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ANÉCDOTAS HISTÓRICAS INÉDITAS DEL P. QUIRINO SAMPOLI (MUERTO EL 28 DE MAYO DE 2OO8) EN MEMORIA DEL IV CENTENARIO DE LA FUNDACIÓN DEL CONVENTO SAN FRANCISCO DE TARIJA, 1606-2006.

1.De izq. a der. y de arriba a abajo: P. Francisco Bartelesi, P. Luis Civilini, P. Quirino Sampoli, P. Virgilio Bianchi, P. Faustino Domeneci, P. Francisco Di Vagno, P. Jacinto Nerozzi, P. Florencio Parigi, P. Gerardo Maldini. (en el acenanoa atlántico, 29-V-1947).Objeto: Muchos días hacen cuatro siglos. Vida de misioneros de antes y cercanos a nosotros; la “memoria” relata su caminar, que tiene que ser la raíz del nuestro (L.C)

La celebración del IV Centenario concluyó el 31 de mayo 2007. Escribo el día 2 de junio de 2007, como un suplemento de intención, porque quisiera añadir algunos aspectos de la vida misionera. Quiero detenerme sobre las fotografías del P. Gerardo Maldini, fallecido el 18 de noviembre de 1998, y sobre las conversaciones con el P. Quirino Sampoli, que vive en Bolivia desde el año 1947 (60 años). Seguramente las resonancias del IV Centenario fueron en él diferentes que las nuestras. Nosotros no somos ni tan jóvenes como para no reconocer las diferencias ni tan ancianos para no aceptar que aún debemos continuar aprendiendo. El P. Quirino llegó en 1947 haciendo el viaje en barco desde Génova hasta Buenos Aires y desde allí en tren hasta La Quiaca, población fronteriza entre Argentina y Bolivia. El grupo de misioneros toscanos estaba compuesto por 10 frailes, que en sus años juveniles no tenían ningún reparo en llegar inmediatamente a Tarija en un camión. Llegados al convento de San Francisco, a los pocos días, cuatro de ellos marcharon hacia su primer destino que era Potosí. Puesto que venían después de haber experimentado los difíciles años de la segunda guerra mundial estaban ya preparados para los grandes sacrificios y sufrimientos. El mismo barco en el que habían venido era un residuo de guerra (dormían en camarotes), adaptado para los avatares del mar. Inclusive la carga estaba compuesta principalmente por sobrevivientes: ex fascistas y nazis, que desembarcaron en Buenos Aires.

2.P. Quirino Sampoli en las alturas de Potosí.Las fotografías que nos dejó el P. Gerardo Maldini, que fue primero uno de los diez y luego de los cuatro, reflejan la despreocupación de los diez frailes durante la travesía del mar y el viaje en tren, y sucesivamente las actividades de cada uno de ellos en Potosí. Además del P. Gerardo Maldini, reconocemos en las fotografías al P. Estaban Migliacci, al P. Quirino Sampoli y a Fray Francisco di Vagno. Tratándose de una ciudad en el altiplano de Bolivia, ubicada a 4.000 metros de altura, era necesario cubrirse también con el manto. Por eso muchas fotografías los muestran bien acicalados en todo sentido. Pero la máquina fotográfica funcionaba principalmente fuera del convento, y el propietario la llevaba celosamente en la alforja. Se pueden ver caminos casi intransitables,  espacios desolados y poblados similares a   la imaginación pictórica de De Chirico.

