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DESDE LA BOLIVIA PROFUNDA*

Samaipata, santuario del agua. 1975.Al regresar a Potosí, con gran sorpresa mía, encontré a Fray Giuseppe Rossi que llegaba de Fiésole. Apareció con una alforja, de un negro reluciente que sobresalía sobre el marrón del hábito, y en los pies las tradicionales sandalias. Por el modo en que se presentó, su fisonomía manifestaba un nuevo proyecto de vida: ser franciscano en Bolivia. Entre las pocas cosas que traía consigo, había un regalo para mí: era la última edición de los "Canti Orfici" (Cantos Orficos) de Dino Campana, resultado de un congreso en Palazzo Vecchio de Florencia, organizado por Fray Giuseppe. En aquella alforja, pues, había también un poco de Mugello, territorio en el que Fray Giuseppe, por muchos años, había sido recolector de limosnas, además cuna de Giotto y del mismo Dino Campana: colinas ondulantes, una secuencia continua de verdes prados y ejemplo de sana vida campesina. La grandeza de Potosí le quedaba lejos en aquellos primeros días; le aprisionaban los recuerdos y las bellísimas cartas espirituales de los amigos florentinos: Bargellini, Conti, Prezzolini. Nuestros diálogos se realizaban en las calles llenas de calor, lo cual quiere decir después de las diez de la mañana y no más de las tres de la tarde. El resto del día y de la noche era un frío tremendo. Intercambiábamos impresiones que, dichas a tanta altura y en una atmósfera tan escasa de oxígeno, de cualquier forma daban en el blanco. Hablábamos de lo que dos religiosos, que se hallaban allí por vocación misionera, habrían querido entender, a fin de que su decisión pudiera gloriarse de una identidad diferente de aquello que había sido hasta entonces. Así se manifestaba tanto el doctor como el hermano lego.

Mientras Beppe aprendía el "castellano", yo había sido invitado, no sé a sugerencia de quién, para dictar la cátedra de Sociología del Desarrollo en la Universidad de Potosí. Acepté con sumo placer. Desarrollé las teorías correspondientes al tema y algunos capítulos del estudio que fue mi tesis para el doctorado en Italia. El Dr. Derpic, que había sido catedrático en la misma Universidad y expulsado por el golpe de 1971, me dio útiles consejos de prudencia y de necesaria ética profesoral. La problemática social se adhirió a mis huesos y, aún ahora, agradezco a aquellos estudiantes. A pesar de que no recuerdo sus nombres, tengo siempre presentes sus rostros. Quise descifrar, tenuemente, más que una Bolivia lanzada hacia el futuro, el sentido de su pasado. El etno-historiador francés Nathan Wachtel, que se encontraba allá con motivo de investigación en el archivo del convento, me regaló su libro "La visión des vaincus" (Ed. Gallimard, París, 1971). Fue una ocasión que se trasmutó en evento: otra interpretación de la historia que demostraba cómo los vencidos han logrado conquistar al conquistador. Con él bajé muchas veces al archivo y consolidé la metodología histórica. Ya no más cifras oficiales, sino lo informal, que quiere decir una economía de pueblo ligada a las obras de precariedad, que ponía en relación: horas de trabajo, costo de los productos básicos y valor de la moneda. Era esto lo que se requería para comprender los espacios de la pobreza. Reproché a la sociología el haberse sumergido en un darwinismo social que había hipostatizado por más de un siglo un mecanismo teórico marxista y anti-marxista.

El P. Lorenzo Calzavarini en la Isla del Sol. 1978.Por la profundidad del pasado y por la inmensidad del presente, reflexioné (siempre con Fray Giuseppe) sobre las responsabilidades que nos tocaba asumir: ya no se trataba de responsabilidades por ocupar un territorio específico (en nuestro caso: las llanuras del Chaco y los pináculos de Potosí), sino el peso de una contralógica que tenía sus antecedentes en un contexto nacional. El Gral. Hugo Banzer Suárez, año tras año, se sucedía a sí mismo, no por razones militares sino por un esquema de Estado que hacía omnipresentes las armas, al servicio de razones ajenas.

