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Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

Parte IV (continuación). Cuando murió el Pilcomayo y su gente

Mujeres tapietes del Isoso.Si aceptamos un tiempo entre decisión y realización, la expedición indicada por Giannecchini en el año de 1866, correspondería a la descrita por Corrado, de 1867. Si esto fue verdad, más aclaraciones de la misma nos vienen del documento C.E.D.XLII.4.2.1 y del libro de Bernardo Trigo, Las tejas de mi techo, pág. 171. Este autor escribió que la “valiosa expedición con escuadrones de la provincia de su mando” fue a cargo del doctor Sebastián Cainzo. Nos informa de otra, realizada bajo la guía de don Eugenio Raña, como Subprefecto de Salinas en el año de 1868. Por la primera, el señor Trigo vitorea éxitos de pacificación con los tapietes en el Isoso, y por la segunda, nos dice que Raña “batió a los salvajes” y que en Macharetí “repartió tierras a sus soldados, estableciendo una verdadera columna. Un año después, se fundó la Misión de Macharetí”.

Completamente diferentes son las informaciones que nos da el Padre A. Corrado. La expedición empezó entre pareceres en contra de ella, especialmente de parte de los franciscanos, por los hechos ocurridos en septiembre de 1867 en Bella Esperanza. Dos soldados del fuerte, Condori y Pino, instigaron a los tobas a fin de que lo destruyeran. Así fue; y tomaron prisioneros a las pocas personas residentes, incendiaron y robaron el ganado, llevándoselo a Cabayurepoti con los cinco cautivos y los dos apóstatas (Corrado A., El Colegio Franciscano..., op. cit., pág. 435). La noticia llegó a Caiza, “donde estaban reunidos los escuadrones fronterizos, a más de un cuerpo de tropa de línea, que había dado el gobierno para escoltar una expedición al Paraguay, que debía emprenderse en aquellos días” por una sociedad anónima de Tarija” (Ibidem, pág. 435). Se mandó que los tobas de San Francisco fueran a dialogar con sus paisanos. Restituyeron los dos hombres, pero no una mujer con sus dos hijos, pedidos por los tobas a cambio de la restitución del hijo del cacique Cayutii, cautivo de los caiceños. “Los cristianos prometieron, y no cumplieron; ni los tobas dejaron a sus presos”.

Foto satelital de la Cuenca del Pilcomayo.Además, las personas en reducción no aceptaron ir a la expedición “porque de hacerlo, se veían obligados a dejar por aquel año sus siembras, de las cuales depende toda su subsistencia. Se pensó que aquella negativa había sido sugerida, y era fomentada por el egoísmo de los conversores, que se esforzaban en impedir por todos los medios la expedición, cuyos resultados temían, como perjudiciales al monopolio que ejercían de sus indios. Al salir ufanas de Caiza, las tropas expedicionarias, se maldijo a los frailes enemigos del progreso, y se soltaron contra ellos palabras de amenaza para el tiempo del regreso” (Ibidem, pág. 436).

Se marchó en los primeros días del mes de octubre. El relato del Padre Corrado dice que la expedición guiada por un tapiete, equivocó el camino; en lugar de ir camino a los tobas hacia el Paraguay, se fue al norte, a las tierras de los tapietes. La noche de Todos Santos, “fue acercándose un buen número de tapietes, y llegando secretísimamente al campo, traspasaron con sus agudos venablos a los dos primeros que encontraron, dejándolos cosidos en el suelo. Luego principiaron a arrojar una lluvia de dardos sobre aquella tendalera de dormidos. Pudieron al fin hacer algunos tiros; más los nuestros, que se los figuraban siempre cercanos, continuaron toda la noche en hacer fuego” (Ibidem, págs. 438-439). No resulta ningún apoyo para la fundación de Macharetí. Bernardo Trigo Hevia y Baca C.E.D.XLII.4.2.1 en su testimonio al Prefecto Lemoine, hizo pasar por tarijeños a los neófitos de Chimeo, Aguairenda y Tarairí, que efectivamente fueron presentes.

Se puede observar que las intenciones de guerra eran implícitas en la asociación “El Porvenir de Tarija”, sea de parte de sus componentes, sea del Estado, que compró 10 acciones y envió “cien fusiles corrientes de una onza de calibre” (Trigo B., Las tejas de mi techo, op. cit., pág. 157). Será precisamente el enlace entre Ministerio de Colonias y Guerra, bajo cuya responsabilidad quedaban los pueblos originarios, la asociación y la Subprefectura de Salinas, los que impondrán directivas agresivas hacia los pueblos originarios chaqueños y más directamente hacia los del Pilcomayo.

El incentivo del “progreso” era justificativo para cada una de las instituciones nombradas, que hasta 1867 habían desarrollado planes y estrategias de circunstancias locales. Ahora, la acción más decidida del Estado transformaba la oposición de salvajes/civilizados en política de guerra, en dimensión del país. Con tal actitud se generaba otro problema, que era el conflicto, ya no tácito, entre grupos civiles y militares de la zona y los franciscanos. No creemos que la opinión pública de Tarija estuviera plenamente en conocimiento de los hechos chaqueños, con excepción de los prefectos, que equilibraron las decisiones de mayor tragedia, sobre todo cuando el bloque expedicionario se hizo muy ocurrente y tupido. Para la puesta al día de sus informaciones, podemos pensar que los acontecimientos retumbaban en el convento de San Francisco y que éste los pasaba a las autoridades del momento.

