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Convento Franciscano de Tarija
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Proseguimos retranscribiendo la “Introducción” que desde estas páginas se refiere a los tomos IV-VII (momento republicano) de los siete tomos de la obra: Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia según documentos del Archivo Franciscano de Tarija 1606-1936, editada por el P. Lorenzo Calzavarini.

Parte VII: Fuertes en la tormenta (continuación)

Mingo M., Historia de las misiones franciscanas de Tarija entre chiriguanos, Ed. P. Bernardino del Pace, Tarija, 1996.Las acciones, observadas hasta ahora, sufridas y descompuestas, podemos entenderlas como procesos sociales de urbanización en Tarija y regiones del Altiplano. La concentración de personas en un espacio relativamente estrecho obligaba a la condensación y diferenciación de actividades. Asimismo, la ciudad-urbana resultaba ser una fuerza de propulsión, que envolvía en lo suyo a todo el contexto departamental. El conflicto de ideas surgía, también él, del nacimiento y consolidación de nuevos estamentos sociales que se organizaban en función de estrategias de poder, haciendo y deshaciendo alianzas para mantener ventajas o parar desventajas en un escenario siempre cambiante. La agresividad era parte de tales conflictos del querer mantener o cambiar la articulación que se iba asestando en el tiempo. La ciudad se transformó, también, en concentración de servicios que necesitaban mercados, donde el único elemento de intercambio era la moneda. La innovación favorecía a los que, disponiendo de un capital, adquirían “mercancía” para encarar una ganancia acumulativa con la venta de productos diversificados. Dos nombres sobresalieron en Tarija: Moisés Navajas, de la casa Dorada; y la familia Trigo, por su comercio desde el Litoral. El centro comercial, que crearon, se llamó “Trigo hermanos”.

Asimismo, cambiaba el universo político, que se aglutinaba alrededor de los intereses de vida de la población. Lo más importante será la Carta Magna o la dimensión jurídica de la República, ella misma, sometida a ser reguladora de alternativas de fuerzas socio-económicas. Por tanto, si bien quedaba el universo político de los partidos tradicionales, apareció el avance de los liberales que, a través del apoyo de otras aglomeraciones, normalmente identificadas en la masonería, pasó a una estructura de adeptos, presente en todas las ciudades. Sólo tres escritores laicos de Tarija que alcanzaron renombre nacional, mantuvieron una lúcida actividad positiva hacia el mundo católico: Don Tomás O’ Connor d’ Arlach, Don Luis Paz y don Manuel Othon Jofré (hijo).

El mismo diseño de la “secularización de las Misiones” obedecía al esfuerzo de una urbanización amplia, que buscaba un camino de capitalización de tierras para realizar un fantasioso plan empresarial. De esto no se hablaba, si bien estaba presente en las intenciones de algunas personas. Lo insuficiente fue que las directivas de concentración y expansión dispersaban fuerzas; y además, no eran parte de un proyecto departamental. El Padre Lauroua anoticia de una migración de personas de Caraparí. Él acepta la versión de los hechos dada por el padre Santiago Romano, entonces Prefecto de Misiones, que informaba sobre la migración de familias desde Camatindi. Sin embargo, no relata otra noticia, presente en los diarios del padre Santiago, a quien el ministro Ballivián escribió al mismo en fecha 17 de enero de 1905, mandándole: “concentre a los habitantes de toda esa circunscripción y anime a radicarse a los inmigrantes que, por corriente natural, afluirán de la frontera argentina y de todas partes, y que encontrarán su más halagüeño bienestar” (A.F.T. M-333). La perspectiva era la de la “ciudad petrolera”, descubierta en Macharetí, que habría provocado una condensación de brazos desde la línea tarijeña (vía Camatindi) y argentina, en contra de las fuerzas presentes que eran los indios. La negación de propiedad para éstos fue decisión del Delegado para vender a los blancos los terrenos ya urbanizados de las dos reducciones.

