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Convento Franciscano de Tarija
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Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

En la veneración del pueblo

La tormenta contra la Iglesia asoló la vida conventual. Según los datos de Roberto Valda (Valda R., Historia de la Iglesia de Bolivia en la República..., op. cit., pág. 86), tan sólo en la arquidiócesis de La Plata, de las 29 residencias de Agustinos, Mercedarios, Dominicos, Franciscanos y Juandedianos, sobrevivieron 4: San Francisco en Cochabamba, Potosí, Tarija y Tarata. Sobre éstos pesaba también la imposición de someterse directamente a la autoridad de los obispos, que a su vez, debían recibir a los religiosos que quisieran integrar las filas de los sacerdotes diocesanos. Así fue que se dio una dispersión de frailes; y los conventos franciscanos de Cochabamba y La Paz pasaron al “régimen diocesano”, asumiendo una evidente ruptura con la Orden. Se denominaron los “frailes azules”. Al contrario, los conventos de Tarija y Tarata se mantuvieron en la tradición de los Colegios de Propaganda Fide.

Su salvación se debió a influencias locales que suavizaron las decisiones gubernamentales. La situación de Tarija se resolvió por iniciativa personal del General Francisco Burdett O`Connor. En sus memorias (Burdett O` Connor F., Recuerdos, Tarija, 1895, págs. 176-177), nos ha permitido conocer aquellas circunstancias. “Estando yo en Tarija, me llegó una orden muy reservada, de cerrar los conventos de San Francisco, Santo Domingo y San Agustín, y de apoderarme en un solo día de todos los archivos, con objeto de imponerse el gobierno de los censos fundados a favor de dichos conventos, para destinarlos al ramo de beneficencias y de vender en pública subasta las fincas que estuviesen en el caso de ser enajenados. Cumplí con la Orden, respecto de los conventos de Santo Domingo y de San Agustín; pero aventuré una observación, relativa al de San Francisco, en el cual había tres religiosos, a quienes toda la población y la campaña miraban hasta con veneración y mi observación tuvo el efecto de que hasta ahora subsiste el convento de San Francisco, en mucho mayor estado que antes; y hoy día, si no me equivoco, tiene cerca de treinta religiosos de una conducta ejemplar, y que son muy meritorios y altamente útiles al país”. El General O`Connor terminó su escrito en el año de 1871.

Las páginas que comentan la humillación del Colegio de Propaganda Fide de Tarija, se encuentran incluidas en los documentos que van de I.1 a I.20; éstas son testigo de los acontecimientos entre los años de 1827 y 1846. El lector encontrará también particulares nomenclaturas, como de “Presidente in capite” y de “Gobernador Eclesiástico”. El primero se debe a la organización jurídica de la Orden franciscana. El superior de la comunidad del Colegio de Propaganda Fide tenía el título de “guardián”. Era elegido democráticamente por los hermanos en el Capítulo, que se realizaba cada tres años. Sin embargo, se requería de un número de presencias no inferior a 8. Con el guardián se nombraban también a los discretos, que juntos formaban el cuerpo directivo. Faltando el número suficiente de personas, el elegido se denominaba “presidente in capite; él mantenía las prerrogativas de P. Guardián, pero en régimen provisorio y sin apoyo de un discretorio formal.
El llamado al Capítulo era dado por el Padre Visitador. A él correspondía el seguimiento de los nombramientos y de las decisiones; por tanto, su persona representaba la validez de todo el proceso capitular. Su figura era parte de la legislación de los Colegios de Propaganda Fide, y como tal, era el representante de la Orden.

El “Gobernador Eclesiástico” fue invención del general Sucre para las circunscripciones de Cochabamba y Tarija. En aquellos años, la única diócesis con obispo era la de La Paz, en la persona de José María Mendizábal.
Más allá del respeto y obediencia debidos a la autoridad de la Iglesia, el “gobernador”, en funciones de control de la comunidad del Colegio de Propaganda Fide, era una clara ingerencia externa. El todo correspondía a la tristeza de los tiempos. Otros documentos señalan las restricciones de trabajos, por enfermedad y vejez de los hermanos. La situación económica era grave por sí misma, lo que generaba la insolvencia conventual respecto a las obligaciones contraídas anteriormente. Así, con el debilitamiento de los actores religiosos, el manejo conventual era sostenido por personal laico. La multiplicación de los donados, que eran laicos comprometidos a respetar las formalidades de la vida e imagen conventual, significaba un disfraz de la vida religiosa. La aseveración del Padre Andrés Herrero en el “Auto de visita” de 1835, fue: “...visitamos la librería y demás oficinas del Convento, en que observamos estar todo en buen orden y con la previsión y arreglo conveniente, por lo que nada nos ocurre advertir. No nos asiste la misma satisfacción cuando atendemos a la conducta y método de vida de los moradores de esta comunidad, si es que se puede llamar religiosa, cuando casi todos los que la componen son seculares y donados. Por lo que condoliéndonos, sobremanera, al ver el miserable estado en que la escasez de religiosos y otras circunstancias bien notorias de los tiempos presentes han puesto a este pobre Colegio, apenas hallamos sujetos a quienes dirigir nuestra voz, sino a unos venerables ancianos y achacosos que, aunque no hubieran hecho más que conservar lo material del Colegio con su personal permanencia, son dignos de toda recomendación”.

