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Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

PARTE IV: Más allá de los confines patrios tradicionales: exploraciones al Pilcomayo

Arthur Thouar. Fotografía enviada por el explorador al P. Sebastián Pifferi. A. F. T.Consignamos en la Parte IV las exploraciones al Pilcomayo, en el horizonte geográfico más amplio del Chaco. Por tal razón, insistiremos en el documento IV.4. Otras exploraciones se dieron; pero, por el carácter de nuestras ediciones, nos detendremos en las que estuvieron presentes los franciscanos. Tenemos 4 de ellas: la de 1863, firmada por el Padre José Giannelli, las dos de 1882 y la de Arthur Thouar, de 1886, por el Padre Doroteo Giannecchini. Ninguna llegó a su destino final, que era Asunción del Paraguay. No por eso desmerecen ser conocidas por sus aportes geográficos, de flora y fauna, y por las indicaciones de asentamientos humanos de los pueblos originarios y criollos.

Más completa es la relación de Giannecchini, referente a la expedición Thouar. El libro nos da tres fechas. Primero, en la nota “Al lector”, del Padre Giannecchini, lleva la de septiembre de 1888, la de publicación en Asís, de 1896, y la del revisor de la orden franciscana, de octubre de 1895. Por tanto, resulta que el manuscrito habría sido concluido en 1888 en la Misión de San Francisco Solano, en el Pilcomayo; y que el autor estuvo en Roma antes del 10 de octubre de 1895, fecha de la carta del revisor de la orden franciscana.

Por el mismo Giannecchini (ver: “Biografía”, escrita de su puño y letra hasta al año de 1899), sabemos que salió para Italia el 13 de mayo de 1895 y que regresó en noviembre de 1896. Él anotaba que en tal estadía editó: Diario de la expedición exploradora boliviana (Asís, 1896) y Las Reglas elementales de la lengua chiriguana (Lucca, 1896) del Padre Alejandro Corrado.

La expedición, inconclusa, terminó en Caiza el 19 de octubre de 1887. Sus páginas son un sucederse de dificultades, incertidumbres, contactos con personas, averiguaciones, y de susceptibilidades entre los miembros de la expedición y, finalmente, la acusación de haber el Padre traicionado los objetivos de tanta fatiga, lo que equivalía a responsabilizarlo del fracaso. Nos hemos demorado en la sucesión de fechas para indicar un posible conocimiento, de parte del Padre Giannecchini, de los escritos de Arthur Thouar. Éste publicó, en 1888, Al público (Sucre) y Explorations en Amérique du Sud (Paris, 1891). Pensamos que el Padre Doroteo los tuviera a la vista por la abundancia de documentos probatorios de sus afirmaciones, puestos en pie de página. Más allá de las motivaciones de defensa, su Diario, es una joya: las zonas chaqueñas y la cuenca del Pilcomayo son itinerarios de belleza, asombro, ansias y de participaciones en una historia que dejó huellas de sufrimiento.

La civilización en las riberas del Pilcomayo

Vivienda guaraní. Foto: H. Catinari.El libro de Jaime Mendoza, La tragedia del Chaco (Sucre, 1933), nos hace conocer cómo en la historia colonial, las zonas periféricas sufrieron dificultades de comunicación y cómo los Estados, nacidos de las guerras de liberación, a la hora de delimitar fronteras, se olvidaron de ser latinoamericanos. Así, la cuenca del Pilcomayo fue asignada a los conflictos de límites entre Paraguay, Argentina y Bolivia. Su geografía, desde Paraguay hacia Bolivia, fue la más transitada por los Padres jesuitas. Sus Misiones de Chiquitos estaban incluidas en la Provincia religiosa del Paraguay y por eso necesitaban consolidar caminos de Asunción, río Paraguay, Puerto Pacheco y
Chiquitos. En la vía del Pilcomayo, se encuentra el nombre del Padre Gabriel Patiño, como Salto Patiño, que es un conjunto de cascadas. Él mismo no pudo seguir adelante por las intromisiones de los tobas, chorotis y tapietes. Era el año de 1721. De los intentos posteriores, en el convento de Tarija se mantenía la opinión que el Padre Miguel Peña, en 1764, llegó a Charcas bordeando el famoso río. Se trataba de un esfuerzo personal apoyado por el conocimiento de las lenguas locales.

