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TRAGEDIA PARA EL DESCENDIMINETO

Los piadosos varones se postran ante la Santísima Virgen
Capilla de Juntas: Crucifijo.Llegad piadosos varones, llegad a María e informándola de vuestro piadoso designio pedidle licencia para bajar a su hijo de la cruz. Miradla cuan desconsolada y quebrantada está esta purísima paloma, mandando gemidos tan profundos y tan penetrantes que bastan para quebrantar los peñascos más duros; ella alaba vuestra piedad y sólo os encarga, tratéis con suma reverencia a este Dios de las eternidades porque si no moriría ella de pura pena.

Suben hasta la Cruz.
Oh, cuántos objetos de dolor se presentan allí! Veis esas sogas? Con ellas fue atado el Salvador del mundo. Veis a esa cadena? Esa la arrastró Jesucristo por mandato del impío Pilatos. Veis esa lanza? Con ella fue traspasado su pecho con inhumanidad inaudita. Veis a esa sangre que corre por las piedras del monte? Ella es la sangre de ese inocente Abel a quien ha perseguido hasta la muerte la envidia de los sacerdotes y de los poderosos del Pueblo. Veis esa Cruz? Esa es la escala de Jacob por donde subió ese Dios terrible para volver a bajar destrozado y muerto al sepulcro.

Sostienen el cuerpo con la toalla
Ea, no os detengáis; sostened ese cuerpo con un lienzo para que no caiga. Cubrid Ángeles santos esas llagas haciendo con vuestras alas su velo, para que su vista no renueve las que ha abierto el dolor en el corazón de su Madre Santísima.

Quitan el rótulo de la Cruz.
Quitad hombres piadosos ese rótulo. No debe permanecer en la Cruz; dijo un Profeta, sino entre tanto que se sepulte quien ha muerto en ella: statuent juxta illum titulum, donec sepeliant illum pollitones (Ezequiel 39,15). Esta es almas fieles la señal del imperio de nuestro Rey. Los Indios intentaron borrar con ella la gloria de Jesús, y le han clavado sobre su principado y tratándole como a Rey de burla le han jurado Príncipe del futuro siglo, Juez de todas las naciones, y han asegurado un poder en el cielo y en la tierra. Llevadlo a María para que advierta que viene su José; a quien lloramos, y a quien la malacia de sus hermanos solo le han servido para hacer resplandecer su poder: que ha salido del fatal pozo en que le había sepultado la envidia, y que todos los pueblos reconocen su poder supremo.
Entre tanto nosotros doblemos la cabeza al cetro de su dominación, jurémosle por nuestro Rey: dicetis vivat Rex (1 Reyes 1,34) (Decís viva el Rey). Viva el Rey del Cielo y de la tierra. Desventurado el que no se sienta penetrado de un amor profundo a la gloria de nuestro Rey Jesucristo.

Sacan la corona de espinas
Sacad esa corona de espinas que le han puesto en la cabeza a nuestro Rey y Señor para su mayor ignominia y escarnio. Con que con estas espinas han coronado al Salvador?
Oh duras espinas, vosotras debíais traspasar la cabeza de nosotros pecadores que vivimos tan obstinados y rebeldes contra Dios; y no a ese Señor y Redentor divino siempre tan obediente a su Padre, que sujetose hasta morir en la Cruz. Espinas que debíais traspasar las sienes de aquellas mujeres ambiciosas y vanas, que sacrifican a una pasión sería el honor de su Dios, la santidad de su matrimonio, el honor y la salvación de su alma. Debíais traspasar la cabeza de aquellos hombres libertinos, y desalmados que no piensan sino en seducir a inocentes palomas, en engañar y trampear a sus prójimos, en sospechas a sus iguales, en adelantar sus haciendas y caudales a costa de la sangre y trabajos ajenos. Venid oh Cristianos y ved a quien habéis coronado de espinas con vuestros pecados e infidelidades. Salid del cieno de vuestros brutales apetitos, y contemplad a ese Dios coronado de las espinas, que sembraron vuestras maldades.

