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DESDE EL PASADO PARA UN PRESENTE DIFERENTE
Entrevista al P. Lorenzo Calzavarini sobre la obra: “Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia, según documentos del archivo franciscano de Tarija. 1606-1936”.

Una mirada hacia la lejanía

P. Lorenzo CalzavariniLa perspectiva de vida en Tarija se dio por la lectura del documento del P. Doroteo Giannecchini en los años de 1965. Su historiación del Chaco yace manuscrita en el Archivo de los Franciscanos de Toscana. Hasta el propósito de mis estudios superiores, como la opción para la universidad  de Lovaina, nacieron de aquellas páginas. El énfasis de mi juventud se lanzó, después, en el objetivo de conocer el Archivo de Tarija. Por tal razón, el proyecto de los que debían ser mis primeros años bolivianos estaba con destino en la Villa de San Bernardo de la Frontera.

Su realización no fue posible por las circunstancias políticas del país el año de 1973. Llegué a Potosí y desde la ciudad imperial, a los seis meses, bajé a Cochabamba para vivir en la casa de estudios de los padres franciscanos de Bolivia. Marcado por mis vivencias académicas entre jóvenes, la proyección Tarija se alejó de mi camino. Más, la universidad de San Simón estaba en plena efervescencia de acercamiento a las condiciones del pueblo. Por caminos programados de forma amplia yo y compañeros académicos, emprendimos investigaciones en el universo rural, desde los mercados, formas de tenencia de la tierra, fiestas y situaciones de salud. Los resultados se volvían ediciones IESE (Instituto de Estudios Socio-Económicas) de la facultad de economía. Nuestra labor, sin embargo, se mantenía en parámetros situacionales del momento. Mi suplemento de intereses buscaba descifrar modelos de desarrollo. Así desde Aiquile, Mizque, Colomi y Chapare volví a pensar en el archivo de Tarija. Me interesaban las tierras chaqueñas, donde a diferencia del departamento de Cochabamba, se incluía la experiencia franciscana de las reducciones. La ventaja era que la hipótesis de estudio se plasmaba no más en la globalidad del archivo sino en una parte del mismo. Se anulaba, por tanto, el factor dispersión, que no había sido calculado en mi estadía lovaniense. Periódicamente me movía entre Tarija y Sucre y el resultado fue el libro Nación chiriguana: grandeza y ocaso (1980).

Pasos más próximos

Mi  libro de 1980 encierra una gran amistad con Don Gunnar Mendoza. Pienso que él me esperaba al termino de cada semana o bien saltando una, según mis obligaciones universitarias.  Mi tiempo estaba organizado para estar en Sucre el día jueves, y viernes y sábado eran de solo archivo. Normalmente en una de las tres noches, alternando la invitación, cenábamos juntos. Sin embargo, al lector le interesará conocer cómo un experto científico trabajaba con un recién entrenado. Para Don Gunnar, el pasado lo encontramos en el relato historiográfico; su paso a la historiación es el principio de análisis aplicado a la concomitancia de más documentos y a la sucesión de los mismos. Pasó, también, que, a resultados ciertos para mí, él me señalara otros documentos paralelos con indicaciones, si bien  mínimas pero ligadas al acontecimiento de estudio. Y el libro salió con la “Introducción” de Don Gunnar.