 

Escuelas de Cristo entre los Yuras  de Potosí.La humanidad se refleja en los alumnos de las Escuelas de Cristo, que aún hoy existen, esparcidas sólo en el área rural. También se puede ver a los escolares, así como al grupo permanente de la dirección central ocupado en diversas actividades, que estaba compuesto por el P. Maldini, el chofer y dos religiosas. Las ocupaciones en las que el grupo estaba empeñado, excepto el chofer, eran educativas y de catequesis. Pero la secuencia incluye también otras situaciones: contratiempos con el camioncito, encuentros con los mineros con sus cascos metálicos en la cabeza y grupos de personas dedicadas a la agricultura. La fotografía más simpática de toda la colección es aquella que muestra la alegría de los cuatro frailes (cuyos nombres se ha mencionado poco antes) riendo junto a una tina llena de uva. Aparecen también partes de un cerdo que terminaron después en salame. Los embutidos y el vino, a pesar de tanta altitud, son una tradición del convento de Potosí. De esta manera, los cuatro frailes, sin el hábito religioso, vestidos como mejor podían y con un enorme sombrero en la cabeza, tienen mucho parecido con los campesinos toscanos.

Con esta descripción fotográfica he querido insinuar que la alegría era la fuerza que les permitía superar las inevitables dificultades que se entremezclaban con  episodios muy difícilmente comprensibles en nuestro tiempo. La fuerza de aquella fraternidad franciscana, aún frescos los sabores de Italia, era el intercambio de ideas e impresiones acerca de las circunstancias de vida. Estamos en el decenio de la postguerra boliviana. En 1936 se había firmado el tratado entre Bolivia y Paraguay. Los padres más ancianos en aquellos años fueron capellanes del ejército. Las nuevas perspectivas ideológicas e intelectuales, en realidad, eran universos mentales para vencer la guerra que habían quedado en los corazones. Se agruparon partidos políticos de todo color, desde el régimen liberal más desenfrenado hasta el comunismo más retrógrado. Fue así que la inmediata postguerra estuvo conducida por regímenes militares que por sus ideas y acciones dieron color a ese momento histórico de “militarismo social”. Al final no era sino un pacto de los más contra los extremismos inviables.

Vida apostólica en el Chaco.Los acontecimientos que nos narra el P. Quirino dejan a un lado los sucesos militares. Durante esos mismos años, para darle un sentido a la paz, la diócesis de Sucre (la más importante de Bolivia por su tradición católica) organizó el Tercer Congreso Eucarístico Nacional para los días 27 al 30 de junio de 1946. El énfasis católico impresionó a los enemigos de la Iglesia que inventaron cosas para denigrar a los sacerdotes. No importaron las consecuencias y la primera víctima fue el sacerdote P. Severo Catorzeno, que fue acusado de violación, hecho que, según se demostró, había sido totalmente inventado con la complicidad del padre de la niña. Lo dramático fue que la sentencia se consumó durante el breve espacio de una noche, sin que mediara ningún juicio formal y con la ejecución de muerte a primeras horas de la mañana. Otra anécdota de esa época (el P. Quirino lo cuenta con mucha gracia en su conclusión) refiere que se había decidido también la muerte del Obispo de Potosí, Mons. Cleto Loayza. El individuo que había sido elegido para cometer el delito era un pobre hombre muy conocido, que se había escondido debajo del catre del obispo. Pero, como el señor Obispo acostumbraba a moverse dentro de la casa siempre acompañado de su perrita, también esa noche la mascota ingresó al dormitorio. Con sus ladridos delató la presencia del intruso. El Obispo lo sacó de su escondite y, mirándole a los ojos, le espetó: Pero hijo ¿qué estabas haciendo ahí debajo? La respuesta fue tajante y directa: Yo estaba allí porque le tenía que matar cuando estuviera dormido. Los resultados de uno y otro caso fueron que la población de Potosí recordaba con mucho afecto al obispo y que la tumba del P. Catorzeno estuviera siempre cubierta de flores.