Pasad esa corona a María
Ah, como se le renuevan las llagas en el corazón de esa Santísima Virgen! Su vista le arranca el alma de dolor. Ah! que al ver esa corona se convierte en duras y crueles espinas su santísima alma por el  gran sentimiento! Oh dulce y afligidísima madre, recibidla en vuestras manos, y disparad a nuestros corazones empedernidos en cada punta un afecto, y en cada arpón un cariño.

Clavo de la mano derecha
Proseguid varones piadosos vuestra obra, pero en desenclavarle sed muy cuidadosos, y mas piadosos que los Judíos que le clavaron sin rasgo de piedad. No veis presente a esa Madre, y que es forzoso que en su corazón formen eco esos golpes?  Ángeles del Cielo sostened a vuestra Santísima Reina para que no muera de dolor. Ea, sacad varones piadosos ese clavo para que caiga esta mano, la cual si fue clavada en esa Cruz para expiar nuestras culpas, ya está satisfecha la justicia de su Eterno Padre. Oh clavo que fuiste la llave de la puerta de la divina Clemencia! Oh clavo que nos abriste la puerta del Cielo, que había cerrado el pecado. Oh mano descoyuntada mano de misericordia, tú nos libraste de la sentencia fulminada contra nosotros; tú sois la que arrojas dardos de misericordia a nosotros ingratos pecadores, convidándonos a penitencia.

Clavo de la mano siniestra
Parad a esa mano siniestra, no tengáis más en prisión a esa mano que han clavado nuestros desordenes. Qué… Cómo…? tantos golpes os cuesta para destruir ese templo que se ha levantado con un fíat? Oh mano divina! Oh mano generosa! Y cómo extiendes aún hacia nosotros tu misericordia! Hagámonos digno de ella con nuestras lágrimas, y corramos a seguirla con nuestro llanto. Pecadores amados, esta es aquella mano que ha castigado con tantas calamidades al mundo prevaricador, y que queriéndonos usar de misericordia se ha dejado clavar en la Cruz, para clavar con ella la divina justicia. Este divino Salvador que murió en la Cruz usa de ambas manos para perdonarnos, y el Demonio queda clavado en el abismo con este dardo.

Clavo de los pies
Quitad ese clavo que aprisiona aquellos divinos pies que tantos pasos dieron por nosotros. Oh pecador que corres con paso acelerado a tu perdición, hasta cuando andarás las sendas pesadas del pecado y del crimen? Detente, que este clavo te lo envía Dios para que crucifiques tus malos pasos. Pasadlos a María que quizá los afectos de su espíritu partirán nuestros pechos. Estos son Señora los cuchillos con que se han abierto las llagas en el precioso cuerpo de vuestro Santísimo Hijo y Dios nuestro.
Estas son la espada que os anunció Simeón. María los toma en las manos, según contempló San Anselmo, y convirtiéndose a los hombres. Oh ingratos, les dice, esos son los clavos que han hecho estremecer el Calvario, humean la sangre, y corren arroyos de las manos y pies de mi hijo, y vuestro Redentor piadosísimo. Oh! Ingratos hijos, vosotros rompéis mi pecho, y sois los hijos de mi luto, y de mi amargura.