Curioso fue lo que ocurrió hacia el año de 1987. Siendo yo responsable de la comisión de “Arte, cultura e historia” de la institución franciscana, contraté al Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (Sucre) la investigación que fue editada con el título de “Guía de fuentes franciscanas en el archivo y biblioteca nacionales de Bolivia”. El propósito era ofrecer caminos de historia, que nos permitieran alguna reflexión para el año de 1992, que era el cumplimiento del V Centenario de la llegada a las Indias de Cristóbal Colón. Los financiadores, consideraban ineludible tal fecha para la terminación del  proyecto. Las justificaciones eran válidas porque nada era más plausible para encontrarnos al 1992 con una trayectoria, que ofreciera testimonios del acontecer franciscano en las vicisitudes bolivianas. La frase de Don Gunnar era: “Cuando se entra en el archivo de Sucre no se puede calcular cuales y cuantos papeles existen sobre un argumento”. Era la contestación que daba a mi insistencia de poner un punto final a la investigación para dar con la edición. Su contrapropuesta era: “No vale la pena cerrar con un momento histórico cuando sabemos que las respuestas al quesito vienen inmediatamente después”. La cabalidad de la obra, según él, era concluir con las fichas bibliográficas franciscanas de los siglos 1800 y 1900 sobre los guaraníes, guarayos y benianos. Bien sabiendo esto, apoyándome en nuestra amistad, le indiqué que sin éxito yo habría perdido mi puesto.

Así fue. La comisión de “Arte, cultura e historia” alternó con otros nombres. Don Gunnar siguió adelante con otros medios, pero él también perdió la titularidad de la edición. Como suele pasar  en los subterráneos de la opinión, la edición, póstuma y anónima, de sus manuscritos se dio en el año de 1994, con una “Presentación” mía, que resultaba ser más una simple aclaración que una introducción a la amplitud de la investigación. El resultado fue que un trabajo tan acucioso, tan útil y de tanta envergadura histórica, a falta del nombre de su autor, no haya sido tomado en cuenta por los científicos. El mismo Diccionario histórico de Bolivia (Ed. JM. Barnadas, Sucre, 2002) no lo cita entre los aportes historiográficos de Don Gunnar Mendoza Loza (1914-1994).                
 
En la “reserva activa” de los jubilados universitarios

Pescador en el PilcomayoCon el año de 1991, se cumplía el tiempo necesario para mi jubilación académica. El discurso entre amigos era de pasar a “la reserva activa”. Así ocurrió. Mantuve el concepto indicado y, para realizarlo, el convento de San Francisco de Tarija parecía lo más adecuado. Además, allí, varias situaciones se complementaban: la ubicación final de mi biblioteca, la creación de un ambiente de investigaciones que denominamos “Centro Eclesial de Documentación” y la unión con más huellas del pasado (arqueología, arte, archivo y más bibliotecas). Había vuelto a los sueños antiguos y entre ellos al manuscrito del P. Doroteo Giannecchini. Del proyecto de su edición, sin conectar con otras circunstancias, había hablado con Don Gunnar. Él me animó. Expuse la situación al ministro provincial de Bolivia y todas las puertas estaban abiertas. Con el proyecto Giannecchini me entretuve un año en Italia trascribiendo el manuscrito original para ofrecer a los traductores un texto de segura interpretación. El texto, de hecho, resultaba ser una variante italiano-castellana y con muchos modismos dialectales de la ciudad de Lucca. Era comprensible que después de 40 años, el P. Doroteo enfrentara tales dificultades. Volví con el  texto y con una mínima definición para su futuro tomé el camino hacia Tarija.

En Tarija encontré al P. Gerardo Maldini y  al P. Pedro de Anasagasti como P. Guardián de la comunidad. Vivir en Tarija me resultó lo más natural: ambientes, amigos, universidad, estudiantes y colaboradores. Fue así que los muchos apuntes de mis anteriores visitas al convento fueron completados y publicados en el semanario cultural el “Cántaro” del periódico El País. Me conecté rápidamente con la tradición de escritores franciscanos y por tanto programé la realización del Centro Eclesial de Documentación. Surgieron más colaboraciones y mi actividad eclesial en el campo encontró rápidas realizaciones con los campesinos. Sintonicé con ellos y arriesgué inversiones para arreglar situaciones de templos. El de Tolomosa Grande necesitaba de restauración rápida. Se renovaron las relaciones artísticas con Cochabamba. Se trataba de un equipo de intelectuales, arquitectos y pintores que me auxiliaron. El todo actualizaba el universo del P. Doroteo Giannecchini, que murió en Tolomosa, el 9 de abril de 1900. De mi parte, historia, voluntariado local, actualizaciones de proyectos antiguos y relaciones eclesiales internacionales (Alemania e Italia) ofrecieron la ayuda económica suficiente para terminar el conjunto artístico religioso y la edición del manuscrito del P. Giannecchini en el año de 1996. El contacto con el espíritu chapaco y su situaciones de vida me dieron énfasis suficiente para integrar capítulos antropológicos para mi libro Teología narrativa: relatos antropológicos de fe popular en Bolivia, (La Paz, 1998). En 1999, el Centro eclesial de Documentación apadrinó, también, el trabajo del Prof. Fernando Arduz Ruiz (al cual colaboré en la recolección de textos) Música y cantos tradicionales de Tarija (Editorial Luis de Fuentes, Tarija, 1999).

