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Convento Franciscano de Tarija
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Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

Parte VII: Crónicas misioneras y conventuales: año tras año hacia un nuevo destino

Escritura recóndita

Vista de la ciudad de TarijaAnales es denominación que tiene origen en la palabra latina annus. Por tanto, los Anales son escritos que se refieren a la trascripción compendiosa y seleccionada de los acontecimientos desarrollados en el transcurso de un año. En la organización conventual, tal oficio correspondía al cronólogo (cronos y logos, términos griegos que unen “tiempo” y “expresión conceptual”). Se presupone que el fraile encargado tuviera un cuaderno de apuntes; y sobre éstos, relatara los sucesos importantes que tuvieron alguna relación con la actividad franciscana. Así, en las páginas de los Anales, se da el cruce de los hechos de “dentro para fuera” y de “fuera para adentro”: y esto, por las características de la presencia franciscana en Tarija, que involucraba las responsabilidades civiles y religiosas de las reducciones chaqueñas, el volumen preponderante de la acción eclesial en las regiones del sudeste del país, y su inserción en los condicionantes socio-económicos y políticos, cercanos y lejanos.

Los Anales especifican, sin embargo, una particular escritura en el conjunto documental del archivo conventual de San Francisco. Ellos son relatos de informaciones “desde, y en lo doméstico”, que debían precisar la “memoria colectiva” de la comunidad. Prueba de ello es que los Anales se siguieron escribiendo también cuando el convento publicaba el periódico Boletín Antoniano, con noticias de orden local y nacional. Así es que los unos querían atestiguar el “ser” de la acción franciscana en su continuidad con los avatares de los acontecimientos ciudadanos; y el otro, la formación de una conciencia civil y religiosa. Tan sólo cuando el cronólogo, Padre Manuel Lauroua, por vejez y por la incapacidad del convento de autodeterminarse hacia una proyección más allá del recinto urbano, se remitía a lo señalado en el Boletín Antoniano. Tal modalidad surgirá a partir de 1923.

Desde años anteriores, siempre el padre Lauroua, que fue cronólogo desde 1899 a 1936, se había entregado a una obra de más amplitud, ligada a la presencia franciscana en toda Bolivia. La revista Archivo de la comisaría franciscana de Bolivia (Tarata, 1909-1922), pondrá en comunicación a las varias zonas de actividad de los franciscanos, para establecer una unidad de acción a nivel nacional. El Padre Manuel Lauroua fue su corresponsal desde Tarija, asumiendo la labor de hacer conocer las vidas de los frailes del Convento de San Francisco. Para la revista Archivo, extendió “necrologías”, que lo llevaron a la revisión de la “biografía” de cada uno, cotejando varios documentos. Consideró su obra, suficiente para una publicación específica.

Calle Colón y la nueva construcción del ala conventual de la calle Ingavi.Ahora la pregunta: ¿Por qué tanto escribir de parte de los misioneros? Respondemos. En primer lugar, para hacer conocer lugares lejanos a la opinión pública. Aquí vale la pena subrayar la distinción entre los escritos misioneros y los de otras plumas, definidos éstos de espíritu laico o sin ojos de religión. La evaluación positiva, que damos a los primeros, es que ellos nacieron de largas convivencias con los pueblos originarios; y además, fruto de una “memoria comunitaria”, que disciplinaba acontecimientos e informaciones. Otro propósito del escribir, fue “predicar” con el lenguaje de la sociedad, haciendo resaltar contradicciones y dicotomías. Finalmente, quisieron subrayar el derecho a hablar, que los llevó a una ideología de “defensa” de sus obrados. Esta última postura nacerá en los momentos de profunda conflictividad social.

Por sentido de responsabilidad cívica, los mismos religiosos de San Francisco, a partir de los años ochenta, asumieron costos y fatigas para hacer conocer la documentación encerrada en el archivo conventual.

Desde los primeros tiempos, aparecieron aportes lingüísticos, crónicas, síntesis históricas, relaciones de viajes, informes económicos y de insurrecciones de pueblos originarios. Algunas publicaciones fueron impresas entre los años 1856 y 1916; el Padre Ceferino Muzzani, en el año 1854, escribió una breve síntesis de la acción misionera del Colegio de Propaganda Fide (“Colegio de la propaganda de los padres menores observantes de Tarija, en la república de Bolivia”, en Amich José, Compendio histórico de los trabajos, fatigas, sudores y muertes que los ministros evangélicos de la Seráfica Religión que han padecido por la conversión de las almas de los gentiles en las montañas de los Andes, pertenecientes a la Provincia de Perú, París, 1854); y, en 1884, el Padre Alejandro Corrado expuso una extensa historia de las reducciones chaqueñas. Incluyó en ella, también el momento colonial, publicando el Manifiesto...del Padre Comajuncosa; en 1896 el Padre Doroteo Giannecchini editaba, del mismo Padre Alejandro Corrado, el Catecismo chiriguano-castellano. En 1916, los Padres S. Romano y H. Cattunar imprimieron el Diccionario chiriguano-castellano y Castellano-Chiriguano sobre la base del manuscrito del Padre Doroteo Giannecchini. Éste último, en los años de 1883 y 1896, presentó a la opinión pública sus diarios de las expediciones al Pilcomayo: de J. Crevaux, de A. Rivas y de A. Thouar. Ésta última, más allá de lo sucedido, es importante por las descripciones geográficas y poblacionales del Chaco.