P. Quirino Sampoli, albañil en Lagunillas.La conjunción de esta figura de sacerdote con el P. Quirino la hizo el mismo jefe policial que había conducido las falsas investigaciones y fusilado al P. Severo Catorzeno. Acontecía que el año 1952 se celebraba el IV Centenario del Crucifijo de Santa Vera Cruz del Convento de San Francisco, imagen muy venerada en toda la región de Potosí. En esas celebraciones había participado inclusive el señor Presidente de la República de Bolivia y algunos obispos. Y como siempre, como buenos frailes toscanos, el estar juntos significaba también reunirse en torno a la mesa para un buen almuerzo (en Potosí no se aconseja comer en abundancia). Por razones de seguridad de muchas autoridades, se presentó en la puerta del convento aquel capitán de la policía de apellido Murguía. El P. Quirino, que entonces era Guardián, lo detuvo diciéndole que no era necesarios sus servicios y que era persona no grata en el convento.

Esos años eran borrascosos también por las adversidades emergentes de la revolución de 1952. La entrega de tierras a los campesinos y la nacionalización de las minas fueron los resultados más inmediatos. En la euforia de las nuevas situaciones los mineros se presentaron en el convento de San Francisco para anunciar desde el campanario de la iglesia sus conquistas sociales. El P. Quirino les dijo que un gesto de ese tipo era una novedad no sólo en el convento sino en Potosí. Ellos lo aceptaron pero, como siempre, en una revolución se dan repentinamente momentos de victoria y de derrota. Transcurrido un mes, pareció que los vencedores eran los militares afines al gobierno. También ellos quisieron lanzar sus proclamas desde el campanario. Pero los militares, encabezados por un tal Eguino, no quisieron entender. Luego de tratativas, aceptaron firmar un documento en el que se declaraba que habían tomado el convento por la fuerza. A esto siguió la revuelta de los militares y el resurgimiento de los mineros en términos de decisiones finales, quienes con otros propósitos volvieron a aparecer en el convento denunciando los privilegios concedidos a otros. El P. Quirino, documento en mano, mostró su derrota frente a la fuerza, que fue reconocida como tal. El campanario, que se destaca sobre las bellísimas cúpulas de la iglesia, brilla aún con su revestimiento de coloridas cerámicas.

Tapiete del lejano Isoso, construyendo casa.De allí nació la nueva Bolivia con sus aciertos y desaciertos. Desde 1967, las zonas chaqueñas del Parapeti fueron espacio de las labores apostólicas del P. Quirino Sampoli. Con el correr de los años, aquella periferia de la nación fue embellecida con una gran carretera, aunque más lo fue por exigencias de comunicación continental que por estrategia local. En 1990 se producía el diálogo entre P. Quirino Sampoli y Mons. Juan Pellegrini, Obispo de Cuevo y Camiri. Nos hallamos en la zona del Chaco, cuya geografía se ha visto completamente transformada por esa carretera asfaltada. Si de Camiri a Villamontes antes se hacía en un día de jepp, ahora sólo se necesita cinco horas. En realidad, la carretera ha colocado en línea recta inclusive las antiguas misiones franciscanas. Pero al mismo tiempo ¡cuántas bellezas y sorpresas han quedado anuladas! Mons. Pellegrini se hallaba en su lecho de muerte víctima de un cáncer implacable. Dialogaba con el P. Quirino. Ambos eran personas similares en edad, pero sobre todo muy cercanas por las vivencias misioneras. Habló el Obispo. Fue un claro reproche contra la hermana muerte, aunque con sanas intenciones, cuando el discurso se centró sobre la nueva carretera asfaltada. Añorando más posibilidades y facilidades para la coordinación de las obras diocesanas, el moribundo Obispo dijo a P. Quirino: ¡Cuánto trabajo hubiera podido hacer con la nueva carretera! Era un suspiro al que necesariamente se tenía que responder sin ambages. Y el P. Quirino despejó ese deseo respondiendo: No se preocupe Excelencia, esa carretera la recorreré yo. Así se cerró el diálogo que, en realidad, era un adiós entre dos hombres. El P. Quirino lo cuenta, sin lágrimas y sin ocultar aquel ocaso de la vida, no tanto para confiarse al Creador sino más bien para dar testimonio de una vida con raíces de fe.

Tarija, 2 de junio de 2007

Lorenzo Calzavarini
Director del Centro Eclesial de Documentación

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