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Convento Franciscano de Tarija
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Nuestra Señora de Santa María de los Ángeles: de ermita a convento del Colegio de Propaganda Fide.


Claustro central del Convento S. Francisco antes de la ampliación del Templo en 1865. Dibujo de José Mujica basado en la foto del A.F.T.El 14 de octubre de 1755, los padres residentes en Santa María de los Ángeles de la Porciúncula entregaron con inventario [A.F.T.EP-12] a los misioneros llegados de Ocopa, los bienes de su pobre residencia, colindante con el templo concluido en 1645, y pequeña en la espaciosa huerta, que ocupaba dos manzanas. Era una ermita circunscrita a la actividad espiritual y de devoción de la ciudad. Tarija, sin embargo, desde 1626 a 1760, había consolidado un territorio muy amplio de comunicaciones entre Camargo (Cinti), San Luis (Entre Ríos) y Tupiza, además interconexiones camineras con las poblaciones más cercanas: San Lorenzo, Concepción, Chaguaya, Padcaya y Bermejo.

Los franciscanos que hasta 1755 no lograron nunca el número de 7 hermanos, integraban la pobreza profesada, recurriendo a la mendicidad en aquella sociedad agrícola. Así que periódicamente iban a la campiña; y entre ella y el convento se fueron institucionalizando contactos espirituales y económicos.

El documento  A..F.T. LPM-1 de capellanías anota 116 posesiones de tierras, chacras, estancias, fincas, haciendas y viñas relacionadas con los franciscanos por obligaciones de celebración de santas misas. Los intercambios desde 1626 hasta 1760 fueron de bienes agrícolas o dinero.

Con la creación del Colegio de Propaganda Fide, que tenía proyecciones de trabajo hacia las regiones más alejadas, el convento fue organizado con reparticiones internas, diferenciadas y amplias. En los inventarios aparecen siempre: templo; celdas para una comunidad numerosa, ambientes para reuniones (refectorio, sala de conferencias, librería, coro); y para el personal de las reducciones que regresaba al Colegio a los capítulos y consultas a los superiores: enfermería, hospedaje y punto de encuentro para los contactos con los pueblos originarios (en el libro De los Muertos -A.F.T. H-21- se anotaron nombres de guaraníes, sepultados en el templo conventual), oficinas y espacios internos y externos al convento, para animales de carga y montura.

La imagen de “cuartel” de los franciscanos del sur y oriente de Charcas era apropiada. En el año de 1884 el P. Alejandro Corrado (El Colegio Franciscano…, op. cit., pág. 32) describe así el complejo conventual: “Este edificio, que aún subsiste tal como lo levantaron los padres españoles, nada tiene de elegante ni de suntuoso. Las celdas bajas y pequeñas; estrechos y lóbregos los corredores: todo es pobre, todo inspira una santa tristeza, que reconcentra los sentidos y eleva el corazón; sin embargo, nada falta de lo que puede contribuir a la religiosa comodidad de los que lo habitan. Una huerta espaciosa, con paseos sombreados de durazneros y molles, de cipreses y álamos, ofrece agradable diversión a los ánimos fatigados por largas y serias ocupaciones. Una copiosa biblioteca con cuatro mil quinientos ochenta y seis volúmenes (*En pieza distinta se conservan otros dos mil trescientos treinta y seis volúmenes de duplicados, para la comodidad, y a la disposición de los religiosos, que salen a misionar en los pueblos cristianos, o, en las reducciones de los infieles. Ambas librerías van enriqueciéndose poco a poco con nuevas obras), rica en obras clásicas, en todo ramo de ciencias y literatura, facilita a los estudiosos ya una instrucción severa, ya una útil recreación. Una cómoda enfermería, con su oratorio, está destinada al descanso y alivio de los viejos y achacosos, que son provistos de remedios por una botica bien surtida. Las oficinas de panadería, tejería, carpintería y herrería proporcionan utilidades económicas al Colegio, y atestiguan hasta hoy, la actividad prodigiosa de sus fundadores”.

