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Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936
 

Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

PARTE I: Nueva acción franciscana

Los tomos de la Audiencia de Charcas, 1606-1825, primero, segundo y tercero (este último con las biografías de los frailes que murieron adscritos al Colegio de Propaganda Fide) nos han mostrado que la presencia franciscana se había extendido a los territorios de la Cordillera hasta Santa Cruz de la Sierra, frontera de Chuquisaca y Orán (hoy Argentina). El polo de irradiación era la ciudad de Tarija. En ella, los misioneros franciscanos habían fundado su “cuartel general” con un consistente número de frailes residentes que se responsabilizaban de los servicios de dirección, apoyo a las reducciones y que se dedicaban, además, a la animación cristiana entre los fieles de la región. Era una comunidad de oración, trabajo y estudio, unida a la búsqueda del sustento diario y mantenimiento de la infraestructura de la acción global.

Tales quehaceres han ligado la historia del Convento a la Villa de Tarija y al círculo geográfico de Camataquí (Villa Abecia), Concepción, Bermejo y Salinas. La extensión de las labores relacionaba mundos diferentes con lazos culturales y organización socio-económica, implantando un mínimo de convivencia común. La aceptación de las diversidades era la necesidad primera del régimen “indirecto” del sistema reduccional, que con el paso de los días, permitió la conformación de un eje regional y aspectos de representatividad política. El haber asumido tal responsabilidad no correspondió sólo a objetivos misionales, sino también a resolver contrastes de una sociedad que había nacido sobre rasgos de violencia. El lema de “cristianizar civilizando”, fue siempre la justificación de la presencia sacerdotal; parece que ésta fue asimismo la aceptación que le otorgaron los pueblos originarios. Sin embargo, subsistieron en la reducción las dos corrientes: la de los neófitos, la de “los del monte” y casos de dificultades personales. Más allá, quedó globalmente comprobado el sostén de los pueblos originarios y hasta hechos de ternura hacia el franciscano. Así pasó que el Padre Francisco León “enloqueció y se fue descalzo y sin sombrero por medio de Bárbaros [los del monte] quienes, compadecidos de su miseria, le prestaron yegua y lo acompañaron hasta la Misión de las Salinas” (Comajuncosa A., Manifiesto..., Tarija, 1993, pág. 155). Su viaje había empezado en la Misión de Abapó, por tanto, desde las cercanías de Santa
Cruz de la Sierra a las de Tarija. En aquel tiempo unos quince días de andanzas.

Un comienzo sin fin

El grito de rebelión en contra de la institucionalidad colonial empezó en Chuquisaca el 25 de mayo de 1809. La confrontación armada fue larga, y la experiencia más profunda se dio en el territorio de la Audiencia de Charcas. Extendida entre los Virreinatos de Buenos Aires y de Lima, era el corazón del continente. La coordinación de la lucha de liberación latinoamericana incluía a las capitales de máximo poder: Caracas, Lima y Buenos Aires. Así que las líneas concéntricas llevaron a realistas y patriotas, por situaciones de estrategia común, al espacio ahora boliviano.

En la documentación del Archivo Franciscano de Tarija, se encuentran testimonios de ambos bandos, firmados por José de La Serna, Pedro Antonio Olañeta, José Canterac, Pedro Antonio Flores y Manuel Belgrano. La época de las mal definidas “Republiquetas”, representó el punto decisivo de la confrontación, cuando todas las regiones de Charcas estaban insurrectas y se trasformaron en obstáculos para los realistas y apoyo para los patriotas. El libertador Antonio José de Sucre, desde La Paz, promulgaba el famoso Decreto de 9 de febrero de 1825, llamando a la Asamblea Constituyente, que se realizó el 10 de julio del mismo año en Chuquisaca. Excepto Tarija, todos los territorios de la antigua Audiencia de Charcas estuvieron presentes, en razón de ser considerados Intendencias: La Paz (que incluía a Oruro), Potosí (con el Litoral), Chuquisaca y Cochabamba (a ésta estaba unida Santa Cruz de la Sierra); asimismo, por título de Gobernaciones, Moxos y Chiquitos. La no participación de Tarija fue decisión de Antonio José de Sucre, a pesar que por afirmación suya “esa provincia clamaba, rogaba y suplicaba porque se le admitiesen Diputados en la Asamblea de Chuquisaca” (Carta del mismo Sucre, del 19 de septiembre de 1825, a Francisco Burdett O’Connor, en Mendoza Loza G., Sucre y la organización de la República de Bolivia 1825: según su correspondencia oficial inédita que se conserva en el Archivo Nacional de Bolivia, Sucre, octubre 1998, pág. 434). El 6 de agosto, aquella Asamblea votó el Acta de Independencia, y el 10 de agosto, decidió que la Audiencia de Charcas se denominara República de Bolivia y posteriormente su capital, Sucre, en homenaje a los Libertadores Simón Bolívar y Antonio
José de Sucre. La decisión del general Sucre acerca de la no participación de Tarija, está explicada por Don Gunnar Mendoza en la “Introducción” del recién citado libro, como preocupación del Mariscal de no crear susceptibilidades en lo abigarrado de la herencia colonial. El esfuerzo del libertador habría sido el de no originar disputas con la Argentina y atenerse a consolidar lo establecido de la nación boliviana. Sin embargo, menores problemas habría causado el mantener la interpretación histórica de la formación de Charcas sin adecuarse a situaciones de facto, impuestas por la corona de España, que trasladó Tarija, eclesiásticamente (1807) y civilmente (1809), a la Intendencia de Salta. Y tal decisión era tan cercana y de incierta realización, que en el Archivo
Franciscano no existe documentación al respecto, excepto la petición en contra de los Padres de parte de los indios de Cuyambuyo, al Protector, evidentemente integrado a aquella Intendencia [Charcas, Tomo II. Parte V.11-12].