Siempre me ha molestado el mucho hablar sin decir nada y la maraña de actuaciones que esconde el vacío existencial. Por esto, los dos religiosos, preparados y "empaquetados" desde Italia hacia Bolivia, experimentaban que, con un poco de buena voluntad, se habrían podido dedicar a cualquier cosa. Por el contrario, desde el Chaco se mantenía el silencio. En uno y otro caso, era necesario tomar conciencia de haber aprendido una teoría eclesial, inadecuada a las circunstancias que vivíamos. En su tiempo, por buena o mala suerte, fue bastante publicitada la expresión de que la obediencia ya no era una virtud. El reverso de la misma medalla era igualmente dramático: a fin de no aceptar un conjunto de innovaciones se permitía que el necesario diálogo fuera a la deriva. De ahí la sensación de vacío. Y descuidando lo necesario se impuso la lógica de lo útil, según los cálculos y balances, discutidos y rediscutidos con Beppe. En consecuencia, lo importante era superar la ideología de lo obvio que hacía hasta de un movimiento de hoja algo útil y, por ende, algo necesario. Para concluir, Beppe fue a la Dirección Nacional de las Escuelas de Cristo en La Paz y yo a Cochabamba, para convivir con jóvenes franciscanos que provenían desde las más diversas experiencias: Italia, Brasil, Austria, Colombia y Perú. Era el primer resultado positivo de la efervescencia interna de la organización franciscana, en la que se trataba de eliminar al menos las incongruencias pasadas. La creación de la Federación había conducido a la decisión de formar casas de estudio en Bolivia.

De la admiración a la tierra pasé a vivencias bolivianas. Mi fraternidad era el convento de San Francisco de Cochabamba. Aquellos jóvenes habían regresado gustosamente a su propia casa. El entusiasmo era admirable: trabajos domésticos, estudio y prefiguración de un destino común. El P. Luis Fernández, ya cargado de años y de experiencia, era nuestro vate. Fray Pascual, también de avanzada edad, era el hermano que hacía la colecta para la comunidad, mejorando nuestra economía con las limosnas que le daban en "La Cancha". Este último, de Pascual pasó rápidamente al nombre de Siripaka, por ser él originario de una pequeña aldea a orilla del lago Titicaca. Sus preocupaciones por los jóvenes, que le habían transformado en el abuelo de la casa, lo convertían a veces en el maestro de disciplina. La diferencia de edades, las imprevisibles actitudes frente a la vida y los proyectos de acción habían hecho de nuestra fraternidad un ambiente muy rico en iniciativas. Poco a poco, el avance de la organización global de la Federación hizo que estos jóvenes asumieran responsabilidades que no les eran propias. De lo interesante se volvió a lo obvio, que se proponía como necesario: la obediencia a las cosas contra la fidelidad a un proyecto. En algunas ocasiones encontré a muchos de ellos por los caminos de Bolivia. Un maestro inolvidable vivió por poco tiempo con ellos; una cruz lo recuerda en el Altiplano, entre Oruro y La Paz: era el P. Leo Eichensser.

Isla del Sol. 1978.En Cochabamba encontré las cenizas, aún calientes, de un trabajo eclesial que había sido realizado en años precedentes. El nombre de los sacerdotes de la OCSHA estaba siempre presente. Entre las opiniones, a veces contradictorias, reconocí que se había estado gestando una primavera. Por su forzoso alejamiento, el seminario de San José quedaba con pocos sacerdotes asistentes y, por aquella imagen, la configuración de un gran trabajo futuro. La generosidad y dedicación de los profesores del ISET (Instituto Superior de Estudios Teológicos) fue maravillosa para bien de los jóvenes. También se presentaron entre nosotros los términos de una aventura intelectual sobre la base de los documentos conciliares, que se convirtieron en algo propio de un momento eclesial boliviano: una teología con sabor de "La Cancha" y menos al estilo de la Plaza Principal, bella aún sin la presencia de las personas. Se estaba programando una pequeña revolución del pensamiento católico: la centralidad del estudio de la Palabra de Dios, la confrontación de ésta con la realidad, histórica y actual, y la consiguiente elaboración teológica en cuanto a Dogma y eticidad. Era un sacrosanto deber de los profesores una reunión semanal para preparar los cursos del siguiente semestre. Imagínense: profesores que estudian, elaboración de un contexto boliviano y diálogo cotidiano con los estudiantes. En mi vida, las virtudes teologales jamás habían tenido tanta realidad. En la fatiga intelectual de entonces, inclusive aquellos trabajos de preparación y elaboración de la tesis para el doctorado resultaron, como nunca, básicos para su continuación. Se podían especificar dos grandes intereses o líneas de estudio: las relaciones entre indigenismo y catolicismo popular y la persistencia de la "memoria colectiva" en lo conflictivo del pasado. Ambos temas exigían, más allá de una metodología histórica, sobre todo una teorización antropológica. Una vez organizado el esquema general de trabajo, era necesario afrontar por partes las respectivas problemáticas y organizar la fatiga cotidiana a largo plazo.

