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Convento Franciscano de Tarija
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Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

Recomposición del Colegio de Propaganda Fide de Tarija

Sin detenernos en análisis específicos, enfatizamos que en las acciones relatadas en este capítulo, encontramos aspectos de la que hemos definido “ideología de nación”; la identificamos con el pensamiento socio-político del presidente Andrés Santa Cruz y con la obra de los franciscanos. Santa Cruz fue quien se esforzó de dar una nueva organización administrativa y económica a la joven nación de Bolivia. El 24 de septiembre de 1831, declaró departamento a la provincia de Tarija; y, el 27 del mismo mes y año, confirmó al Convento de San Francisco en su tradición de Colegio de Propaganda Fide.

La organización del indicado territorio se centralizaba en su capital, que era Tarija. La frontera tradicional, que era el espacio de tránsito entre la conformación colonial consolidada y las zonas chaqueñas, fue constituida en Provincia de Salinas, a su vez, capital de la red de cantones que se extendían hasta Caraparí, Itau y Zapatera. La indefinición política de los territorios de más allá dejaba una línea abierta hacia ellos, que virtualmente ya los incluía.

Con tal perspectiva, podemos afirmar que la falta de una adecuada visión administrativa y política hacia los pueblos originarios permitió que el proyecto colonial se consumara en el republicano. La misma prosecución de la presencia del Colegio de Propaganda Fide presuponía una ampliación del trabajo de los franciscanos hacia aquellas zonas; ¿pero con qué metodología?

La normativa dada a la labor franciscana parece atenerse al régimen reduccional tradicional. La “Instrucción”, dada al Padre Herrero por el arzobispo Mendizábal, que subsanaba los vacíos eclesiales en Sauces (hoy Monteagudo), encargaba a los misioneros las antiguas reducciones de la frontera de Chuquisaca. Sin embargo, la aprobación gubernamental adjuntó a tal documento otras obligaciones: educativas, sociales y económicas. Por tanto, lo que resaltaba era la imagen de la reducción.

¿Coherencia con el nuevo escenario político? Parece que no. La creación de Estados independientes, que fijaban demarcaciones, enclaustraba a los pueblos chaqueños sin darles novedad de presencia en el contexto sociopolítico y administrativo del momento. El no haber previsto, a lo menos en tiempos largos, tal cambio, hizo que el todo se moviera según la estrategia aplicada en la Colonia: anexión a los departamentos ya declarados. Así arrastramos, todavía hoy, inmensos espacios políticos y administrativos del territorio, que no ayudan a una identificación de ciudadanía, trasluciendo siempre un concepto de conquista y provocando malestares y conflictos. Una síntesis de tales contradicciones será el Chaco mismo, dividido en partes con el Departamento de Chuquisaca, con el de Santa Cruz y con el de Tarija.

El fortalecimiento del Colegio de Tarija se inició con personal llegado en el primer viaje de retorno de Europa del Padre Andrés Herrero, asimismo, con el segundo, permitiendo la realización del Capítulo conventual el 22 de Noviembre de 1839, con el nombramiento de guardián, del Padre Alfonso Corsetti. Las actas llevan otras firmas de frailes de apellido italiano. Las decisiones del Padre Herrero fueron: hermanos italianos en Tarija, españoles en Sucre y La Paz, franceses en Tarata. Las bases institucionales de cada Colegio eran firmes en las indicaciones del mismo Padre Herrero, que fue miembro del Colegio de Moquegua y Prefecto de Misiones. En Tarija, además, se disponía de elaboraciones manuscritas de textos jurídicos, que discernían sobre la figura del Prefecto de Misiones y el proceso misionero. De igual manera, si las cartas de invitación del Padre Herrero para recaudar religiosos no se determinan en explicaciones del régimen de los colegios, hacían siempre referencia a la tradición misionera, consolidada por los mismos. Su esquema de invitación iniciaba mostrando las necesidades que los cambios de los últimos tiempos habían provocado; y, por tanto, el espíritu apostólico era respuesta al clamor de los cristianos abandonados y a los pobres, diseminados lejos de los centros urbanos. Tales obligaciones espirituales se conectaban también con el deseo de la Santa Sede, que más que por su poder, lucía por su afán de propagar la predicación del Evangelio después de los despojos causados por los movimientos revolucionarios burgueses de comienzos del siglo XIX. La exigencia misionera, como parte integrante del carisma franciscano, constituía la conclusión de sus pensamientos.