Para subrayar contradicciones, debe decirse que el resto de Charcas, hasta el 3 de agosto de 1810, fue parte del Virreinato de Buenos Aires. El Virrey de Lima, José de Abascal, para alejarla de las libertades proclamadas en Buenos Aires, la anexó a su jurisdicción. La no anexión de Tarija a tal proceso pudo darse por la cercanía de los ‘ejércitos auxiliares argentinos’, y más por estar comprometidos algunos tarijeños con la misma Junta de Buenos Aires de 1810; lo que significaba participación en movimientos de liberación latinoamericana y no separación del Charcas histórico.

Otra explicación estaría en la estrechez ideológica, implícita en la lectura, que identificaba a Charcas con el Alto Perú. Era una definición desde el altiplano que lo dividía en Bajo Perú (el Perú de hoy) y Alto Perú (hoy Bolivia). De hecho, por acción victoriosa, se entendía el dominio definitivo de la ciudad de La Paz, que resultaba ser el punto de encuentro entre los dos ejércitos libertadores de Buenos Aires y de la Gran Colombia. Tarija se volvió tierra boliviana en 1826, por voluntad de sus habitantes y aprobación posterior del Mariscal de Ayacucho. Confirmamos nuestra hipótesis de elementos sacrificados por la ideología de “Alto Perú” en cuanto a la dimensión del Charcas histórico, con otros hechos.

El más sorpresivo fue el cambio de nombre dado a Charcas con el de Bolivia, lo que llevará a hablar de “creación de Bolivia”, en lugar de “independencia de Charcas”. La yuxtaposición mental originaba una debilidad del peso histórico de Charcas, reduciendo la participación socio-psicológica y cultural de las varias naciones y personas que la conformaron. Tal conmutación marcará el trayecto futuro de Bolivia y sobre ella se establecerá una alternación entre lo que definimos “ideología de patria” e “ideología de nación”. La primera presupone una sobrevaloración de raíces de tierra, siempre en confrontación con el “otro” y poniendo énfasis en sentimientos, ocultos o manifiestos, que uniforman todo, y la segunda es preocupación de estrategias de “bien común”, extendidas a toda una población.

Una ejemplaridad de la “ideología de patria” la encontramos en la acción del Presidente Sucre en sus decisiones en contra de la Iglesia Católica. El valor patriótico sustentó las guerras de liberación, pero tal sentimiento habría debido cambiar frente a las responsabilidades de ser Estado de una nueva nación. Se entiende que el concepto de patria puede encarnarse en todos los nacionalismos; y éstos también son los que niegan toda mediación entre Estado y pueblo. La Iglesia católica era institución religiosa en Charcas, y por ende, en Bolivia. Los dictámenes de Sucre se dirigían a debilitarla y a reducirla a los estrechos espacios gubernamentales. Ante todo, quiso mantener los privilegios que la Santa Sede había otorgado a la Colonia. Éstos se sumaban en el “Patronato Regio”. Así, desde el 25 de enero de 1825, “apenas llegado a La Paz” (Valda R., Historia de la Iglesia de Bolivia en la República, La Paz, 1995, págs 74-78) hasta octubre de 1826, una sucesión de decretos asfixiaron a la Iglesia, ya debilitada por las acciones de los ejércitos realistas y patriotas. Roberto Valda (Historia de la Iglesia..., op. cit.,) divide tales imposiciones en económicas, administrativas y jurisdiccionales. Con las primeras se apropiaba de los bienes eclesiásticos: palacios episcopales, templos y conventos, transformándolos en oficinas del Estado, edificios escolares, teatros de mal gusto o cuarteles (El convento de San Francisco de Sucre, primer convento franciscano en Charcas, año 1540, fue transformado en 1825 en cuartel, y continúa siéndolo hasta hoy). Con las imposiciones administrativas exigió la supresión de los noviciados y demás conventos, introduciendo un control sobre los que quedaban; y con las jurisdiccionales intervino en la organización misma de la vida eclesiástica, exigiendo cambios del personal sacerdotal, imponiendo a los religiosos la obediencia directa a los obispos, alejándolos así de la obediencia a sus propios superiores.

Las consecuencias de estas medidas no fueron dañinas sólo para la Iglesia, sino, sobre todo, para la sociedad. La Iglesia era la infraestructura más estable y esparcida a lo largo y a lo ancho de todo el territorio de Charcas histórico; su acción se centralizaba en la educación, salud y organización del territorio; y, además, era centro de comunicación de amplísimas regiones, manteniendo un equilibrio entre unidad y diversidad de las diferentes culturas. También los conventos, por su misma estructura de actividad local y nacional, aglutinaban varios aspectos del territorio e introducían, en sus procesos económicos, relaciones de mutua ayuda entre ciudad y zonas rurales. Los santuarios, de por sí, eran lugares simbólicos que provocaban participaciones suprarregionales y espacios en los que convivían experiencias religiosas ancestrales y de catolicismo. El sacerdote, además, era agente cultural. Su preparación era superior a cualquier empleado del Estado, y la no valoración de su rol, dejó vacíos quehaceres educativos y sociales. Más dramática fue la negación de la Iglesia Misionera, que empujó al proceso de periferización de los territorios del sudeste y orientales, quitándoles también la participación política indirecta, inserta en el sistema reduccional franciscano.

 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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