Todo este proyecto no habría dado frutos sin la constancia en el estudio, un lugar de problemática intelectual y un interés de fraternidad. Felizmente, por aquellas raras combinaciones de estrategia conventual, los tres espacios se hicieron presentes cuando dejé el Convento de San Francisco y pasé a vivir en la fraternidad de San Carlos. También la Universidad de San Simón de Cochabamba me ofreció la posibilidad de dedicarme, sobre todo, a la investigación. San Carlos era administrado en aquel tiempo por sacerdotes de origen trentino (de la ciudad de Trento) que, nuevos en la experiencia de Bolivia, afrontaban el trabajo misionero de acuerdo a las novedades conciliares. También ellos, gente de montaña, tenían algo en común con la dureza de los Andes y con la terquedad campesina para el trabajo. El P. Angelo Donati con experiencia de trabajo pastoral en Italia, sabía distinguir muy bien la paja del grano. Por tanto, el P. Valerio, el P. Luca y el P. Ángelo obraban según un programa discutido con los parroquianos que combinaba los diferentes aspectos de la vida. La vida de fraternidad se armonizaba con la presencia de los franciscanos, también originarios de Trento, que trabajaban en el campo. Efervescencia de ideas, realización de trabajos y juventud, mostraron el rostro de la Bolivia valluna. El Obispo de Aiquile, Mons. Jacinto Eccher, para manifestar su suerte de poder contar con sacerdotes llenos de vida y por el hecho de que las diferentes iniciativas iban tomando cuerpo, se había autodefinido como "director de tránsito". Más que una verdad expresaba una actitud franciscana; era tal el respeto por los hermanos, que de su rol de Obispo mantenía firme solamente esta idea directiva: las exigencias del pueblo son nuestro deber. Le llamaban el "Obispo Campesino ".

El I.E.S.E.(Instituto de Estudios Sociales y Económicos) me ofreció el ambiente intelectual. Eran los años cuando el compromiso político presuponía la dedicación al estudio. Contra los barbarismos de Norteamérica y de la clase dominante boliviana, se había consolidado la ideología de "ser del pueblo". Así, economistas, sociólogos y arquitectos, habían hecho de aquel centro de investigaciones un laboratorio para construir un lenguaje, más verdadero y más acorde con el proclamado "nacionalismo". Las tesis de grado alcanzaron un alto nivel de perfeccionamiento. En un primer momento se afrontaron temas de investigación aplicada y, en un segundo, los colaterales aspectos teóricos que dieron como resultado una conceptualización del contexto socio-económico de Cochabamba: ciudad y campo. Aquellos estudiantes pasaron luego a más grandes intereses de estudio en universidades bolivianas y extranjeras, así como en organizaciones internacionales. Mientras tanto, yo continuaba en la ampliación de mi tesis de grado sobre el Chaco. Así, todos los jueves, en autobús, llegaba a Sucre a trabajar en el Archivo y Biblioteca Nacional. Don Gunnar Mendoza, que era y continúa siendo su infatigable director, guió mis pasos. Fueron cuatro años de esfuerzo que pude coronar merced a la ayuda económica de la asociación "Intercambio Cultural Alemán -Latinoamericano" con sede en Münster.