La connotación de “expedición” sobreviene con el surgimiento de la división entre los Estados, donde Bolivia y Argentina estaban interesadas en demostrar que es posible la navegabilidad del río Pilcomayo: Bolivia con la voluntad de resolver el antiguo proyecto de conectar una vía de aguas hasta Buenos Aires, y Argentina por sus miramientos al dominio de la margen derecha. Estas proyecciones de estrategias de Estados se sobreponían ahora a
la avanzada de los tarijeños hacia el Chaco. La punta de lanza era la concentración blanca en la colonia de Caiza, que marcaba una línea de ataque desde Palos Blancos hasta Yacuiba.

Se debe asentar que el territorio desde Tarija a Caiza estaba puntuado de fortines con presencia permanente de soldados. Sobre esa fuerza militar se enlazaban las expediciones, que aumentaban la visibilidad de las armas en una percepción de conquista. Ya hemos indicado la acción del general Manuel Rodríguez Magariños, que en 1843, con 43 hombres, zarpaba hacia Asunción. Los bancos de arena y el desigual fondo del río atraparon los tres navíos en las dunas de las riberas. Le fue forzoso volver después de haber surcado 155 Kilómetros de agua (Díaz Arguedas J., Expedicionarios y Exploradores del suelo boliviano, La Paz, 1971, pág. 84). Las relaciones con los pueblos originarios fueron en un comienzo de amistad y después de guerra. Jaime Mendoza anota que “Varios millares de víctimas, entre muertos, heridos y prisioneros, fueron el botín” (Mendoza, J., La tragedia del Chaco..., op. cit., pág. 235). Al uruguayo Magariños, inmediatamente sucedió el belga Enrique Van Nivel, que presente en la expedición anterior, decidió usar embarcaciones más livianas. Se lanzaba a la aventura con 64 hombres.

Esa exploración también tuvo que replegarse hacia Caiza. Los indígenas fueron los guías; el desentendimiento se dio cuando cundió la desesperación por el atraso, que comprometía la supervivencia; y el espejismo de las aguas que alejaba siempre más a Asunción. Por tales razones, el explorador probó el saber del guía Yunai, azotándolo bajo acusación de haber mentido.

Mientras tanto, si bien con características y objetivos diferentes, paralelamente a las colonias se habían establecido las reducciones, las cuales estaban sometidas a doble interpretación desde los pueblos originarios. Por eso, San Antonio fue abandonado por los matacos. El Padre Giannelli, que fue el animador de las fundaciones, entendía que era necesaria una ampliación de la región misional. La lograda era una línea que unía Aguairenda a Tarairí; línea muy cercana a los pueblos de los blancos y alejada de los pueblos originarios. Sin refuerzo del conjunto, no era posible mantener la unidad de las partes. El ensanchamiento era posible tan sólo hacia río abajo. La ocasión propicia se presentó porque Tarija quería ver flamear la bandera de Bolivia en aquellos parajes en contra de las pretensiones de Argentina. El Padre Giannelli renunció a la nominación de responsable y aceptó la de “Pacificador de los bárbaros del Chaco”. Fue nombrado responsable el teniente coronel de la Guardia Nacional, Cornelio Ríos. Muchos autores, basándose en el libro de Díaz Arguedas, atribuyen tal fatiga a Andrés Rivas, fechándola en 1864. Según el documento C.E.D. XI.4.10, éste fue tan sólo el constructor del fortín de Bella Esperanza. La expedición llegó hasta los bañados, y desde allí, contra los ruegos del Padre Giannelli, volvió atrás por el amotinamiento de los soldados. Como hemos ya afirmado (PARTE I), llegó a Asunción la carta que el Padre había escrito al Obispo de la capital, entregada a los indígenas. La respuesta se perdió entre Caiza y Villa Rodrigo. Lo que se logró fue mérito de los pueblos originarios esparcidos en las riberas del Pilcomayo, donde se vivieron también días de fiesta, pactando paces. El Padre Giannecchini nos indica otra expedición, sin precisar nombres, acciones y éxitos, en el año de 1866.