A la Independencia latinoamericana, como hecho de liberación, no atribuía ningún mal, y relativizaba los hechos de violencia contra la Iglesia en la comparación con los de España. Éstos se dieron, como el Padre Herrero decía: “Porque la victoria jamás se ha conseguido ni disfrutado con moderación...especialmente en tiempo de revolución en que el furor de las pasiones, más bien que la razón, dirige las acciones humanas. Estoy bien cierto que en la historia de la Revolución de América no se presentan tantos casos de violencias cometidas con las personas eclesiásticas como los que en nuestros días ha presenciado nuestra España contra sus propios hijos.”

Siempre en esa segunda carta, enviada a los franciscanos de España, atestiguaba el deseo y la buena aceptación de las autoridades estatales y eclesiales para los franciscanos. Según él, admitida la dimensión apostólica, no existían dificultades insuperables para los hijos de San Francisco, que su fundador quería humildes y pobres, y viviendo según el principio de non sibi soli vivere sed aliis proficere (no vivir tan sólo para sí, sino favoreciendo a los demás).

Realizados todos los elementos de su institucionalidad, el Colegio de Propaganda Fide de Tarija se ligó al destino del departamento de Tarija, consolidando, primero, su presencia en la parte central, que iba desde Camargo a Bermejo y desde Tojo a Salinas. En ese territorio, procurará su sustento diario y lo necesario para el trabajo misionero hacia las tierras del Chaco. En el Capítulo de 1839, además del guardián, se nombró al Prefecto de Misiones. La preocupación era dar vida, sea a la estructura conventual, sea a la evangelización. Con la llegada de nuevos operarios se concretaron los dos proyectos. Con los frailes, enviados por el Padre Herrero, se adquirió la capacidad de invitación para otros. Y en el año de 1844, se integraron a los 7 frailes, presentes en la comunidad, los 10 traídos por el Padre Alfonso Corsetti.

Las reducciones de Caraparí e Itau, que fueron las últimas en ser dejadas por la estrechez del personal conventual, fueron las primeras realizaciones en el momento republicano. Es el Padre Corrado, en Tarija, el año de 1852, quien relata que a fines de junio de 1845, los Padres Alfonso Corsetti, Antonio Granella y Mario Bonfiglioli, fueron hacia Caraparí. Mientras el Padre Granella quedaba allí, los otros dos se instalaron en Itau y Zapatera. Eran tiempos de inicio, y las realizaciones caminaban lentamente. Los misioneros mismos eran jóvenes y sin experiencia en las situaciones de la frontera. El esquema de trabajo que los guiaba era la formación de pueblos, lo que sucesivamente se habría consolidado en reducción. Lo dificultoso para la segunda etapa estaba constituido por los antiguos residentes, que se habían entrometido en los terrenos de los guaraníes; los nuevos (entre ellos también prisioneros de la batalla de Ingavi), dedicados a la construcción de fortines, y los que habían recibido terrenos del Presidente Ballivián, como dádivas de guerra.

La imposibilidad de la creación de la reducción hizo que Caraparí fuera declarada parroquia en 1859, hecho que causó el abandono de la parte guaraní. Siempre, según el Padre Corrado (Corrado A., El Colegio franciscano de Tarija y sus Misiones, Quaracchi, 1884), la reconstrucción de Itau se inició implantando la reducción: se impuso la escolarización de los niños, la escuela de labores básicas (albañiles, tejeros, carpinteros y P. Rafael Sans. sombrereros) y músicos; se terminaron los ambientes necesarios como oficinas, hospedería y templo en 1852. Tales resultados, sin embargo, se dieron según el escenario histórico de las contraposiciones sociales y culturales: la corriente de los neófitos, la corriente apegada a las tradiciones ancestrales, y ambas en contra de los estancieros. El proyecto de reducción se trasladará también a Chimeo. La presencia franciscana empezó en el año de 1849. “Vivían en aquel entonces los Padres en una casilla alquilada, sin ninguna comodidad y en gran penuria: pero ahorrando del corto sínodo que les daba el Gobierno (200 pesos anuales) y de las reducidas limosnas que podían juntar...Plantaron una huerta de caña dulce...El Prefecto para dotación de la nueva misión, señaló sesenta reses, sacándolas de la de Itau. Mediante la industria del Padre Efrem Carrera (que entró a servir la Misión en Junio de 1849), aquel pequeño rebaño se multiplicó en breve, tan prodigiosamente, que en 1856 se contaba en la estancia de Chimeo quinientas cabezas de ganado vacuno y 360 del lanar. El mismo Padre, dotado de una actividad extraordinaria, con ímprobo trabajo mandó formar una cómoda habitación en la ladera de un peñascoso morrillo que domina todas las rancherías de los indios, y desde el cual se goza la deliciosa vista del Pilcomayo y de las montañas y cañadas de Guacaya. Luego se abrieron los cimientos de una nueva iglesia, que fue solemnemente bendecida por el Padre Prefecto de Misiones el día de Navidad de 1859. Cuatro años después se arregló un espacioso cementerio.”