Plaza Luis de Fuentes, 1872. Foto: Casa de la Cultura de Tarija.La ciudad de Tarija y pueblos cercanos ayudaron con generosidad para la nueva obra. El “Cuaderno de la obra: Gastos” [A.F.T.AE-1] contiene un listado de bienhechores, costos y trabajos. Se empezó el 15 de mayo de 1756, se inauguró el nuevo templo el día 25 de julio de 1767 (Mingo M., Historia de las Misiones…, op. cit., tomo I, págs 74 y 77) y se cerró el libro de cuentas de la primera y más larga fase de trabajo en diciembre de 1769.

En una sucesión que va de 1756 a 1793, tres personajes estuvieron comprometidos en la ejecución, fueron don José Hurtado de Saracho, el P. Antonio Oliver y el hermano fray Francisco Miguel Marí. Según información del P. Mingo, el inicio se debió a don José Hurtado de Saracho que en aquellos años era también “fabriquero” de la iglesia Matriz. Incluso, en la relación firmada por el P. Oliver, él fue “fabriquero” del convento del Colegio de Propaganda Fide, Regidor Perpetuo de la Ciudad (el “Veinticuatro”), y encargado por el cabildo de cobrar las Pías Memorias [A.F.T.LPM-1], con el estipendio del diez por ciento de la colecta total. El P. Mingo dice que era persona bondadosa, que “se comprometió a emprender la construcción a su costa, para cuyos gastos se le prometió  ontribuiría el nuevo Colegio con las limosnas que poco a poco o con el tiempo fuesen entrando” (Mingo M., Historia de las Misiones..., op. cit., pág. 74). El P. Oliver anota que, en algunos años, el “fabriquero” no trabajó, siguió de cobrador, y que en el año de 1758 tal oficio pasó al síndico del convento don Inocencio Antonio Rodríguez de Valdivieso.

Por las últimas referencias, resulta que don José Hurtado fue excluido de la obra desde el año de 1758, quedando sólo el P. Oliver como “fabriquero”, colaborado por el síndico Valdivieso y el “sotasíndico”, que era un hermano donado. Tal situación fue confirmada en el capítulo conventual de 1761. En la necrología de fray Pedro del Castillo se dice que “trabajó en la iglesia nueva de este Colegio” (De los muertos, A.F.T. H-21). En 1758, fray Pedro fue a la Cordillera y volvió al poco tiempo al Colegio. El P. Mingo y el P. Comajuncosa no dan noticias de actividades de construcción de dicho hermano lego; tampoco se puede identificarlo con el “sotasíndico”, oficio confiado a un hermano donado.

Los mismos autores, en sus crónicas posteriores, no hacen mención de fray Francisco Miguel Marí. La certificación de sus trabajos está en el acta n. 33 [A.F.T.H-9] de 1806, cuando habiéndose trasladado sin permiso de los superiores del Colegio a Moquegua, justifica su ida aduciendo enfermedades debidas al clima de Tarija. Los padres del discretorio, para legitimar esa decisión tomada de antemano, le reconocen méritos señalando que era autor de lo siguiente: “...sillería y facistol del coro, retablo mayor, seis altares a lo romano y diez confesonarios en la iglesia, por lo que hace al oficio de carpintero; y dirigiendo la arquitectura: el segundo claustro bajo y alto en que está la enfermería, la librería sobre el refectorio y el cerco de la chacra y sus casas o cuartos, sin contar la media naranja de la iglesia de San Francisco de Salta y la iglesia y claustro de San Felipe en Chuquisaca”.