Templo de Concepción: La Virgen Dolorosa recibe el cuerpo de Cristo. Bajan el cuerpo de la Cruz y lo presentan a su Santísima Madre
Volvamos a María el hijo que le hemos quitado tan bárbaramente. Venid todos al pie de la Santa Cruz, de donde se baja el sagrado cadáver de nuestro Redentor y Dios: Al pie de ella debéis sepultar los afectos delincuentes, y vuestras culpas. Llevad a María ese cuerpo divino. He ahí, oh Santísima Virgen a vuestro hijo; oh cuan diverso de lo que era cuando Vos le disteis a la luz para la salvación del mundo. Ah qué gran mal hemos hecho con nuestros pecados! Oh Señor mío Jesucristo, vedme aquí vencido, yo os ofrezco mis manos atándolas Señor con los lazos de vuestro amor. La voz de vuestra sangre me llama; voy allá mi Jesús siguiendo vuestros pasos: sea esta noche testigo de mi dolor: Arrastraré mi corazón corrompido hasta al pie del trono de vuestra Augusta Madre, para acompañarla en su dolor: Tomaré en mi mismo satisfacción de mis desordenes, y no dejaré de llorar y castigarme hasta borrar las infamias de mi vida pasada. Estos deben ser vuestros sentimientos, hoy aún; si queréis aliviar a María dolorosísima. Oh qué afectos tan amorosos y tan tiernos los de su desecho corazón! Mira y vuelve a mirar las llagas de su amado y la hiel cae desecha a sus pies. Le estrecha entre sus brazos, le besa, y se tiñe con su helada sangre… se acopian de golpe a su espíritu los desconsuelos, las penas, las lágrimas… ay que tormenta tan deshecha! Qué confundidos vientos la embisten y la destrozan sin hallar consuelo. Llora en su viudez a su Hijo, a su Dios, a su Padre, a su Rey, a su Esposo: y sus lágrimas permanecerán en su rostro, porque nadie hay que pueda consolar su alma. Apartad, justos, de la vista de María ese objeto de penas, no sea que muera en un mismo día el Hijo y la Madre; y mostrad a ese ingrato pueblo a su Dios y Señor, tan maltratado, destrozado y asesinado en la flor de sus años. Oh ingratos, oh barbaros, oh sacrílegos homicidas! Ecce homo. Mirad a este hombre de dolores que habéis herido con vuestros pecados, con vuestras blasfemias, maldiciones, juramentos, deshonestidades, homicidios y escándalos. Vuestros delitos han herido esa boca, vuestros hurtos y rapiñas han traspasado esas manos, vuestras impudicicia, adulterios y estupros han despedazado esas carnes; y ahora mismo le crucifican de nuevo añadiendo a la muerte de Jesús nuevos dolores más crueles que la misma muerte: Magis aggravant me vulnera peccati tui; quam vulnera corporis mei (más me pesan las heridas de tu pecado que las heridas de mi cuerpo, Liturgia del Viernes Santo): Lloremos pues todos sobre este cadáver, carguémonos de sus heridas, manifestémonos a Jesús en nuestra carne y acompañémosle al sepulcro para sepultarnos con Él. Oh buen Dios ya sentimos en lo íntimo de nuestras almas las secretas operaciones de vuestra muerte: vicisti Domine vicisti: Habéis vencido Señor a este corazón rebelde y obstinado; ya no viviré para mí oh Señor, sino únicamente para vos, pues he vivido hasta ahora para daros la muerte. Esta es la gracia que os pedimos, y la que debéis concedernos por la sangre que habéis derramado, por vuestra preciosísima muerte, y por la intercesión poderosa de vuestra afligidísima Madre; y para acabarla de merecer; postrados todos alrededor de vuestro ensangrentado y helado cadáver, conociendo y confesando que nosotros somos los autores de tan enorme asesinato y Deicidio, decimos penetrados del más íntimo dolor. Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mío; Padre mío amabilísimo, en quien creo, en quien espero, a quien amo más que a mí vida, más que a mí alma, y más que a todas las cosas: a mí me pesa pésame Señor; grandemente me pesa de haberos puesto tan afeado como estáis. Oh bondad infinita! Oh amor inmenso! Oh mi buen Jesús! Quien nunca hubiera pecado! Quien nunca hubiera crucificado! Por qué no caigo aquí muerto a vuestros pies de dolor? Ah dulcísimo Padre mío a mi me pesa, pésame Señor por ser Vos quien sois, tan santo, tan bueno, tan amable; aunque no hubiera gloria que esperar, infierno que temer, sólo por ser Vos quien sois me pesa de haberos crucificado infinita veces con mis desordenes y pecados. Ea, basten ya las ofensas, basten los disgustos que os he dado en mi vida pasada, no más pecados Señor, no más pecados, no más! Vos que os habéis protestado de no despreciar un corazón contrito y humillado, apiadaos de mí, apiadaos de este pueblo que con todo el afecto del alma os pide perdón, piedad, misericordia: misericordia oh buen Jesús, misericordia; misericordia Padre dulcísimo, Señor amabilísimo, piadosísimo Jesús, misericordia. Misericordia y gracia que es prenda segura para la gloria; que a todos, etc. 

 

Lorenzo Calzavarini
Director del  CED

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