La postura del padre Santiago Romano, Prefecto de Misiones daba en el blanco cuando sugería construir, sin destruir, las realidades existentes; por lo cual la “ciudad del porvenir” (Villa Montes) habría debido crearse más allá del territorio de San Francisco Solano y San Antonio de la Peña. Sin embargo, Don Leocadio Trigo, Delegado Nacional para tal operación, actuó con la mayor violencia, pensando seguramente que ningún polo “industrial” podía existir sin captación de brazos. Y la organización reduccional ofrecía precisamente un conjunto de personas escolarizadas, aptas para varios trabajos de carpintería y albañilería; y, sobre todo, capaces de una acción colectiva. Su estrategia presupuso, por tanto, un simple hecho de anexión de la red misional, imponiendo condiciones de proletarización a la población local: quitar tierras a los indios para obligarlos a la obediencia del nuevo proyecto.

Ese resultado no se dio, porque se abrieron los espacios agrícolas hacia la Argentina. Lo inconsistente del proyecto provocó la expulsión de la población reduccional que dejó en soledad al señor Leocadio Trigo, que (verdad o no, su acción de contrabandear tierras) lo había declarado, y se declaró, dueño de los títulos de las mismas.

En el capítulo anterior, hemos leído que la justificación de la anexión del territorio reduccional estaba declarada en términos de extender la “soberanía patria” (afirmación de Leocadio Trigo); asimismo, la aclaración del Concejo Municipal de Tarija, que tildaba a los Padres de San Francisco de ser “extranjeros” porque “poco deben saber, o importarles, las leyes que rigen entre nosotros” y que exhortaba al sacerdote, nacido en Bolivia, a no contradecir las decisiones de la Honorable Alcaldía por ser él “hombre ilustrado y conocedor de nuestras leyes, en cuyo pecho debe palpitar el sentimiento de la Patria”. En estos conceptos y expresiones vemos el afianzarse, nuevamente, de la “ideología de patria” que se imponía a la “ideología de nación”; dándose, la primera, el poder de atropellar cualquier derecho y de lanzar acusaciones como si los franciscanos acumularan, con la librería, dinero a favor de los “campesinos italianos”.

Entendemos, por tanto, la línea apologética y de ataque de los Anales, asumida firmemente por el Padre Manuel Lauroua. De hecho, en sus páginas, sobresalen dos temas fundamentales: lo que era defensa y la nueva acción de la comunidad de San Francisco, ocupada en la predicación y construcción de templos en las comunidades urbanas y rurales, impulsando la religiosidad popular. Los grandes apóstoles, los Padres Giannecchini, Lolli, Puccetti, Pífferi, Costa, Piccinini, Santiago Romano, D’ Ambrogi y De Nino, trabajaban según programas de largo alcance. En esto sobrevendrán las diferencias con el clero secular, sin compromisos con las zonas misionales y sin previsión de las emergencias del futuro, al contrario del sacerdote cruceño, José Belisario Santiesteban, Obispo de Santa Cruz en los años 1891-1931.

Antigua fachada de la Basílica Menor de San Francisco, Tarija.Fue siempre el padre Manuel Lauroua, quien anotaba el prisma de varias iniciativas. Entre misiones a los fieles y contraatacar a la élite dominante, los franciscanos insertaron, desde 1895, las Obras Antonianas, cuyo mérito iba, sobre todo, al Padre Buenaventura Lolli. En la lógica general de éstas, se unían acción cultural, caritativa y religiosa, a pesar de los cambios internos a la Orden Franciscana y las nuevas proyecciones eclesiales que se concretizaron en la creación del Vicariato del Gran Chaco (hoy Cuevo-Camiri), trasformando las reducciones en parroquias.

Las iniciativas de los padres franciscanos, por las adversidades chaqueñas, fue programar separadamente dos líneas de apostolado: la rural, en el Chaco; y la urbana, en Tarija; por lo cual, la afirmación del padre Manuel Lauroua fue la de no escribir más, después de los acontecimientos de Villa Montes, sobre las Misiones. Por tanto, el cuartel general franciscano del sudeste de Bolivia se redujo a la ciudad de Tarija y de aquí llegará a la conexión nacional, con personalidad dinámica y acertadas iniciativas de trabajo.

Desde 1899, se conformaron amplios procesos de modernización del país. El debate nacional y, por tanto, la comprensión que Bolivia tenía de sí misma, se cerró en los aspectos políticos. La acción religiosa, sin ocuparse de poder, debía construir mediaciones que conectaran condiciones de vida y vivencias de la Fe. La experiencia más profunda del sistema reduccional fue la educación escolar e informal, dictada por el complejo global de la reducción.

