiste tal como lo levantaron los Padres españoles, nada tiene de elegante ni de suntuoso. Las celdas bajas y pequeñas; estrechos y lóbregos los corredores. Todo es pobre, todo inspira una santa tristeza, que reconcentra los sentidos y eleva el corazón: sin embargo, nada falta de lo que puede contribuir a la religiosa comodidad de los que lo habitan. Una huerta espaciosa, con paseos sombreados de durazneros y molles, de cipreses y álamos, ofrece agradable diversión a los fatigados ánimos por largas y serias ocupaciones. Una copiosa biblioteca con cuatro mil quinientos ochenta y seis volúmenes, rica de obras clásicas en todo ramo de ciencias y literatura, facilita a los estudiosos ya una instrucción severa, ya una útil recreación. Una cómoda enfermería, con su oratorio, está destinada al descanso y alivio de los viejos y achacosos, que son provistos de remedios por una botica bien surtida. Las oficinas de panadería, tejería, carpintería y herrería proporcionan utilidades económicas al Colegio, y atestiguan hasta hoy la actividad prodigiosa de sus fundadores. Y ciertamente, que en el corto tiempo y azarosas circunstancias ya indicadas, pudiesen aquellos pobres frailes realizar tanta obra y de tanto gasto; es cosa que nos admira, y no podemos menos de adorar en ella una mano invisible que coopera y sostiene a quien de ella se vale.

Al mismo tiempo que se afanaban en levantar el edificio material de este Colegio, no ponían menos empeño para cimentar en él y consolidar el espiritual edificio de la vida religiosa y apostólica. Esta fue su primera solicitud desde el día, que entraron en él; y he aquí el indispensable tenor de vida, que desde luego establecieron. Se levantaban muy de mañana para ocuparse en la meditación y en las alabanzas del Señor. Celebrada la misa, se retiraban a sus celdas para dedicarse a la lección y al estudio. Por la tarde, se reunían en la conferencia para tratar y resolver cuestiones de moral o de mística, de regla o de liturgia.

Al anochecer, se congregaban de nuevo en el coro, para consagrar dos largas horas a los mismos ejercicios, con que habían empezado el día. En el servicio de la comunidad todos iguales; el Guardián y el Sacerdote ordenado ayer, hacían por su turno la hebdómada; y el Padre anciano, el novicio recién vestido lavaban juntos los platos y barrían los claustros. A las austeridades de regla añadían otras de elección. Frecuentes eran los ayunos, las disciplinas, los capítulos de culpas; el silencio, interrumpido sólo por unos cortos ratos de conversación común, a horas determinadas.

Rígidos guardadores de la clausura, rara vez se permitían salir de ella a recrearse; y esto, no separados, sino todos en comunidad. Las puertas del claustro abiertas sólo a los que buscaban algún consuelo espiritual; las celdas con entredicho, no sólo para los extraños, sino también para los de casa. Con esta vida austera de recogimiento y de oración, procuraban habilitarse para las santas faenas del apostolado, que según su vocación se proponían ejercitar en los pueblos cristianos y entre las tribus salvajes”.

En la sombra del antiguo convento: la casa de las Musas

La planificación urbana de Tarija de 1930 rompió la estructura global del convento. Las calles Ingavi y Colón se transformaron en sus nuevos límites. El claustro abierto tuvo que cerrarse con la construcción que une la calle Daniel Campos y Colón. El desequilibrio que se produjo significó que los lados periféricos se volvieron principales y los nuevos oscurecían los antiguos claustros. Las obras de la nueva funcionalidad empezaron en 1936 y siguen hasta nuestros días. Quedan sin embargo en todo su esplendor: el templo, el comedor, la biblioteca, la bodega, la procura de misiones y la enfermería.

Las mutilaciones e incongruencias son patentes pero atenuadas por lo que hemos definido “estética conventual franciscana”. ¿Otro convento respecto al antiguo?. Podemos afirmarlo por las circunstancias y la actitud irrespetuosa, sea hacia San Francisco, sea hacia el centro histórico de la ciudad de Tarija.
Debemos al Padre Gerardo Maldini la restauración de la antigua enfermería y la procura de misiones. Allí él fundó el Museo “Fray Francisco Miguel Marí”, inaugurado el 15 de abril de 1980. Según su afirmación se consolidó tan solo la infraestructura del edificio en peligro. Se cambió el maderamen y ladrillos del piso inferior y superior.

La labor del Padre Maldini fue mucho más meritoria por haber trasladado allí todas las obras de arte y enseres de vida conventual. Evidentemente la lectura de los manuscritos que dan cuenta de las obras especificadas antes en el templo, corredores, celdas y comedor hacen evidente la descontextualización de los “cuadros” en su perspectiva de visión; están reducidos en su canto que no tiene entorno sonoro de espacio.
Los cuadros van desde 1500 a 1930, así como los enseres de vida conventual cubren todos los tiempos de vida franciscana en Tarija. Son imágenes de religiosidad popular que manifiestan el “sentir” de los sufrimientos, actitudes devocionales y representaciones de fe. Son pinturas de las escuelas potosinas, del lago (Titicaca), cuzqueñas y del Collao. La relación etimológica entre “Museo” y “Musas” las repone a todas en sus dimensiones originales. Las contemplamos como voces corales que mantienen momentos de su tiempo y, en sucesión de contrapunto, según el espíritu que lo hizo vivir.