Otras obras durmieron más de un siglo en el Archivo Franciscano de Tarija y fueron editadas en estos años; el Padre Bernardino del Pace transcribió y estampó el manuscrito de Mingo de la Concepción M., Historia de las Misiones Franciscanas de Tarija entre Chiriguanos, (Tarija, 1981); el Padre Gerardo Maldini reeditó el libro de los Padres A. Comajuncosa y A. Corrado: El Colegio Franciscano de Tarija y sus Misiones, (Tarija, 1990); el Padre Lorenzo Calzavarini tradujo del italiano y publicó el manuscrito del Padre D. Giannecchini, Historia, Geografía, Lingüística del Chaco Boliviano, 1898 (Sucre, 1996). Siempre por interés de los franciscanos, Don Gunnar Mendoza preparó la edición Guía de fuentes franciscanas en el Archivo y Biblioteca nacionales de Bolivia, (Sucre, 1994).

En síntesis, entre autores citados arriba, y otros no conocidos, tenemos un listado bastante largo de nombres: Padre Alejo Forcadel, Padre León de Santiago, Padre Ignacio Tubau, Padre Manuel Mingo de la Concepción, Padre Antonio Comajuncosa, Padre Giuseppe Matraya, Padre Ceferino Muzzani, Padre Alejandro Corrado, Padre José Giannelli, Padre Doroteo Giannecchini, Padre Gervasio Costa, Padre Manuel Lauroua, Padre Bernardino de Nino (se conserva un diccionario guaraní de uso personal) y Agustín Manfredi.

 Tres escritores de los Anales, desde 1879 a 1936

Pascua en Tarija.La resolución de escribir los Anales correspondió al capítulo conventual del 24 de mayo de 1879. La decisión surgió en obediencia a la Bula Apostolica Sedes del Papa Pío IX, del 12 diciembre de 1877, enderezada a los Colegios de Propaganda Fide. Por tanto, “se mandó formar un libro con el título de Anales del Colegio, en el que el cronólogo del mismo apuntase lo que actualmente ocurriere, bien sea en la Comunidad, bien sea en las Misiones, con la obligación de presentar, todos los años, dichos apuntes al Discretorio para que puedan archivarse y sirvan más adelante a la confección de la historia”.

Tal presentación se debió a la pluma del Padre Alejandro Corrado, que fue el encargado desde el inicio, hasta 1884. La distinción entre crónica e historia la podemos entender desde el método de escritura del mismo cronólogo, Padre Alejandro Corrado. A él también debemos la publicación, a los pocos años, de la obra El Colegio franciscano de Tarija y sus misiones (Quaracchi, 1884). El manuscrito lo había terminado el 3 de junio de 1883. Su historia llegaba hasta el año 1882, con las últimas páginas dedicadas a la expedición de J. Crevaux. Los “Apéndices”, que añadió al texto original, no están en el manuscrito MS 13, del Archivo Franciscano de Tarija. Habiendo escrito los Anales desde 1879, quedan tres años de comunión entre el cronólogo y el historiador; lo que nos permite aclarar lo específico de los dos oficios.

El cronólogo es transcriptor de “hechos”; mientras que el historiador, relacionando y analizando tiempos, puede valorar la vigencia de “acontecimientos” en el transcurrir de los años. Por eso, el Padre Corrado, en su libro, descarta “hechos”, que no lograron una dimensión de continuidad en su historia de las misiones del Colegio de Propaganda Fide. No refirió lo que,  en el año de 1879, se atribuyó a una sanación milagrosa del Papa Pío IX; ni el año de 1880, la reacción de la joven guaraní, que “quiere ir al infierno” con su amante y padrastro, en contra de la exhortación a la confesión, que le hiciera el Padre Conversor, para una religiosa muerte.

En 1885 sucedió al Padre Alejandro Corrado, el Padre Gervasio Costa, que amplió el concepto de los Anales, añadiendo las informaciones de la actividad del Colegio de Tarija y manteniendo las de las reducciones chaqueñas (donde más insiste el Padre Corrado) y las de las misiones entre fieles. Otro aspecto de este eximio lector (afirmación del Padre Lauroua) fue el reportar informes y opiniones de la prensa local y nacional para detectar el espíritu de la mentalidad del momento, que correspondía al nacimiento y desarrollo del partido liberal. En aquellos tiempos de cólera, los comentarios a favor y en contra de la acción de los franciscanos de Tarija se multiplicaron. En las contraposiciones, el Padre Gervasio Costa relató siempre, con precisión, las ideas de los contrarios; como con igual claridad redactaba el actuar de los frailes y de los movimientos católicos que lo apoyaban. Escribió hasta el año 1899.