NUEVAS RIBERAS

Rakaipampa, fiesta del Rosario. 1977.Por exigencias de la investigación tuve que recorrer por dos veces el territorio del Chaco. Todo quedaba ya muy lejos de las informaciones que había recabado de los libros. Los conflictos presentes habían hecho que quedaran en el olvido inclusive los nombres de los acontecimientos históricos y los chiriguanos estaban insertos en la nomenclatura de los pobres. En Tentayapi -la "tierra del fin del mundo"- los he visto en su especificidad originaria, pero también allí sepultados por la presión "civilizadora". Fijándome en su tragedia, a mi retorno a Cuevo, tuve una discusión acalorada con el P. Benardino Del Pace, que estaba en Bolivia desde hacía más de 30 años. El P. Benardino era una persona de buena formación científica. Después de haberse titulado en letras clásicas en la Universidad de Florencia, había llegado a Bolivia para ejercer de profesor en Potosí y desde allí pasó al Chaco.

Mi presencia y mis intereses lo devolvieron al espíritu científico y decidió gritar la rabia que había contenido por mucho tiempo: hacer conocer la documentación que testificaba la historia del pueblo guaraní en Bolivia. Editó, algunos años después, la crónica del P. Manuel Mingo, una crónica que se remonta a 1796. Discutiendo hasta las cuatro de la mañana, a la luz de la luna unos ratos y otros alumbrados por una vela, él bebiendo litros de leche para controlar una úlcera y yo otros líquidos muy distintos, festejamos en el claroscuro de aquella noche nuestros destinos de .vida guaraní y boliviana. También yo decidí mi dedicación a la cultura guaraní que planifiqué en tres libros: una parte introductoria, como lectura antropológica del choque entre civilizaciones en el Chaco; una parte histórica, para descifrar las particularidades de la "Nación Chiriguana" en el contexto colonial y republicano y una parte sociológica, que debía explicitar el sistema de relaciones guaraníes, pasadas y presentes, que los mantiene aún ligados a aquella cultura.

El golpe de García Meza de julio de 1980 me encontró en Cuevo. Por las noticias acerca de las represiones que se estaban llevando a cabo, retorné, rápida y silenciosamente, a Cochabamba. Junto con los amigos del IESE y otros más, fui expulsado de la Universidad, lo cual me permitió encerrarme, por necesidad y por virtud, en mi biblioteca para concluir el primer libro programado. Fr. Claudiano Turri y Fr. Adalberto Rosat, actual Obispo de Aiquile, fueron para mí una ayuda inconmensurable, así como el Prof. Adolfo Cáceres y el Lic. Jaime Vargas. Con el contrato de publicación ya firmado, me llegó la noticia del fallecimiento de mi padre. Las frecuentes llamadas telefónicas de mi familia insistían para que yo viajara a Italia, lo cual no fue posible por las circunstancias políticas de Bolivia: unos amigos me hicieron saber que mi nombre estaba en una "lista negra" y que, de ir a Italia, me sería negado el reingreso a Bolivia. Decidí cumplir mis deberes de hijo desde la distancia. La vida había sido poco generosa con mi padre. Siendo de extracción campesina y dado que el hijo mayor tomó el camino de sacerdote franciscano, pensó que solo no habría podido afrontar los trabajos agrícolas y decidió emigrar a la periferia de la ciudad. Aunque profundamente católico, jamás quiso entender mi decisión y, al verme partir en el barco hacia Bolivia, le salió aquello que había querido decirme mucho tiempo atrás: "Hijo, que vagas por el mundo, con tantos libros y sin mujeres que te atiendan".

Isla del Sol. 1978.El viaje a Italia tenía un sabor de refugio. Los militares perturbaban la tranquilidad de mi biblioteca y la vida se había hecho incómoda para mí y para los otros. Las cartas de mis familiares hacían ver que mi presencia habría aliviado el vacío que rodeaba a mi madre. Por un cálculo político, que atribuía a los militares la posibilidad de un gobierno de largo aliento, pensé buscar un trabajo en Italia. ¿Pero dónde? La Universidad de Urbino, mediante Don ítalo Mancini, me invitó a tomar una cátedra de etnología en el Instituto de Ciencias Religiosas. Jamás un afecto y aprecio se han demostrado tan verdaderos en el transcurso del tiempo. Los estudiantes fueron maravillosos; asimismo los amigos que, con su ternura, pensaban sustituir o complementar la distancia de Bolivia.