Los antiguos caminos en la actualidad

El “Centro Eclesial…” iba logrando la opinión positiva por las ediciones del P. Maldini y Pedro de Anasagasti, frailes del convento de San Francisco de Tarija. No fue difícil, por tanto, planear la proximidad de las celebraciones del IV Centenario de la fundación franciscana en Tarija. La edición del P. Doroteo Giannecchini finalizaba las grandes crónicas misioneras (M. Mingo, A. Comajuncosa y A. Corrado). Más que una ampliación en términos de secuencia histórica, perecía requerirse, ahora, una profundización de alguno de sus personajes, que resumiera en su pensamiento la actividad misionera. Se pensó en los manuscritos del P. Antonio Comajuncosa. Pero, el imperativo de Don Gunnar Mendoza volvía actual, ¿porqué no trazar una línea histórica continua?; y más, se actualizaban mis preocupaciones de articular un modelo de desarrollo, que no tuvo una experiencia directa con la acción estatal, representada por el régimen reduccional chaqueño, llevado adelante por los franciscanos. Así, se decidió por la preparación de una antología de los documentos del archivo conventual de Tarija desde los años de 1606 a 1936.

¿Si hubiera faltado tiempo para el 2006? Don Gunnar Mendoza se volvía, otra vez, maestro. Siempre el tiempo sobra y falta; el riesgo se debe asumir caminando. Se empezó en el año de 1997 con un equipo de transcriptores, integrado por algunos correctores. Los borradores estuvieron en buena literatura en el año de 2003. Los revisores lingüistas siguieron trabajando. Al final del 2005, el texto estaba completado para su edición incluyendo una secuencia fotográfica, que ilustraba el texto. Lo obra, sin abandonar requisitos científicos, quiso asumir una aproximación a la divulgación, que recayó en la diagramación de la misma. Resultaban 7 tomos con un total de 4.400 paginas y 1.800 fotografías, divididos en los primeros tres para la Colonia y los otros cuatros para la República. Cada momento histórico lleva una introducción, índices y números seguidos de páginas. Ya salieron a luz los tomos de la Colonia y en los próximos meses los otros. La obra ha tenido presentación en Santa Cruz y Tarija.

En el título se especifica cuatro actores: el accionar de los frailes desde Tarija, los pueblos originarios cordilleranos (Frontera de Chuquisaca y Cordillera) y chaqueños, sus espacios territoriales y la constitución del estado, colonial y republicano. La conclusión de la obra cierra la hipótesis que, en los tiempos largos, se concretó con una identidad propia en los territorios del sudeste de Bolivia y que ellas, si bien por caminos trágicos, ha conformado un núcleo de interculturalidad, una red económica y una infraestructura de comunicación. Las variables principales, extendidas en sucesión y amalgamadas por múltiples causalidades, han sido incluidas en “partes”, y resultaron similares en  lo colonial y republicano: los franciscanos de Tarija; inicio y cumplimiento de actividad reduccional en la Frontera de Chuquisaca y Cordillera; la regionalización chaqueña; sublevaciones guaraníes y conflictos con autoridades coloniales; y manuales de la actividad apostólicas entre “fieles”. Manteniendo firmemente las lógicas sincrónicas y diacrónicas, las “variables”, ampliándose con los tiempos, han coloreado diferentemente las relaciones entre pueblos originarios y centro de poder civil, político y económico, pero dentro del continuo de un sistema estatal asimétrico.

