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Creación del Colegio de Propaganda Fide y su institucionalidad (primera parte)


Nuevos tiempos de misión

Refectorio del Convento de San Francisco.La expansión del catolicismo en las culturas del norte de África, de Latinoamérica y extremo Oriente, imponía enfrentar la dimensión misionera en términos más apropiados. Ciertas innovaciones se habían dado por la cercanía del universo árabe con la propuesta de Raimundo Lulio (1232-1315) de crear cátedras de lenguas para acercarse a los mahometanos. La orden franciscana estaba directamente comprometida en tales situaciones y había adquirido un peso mayor en el contexto hispanoamericano y brasileño. Sin embargo, el problema tenía raíces profundas y amplias, que se inscribían en la propia situación europea, dividida por la cuestión protestante. El proceso burgués precapitalista rompió las estructuras de la sociedad, reconstruyendo, bajo la denominación de Estado, otro ordenamiento de los estamentos socioeconómicos y culturales. La violencia no fue vencida ni interna ni externamente y desembocó en guerras entre naciones; y, en lo interno en amplios procesos de proletarización. En tal desconcierto, también las bases populares iban distanciándose de las tradiciones católicas.

El problema, en sus aspectos de diversidad y amplitud, fue percibido por la Santa Sede que, el 22 de junio de 1622, instituyó en Roma la Congregación de Propaganda Fide (Propagación de la Fe). Por cierto, los horizontes de ultramar eran los prioritarios, pero éstos establecieron una línea de continuidad desde Europa bajo un concepto de preparación. Por tanto, en España se fundaron conventos para casas de vida misionera, incentivando la predicación popular y la disponibilidad para dedicarse a las que serían definidas “misiones vivas”.

Restauración de una antigua celda conventual. M.F.T.El P. Gregorio Bolívar fue quien propuso bases para un nuevo proyecto latinoamericano, ya lo conocemos y, en 1628, señalaba a la recién nacida Congregación de Propaganda Fide tres puntos de renovación: que cada obispo cobije en sus diócesis un Colegio ad titulum indorum infidelium; asimismo que cada Provincia franciscana destine un convento para el mismo objetivo; y que ninguna persona llegue a prelacía sin haber pasado antes por la experiencia de las “misiones vivas”.
El P. Félix Sáiz, en su libro: Los Colegios de Propaganda Fide..., (Lima, 1991) describe a los Colegios como expansión misionera en las “fronteras del imperio español”, lo que llenaría las propuestas del P. Bolívar si incluimos en ellas el nuevo modelo de acción.

Las iniciativas del ministro general de la orden, el P. Ximénez de Samaniego (1676-1682), que aprobó las primeras experiencias europeas y los proyectos latinoamericanos, miraban ante todo a un movimiento franciscano y espiritual. Los frutos mostraron inmediatamente qué se pretendía: una acción misionera ligada a la dirección de la Iglesia universal, su inserción no era de extensión sino de alternativa respecto a los antiguos centros de evangelización; y las realidades nuevas debían ser establecidas con límites territoriales y culturales precisos.

Manuscrito EP-9. ab.: Plano de la ciudad de Tarija.El propulsor de los Colegios de Propaganda Fide fue el P. Antonio Llinás, que desde México fue a España, erigió allí casas, nombradas también Colegios, para la preparación de los misioneros (en Italia, San Leonardo de Puerto Mauricio, 1676-1751, otros padres realizaron los conventos de retiro, dedicados a las misiones populares), elaborando los estatutos que fueron aprobados por la Congregación en Roma. El P. Llinás fue el fundador del primer Colegio de Propaganda Fide en Querétaro, México, en 1682, realidad que se multiplicó en todo el continente: Cristo Crucificado en Guatemala, 1692; Nuestra Señora de Guadalupe, Nicaragua, 1707; San Fernando de México, 1732; San Francisco de Pachuca, México, 1732; San José de Gracia, Orizaba, México, 1799; Nuestra Señora de Zapopán, México, 1812; San Joaquín de Cali, Colombia, 1756; la Purísima Concepción del Pirití, Venezuela, 1787; San Francisco de Panamá, 1785; Santa Rosa de Ocopa, Perú, 1757; Nuestra Señora de los Ángeles de Tarija, Bolivia, 1755 (el P. Sáiz anota 1775); San Ildefonso de Chillán, Chile, 1756; Nuestra Señora del Mayor Dolor de Moquegua, Perú, 1795; San José de Tarata, Bolivia, 1796 y San Carlos, Argentina, 1784.

Por los objetivos que se les confiaron, los Colegios se beneficiaron de una legislación especial en cuanto a la orden franciscana y a la ley eclesiástica respecto a las diócesis. La Bula Eclesiae Catholicae de Inocencio XI, rezaba así: Pro procuranda Fidelium reformatione et infidelium catholicae fidei et oboedientia Romano Pontifici debita salutari agnitione (Para procurar la reforma de los fieles y proclamar la salvación a los infieles mediante la fe católica y la obediencia debida al Romano Pontífice).

Entonces, sobre la legislación común, el Papa otorgaba el privilegio de la autonomía de los cánones de las Constituciones de la orden y de las circunscripciones eclesiásticas. El Colegio de Propaganda Fide podía recibir adeptos procedentes de los Colegios hispanos, Provincias europeas y latinoamericanas, y aceptar por sí mismo vocaciones, definidas “hijos del Colegio”: así, el Colegio debía ser casa de noviciado y de estudios, manteniendo en todo, ejemplaridad de vida franciscana. La diferencia de los primeros con los segundos residía en el compromiso de tiempo de integración al Colegio: para los voluntarios se trataba de diez años antes de retornar a sus antiguas Provincias, si querían desincorporarse, y, para los otros, se presuponía un compromiso definitivo.

Manuscrito inventario III. Para ambos era posible, con permiso de los superiores, el traslado a otro Colegio o Provincia, sobre todo en Latinoamerica. La vida comunitaria contemplaba una cierta división de trabajo, ligada a la vocación personal. Los sacerdotes se dedicaban a la predicación, estudio y vida sacramental, los hermanos legos y los donados a diversas actividades de mantenimiento. La diferencia, sin embargo, era el compromiso de vida religiosa asumido: sacerdotes y hermanos legos tenían profesión solemne de los tres votos: Pobreza, Castidad y Obediencia, mientras que los donados hacían una simple promesa, que podía terminar por decisión personal, sin obligación alguna de las partes.

La figura central, en cuanto a la nueva institucionalidad franciscana, era el comisario prefecto de misiones, al cual debían acudir los hermanos que vivían en las reducciones, pues era el nexo con el P. guardián del Colegio.

Éste, con su discretorio, retenía la autoridad máxima, que coordinaba con el comisario general del Perú hasta 1768, cuando tal cargo fue integrado con el de comisario general de Indias de Madrid con la Bula Decet Romanum Pontificem de Pío VI, en 1797; el otro camino convergía en el ministro general de los franciscanos y Propaganda Fide de Roma.

Lorenzo Calzavarini
Director del  CED

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