Ya desde el año de 1887, los Terciarios franciscanos de Tarija iniciaron una experiencia de conexión escolar entre reducciones y pobreza, en la periferia de Tarija. Es necesario recordar aquí que el sistema escolar chaqueño era sustentado por las hermanas terciarias, que de nuestra ciudad se trasladaban a las Misiones. Seguramente, estas personas, dedicadas a la vida apostólica desde el universo laical, fueron el sustento de la acción de los franciscanos, también en nuestra ciudad: obras de caridad para los pobres (“Los Cepillos”, el Pan de San Antonio y El Ropero, el todo en comunión con las hermanas de Santa Ana en el Hospital San Juan de Dios), la edición del Boletín Antoniano (1895); y, en 1903, la instalación de la librería. En 1912, nació el Colegio Antoniano, que formalizó un currículum escolar completo para la juventud de Tarija; y en 1922, la escuela nocturna para los artesanos; con éstos, se compartió el panteón en el cementerio urbano. La obra, que cerraba todo el círculo caritativo, fue la construcción en 1917, del orfanato “Moisés Navajas”, antes “Antoniano”. El Boletín Antoniano, en poco tiempo de edición mensual, pasó a quincenal; y, finalmente, a semanario; y, como tal, fue “decano de la prensa nacional de Bolivia” hasta 1952.

El periodismo fue una experiencia intelectual y de información, y en el cual, toda una ciudad se reconocía por la descripción de los acontecimientos locales, artículos de opinión, noticias de familias, idas y venidas de personajes, vida religiosa y civil, y circunstancias nacionales. Otra iniciativa, con primado mundial en su género, nació con la edición de la Hoja Dominical (1938) como acercamiento a las vivencias litúrgicas de la Iglesia Católica.

Fue un hecho del año de 1938, que documentamos, porque fue continuidad próxima con los años comprendidos en nuestras ediciones. El mérito se debió al Padre Ignacio Coppedé.

Otro comienzo de nueva continuidad

No hubo continuidad; ésta se plasmó en un nuevo espíritu apostólico después de la destrucción que separó campos de trabajo, antes unidos. Con la imaginativa “ciudad de Villa Montes”, que destrozó la región reduccional, se siguió con otras secularizaciones: de Aguairenda (1911); San Francisco y San Antonio del Parapetí (1917). Sud y Norte chaqueños fueron rotos con la misma forma de despojo de tierras, contra los pueblos originarios. La creación del Vicariato del Gran Chaco (Cuevo-Camiri) unía a los restos poblacionales, cambiados ahora en parroquias. Esta última alternativa era herencia de las anexiones coloniales de los territorios misionales: la expulsión de los Padres Jesuitas (1767), las pretensiones del Gobernador Viedma contra los franciscanos de Tarija y el debilitamiento general de la Iglesia, impuesto por el Presidente Sucre. Los liberales, con Ismael Montes y otros Presidentes, multiplicaron la misma acción política.

La supresión de las reducciones franciscanas encerraba algo más dramático. De hecho, ellas nacieron en atención al pobre. En tal sentido, las hemos presentado como “la tercera vía”: estar entre ellos no por confrontación cultural entre “bárbaros” y “civilizados” ni necesariamente por un afán religioso, sino para dar derecho de ciudadanía y de supervivencia en el esquema de la violencia colonial; franciscanos y pueblos originarios se unieron en una visión política de tolerancia y de organización; y por eso su consistencia secular. La trasformación de la región reduccional en diócesis, si no hubiera sido medida contra la agresividad, habría podido conservar sus contenidos de vida. La antigua institución habría mantenido sus características existenciales: feligreses en un territorio establecido, con historicidad colectiva común, ministerios eclesiales y deberes de ciudadanía bien clarificados. La presencia de un Obispo, en lugar del Prefecto de Misiones, otorgaba, además de la recepción de sacerdotes diocesanos, la capacidad de un diálogo más ágil con las autoridades civiles. En tal sentido, fue posible la llegada al Chaco, en 1925, de las hermanas Misioneras del Santísimo Sacramento que, desde el establecimiento escolar femenino en Cuevo y Santa Rosa, se extendieron a otras zonas del Vicariato Apostólico.

