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Convento Franciscano de Tarija
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Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

PARTE VI: “Estatutos del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles de Tarija” y “Misiones entre Fieles”

Colegio de la Tercera Orden Franciscana de Tarija en construcción.El cuerpo legislativo de una orden religiosa, si bien se refiere a la legitimidad de los actos de sus adeptos, mira ante todo a canalizar un escenario de vida. No es raro encontrar en sus cánones palabras que exhortan a renovar decisiones y compromisos asumidos. El todo se centraliza en la aceptación de los votos de castidad, obediencia y pobreza, incluidos en una opción anterior de modales de vida. La relación principal es conjugar carisma personal y dimensión comunitaria, lo que le otorga una dimensión “pública”. Esta misma se trasforma en rol específico en el espacio más amplio de la Iglesia, y, a su vez, en la visibilidad social. Así es que decisión personal, vida en grupo, dimensión eclesial e inserción en la sociedad, son partes de la misma legislación por lo cual ciertas acciones son condenadas y otras aprobadas. Sin embargo, la especificidad sociológica, que diversifica a cada orden religiosa, son las relaciones entre acción apostólica, espiritualidad y concepto de posesión de bienes, personales o colectivos, hasta un concepto de pobreza en ambos campos.

En el caso de los “observantes franciscanos” de Tarija, como hemos  expresado en la introducción de los tomos del momento colonial, se profesaba una dimensión de pobreza personal y de grupo. El concepto de “observantes” se refería a la fidelidad de vida, que se adecuaba lo más posible al ejemplo y escritos del fundador. La línea del “conventualismo”, precisamente por identificarse con una vida “más adentro”, pidió al Papa el retener bienes para el sustento de la comunidad; la “observancia”, al contrario, por remitirse sobre todo a una vida apostólica, difícilmente podía equilibrar lugar de residencia con itinerancia. Así, ella tuvo que armonizar necesidad y condiciones de pobreza. Con el aumento de los hermanos, y más por la necesidad de casas de estudio, urgían grandes complejos conventuales y un mínimo de seguridad económica. Se aplicó, por tanto, otra idealidad inspirada en el “Testamento” dejado por San Francisco a sus frailes: “Yo trabajaba con mis manos y quiero trabajar y los otros frailes trabajen en trabajo honesto. Y los que no saben, aprendan, no por codicia de recibir el precio de su trabajo, sino por el buen ejemplo y por desechar la ociosidad. Y, cuando no nos dieren el precio del trabajo, recurramos a la mesa del Señor pidiendo limosna de puerta en puerta. Esta salutación me reveló el Señor que dijésemos: El Señor te dé la paz”.

Convento de Ognissanti, Florencia. Expedición de franciscanos hacia Bolivia y China, 1936.Quedaba el problema de los inmuebles y, por tanto, la especificación de su propietario. El Papa Nicolao III, con la Bula Exiit qui seminat de 1279, afirmó que todos los bienes de los frailes eran propiedad de la Santa Sede. Si bien ficción jurídica, la decisión papal plasmaba el principio de la pobreza, personal y colectiva, como forma de vivir de los “frailes observantes”. Por concepto de “trabajar con mis manos”, los conventos siempre pusieron
atención a la huerta, confiada a los hermanos legos, mientras que la predicación y estudio eran obligaciones de los sacerdotes. El “pedir limosna” fue también tradición de la orden franciscana. Normalmente, la mendicidad se realizaba en las comunidades, donde los padres solían ir a predicar “sin recibir el precio de su trabajo”.

Los denominados Estatutos Municipales eran la institucionalidad de los Colegios de Propaganda Fide. Incluían la Regla de San Francisco, que quedaba inspiradora de la “forma de vida”, y las Constituciones generales, que eran la adecuación de la misma a las circunstancias; dicho con San Francisco, “secundum loca et tempora et frigidas regiones sicut necessitati viderint expedire” (según los lugares y tiempos y frías tierras, así como a la necesidad vieren qué conviene). El principio que coordinaba los Estatutos Municipales del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles de Tarija, era la acción misionera entre los “gentiles”. Las Reducciones entre gentiles, si bien realidad distinta del convento, eran la preocupación de todos los frailes. Sin embargo, los campos de trabajo quedaban separados como acción: lo conventual con referencia al Padre Guardián y su discretorio, y el misional al Prefecto de Misiones. No se trataba de sobreposición de autoridades, sino de coordinación de ambas, bien distintas por su residencia: vivir en las Reducciones o en el convento.

Realidades transversales: siempre con el espíritu franciscano

Manuscrito sin código: Estatutos y Ordenaciones Municipales… del Colegio de Misioneros de la Orden de N. P. S. Francisco 1805.En el “Prólogo” de los Estatutos Municipales se aclara que la preocupación legislativa no fue prioritaria, así que los franciscanos de Tarija, en 1801, no publicaron su reglamento de vida. El texto quedó manuscrito. Se regían por las Bulas papales, de por sí ya organización jurídica, en cuanto los Colegios de Propaganda Fide eran una institución exclusiva de los franciscanos.