Grupo de indígenas chanées en el Isoso.Otros tiempos se preparaban en Tarija con la creación de la “Sociedad Porvenir de Tarija”, instituida el 16 de marzo de 1867. Según Bernardo Trigo (Las tejas de mi techo, Tarija, 1991) sus estatutos presuponían una “Sociedad de operaciones” y los objetivos de “abrir un camino a la margen occidental boliviana del Río Paraguay, fundar allí un puerto y establecer colonias en los puntos necesarios”. A cambio, se pedía “el 50% de los derechos de importación y exportación, una legua de tierra a cada lado del camino, y derechos de propiedad en cada colonia. A los 24 años, el Estado entraba de propietario, pagando el justo valor de las tierras, estancias y dependencias, así como puestos comerciales realizados” (Ibidem, pág. 157).

La amalgama entre gobierno central y contraparte tarijeña empezó con el partido liberal, a partir de los años 1880, cuando el impulso de las expediciones tomó un énfasis extraordinario. En ese momento surge también el nombre del Padre Doroteo Giannecchini por la ayuda prestada a J. Crevaux en 1882 [C.E.D. XVII.5.1], la participación en la de Andrés Rivas [A.F.T.MS-26] y en la de Thouar de 1886 [C.E.D.V.2.39]. En 1883, se realizó la de Daniel Campos, que se fue por las reducciones en calidad de “Delegado” y envió un informe muy negativo sobre la situación al gobierno central; posiblemente fue el que entorpeció el avance positivo, abriendo proyectos de dominio sobre la región por puestos de empleos gubernamentales o por acaparar bienes. Siempre en el libro de Bernardo Trigo, se dice que en 1883 la Subprefectura del Gran Chaco se ocupó de dar garantías para haciendas y vidas de los pobladores blancos, y de fundar una “oficina en Caiza, con ramificaciones en Caraparí, Yacuiba y San Antonio para atender quejas de los pobladores; asimismo, la “organización de un piquete ambulante de ‘Columna de Colonias’, formada por hombres del lugar. Se le autorizó instalar ‘puestos’ en los parajes que fuesen de urgencia y que la organización de piquetes militares, por falta de fondos, podía recurrir a utilizar nativos [“civilizados”] sin goce de haberes, prometiendo el Gobierno procurar una suma de pesos para después”. A renglón seguido, se anuncian batidas contra los salvajes, que por la región de Itiyuro habían asaltado las haciendas de los pobladores. Se formó un grupo de voluntarios, que con veinte fusiles recorrió las regiones “atacadas de Itiyuro, Campo Largo y tomando la senda del Pilcomayo, avanzó treinta leguas” (Ibidem, pág. 159). Anota, también, el caso del subprefecto Soruco, que andando de exploraciones con el potosino teniente Rosales, éste “ordenó victimar a los habitantes del rancherío en Ibiripoyo, lo que hizo reaccionar al señor Soruco a favor de las posibles víctimas. También los soldados se rehusaron”. El resultado fue que el gobierno central encontró “culpable” al subprefecto, que para salvarse de la pena, tuvo que escaparse a la Argentina, (Ibidem, págs.159-160). Al mismo tiempo, desde Argentina Enrique Ibarrieta se acercaba al Pilcomayo y por él, Campos afirma “La expedición última de (Enrique) Ibazeta (Ibarreta) da parte de tres combates presentados por las tribus, en la no dilatada zona hasta su arribo a Caiza” (Ibidem, pág. 245).

La expedición J. Crevaux terminó con el asesinato de todos sus componentes, con excepción de un niño; la de Rivas se volvió a Caiza; la de Daniel Campos llegó a Asunción porque fue salvada por cazadores paraguayos, estando todavía a 150 Kilómetros; y la de Thouar, perdida por 11 meses en el Chaco, igualmente se reencontró en Caiza. Las expediciones de Rivas y Thouar fueron las que más comprometieron el nombre del Padre Giannecchini en su participación como Capellán castrense.

 

 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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