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Convento Franciscano de Tarija
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Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

Los franciscanos, más acá y más allá de Palos Blancos

Antigua imprenta antoniana del convento de San Francisco de Tarija.Desde 1835 a 1877, llegaron a Tarija 75 franciscanos. Entre ellos, también 7 jóvenes para iniciarse a la vida religiosa en Tarija, y otros que debían completar los estudios para el sacerdocio. Por tal motivo, el convento de San Francisco formalizó la escuela de filosofía y teología. Las razones de traer jóvenes, según el Padre Corrado, se debieron a la clausura de las casas de estudios en Italia.

Cabe ahora, preguntarnos si las motivaciones de los misioneros correspondían a los ideales que expresaban. Pensamos que los mensajes escritos que nos han dejado, la austeridad que practicaban, y la persistencia en las decisiones tomadas, testimonian una dimensión apostólica. Aun la opción de “dejar para asumir otras circunstancias de vida” no era decisión vacía de incertidumbres: la travesía por mar, las situaciones eclesiales de Latinoamérica y un plan misional a realizarse en zonas todavía desconocidas.

De las travesías por mar tenemos varias descripciones. Escogemos la del Padre Rafael Sans, que se embarcó con otros 20 religiosos en Génova en la segunda expedición, guiada por el Padre Andrés Herrero. Los hechos sucedieron a lo largo de las costas de Chile. Escribía: “Lo cierto es que entre
la mojazón, el frío, el bramido de la tempestad y las oleadas furiosas que cubrían nuestro frágil bergantín, nos creímos náufragos, mucho más cuando una inmensa oleada rompió y se llevó toda la baranda de babor, arrastrando consigo cuantos cubos, cables y trastes había sobre cubierta, dejando abiertos unos agujeros de las costillas del buque, por los cuales entraba el agua copiosamente.

Al ver este destrozo, el capitán tuvo la cobarde imprudencia de echar su gorro al mar, gritando: ¡Siamo perduti! Entonces, los frailes nos convertimos en marineros, echamos mano a la bomba hasta agotarla, tomamos hachas, martillos, planchas de cobre, etc., amarramos al valiente contramaestre por los sobacos, para que el mar no se lo llevase, mientras clavaba planchas en
los desportillos.

La tormenta seguía, pero los frailes no nos acobardamos, bregando y cantando el Si quaeris miracula de San Antonio, hasta que convencidos de la entereza del casco del buque, gritamos: ¡Capitán, siamo salvi! ¡Gracias a Dios! Tres días aún duró la furiosa marejada, hasta que empezó a calmar, el 13 de julio, víspera de nuestro ínclito San Buenaventura, a quien también clamamos en tan inminente peligro.

Con escasos víveres, grandes contrastes y destrozos, llegamos a Valparaíso el diez de agosto de 1837” (Sans R., “Mis memorias”, en Archivo de la Comisaría Franciscana de Bolivia, febrero 1911, págs. 794-795). La situación eclesial boliviana, condicionada por los decretos del Presidente
Sucre, similares a los de otros Estados latinoamericanos por no querer abandonar las leyes del “Patronato”, sacrificaba la actividad de la Iglesia.

"Boletín Antoniano”, Año I, Octubre de 1896.Parte de éstas era el exequatur, que imponía que ningún documento religioso tuviera aplicación sin previo permiso gubernamental. Así, el Padre Ceferino Muzzani no era reconocido en su oficio de “Comisario general de la orden seráfica”. La comunicación del Padre Ignacio Blanqui [A.F.T.DP-72.c] le notificaba: “Voy de mala gana a Buenos Aires, porque me dicen que en aquella ciudad los frailes frecuentemente son insultados. El proyecto de expulsión [de los religiosos] es muy probable que se realice en la próxima legislatura; yo procuraré convencer al gobierno de la necesidad de un visitador como usted, haciéndole entender que si admiten la reforma, los frailes mejorarán”.

Tal reforma se inscribía en el debilitamiento de las normas conventuales, debido a la falta de personal y a las intromisiones civiles y eclesiásticas en la vida franciscana. Seguramente se trataba de algo igual a lo que sucedió en Bolivia en la sucesión del Padre Andrés Herrero, en la que fue involucrado el Padre Matías Bretón. Éste, en la carta al Ministro general de la orden franciscana (carta sin indicación de destinatario, Archivo de la Curia generalicia de los frailes menores, Roma, M.XI.121), hizo saber que los franciscanos, por los decretos del Presidente Sucre, se encontraban sujetos al obispo diocesano y que el nombramiento del Sacerdote Agustín Fernández a “Prefecto de las Misiones y Colegios de Propaganda Fide”, fue solicitado por el gobierno, y en tal sentido, se pidió también su consagración de obispo.

Habían llegado las Bulas, que no fueron reconocidas por las autoridades posteriores y que el Arzobispo Mendizábal ocupaba tal lugar en sentido puramente “político” (relaciones con el gobierno). Los Estatutos para Misiones de 1845 (Archivo de la Comisaría Franciscana de Bolivia, julio 1916, pág. 313-321; 355-357) correspondían a tal mentalidad, que prefiguraba a la acción misionera como ‘extensión de  quehaceres eclesiásticos’ y no como ‘implantación de la Iglesia’. La visión franciscana se atenía a la segunda, pensando que la denominación parroquial era conclusión y no premisa de presencia cristiana.