Otra corriente de afirmación militar se había internado hacia el sur chaqueño, construyendo fortines con el objetivo de abrir una línea hacia el Pilcomayo.

Así, en 1843, el general Manuel Rodríguez Magariños estaba en los bosques de Aguairenda. Sus planes eran la navegación del río. Construyó a la orilla del mismo, un fortín que se denominó Villa Rodrigo, Puerto Magariños o Bella Esperanza. Una pequeña capilla fue bendecida en 1844 bajo el patrocinio de la Virgen del Carmen, por el Padre Buenaventura Carles, que fungía de capellán militar. El propósito de los Padres misioneros era lanzarse a las llanuras del Chaco. Por tal motivo, el Padre José Giannelli, desde Bella Esperanza visitaba al grupo guaraní de Aguairenda. Logró la inauguración solemne de su capilla en 1851.

En 1853 llegaron a Tarija 15 religiosos de Italia, lo que permitió transformar lo iniciado, en actividad permanente. A la acción misionera se unían otros trabajos para los franciscanos: la predicación en los pueblos de fieles, la acción caritativa, la ayuda a las parroquias vecinas a Tarija y el apoyo administrativo a las reducciones. A éstos correspondían, en la vida del convento de San Francisco, otros compromisos, que eran los quehaceres conventuales, el estudio, dedicación a la liturgia, la búsqueda del sustento diario, los contactos con las autoridades, y atención a los frailes enfermos.

Al poco tiempo, el renombre de las actividades sobrepasó el entorno de Tarija. El Padre Ceferino Muzzani fue nombrado Comisario de todos los Colegios de la América meridional, lo que estableció una centralidad jurídica y espiritual. Tal convergencia hizo que las autoridades civiles y religiosas de Jujuy pidieran personal; lo mismo hizo la ciudad de Salta.

Tarija misma integraba a los frailes en sus instituciones. El Padre Zacarías Pogolotti fue nombrado Rector del Colegio de Ciencias (hoy Colegio Nacional San Luis) y el Padre Leonardo Delfante encargado de la construcción del Lazareto. El Gobierno central y prefectura, confiaron al Padre José Giannelli la expedición al Pilcomayo para establecer una conexión con Asunción del Paraguay; lo que falló por el desaliento de los soldados, que renunciaron a seguir, fue recuperado de forma simbólica por los indios. En Piquirenda, el Padre Giannelli entregó a ellos una carta para el obispo de Asunción. La anécdota es relatada por el P. Giannecchini. El obispo contestó, pero la carta se perdió en las últimas leguas de su andar, entre Caiza y Bella Esperanza. La fama mayor del Colegio se dio entre los años 1860 y 1872. Llegaron de Argentina y del interior de Bolivia las peticiones de integrarse a la comunidad de Tarija, del Padre Mamerto Esquiú y del Padre Francisco Miguel Cabot, ambos muertos posteriormente en concepto de santidad. El primero fue arzobispo de Córdoba después de su extraordinaria labor de apologista católico en Bolivia, y el otro, gran predicador de misiones populares en Cochabamba.

En los mismos años, el presidente de Bolivia José María Linares insistió en el nombramiento del Padre Muzzani como obispo de Santa Cruz de la Sierra. Renunció. El obispo de Sucre llevó al Padre Santiago Lardani, como secretario, a la celebración del Concilio Vaticano I, en Roma. La espiritualidad, que animaba el proyecto misionero del Colegio de Propaganda Fide de Tarija, resulta claramente delineada en la relación del viaje de “Burdeos a Tarija” de 1878, firmada por los 12; anteriormente, en 1872, se habían integrado a la comunidad, 19 frailes.

 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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