Centro y periferia

Pescadores Tobas en el PilcomayoEl punto de encuentro de los franciscanos con los guaraníes se dio en la concreción de la reducción. Los pueblos originarios ofrecían tierras y brazos; los frailes, de su parte, exigían ser reconocidos como conductores y la obligación de la escuela para los niños. Asimismo la realización de una red de ellas estaba implícita en la regionalización territorial guaraní, marcada por la distribución de los asentamientos humanos, lo que actualizaba también su geopolítica interna y externa. La separación con los de “dentro” (no reducidos) no era tajante. La reducción, incluyendo fieles e infieles, dejaba una puerta siempre abierta a “los parientes”. Las insurrecciones unían a ambos cuando las autoridades estatales (colonia y república) querían manejar el conjunto reduccional fuera de lo implícitamente pactado: rompiendo la regionalización (actuación de Viedma en los años 1796-1803) o bien canalizando intromisiones en la propiedad de las tierras (Kuruyuki, 1892). Para vencer su debilidad intrínseca, el régimen reduccional se preocupó de darse una legitimidad, pública y eclesial, aceptando una representación indirecta del Estado y una definición eclesial a determinarse en futuros tiempos (camino hacia la institución parroquial). Por tanto, quedaba incierta su existencia sin éxitos a favor de los pueblos originarios, que fueron: defenderse frente a las circunstancias adversas, la red regional, mantener una identidad de “nación” y asegurar un sistema económico. Los caminos para tales realizaciones fueron posibles por el pacto tácito entre autoridades indigenales y los franciscanos: la propiedad de las tierras, la escolaridad, la división del trabajo (cultural, agrícola y artesanal), la mutua ayuda y los intercambios de bienes. Además, el Colegio de Propaganda Fide, ubicado fuera de los territorios de los pueblos originarios, era más que una simple residencia de frailes. Construía lazos de mediación jurídica, económica y tecnológica entre los territorios reduccionales y la regionalización estatal.

A pesar de los cambios socioeconómicos y culturales vividos en carne propia, desde 1756 a 1810 los guaraníes lograron mantener una centralidad como pueblos originarios. Mantuvieron el mismo escenario en los años desde 1846 a 1905. El P. Giannecchini, en 1897, los describió según su dicho: “Somos los hombres inamovibles, valientes y guerreros”. Sin embargo, con la constitución de la República, los franciscanos se conectaron con ellos desde el sur, encontrándolos en un territorio compartido con tobas y noctenes, que vivían en las riberas del Pilcomayo. No fue posible sustentar el antiguo principio: “ni obispado ni gobernación pueden dividir una nación” (A. Comajuncosa, en el año de 1803). El problema inherente era la programación del territorio chaqueño desde la centralidad del Estado y sus contenidos ideológicos. Ése aceptó el régimen reduccional como emergencia civil y sin reconocimiento de su dimensión religiosa, que quedaba justificada como asunto interno de la Iglesia. Sólo en el año de 1871 se formalizó un “Reglamento de misiones”, que reconocía como propietarios de las tierras de la reducciones a sus componentes. Dos condicionantes aún flotaban peligrosamente: la concepción del “salvaje” en contra del ciudadano y el tratamiento del Estado hacia la Iglesia. Ambos cerraron el proceso reduccional, en 1905, con una interpretación peyorativa. Los indígenas, despojados de sus tierras, emigraron a la Argentina o tuvieron que refugiarse en los reductos territoriales (quebradas y parcelas abandonadas). La periferización chaqueña silenció la tragedia de guaraníes, tobas y noctenes.