La referencia a escuelas lejanas a Tarija parece no negar una presencia de artistas en la misma ciudad. En el Cuaderno de la Obra: Gastos (1756-1769) (A.F.T. AE-1), se anotan pagos al escultor Ignacio Soto, a un maestro potosino (no identificado), al organero y al platero; así mismo al pago por el “acarreo” de imágenes desde Potosí. Se trataría, por tanto, de una oficina de artes con residencia en Tarija, sin excluir las que seguramente llegaron de otros lugares.

Sobresalen los cuadros dedicados al ciclo de la Virgen, de la vida de San Francisco, sus enseñanzas y la iconografía de los Cristos. Se visualiza, por tanto, un catecismo de imágenes según la teología de los pobres: Dios Padre, la mediación de Jesús, la Virgen Madre de Dios y las obras que especifican la perfección cristiana (los Santos).

La estética de la arquitectura originaria del convento establece un colorido especial. Lo espacios son solemnes en su pobreza, tan sólo para diagramar amplitud, continuidad y juegos de andar. El Museo (carente de connotación cultural en nuestros días) adquiere su esencia en ser “Casa de las Musas”, las que desde la antigüedad cantaron la belleza de melodías que interpretaron la vida. ¿Serán ellas profanas? Deseando el bien, todo misterio se canaliza hacia la redención de Jesús. Y el haberlo conocido amplió su resonancia. La fe nunca ha sido reducción sino ampliación del misterio espiritual del hombre.Nuestros bienhechores.En nuestro escrito hemos insistido particularmente en el trabajo de ediciones de obras del Centro Eclesial de Documentación y en el historial del museo “Fray Francisco Miguel Marí”. No podemos olvidar, sin embargo, la obra del archivo que fue de gran interés de don Víctor Paz Estensoro. Las mismas ediciones fueron impulsadas por él y colaboradas en parte por el FIS.

La refacción del museo de 1980 se pudo concretar por la ayuda de ADVENIAT y Padres Franciscanos de Florencia. Los muchos años determinaron la urgencia de realizar los trabajos de consolidación de las cubiertas del museo, y esto se debe a la iniciativa del Embajador de Alemania Joachin Kausch, que visitó nuestro convento el 22 de marzo del año 2000. El Viceministerio de Cultura asumió la ejecución de la obra que confió a la empresa de la Arq. María Teresa Churruarrin. Para completar la visión total del museo, con estudios del ingeniero Marcelo Sosa, se rehabilitó el techo de la parte inferior, devolviéndolo a la estructura originaria. La intervención se mostró necesaria por el estado de las vigas de madera que amenazaban ceder. Obra que se debe a la ayuda de los bienhechores italianos particulares.

Más largo es todavía el historial de la solidaridad para las ediciones del C.E.D. Concurren siempre los nombres de instituciones alemanas e italianas, que son ADVENIAT (Organización de los católicos alemanes), Misión Central (Centro de ayuda de los Padres Franciscanos de Bonn-Alemania) y los Padres Franciscanos de Toscana (Florencia).

Para la edición de la obra, que estamos preparando sobre la formación intercultural del sur y oriente de Bolivia, seleccionamos documentos del archivo franciscano de Tarija, 1606-1936, están comprometidas las colaboraciones de las instituciones indicadas, además de APAC (Asociación de Arte y Cultura) de Santa Cruz y de los viñedos de Casa Real (Tarija). Otras colaboraciones están en trámite. Para concluir hacemos presente que los trabajos de preparación de la edición no habrían sido posibles sin la dedicación esforzada de todo el equipo de C.E.D. formado por: doña Zoila Espinosa de Valenzuela, Yordis Vaca y Willy Méndez y algunos colaboradores.    

La transcripción de los documentos de los años del 1600, ha sido realizada por el abogado y paleógrafo Renán Reynoso Hoyos, encargado del Archivo de la Casa de la Cultura de Tarija. Agradecemos también al restaurador Carlos Rúa (y Lourdes Vallejos y Freddy Maidana) del Viceministerio de Cultura, por la catalogación e identificación (que retranscribimos) de las obras de arte y enseres conventuales, además de los cuadros de la pinacoteca de arte sacro moderno y de la colección arqueológica “Padre Anselmo Andreotti” del C.E.D.

Nuestros lectores entenderán que por obvias razones de seguridad, el Museo no está abierto al público. Se lo puede visitar, previa entrevista con el Padre responsable.

Padre Lorenzo Calzavarini
Director del C.E.D.

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