Existían otras circunstancias dramáticas, descritas siempre por el Padre Rafael Sans en Copacabana y la Paz, acerca de la acción franciscana (Sans R., “Mis memorias”, en Archivo de la Comisaría Franciscana, op. cit., enero 1912, págs 183-188; 206-213). Si ésto sucedía en los espacios urbanos, el entorno misional estaba más convulsionado. En 1860 el Padre José Puigdengolas era “muerto de un macanazo, recibido de un cacique toba, cuyas llagas había pocos días antes amorosamente curado”; y el “Padre Pablo Emilio Reynaud, degollado y bárbaramente despedazado por sus mismos neófitos en la Misión de Chimanes, mayo de 1862” (Corrado A., El Colegio franciscano de Tarija..., op. cit. págs 315-316). Por el Padre Puigdengolas hemos transcripto el documento RR-78, que lo nombraba para la Misión de Espíritu Santo del Chapare, Misión ligada al Colegio de San José de Tarata.

Su martirio acaeció en el norte de Argentina y su cuerpo reposa en el templo de San Francisco de Salta. El documento DP-29.b es testimonio de la actividad del Padre Alejandro Corrado entre los tobas y guaraníes del Pilcomayo. Él nos relata un punto de la secuencia de las fundaciones misionales chaqueñas, que describirá extensamente en el libro El Colegio franciscano de Tarija y sus Misiones,
Quaracchi, 1884. El Padre resulta ser el gran historiador de tales comienzos y esperanzas para los pueblos originarios de la región. Su escrito, fuente de preciosas informaciones antropológicas, se debe definir texto de literatura misional y de actividad franciscana por el sentido de participación en las vicisitudes que marcaron el ocaso y los nuevos rumbos de los tobas, tapietes, noctenes y guaraníes. Escritor de su tiempo, el autor se mueve en la contraposición de salvajes/civilizados, pero ya no como opciones posibles, sino en función de una tercera vía, que era el sistema reduccional. En ésta, los pueblos originarios podían mantener su cultura y organización en la forma
más tradicional o bien aceptarla como lugar de vivencias católicas. El libro, que documenta la situación general de los pueblos originarios de toda Bolivia, el régimen reduccional y su avance, es el del Padre José Cardús, Las Misiones franciscanas entre los infieles de Bolivia, (Barcelona, 1886).
Describe 40 poblaciones como “tribus salvajes” y 21 reducciones y 3 parroquias con presencia franciscana. Es una diamantina síntesis de vicisitudes y de contexto antropológico.

Al contrario, el Padre Corrado nos relata la génesis del proceso misional. El más allá de Palos Blancos era el reducto de pueblos originarios. La ribera derecha del Pilcomayo quedó como sitio restringido de vida para los tobas, matacos, chorotis, tapietes y guaraníes. Por lo que hemos escrito acerca del documento de “Gobernador de chiriguanos”, existían en contra tres fronteras: la del Paraguay, de la Argentina, y la interna, en la línea de Salinas, Caiza, y la naciente Yacuiba. Desde esa zona se manifestaban las prefiguraciones de existencia de los pueblos originarios, insertados en la distribución de fincas y estancias. El sobrepasar aquella línea era decisión clara hasta por un concepto de “dueños desde la lejanía”. El derecho a la tierra para los blancos no significaba siempre opción de trabajarlas, sino exigencia del “voto calificado”, que exigía poseer por un valor de 12.000 pesos. Luego, por decisión del Presidente Mariano Melgarejo, las tierras sin título de propiedad individual, en 1866, fueron declaradas “baldías” y del Estado, lo que permitía la venta de extensiones agrícolas y ecológicas en contra de las comunidades originarias.

Sin embargo, lo que más califica el escrito del Padre Corrado es su historia desde la otra cara: la de los indios en contra de los mestizos y criollos. Siempre los documentos franciscanos insisten en el deseo de libertad de los guaraníes y de los otros. Así explicaban su abandono de la reducción y las insurrecciones chaqueñas. De hecho, se contemplaba el ocaso de las diferentes “naciones”; ocaso acelerado por la ocupación del territorio, por la integración de los jóvenes en la sociedad de los blancos y por la pérdida del poder político sobre sus asentamientos. La crisis se reflejaba sobre todo en el comportamiento y decisiones de los caciques, que se daban cuenta del debilitamiento de su mando y se remitían a los cánones tradicionales del ejercicio del poder. El espacio restringido de la economía de caza y pesca y la agricultura (para los guaraníes), no permitía la subsistencia colectiva.
Por la presión externa, las “naciones” se habían vuelto enemigas entre sí y en su interior, por ruptura de las normas inter-étnicas e intra-étnicas. Los interlocutores iniciales de los Padres eran personas ocasionales, que participaban noticias a los otros del grupo. La posterior decisión de los caciques seguramente funcionaba por lógica comparativa entre la situación que vivían y las ventajas precarias de un inicio. Los mismos guaraníes de Tarairí, desde hacía poco tiempo en reducción, fueron los que jugaron favorablemente con los tobas para la fundación de San Francisco Solano (hoy Villamontes), a pesar de no haber aceptado todavía el cristianismo, porque como afirma el Padre Corrado, el primer matrimonio católico se celebró 11 años después.

 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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