El Padre Andrés Herrero

La acción contra la Iglesia estaba generalizada también en toda Europa: había quienes querían neutralizarla y quienes la querían suya. En Viena, el emperador José II fue denominado “rey sacristán”; y desde Madrid y París, Borbones y Napoleón introdujeron en su plan de modernización, saqueos de bienes y hasta persecuciones. La independencia latinoamericana siguió los mismos pasos. Como respuesta, en ambos continentes la Iglesia puso en marcha una puesta al día, revitalizando su universo interno y su presencia en la sociedad. Las innovaciones más importantes salieron del espíritu misionero, que empujaba a una visión menos jerárquica, más pastoral y popular. En Bolivia, la sorpresa vino de la intuición y labor del Padre Andrés Herrero.

El Padre Herrero nació en Arnedo (Burgos), en 1782. Llegó al Colegio de Moquegua el año de 1810. Su destino de trabajo fue entre los mosetenes. En 1820 fue elegido Prefecto de Misiones. Los años de guerra, lo obligaron a la incomunicación entre las inmensidades de ríos y planicies del Beni. En su situación de Prefecto de Misiones y de pertenencia a un Colegio de Propaganda Fide, estaba en la línea cálida de la evangelización. Distancias y amplitud de campos de trabajo, no lo desanimaron.

De acuerdo con el presidente de Bolivia, Andrés Santa Cruz, a principios del año de 1834, surcó mares hacia España en búsqueda de frailes para reponer vida en los Colegios. No pudo desembarcar en Barcelona y Mallorca por el cólera, “que infestaba a toda la península” (Sans R., Memoria histórica del Colegio de Misiones de San José de La Paz, La Paz, 1888, pág. 23) por lo cual llegó a Génova y de allí a Roma. El 2 de abril escribió una carta en latín a los Padres Provinciales de Italia. El 25 de septiembre estaba de vuelta con 12 religiosos; de éstos, dos dejó en Chile para el Colegio de Chillán y diez arribaron a Bolivia.

Lo más precioso de su viaje fue el proceso de animación que despertó en Bolivia, Perú y Chile, y en Roma. Los documentos nos dicen que Bolivia lo colaboró con dinero, y las autoridades de la Santa Sede y de la Orden le ofrecieron todo su apoyo. Volvía trayendo las reliquias de tres mártires: Santa
Felicidad para La Paz, San Plácido para Tarija y San Severino para Tarata. La operación misionera se mostró posible. El P. Herrero retomó pronto rumbo hacia Europa, internándose, esta vez, también en España. El 2 de agosto de 1836 estaba en Cádiz, donde escribió la tercera carta de invitación para misioneros. El Papa Gregorio XVI, lo nombró Prefecto Apostólico y Comisario General de todas la Misiones y Colegios de la América del Sur. Recolectó 70 religiosos, que envió desde Génova en dos buques en los meses de febrero y abril de 1837. La muerte sorprendió al Padre Andrés Herrero, en la Cuesta de Mendoza, camino de Salinas, hacia Tarija, el 11 de agosto de 1838.

Sus cartas a Bolivia nos dan a conocer a las personas que le aconsejaron y ciertamente le ayudaron en el cumplimiento de sus planes. El mismo gobierno colaboró, en lo posible, en los gastos (Querejazu Calvo R., Oposición en Bolivia a la Confederación Perú-Bolivia..., op. cit., pág. 340).
Fueron el señor Lara, Ministro de Hacienda, el señor don José Manuel Indaburo, Gobernador Eclesiástico de La Paz y el señor Francisco Pinedo, Prefecto de La Paz (Sans R., Memoria histórica del Colegio de Misiones de San José de La Paz, Sucre, 1996, pág. 23).

Del sacerdote Mons. José Indaburo, además de las referencias del Padre Sans, que vino a Bolivia en la segunda colectación del Padre Herrero, encontramos otras en el epistolario, que el Vicepresidente Mariano Enrique Calvo intercambió con Santa Cruz, entonces Presidente de Bolivia (Querejazu Calvo R.,Oposición en Bolivia..., op. cit.). Resultaba ser un eclesiástico adornado de virtudes sacerdotales y dedicado sobre todo a la educación.