El espectro del olvido

Difícil descifrar los ecos de una tragedia, que además no se circunscribía a las solas tierras chaqueñas. La conclusión más dura es que somos “perdedores frente a la historia” de la “nación boliviana”, que incluye tantas “naciones”. Una “ideología de patria”  ha descartado ahondar en la “ideología de nación”. Muchas palabras han sido desgastadas en el énfasis de una revolución como conquista del estado por fuerzas hegemónicas alternativas. Ha sido la ilusión óptica de mirar el rostro de la esfinge, que escondía la debilidad de sus cimientos. El concepto de “democracia participativa” no hace referencia al reconocimiento de los “derechos” sino al ejercicio de los mismos (por demás declarados) en las condiciones prácticas del cotidiano vivir. La realización de las autonomías departamentales es exigencia de espacio para esas vivencias.

Para su justificación, se recurre siempre a lo que la historia parece ofrecer como razones de apoyo de una u otra opción. De hecho, recurrimos a otra ilusión histórica, calcada sobre un falso historicismo. La inadecuada división del Chaco entre Santa Cruz, Tarija y Chuquisaca (donde se destrozó al régimen reduccional) podría no referirse directa y totalmente a razones de dominación sino más simplemente a la incapacidad de ampliación de la infraestructura de la sociedad o más trágicamente a la imposibilidad de dominar al territorio global. Por tanto, no se trata de justificar situaciones sino dar vida a conjuntos poblacionales, antes oscurecidos por la ilusión piramidal. El malestar (vamos al ejemplo chaqueño, que proclama ser “décimo departamento”) no se resuelve con proclamación “autonómicas” (valen las comillas) en el embudo entre Villamontes y Yacuiba (para el más allá, el choque debía ser con el departamento de Chuquisaca y Santa Cruz). Yendo a lo específico de la proclamaciones ideológicas, la identificación de un departamento en términos de solo gas, (sin consideraciones territoriales, poblacionales, mercados, capacidad profesional, división de trabajo y de conveniencia política) es renovar el antiguo mal de la ocupación ganadera y maderera, que actuó contra los pueblos chaqueños (en su mayoría pueblos originarios) por la supuesta creación de la “ciudad industrial” (Villamontes), sobre las dos reducciones de San Francisco Solano y San Antonio a las riberas del Pilcomayo. La diferencia de fuerzas en las relaciones decisiónales estaría en que, antes, fue un hecho consumado desde “fuera” por corrientes liberales y, ahora, desde dentro por decisiones “de cabildo propio”.

El problema debe resolverse por otros caminos. Si la contradicciones se ubican en los diferentes departamentos, la solución debe encontrarse “en y desde” ellos. El objetivo es vencer el aislamiento de las ciudades capitales y las lejanías de las periferias, ensanchando la red urbana con ciudades que ofrezcan todos los servicios del Estado (problema más preponderante en los Departamento de Chuquisaca, Potosí y Santa Cruz y menos en el de Tarija). Las respuestas al malestar deben buscarse en su “después”, midiendo “antes” la viabilidad del proyecto primero, que es aproximar soluciones a la realidad de cada habitante. Ese traslado no significa separación sino puntos de relaciones. Además cualquier dimensión de economía industrial, si a eso se mira, descarta toda intermitencia de recorrido y su solución está en la continuidad y la complementariedad.

La obra: “Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia, según documentos del archivo franciscano de Tarija 1606-1936” ofrece varios caminos de estudios. La imagen de la esfinge debe entenderse también como realidad “abigarrada”, que debemos configurar. Así es que sociólogos, antropólogos, economistas, historiadores, teólogos y politólogos encontrarán en ella una documentación válida para conocer la formación de un modelo de convivencia humana, que se formó, cambió y hemos heredado. Sus mutaciones se han dado en la toma de conciencia de los conflictos; y posiblemente las resoluciones inconcluyentes del ayer son posibles hoy, por disponer de líneas tecnológicas de comunicaciones: a la falta de dominio del territorio corresponde siempre una baja realidad demográfica. La comparación con los otros modelos departamentales y regionales podría devolvernos otra imagen global de Bolivia: una institucionalidad piramidal en acuerdo con su dimensión horizontal.          

Tarija 15 de abril 2006

Lorenzo Calzavarini
Director del Centro Eclesial de Documentación (CED)

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