Giannecchini D., Historia, etnografía geografía, lingüística del Chaco boliviano1898, Ed. P. Lorenzo Calzavarini, Sucre, 1996.Se requería, sin embargo, un cambio fundamental de mentalidad jurídica, política y administrativa, declarando una regionalización que explicitara otra forma de derecho de ciudadanía en el Estado boliviano. Ninguna contradicción hubiera existido, manteniendo la división entre acción política y pertenencia religiosa, dentro de la misma reducción, sobre la base de las realidades de la economía agrícola, que ya existía. Todo eso no fue posible por la ocupación de las tierras y la estrategia de anexión (su contrario era la integración por participación). Tal situación era prevista por los franciscanos de Tarija, que propusieron, antes del hecho “secularizante”, la formación parroquial, con división de tierras, a los integrantes de la reducción. Y para tal proyecto, todo terminó al año de 1906, con el Delegado Nacional, don Leocadio Trigo, en las riberas del Pilcomayo.

Sobre las cenizas del universo destruido, empezó otro comienzo. Los frailes, si bien unidos jurídicamente, dividieron los campos de acción: la unidad del Chaco, y los Conventos de Potosí y Tarija. El Chaco era herencia de la actividad de los dos ex Colegios de Propaganda Fide. Para subrayar la unidad, el superior de la entidad “Comisaría”, que unía la autoridad de los dos antiguos Prefectos de Misiones de Propaganda Fide, trasladaba su sede en el Chaco mismo, connotando con su presencia, las zonas más sacrificadas.

Allí quedaron los antiguos conversores, asistiendo a la inexorable fuga de sus feligreses que emigraban a la Argentina, y dando a los otros, un sentido de residencia. Fue un proceso de conservación en la indefinición de los tiempos.

Mientras tanto, los horizontes de guerra se acercaban, y los condicionamientos del gobierno central eran más apremiantes, por la composición del universo territorial chaqueño, formado principalmente por los guaraníes, que habitaban en los dos países. También los franciscanos, por ser guaraní hablantes, encontraban dificultad de comunicación con sus
feligreses.

Por los procesos generales de modernización de la Bolivia altiplánica, con el nacimiento de una aristocracia industrial, apoyada por una clase media de oficinas, salud pública y escolaridad, se vislumbró el problema del indio. También entre los pueblos originarios se realizó un movimiento piramidal, que se conectaba con el mundo mestizo. Las distancias que se generaron, fueron consideradas por dos grandes escritores: Alcides Arguedas y Franz Tamayo. El primero escribió Pueblo enfermo, que era en sí, una denuncia de engranajes malvados, inscritos en la misma estructura social y cultural; y el segundo, con Pedagogía nacional, presentaba una teoría, que fundamentaba las raíces de la nacionalidad boliviana en los pueblos originarios.

Extrañamente, no aparecen ni se nombran en los manuales de literatura, los documentos escritos por misioneros y otros sacerdotes: Beltrán, sacerdote altiplánico, Corrado, Martarelli, De Nino, Cardús y Pesciotti. Tal olvido no fue debido a razones de bellas letras, sino por no querer considerar, en su especificidad antropológica, a las tantas “naciones” que conformaban el país.

Ligado a la situación chaqueña, el Convento de San Francisco había adquirido notoriedad. En 1892, participó en la exposición de Génova; en 1899, en la de Turín (organizada por el Padre Doroteo Giannecchini, y de mucho éxito); y en la de Búfalo, en Estados Unidos, en 1901. Con el cerrarse de los Colegios de Propaganda Fide, y con el Padre Superior (Comisario) con sede en el Chaco, el Convento continuó prioritariamente en su acción de religiosidad popular urbana y rural. En un sentido un poco diferente, e insistiendo en la escolaridad, el Padre José Zampa, en Potosí, en 1907, fundaba las Escuelas de Cristo y el periódico La Propaganda. Localizando su acción en Tarija, los franciscanos consolidaron una centralidad de acción desde su Convento.