Renunció varias veces a ser obispo de La Paz; aceptó en 1844, después de la mala aventura del nombrado Francisco de Paula León de Aguirre, que no fue consagrado (Querejazu Calvo R., Oposición en Bolivia..., op. cit., pág. 274). Nos permitimos una comparación entre él y el Obispo Mons. José María Mendizábal. El Padre Rafael Sans, quien trató con ambos, en “Mis memorias” (en Archivo de la Comisaría franciscana de Bolivia, nº. 36, págs. 827-828) escribe relatando la consagración episcopal de Indaburo en Sucre por el Arzobispo Mendizábal. Dice: “Con este motivo conocí al señor Arzobispo Mendizábal, más fino en su trato, más sagaz en política, pero menos teólogo y canonista que el señor Indaburo”. A Mendizábal lo conocemos sobre todo en la biografía del Padre Bretón. Medirá su conducta con los franciscanos en los términos de “Bulas pontificias y nuestras leyes”, incluyendo en ellas al Patronato Nacional, que era la herencia del Patronato Regio colonial. Como Arzobispo de La Plata, recibió a los franciscanos recién llegados, en muy mala forma, faltando hasta al respeto sacerdotal como para hacerles entender que habrían venido a Bolivia para escapar de sus países a causa de situaciones personales incómodas. Y fue el Padre Bretón quien cortó sus palabras. Como arzobispo de Sucre, acordó con el Padre Herrero un programa de trabajo misional en la frontera de Chuquisaca no en términos de evangelización, sino de “invitados”, para subsanar los vacíos de la presencia eclesial y civil; asimismo, los franciscanos de Tarija y Sucre tuvieron que invocar normas de exención, concedidas a las órdenes religiosas, para cerrar sus intromisiones en la vida interna al convento.

Roberto Valda, en su citado libro, ofrece una evaluación muy positiva del Arzobispo Mendizábal, afirmando que supo guiar a la Iglesia de Bolivia en el tránsito de la Colonia a la República; si mucho cedió, fue en vista de salvar lo que se podía salvar. Según nosotros, fue un eclesiástico imbuido de la “ideología de patria” y perturbado por la afección al centralismo, sin preocupaciones hacia los excluidos de tal régimen. La presencia de la Iglesia misionera, que iba más allá de una jurisdicción ficticia, y más aún de un asentamiento colonial consolidado, le hizo olvidar otros territorios (naciones) de la nomenclatura nacional. Precisamos aquí otro desfase de la ideología
“alto peruana”, cerrada en los caminos de comunicación del altiplano sin considerar la amplitud de los espacios del Charcas histórico. En tal perspectiva restringida “El Perú nunca ha sido de Bolivia. Bolivia ha sido siempre Perú”. La afirmación del general Agustín Gamarra, Presidente del Perú, (citada en Querejazu Calvo R., Oposición en Bolivia..., op. cit., pág. 19) puede sonar a verdad en consideración de la comunión socio-cultural, restringida al altiplano y valles nórdicos, pero no al oriente de Charcas. Por tres siglos, la atención a Charcas fue siempre en términos de complementariedad de territorios y de culturas (definidos por un concepto de “nación”, complementada por “muchas naciones”), por lo cual fue globalmente integrada antes al Virreinato del Perú, y en segundo momento, al de Buenos Aires.

Por eso fue que Mendizábal mal soportó la sucesión al Padre Andrés Herrero en la persona del Padre Matías Bretón. El ministerio del primero tenía su confirmación desde Roma; la que era inquebrantable frente a las decisiones de un arzobispo, pero no de su sucesor, que tenía legitimidad interna a la Orden franciscana. Se confirma esa actitud en que no permitió la creación de un Colegio de Propaganda Fide en Potosí. Asimismo, no aceptó al Padre Bretón en su oficio de Comisario de Misiones y de Prefecto Apostólico, denominándolo Vice-Comisario hasta en la carta de presentación al Papa Gregorio XVI, cuando el dicho Padre fue a Europa para buscar misioneros.

Las cosas estaban coordinadas. La contradicción de la Santa Sede, fue que nombró sucesor del Padre Herrero, en su título de “Prefecto Apostólico de las Misiones y Colegios de Propaganda Fide en la América meridional”, al cura  diocesano Agustín Fernández de Córdoba, sobrepasando a lo que era específico de la Orden franciscana. El resultado fue que el Padre Matías Bretón no era bien acogido en Roma, en la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, y que tuviera que presentarse a ella sin conseguir la solución a las equivocaciones. Sin embargo, los franciscanos continuaron en
su propia legislación, ateniéndose a las posturas del Padre Herrero y Bretón, y para asuntos internos, cada Colegio permaneció en sus tradiciones adquiridas. La obra del Padre Herrero y su sucesor, Padre Bretón, normalizó y amplió la presencia de los Colegios de Propaganda Fide: San José de La
Paz para el altiplano paceño y yungas, Tarata para los Guarayos, La Recoleta de Sucre para la frontera chuquisaqueña, y Tarija para los territorios del Chaco. Después de la muerte de Mendizábal, en 1853 se creó el Colegio de Potosí, que se extendió al Ingre, Cuevo y hasta el Parapetí.

 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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