Si el Padre Alejandro Corrado fue el historiador que relataba los hechos con sabor humanístico; el Padre Gervasio Costa escribió en perenne actitud de estudio y de actividad pedagógica. En el año de 1870, se presentó para titularse como profesor de filosofía en los concursos generales de la Orden Franciscana (los que no se realizaron debido a la ocupación violenta de la ciudad de Roma, por parte de las tropas italianas). En el año 1872, llegó a Bolivia. Fue primero, conversor en el Chaco; y por motivos de salud, se retiró al Colegio en 1880, ocupándose de la formación filosófica y teológica de los  candidatos franciscanos al sacerdocio. Fue articulista del Boletín Antoniano. A su muerte, dejó inconcluso “un texto de historia patria para las escuelas primarias, después de haber dado a la imprenta otro de Gramática castellana”. Hemos hecho referencia a la “biografía” del Padre Gervasio Costa (Cfr. Memoria de los religiosos de este Apostólico Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles de la ciudad de Tarija, 1848), para aclarar sus virtudes de cronólogo: preciosas anotaciones históricas, bello escribir y coherencia de observaciones desde lo religioso y lo político.

Llegamos al tercer cronólogo, el Padre Manuel Lauroua, quien redactó, entre conflictos, el caminar del Colegio de Propaganda Fide de la Orden franciscana en general y local, de la ciudad de Tarija, y de la nación boliviana. Sabemos, como todos, que estos apartados fueron cambiándose radicalmente en sucesión estrecha de tiempo. El Padre Manuel empezó a escribir en el año 1899, compartiendo, el mismo año, con el Padre Gervasio Costa.

Franciscanos, 1905.El Padre Lauroua no era persona que se perdiera en juegos de palabras; fue espíritu apologético y expresaba sus verdades según la virulencia de los opositores a la obra de la Iglesia. Su preparación filosófica, cultural y teológica era muy precisa, si bien, no abierta a las innovaciones. Queda firme, sin embargo, que fue lector lúcido de las alternativas que se iban gestando en la sociedad tarijeña y nacional. Por eso, sus anotaciones de cronólogo no se limitaron al universo religioso, conventual y franciscano, sino que se sumergieron en el mundo civil y político. Se debe también afirmar que más allá de su afecto al Convento de San Francisco, fue igualmente claro en tratar vicisitudes de frailes, de eclesiásticos y de laicos.

Su redacción unía las capacidades del Padre Alejandro Corrado y las del Padre Gervasio Costa; y las complementaba no tan sólo relatando lo sucedido, sino poniendo siempre un suplemento de atención a las circunstancias. No todos aprobarán la manera de proceder en la afirmación de sus verdades, que son muchas veces subrayadas (lo que no se anotará en la edición). Aclaramos que sus escritos eran prioritariamente de uso exclusivo de la comunidad franciscana; y, posiblemente, existió en él la intención de ser minucioso en todos los hechos para permitir una más adecuada visión en las venideras decisiones conventuales.

Su certeza eran los procesos de descristianización en curso, y que el sustento eclesial debía proceder por refuerzo cultural y teológico. En esto, su apoyo iba hacia la religiosidad popular, por lo cual describía con abundancia de informaciones, la realización de las infraestructuras parroquiales y comunitarias, así como las predicaciones populares. En sumatoria, su lenguaje supo dominar la totalidad de los cambios que se dieron para bien y para mal, en el esfuerzo de la modernización de Bolivia. El cronólogo, Padre Manuel Lauroua, no escatimó su veredicto, lo que en definitiva lo hace simpático a unos y atrevido a otros.

A él, sin embargo, debemos una inmensa labor de revisión y organización de los documentos fundamentales de la historia de los franciscanos de Tarija. También él fue profesor de filosofía y teología de los jóvenes franciscanos. Por algunas afirmaciones suyas, podemos intuir que fue un pedagogo exigente, si aceptó dejar la cátedra debido a las quejas de los frailes estudiantes. Don Víctor Paz Estenssoro recordaba en los últimos años de su vida, en conversaciones en la casa de San Luis, los momentos de encuentro con el Padre Manuel Lauroua, cuando su abuelo, Don Rosendo Estenssoro, lo llevaba al convento; allí, ofrecían galletas al niño a cambio de permitir un concierto de violín y canto. El Padre Manuel, decía Don Víctor, tenía una notable voz de bajo.

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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