4.	Calzavarini L., Nación chiriguana: grandeza y ocaso, Cochabamba, 1980.En el Convento se cobijaron las Obras Antonianas (Boletín Antoniano, librería y actuaciones caritativas); y, en la línea de la Escuela San Francisco, nacerá el Colegio Antoniano, que ofrecerá una completa escolaridad preuniversitaria. Asimismo, el templo, después de su ampliación y con el título de Basílica Menor había quedado tan sólo con sus desnudas arquitecturas. En largos tiempos, se terminaba el proyecto global con obras artísticas, altares (capillas laterales), como también bancos, coro, sacristía, estatuaria y la construcción de un órgano para las liturgias conventuales, en 1922. Al interior del Convento, las preocupaciones iban a la huerta, oficinas, adquisición de libros, archivo y a la edición del Diccionario Chiriguano-Castellano y Castellano-Chiriguano, preparada por los Padres Santiago Romano y Alfonso María Puccetti (Tarija, 1916). Posteriormente se amplió el ambiente de la biblioteca, el comedor y el salón antoniano. Si bien ya existía la imposición de la ruptura del complejo conventual, con las aberturas de las Calles Colón e Ingavi, la batalla fue vivida entre pleitos, pero sin ceder al pesimismo. Nuevamente se ubicaron, en forma mejor, la tipografía y librería, se amplió el Colegio Antoniano y se resolvió el problema, (siempre provocado por la Alcaldía, por la ley contra los cementerios privados), construyendo un panteón en el cementerio general para los frailes y obreros antonianos, panteón que sustituía el existente en el recinto conventual, defendido por los Padres por su estructura de nichos y no sepulturas bajo tierra.

Tampoco podemos olvidar otras fuerzas, que surgieron alrededor de la acción conventual; ellas eran las congregaciones laicales de la Tercera Orden, los Sagrados Corazones y Juventud Antoniana. Además tres fiestas anuales eran propias del Convento: San Plácido, Santa Paulina y San Antonio.

La atención al Convento no disminuyó las actividades para aglutinar a las entidades eclesiales. Construcciones de largos años fueron: el templo de San Roque, en la ciudad; y en campo, las de Tolomosa Grande y Tomayapo. Así resultó el siguiente listado (pensamos incompleto): antes de 1917 se terminaron los templos en las reducciones chaqueñas. Se empezaba con reducidas capillas, y con el aumento de los neófitos (en un promedio de veinte años de tiempo), se pasaba a la construcción de capaces iglesias: Tarairí, Macharetí, Tigüipa, San Francisco Solano, San Antonio de la Peña, Yacuiba, Aguairenda, Caraparí y Chimeo. En 1917, Chaguaya, Padcaya y Livilivi; en 1919, Sella, San Pedro de las Peñas; en 1920, Capillas de Tariquea, Bermejo y mejoramiento de San Lorenzo, Tolomosa Grande, Caiza y Yacuiba; en 1923, restauraciones del atrio de la Iglesia Matriz, Chimeo, Saladillo, Caraparí, Entre Ríos, Concepción, Santa Ana, Suaruro, Ytau, Mecoya y Mendralejo; en 1927, Yunchará, Chocloca, Camarón, Canasmoro,León Cancha y Chayasa (año de 1930). Todas estas obras fueron animadas por las respectivas comunidades y guiadas, sobre todo, por los Padres Nazareno Dimeco, Buenaventura Lolli y Columbano Puccetti.

Ya la guerra entre Paraguay y Bolivia estaba cerca. En tal previsión, en 1931 se inauguraba el camino de Tarija a Villa Montes. Al año siguiente, la resolución judicial a favor de la división del complejo conventual y consiguientes destrozos arquitectónicos. Desde 1932 hasta 1935, los claustros bajos del convento fueron ocupados por los soldados en su ida hacia el Chaco. Y el Colegio Antoniano recibió a 50 huérfanos de guerra, en la que, muchos franciscanos fueron capellanes.

En 1935, el Alcalde Attié compró la huerta, que permitirá a la comunidad franciscana recomponer el nuevo perímetro conventual, construyendo el ala sobre la calle Ingavi, que cerrará el claustro abierto que se prolongaba en la huerta.

La guerra terminó en 1935; y el 25 de mayo de 1936, se puso la primera piedra para recomponer el convento de San Francisco. El Padre Manuel Lauroua, escritor de los Anales desde 1899, murió el 16 de diciembre de 1937. En los campos de batalla, los diferentes rostros bolivianos se habían encontrado. Gobiernos militares posteriores (definidos como “militares socialistas”) empujaron hacia la modernización del país, donde artes, literatura y pensadores formalizaron una nueva alma boliviana. Otra etapa histórica había empezado; y en ella, el Convento Franciscano se destacó por el aprecio ciudadano, manteniéndose firme en su labor educativa de formación religiosa y cultural. Los conflictos ideológicos de la modernización se armonizaron en una visión de Tarija laboriosa y de espiritualidad profunda.

 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

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