Río Pilcomayo.Los documentos que transcribimos sobre expediciones, nos relatan a través de la pluma de los franciscanos, no tan sólo los hechos sino también la comprensión que de las exploraciones tenían los pueblos originarios. Ellos percibían que la historia anterior iba a repetirse. A las fronteras móviles de Palos Blancos, Caiza y Yacuiba se trazaba otra línea de penetración, más peligrosa todavía, que les quitaba el río Pilcomayo, que para ellos era asunto alimenticio, razón de intercambios de bienes con los pueblos vecinos y, por tanto, fundamento de la estructura económica, social y política. El hombre blanco, que se presentaba numeroso, armado y decidido, reavivaba en la mente de los tobas, tapietes y guaraníes un factor de beligerancia sangrienta.

Y la respuesta fue siempre puntual, si bien nunca de guerra abierta. Ya las zonas guaraníes estaban acorraladas desde Santa Cruz y Chuquisaca. Quedaba libre el corazón desde Tarairí, Guacaya y Cuevo; las otras partes eran vulnerables y por ende consideradas periferia, que había que defender para salvaguardar el núcleo central, que mantenía intactas unidad y posibilidad de interconexiones internas, con la facilidad de atacar y retirarse.

El Padre Corrado que vivió todos los acontecimientos, precisa siempre nombres de lugares, de personas y circunstancias. Si entre los conflictos se pudo implantar la tercera vía (así hemos definido al régimen reduccional) significaba que eran posibles horizontes de paz. La negativa guaraní y de los otros pueblos al proceso de acercamiento mutuo, más allá de la oposición socio-cultural, se inscribió en la gratuidad de la violencia generada por los blancos. En 1840, el gran cacique Pasanna recibió en su asentamiento a los blancos, que se presentaron con dádivas. Reunidos alrededor de los últimos, al tercer día de convivencia en Caritati, éstos generan una gran matanza, “cuando a la señal del gobernador, cerrándose los nuestros en círculo, acorralaron aquella inerme manada de salvajes, y precipitándose sobre ellos, los degollaron a todos, sin que uno solo de ellos pudiera escaparse. El valiente Pasanna quedó envuelto en la feral matanza.

Luego, levantando los expedicionarios el campo, recorrieron como sabuesos todos los pueblos diseminados por aquella alta planicie, apresando a toda la débil chusma que pudieron encontrar; y bajando por Tarupayu se retiraron a San Luis” (Corrado A., El Colegio Franciscano..., op. cit., pág. 341). Lo mismo sucedió en Chimeo; y en Aguairenda fueron despojados de sus tierras. En 1875, “Antonio Menduiña, Gobernador de la provincia de Acero [consiguió], desanidar de Guacaya a todos los indígenas. Entonces, para que no volviesen a ocupar aquel punto, que de lo antiguo era el principal y más fuerte baluarte de la nación chiriguana, mandó levantar en Boicovo, centro de aquella espaciosa cañada, un fortín con el nombre de San Antonio”. (Nota: Nuestros Misioneros del Colegio de Potosí, que desde algunos años asistían como curas en Güembi, lograron reducir a unas cincuenta familias guacayeñas, y a una legua de San Antonio les fundaron una Misión titulada San Pascual).

Río Pilcomayo.“Por el entusiasmo de los expedicionarios, en veinte días estuvo concluida la obra: pero a su alrededor rugían los enemigos que después de la derrota se habían refugiado unos en Cuevo, otros en las márgenes del vecino Pilcomayo, y otros en los cerros de Caipependi. Para asegurar la estabilidad del nuevo fortín, forzoso era perseguir y dispersar aquellas hordas salvajes; y con este objetivo, el señor Menduiña envió al Comandante Eustaquio Rodríguez con un destacamento de cincuenta hombres y se puso de acuerdo con el Comandante de la provincia del Chaco. Nuestras Misiones enviaron el auxilio de doscientos flecheros; y a principios de febrero de 1875, todas las fuerzas se hallaban reunidas en la hoyada de Caipependi. Allí, después de apresadas muchas familias, mataron tumultuariamente a unos sesenta entre chiriguanos y chaneses, bajo los ojos de sus madres y mujeres, que llenaban el aire con sus lastimeros alaridos, y que fueron llevadas cautivas” (Ibidem, págs. 484-485).

El enemigo chaqueño obraba de noche, desde escondites improvisados y con asaltos rápidos y ataques ágiles, dando los colores de personas fantasmas. Además, el concepto de aventura era parte del espíritu romántico que aumentaba la psicología de lo sombrío y de lo salvaje como acción puramente instintiva. Las relaciones del Padre Doroteo Giannecchini insisten en esa falta de conocimiento adecuado en la evaluación de las circunstancias que llevaban a los tobas, tapietes y guaraníes a la lucha.

En sus escritos resalta con ternura el idealismo de J. Crevaux; totalmente contrarias a éste, las imágenes de Andrés Rivas y de Arthur Thouar. Para el último, llega hasta el reproche por su inhumanidad hacia rostros de humanidad, que él desconocía. De Arthur Thouar ha salido la edición castellana de su diario (Thouar A., A través del Gran Chaco: 1883-1887, La Paz, 1997).

 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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