Siempre en dicho “Prólogo” se afirma que, por tratarse de acción entre los “gentiles”, no toda situación era previsible, por lo cual una reglamentación intempestiva habría podido resultar inadecuada. En el año de 1879, ya se había firmado el Reglamento de Misiones de 1871 con el gobierno de Bolivia, donde se organizaba el rol del Prefecto y, por ende, el rol de los franciscanos en las Reducciones.

Espacio común entre los misioneros del Chaco y los hermanos conventuales en Tarija era la observancia de la Regla, escrita por San Francisco, y su interpretación según las Constituciones de Barcelona, que insistían en la estricta vivencia de la pobreza como carácter distintivo de la Observancia misma. El principio, que se establecía por este aspecto, era: “que al precepto capital de la Religión estamos estrechísimamente obligados, el cual precepto nos prohíbe recibir dinero por otros, o por interpuestas personas; porque los frailes Menores del cuerpo de la Observancia (dice el Sumo Pontífice) pueden tener el uso de las otras cosas necesarias, aunque no el dominio: pero del dinero ni el dominio ni el uso”. En el Capítulo siguiente, que explica la dimensión de la pobreza (“De la Santa Pobreza”), ésta viene justificada en los términos que siguen: “Debiendo nuestro instituto vivir en este mundo como peregrinos y advenedizos, según nos dice Nuestro Padre San Francisco, tenemos obligación estrechísima de contentarnos con las moradas pobres y humildes, que en el hecho publiquen el verdadero afecto de pobreza, que debe ocultarse en nuestro corazón”. Para la formación, personal y comunitaria, y desarrollo de las actividades se establecen servicios comunes (bibliotecas, enfermería, necesidades personales y de viajes), que deben ser atendidos por el Padre Guardián, mientras se anulan todas las donaciones individuales, que deben resultar siempre dirigidas a la comunidad.

El Capítulo III trata de la vida conventual respecto a las acciones de vivencias espirituales como la salmodia diaria en el coro, el culto divino, la organización de las celebraciones de las Santas Misas, y los tiempos de máxima reflexión, que son los ejercicios espirituales. Este último aspecto connota la relación entre comunidad franciscana y templo. Se pasa después a la organización de las tareas conventuales en sí (Capítulo IV), que insisten en el silencio, estudio y disciplina. El Capítulo V es: “De la salida de los religiosos fuera del Colegio”, que está justificada sólo por necesidad y por paseo semanal comunitario. Se conciben como labores, por tanto, de obligación (Capítulo VI), la atención a las confesiones, presencia en conferencias (internas) e ir de predicación.

Sermonario. A. F. T.Los Capítulos VII y VIII enfocan el régimen de autoridad, que se centra en el Padre Guardián, Discretorio (que forma con el Guardián el cuerpo de gobierno) y Prefecto de Misiones. Otros nombramientos son el de Padre Vicario, maestro de novicios, responsable de la Tercera Orden, del cronólogo y procurador; este último deberá conectarse con el Síndico apostólico, que será el cajero de la comunidad y responsable de las operaciones económicas externas a la comunidad. Los Capítulos IX y X se refieren a los ritos de introducción y condiciones de aceptación del personal misionero: novicios, incorporaciones y desincorporaciones. Para los recién llegados, los años de permanencia debían ser no menos de diez. De la acción misionera se ocupan los Capítulos XI y XII: el Prefecto de Misiones, los religiosos en las Reducciones y su actividad con los indios. Son 27 páginas, que reglamentan el gobierno en las Reducciones: visitas del Prefecto a las Reducciones, deberes del Conversor, el gobierno espiritual y político de los indios, asimismo del castigo.

El Capítulo XIII trata de las “Misiones entre fieles”. Se puede afirmar que, si por las Reducciones los compromisos eran determinantes y permanentes, las “Misiones entre fieles” gozaban de igual preocupación, por lo que corresponde a la actividad de los franciscanos de Tarija. Los Estatutos Municipales retrascriben el método del Manual de misioneros (VI.2) del Padre Antonio Comajuncosa (1803). En la biografía del Padre Benvenuto Boccaccini se atestigua que en 1904: “Una chica guaraní ha echado un discursito tan bello y clara dicción castellana, y rezado de memoria todo el catecismo de Comajuncosa y casi la mitad del Estete, sin omitir el chiriguano, que lo sabe todo de principio a fin”.

Los Estatutos Municipales, firmados por la comunidad de Tarija en el año de 1879, fueron aprobados por la Congregación de Propaganda Fide y por el Ministro general de la Orden en 1884 y publicados en Roma en el mismo año. Ellos muestran la firmeza de la tradición de los franciscanos de Tarija, que, manteniéndose siempre en una línea espiritual, no introdujeron saltos en su legislación. Si los tiempos cambiaban, lo necesario era profundizar dedicación y dimensión apostólica entre los humildes y pobres, pero siempre bajo el supuesto de ser ellos mismos humildes y pobres.

 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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