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CONDECORACIÓN “JUANA AZURDUY DE PADILLA” EN EL GRADO DE SERVICIOS EMINENTES AL REVERENDO P. GIUSEPPE (LORENZO) CALZAVARINI

PÁGINA DE MI DIARIO
(Sucre, 24 de mayo de 2007)

P. Lorenzo Calzavarini recibiendo condecoración del presidenteUna sorpresa fue la comunicación, llegada al Centro Eclesial de Documentación el día 18 de Mayo. Se me comunicaba que la Honorable Alcaldía de la Ciudad de Sucre me otorgaba la Condecoración “Juana Azurduy de Padilla”, en reconocimiento a los méritos (así decía) de ser persona distinguida por la labor realizada en Tarija.

Juana Azurduy fue Heroína del proceso de independencia de Bolivia. La fecha del 25 de Mayo tiene un valor específico para la historia del continente porque en la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca se dio el primer “Grito libertario” contra la dominación de España. Después se sucedieron acciones de guerrilla, y una fracción de estas fue guiada por Juana Azurduy de Padilla. La lucha pasó después a los ejércitos que llevaron a la victoria final en 1825.

Por tanto, la presencia en Sucre de todos los Departamentos de Bolivia, quería significar y confirmar un concepto de Patria común.

Antes de la consigna de condecoraciones a los nueve Representantes de los Departamentos (era el día 24) se hizo recuerdo, a horas 18:30, de otro acontecimiento: “el repique de las campanas de la Iglesia de San Francisco” (primer Convento Franciscano en Bolivia, del año 1540), que renovaron el anhelo de Libertad de todo un pueblo. Las palabras fueron altisonantes, posiblemente útiles para dar un suplemento de verdad a un recuerdo patrio que debe traducirse en la vida de cada día. De allí se pasó a la Casa de la Libertad. Ahí nos encontramos en un ambiente de los Padres Jesuitas: era la antigua Capilla de los Padres Profesores en la Universidad San Francisco Xavier.

En 1767 los Jesuitas fueron alejados de todo el continente latinoamericano por decisión de las Cortes Reales de Europa. Una de las razones de esta vergonzosa decisión podría estar en la teoría del “tiranicidio” (es moral matar al tirano), tesis defendida por los teóricos de la Compañía. Con otras voces académicas, se llegó al mismo resultado.

Estábamos reunidos en la Casa de la Libertad a horas 19:30, a los pocos minutos llegó el Señor Presidente de la República: acompañado por algunos Ministros de Estado. Tomaron la palabra los representantes de la ciudad de Sucre. Volvieron nuevamente expresiones altisonantes que acepté plenamente porque hablaban de las necesidades materiales de las personas. Después pasamos a las condecoraciones, mi nombre se pronunció primero, y la condecoración me fue impuesta por el Señor Presidente. Él entendió mi expresión de sorpresa y con una sonrisa, simple y abierta, me puso la Condecoración en la solapa izquierda de mi chaqueta. Me felicitó estrechando la mano.

Fue un momento muy conmovedor. Sin embargo, algo mágico envolvió el ambiente cuando se acercó al podio la representante del departamento de Sucre, que era una hermana religiosa, flaca, baja de estatura y encorvada por los años. La justificación de su condecoración rezaba los 50 años  de atenciones a los enfermos en el Hospital Santa Bárbara. Su vestido blanco se unió al color rojo de la testera de las autoridades y la luz amarilla, que coloreaba toda la Casa de la Libertad,  la hicieron más liviana y ágil en su caminar. Los aplausos del público no cambiaron su manera de andar. Bajó y tomó su asiento cerca del mío.

 Por último habló el Señor Presidente, fue un discurso de persona sobrecargada de responsabilidades. Creo que las enumeró todas, dividiendo las unas de las otras en paquetes de éxitos y de dificultades.

La fraternidad entre desconocidos se realizó en el agasajo, en el atrio de la Casa de la Libertad. Ocupado con una mano que sostenía el fólder de cuero que encerraba la justificación de la condecoración y la otra mano ocupada por un vaso de coñac, besé, en la forma boliviana, a una distinguida Señora que me habló en perfecto italiano. Contesté y compartimos recuerdos de Italia.

Era la Consulesa de Italia en Chuquisaca, acepté sus muchos elogios. Me sorprendió su femineidad que unía autoridad y dulzura.

Igualmente simpática me resultó la Señora Mirna, organizadora del evento, con la cual había hablado anteriormente por teléfono. Su vestido de circunstancia (blusa y pantalones negros, con chalina de color azul que bajaba del cuello) resaltaba su piel morena. Me fijé en las dos sonrisas que consolidaban su amistad. Pensé que la identidad de las mujeres se puede percibir de la calidad de su risa. El todo fue muy gratificante y terminó con intercambio de saludos.

P. Lorenzo Calzavarini

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