Conocí un nuevo modo de pensar europeo que se había hecho más planetario. Don ítalo era la convergencia de la reflexión que llegaba desde los países comunistas del Este y se había convertido en un "maître á penser". Silvia, Cino, Graziano, Vincenzo, Adriano, Delisio, Teresa, Giuliano y el grupo de "solidaridad" eran mi diaria compañía. Más que hermano de una comunidad franciscana me sentí hermano de todos ellos. Muy pronto las llamadas telefónicas y cartas desde Bolivia se hicieron insistentes sobre la posibilidad de regreso. Sólo aquellos compromisos de trabajo retrasaron los días. -Debo a la Universidad de San Simón, en la persona de su Rector, el Dr. Jorge Trigo Andia y en la del Decano de la Facultad de Economía, Lic. Roberto Valdivieso, el que se me hubiera allanado el camino. También la comunidad franciscana de Urbino había tomado el ritmo del mundo: Fr. Giacomo partía hacia el África y los que quedaban, a través nuestro, tomaban contacto con Bolivia y Burundi.

En aquel tiempo de añoranzas, escribí varios artículos sobre la Bolivia profunda: los Trinitarios y el carnaval de Oruro. Reconozco que la línea de los escritos era un tanto polémica respecto de la Iglesia Católica de Bolivia: ¿Por qué no se vinculaba, como había sucedido en el movimiento franciscano del 800 y 900, a los hechos de subversión? Mi pensamiento chocaba inclusive con los últimos sucesos que se habían dado en la preparación de Puebla. Valga recordar que la "Evangelii Nuntiandi" de Paulo VI debía ser el documento guía; una Iglesia misionera en el mundo entero: Italia, Francia, Bolivia, África... Yo había participado, como representante de Bolivia, en las reuniones preparatorias. En Bogotá observé el ausentismo de la Argentina que ya se encontraba en situación militar; la prudencia de Colombia, demasiado curial y sin sabor de pueblo; Chile, lanzado a una indescifrable contradicción; Venezuela, optimista por el petróleo y por la gestión presidencial de Carlos Andrés Pérez; Perú, Bolivia, Ecuador y Haití en los umbrales de una problemática que comenzaba con las situaciones indígenas. Por último, en la reunión de Buenos Aires, se transcribió todo a nivel dicotómico: ateísmo sí y ateísmo no. ¿Qué se puede pensar? En América Latina no existe ni existía una problemática de ateísmo: allí la Iglesia debía afrontar la dimensión de los ministerios para una nueva configuración institucional. Por desgracia, estaba ausente el jesuíta P. E. Rubianes de Ecuador; con él había compartido una perfecta sintonía de análisis en la etapa de Bogotá. Los temas que yo había confrontado en Urbino favorecían la dimensión popular del catolicismo en contra de la parte aristócrata.

Al regresar a Bolivia no fue fácil volverme a vincular con la nueva realidad. El proyecto guaraní no prosperó por no haber conseguido fondos para la investigación. J. Riester publicó, algunos años después, una valiosa documentación y los Padres Jesuitas de Charagua iniciaron una colección de temas muy actuales. Sin embargo, se abrió una perspectiva de trabajo con el P. Franco Valli, que residía en Cuevo. El era animador del Centro "Ñandeve", que significa el "nosotros inclusivo" en lengua guaraní. Sus objetivos eran hacer que emergieran una nueva conciencia cultural y un mejoramiento de las condiciones socio-económicas. Franco, también originario de Toscana con estudios en Fiésole, era un franciscano relativamente joven pero con grandes experiencias de vida. Durante ocho años había sido Director de las Escuelas de Cristo en Potosí e inmediatamente después pasó a Cuevo. Tenía el don de la autoridad. Los superiores de la Orden le confiaron una misión muy importante: visitar a los Padres Franciscanos que trabajaban en Centro América (Guatemala, El Salvador, Panamá, Nicaragua). Yo fui con él. Aquellas tierras estaban ya martirizadas por las guerrillas y por el imperialismo norteamericano. Vimos mártires y rostros de sufrimiento y en contrapartida, también pudimos palpar la caridad, silenciosa y humilde, de nuestros cohermanos. Pero Franco murió en una jornada lluviosa, en las aguas intempestivas de la "quebrada" de Macharetí. Quise recordarlo en la frescura de los años en que lo conocí profundamente y siempre vivo en su dedicación a los guaraníes. Por eso todavía no he visitado su tumba. En 1988 yo también fui enviado en una misión similar a la Argentina. Allí pude mesurar los crímenes de los gobiernos militares, sus consecuencias para los pobres y la relación directa entre vida religiosa y vicisitudes del pueblo.