Fachada antigua de la Basílica Menor de S. Francisco. Foto de Vincenzo Mascio, 1897, A.F.T. Las partes más importantes de la construcción del convento siguieron esta sucesión: desde 1756-1769 se hicieron los arcos del claustro principal, elevando al lado norte y oeste, los cuartos bajos y altos; se fabricó el nuevo templo que resultó más largo, con nuevos cimientos y muros más altos y sólidos que el antiguo (de 1645) hasta la nave central de la actual basílica menor; mientras tanto se enladrilló la acequia desde el molino hasta la huerta; se construyó la cocina, comedor y oficinas adyacentes. Al lado del templo, formando con el comedor dos alas, un claustro abierto hacia la huerta; y tres cuartos frente a las oficinas antiguas de la ahora llamada calle La Madrid, lo que permitiría después, con la nueva enfermería, otro claustro cerrado. El documento A.F.T.EP-9 a-b avala el pedido de un terreno en la cuadra frente a la puerta falsa (calle Colón), donde quedarían las oficinas más anchas y continuas; dice el documento A.F.T. EP-5 que se concedió el cierre de la calle Colón, así se conectaba el convento con las oficinas; en el documento A.F.T. EP-4 consta la donación de doña Agustina Echalar del área que queda entre las calles Colón y Suipacha, además del terreno donde se encontraba el ex colegio Antoniano, hoy Universidad Católica Boliviana “San Pablo” de Tarija. Esto permitió ampliar la huerta y donde, seguramente, funcionaba la escuelita para niños y jóvenes de la ciudad.

¿Quién fue el arquitecto del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles de Tarija? Sabemos lo que trabajó fray Francisco Miguel Marí. Consideramos que fue él quien completó artísticamente las partes que nacieron en larga sucesión de tiempos. Quedan anónimos para tal oficio en los documentos don José Hurtado de Saracho y el P. Antonio Oliver, ambos indicados sólo como “fabriqueros”. Una situación particular, sin embargo, se manifiesta: cuando estaba de “fabriquero” el primero, el otro desaparece. Por tanto, en los dos casos no se trata de simples maestros de obras. En cuanto a las características arquitectónicas: las columnas del claustro central conventual, documentadas en una fotografía del 1865, tenían una estructura similar con la que aparece en un edificio de la plaza central (fotografía del año 1879). Esto nos hace pensar en la formación de una tradición arquitectónica en Tarija, adaptada al desarrollo urbanístico de la ciudad, a los materiales de adobe y madera, y a las proporciones de la comunicación práctica y cultural.

El “fabriquero” don José Hurtado de Saracho, encargado de la iglesia Matriz, debió ser algo más que un ejecutor material y un bienhechor. Los dos encargos lo hacen personas de renombre y de experiencia reconocida. La figura del P. Oliver es verdaderamente emblemática. Llegó a Tarija el 10 de octubre de 1755, inmediatamente después del primer grupo de misioneros franciscanos, compuesto por el P. Manuel Gil, otro sacerdote y un hermano lego (Mingo M., Historia de las Misiones..., op. cit., pág. 55). Con él arribaron el P. Mariano de la Concepción y fray Pedro del Castillo. El P. Oliver fue encargado de la obra desde el comienzo y, en 1758, fue elegido guardián. Nuevamente estuvo en el mismo ministerio en los años 1764-1767.

Campanario chico del Convento S. Francisco, probablemente obra de Fray Francisco Miguel Marí.Su última firma en Tarija es la de diciembre de 1769, fecha que cierra el “Cuaderno de la obra: gastos”. Él llevó gran responsabilidad en todo el decurso de la construcción del Colegio (1756-1769), que comprendía la parte más difícil y esencial del diseño total. Terminada ésta, él se marchó. Se notifica su muerte en Buenos Aires en el año de 1787.

Lo importante no es reflexionar sobre el por qué desapareció, sino el por qué vino a Tarija y por qué se quedó hasta 1769 y no usufructuó del privilegio de marcharse a los diez años en 1765, como  religioso integrado al Colegio.

Deducimos que, siendo del grupo de los fundadores, vino con el encargo preciso de dedicarse a la obra. Al igual que don José Hurtado de Saracho, tuvo la denominación de “fabriquero”.

Lo dicho, hace pensar que el P. Antonio Oliver tenía funciones más importantes que las de contador, y estuvo comprometido directamente en la concepción arquitectónica del convento. Desaparecido él, quedó su obra, que por los objetivos del Colegio de Propaganda Fide, de trayectoria franciscana, tenía sólo los espacios ya descritos. El esquema arquitectónico ya estaba concluido, nació del universo mental del P. Antonio Oliver, y por eso lo consideramos, al igual que a don José Hurtado, arquitecto del Convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Tarija.

Lorenzo Calzavarini
Director del  CED

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