La imagen de Franco se me presentó siempre emblemáticamente. La modernidad era para él unirse al destino de las personas indigentes, preparar una institucionalidad eclesial pobre entre los pobres y una relación directa entre el ser intelectual y el hombre de acción. El P. Francisco Focardi continúa en Cuevo la imagen operativa de los comienzos. Un primer resultado positivo es la solidaridad que se ha construido entre las diversas comunidades guaraníes, donde el sacerdote es tal por ser una persona "con autoridad" y no por gestión de un poder. Quizá no es apropiado aún escribir sobre una experiencia que, desde hace diez años, ocupa el tiempo libre de las tareas universitarias de un grupo de profesores de la Universidad de San Simón, quienes han puesto al servicio de los campesinos de Pasorapa y de Aiquile su capacidad científica. El concepto que los animó y los sigue animando es el del voluntariado. Para adquirir representatividad han creado COTESA (Cooperación Técnica y Estudios Aplicados). Los resultados están ya presentes. Que sean estos agrios o sabrosos, su bondad dependerá de la eticidad con que se los recibe.

Del recuerdo de mis días nace, para todos los amigos, la invitación a aceptar un misterio nuestro que una invocación de resurrección:

Muchas veces... He visto morir mi vida
cuando menos lo esperaba
y pensaba que podía ya estar llena.

Nadie descubrirá
aquellos momentos de cruz,
clavados sólo en mi carne.
Grité en el silencio
porque no quise vender
algo de mí mismo.

Pienso (siempre lo he pensado)
que la soledad de la vida
es aquella cruz que a todos nos crucifica.

Antes de concluir estas páginas, un cálido "gracias" a cuantos han compartido conmigo los bancos de clase en las casas de formación franciscana, ahora sacerdotes en Italia: Fray Vittorio Acciai y Fray Mauro Niquozíani. El 7 de octubre de 1989 nos hemos vuelto a encontrar los tres para una misa de agradecimiento en la Iglesia de Ognissanti de Florencia, desde donde habían partido muchos misioneros hacia Bolivia. Fray Vittorio esbozó para los participantes el destino de cada uno y concluyó: "Lorenzo dicta clases en la Universidad de Cochabamba; Mauro vive en Poggibonsi, donde recibe a los turistas y peregrinos que llegan para visitar el Santuario del Fundador de la Tercera Orden Franciscana y Fray Vittorio -el que habla- es párroco, por tanto es esposo de esta bellísima, sin embargo vieja "Iglesia". Entre lo serio y lo jocoso se asignaba una clausura a la etapa de los 25 años, sobre el presupuesto de que la vida seguiría adelante con sus sorpresas. Luego, visitando y admirando la soberbia Iglesia de Ognissanti, a pocos metros del presbiterio, me mostraron la tumba familiar de Americo Vespuccio. Sus carabelas fueron y volvieron y otras más salieron y volvieron. Su vaivén hizo que las costas se acercaran unas a otras y el mundo de los hombres fuera más grande. Amerigo Vespucci navegó, no para buscar oro, sino para conocer.

P. Lorenzo Calzavarini
San Carlos - Cochabamba, diciembre 1989.

* Calzavini Lorenzo, Los Franciscanos en la hora de Bolivia, Ed. Arol, Cochabamba, Pág. 36-49. 1990.

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