sello
logo CED
Centro Eclesial de Documentación
Convento Franciscano de Tarija
sello
Inicio | Centro Eclesial de Documentación | Artículos | Ebooks | Artículos Cántaro
Documento sin título
 

PURIFICACIÓN GATO CASTAÑO: JUAN COBOS Y REDONDO Y EL DIARIO DE LA EXPEDICIÓN A LAS SALINAS, (Universidad de Córdoba y Universidad de Extremadura, Impresión: Casares, S.L., 2010)

Portada del libro “Juan Cobos y Redondo y el diario de la expedición a las Salinas”.El título de la obra no corresponde al del documento originario, encontrado por Purificación Gato Castaño en el Archivo General de la Nación de Buenos Aires. La única  referencia a éste es “…diario de la expedición…al Valle de las Salinas…”. De hecho, un documento de archivo no tiene visibilidad directa con sus posibles lectores, por lo cual más que un título encontramos la descripción resumida de los contenidos del mismo. Siempre por exigencia de impacto en los lectores, la autoría del documento está señalada con el solo nombre del P. Juan Cobos y Redondo, misionero del Colegio de Propaganda Fide y natural de la Villa de Pozo Blanco, obispado de Córdoba (España). Este privilegio ha nacido de la voluntad de la autora para rescatar a un “desconocido en su propia tierra“. En el texto de Buenos Aires aparece un segundo autor, si bien de menor extensión, en la persona del Presbítero José de Osa y Palacios y las demás personas que integraron con sus decisiones y acciones la expedición: el virrey de Buenos Aires, Marqués de Loreto, Don Juan del Pino Manrique, Gobernador Intendente de la Imperial Villa de Potosí y partido de Tarija  y el Arzobispo de la Plata, Don Fray Joseph Antonio de San Alberto y el Cabildo de Villa de Tarija; se notifican también los objetivos: conseguir un tratado de paz entre las autoridades coloniales de Tarija y los capitanes indios para “extraer  de su poder a los cautivos cristianos que se hallan en sus poblaciones a expensas del Ilustrísimo Arzobispo Fray Joseph Antonio de San Alberto.”

El “parlamento” entre “grandes” en Salinas

Exterior original del templo de Salinas.La señalación de Salinas, reducción franciscana en aquellos años, indica sólo el lugar de diálogo  entre los capitanes y las autoridades de la expedición, que salió desde Tarija el 22 de Octubre de 1787 y retornó a la Villa el 12 de enero de 1788. Se trataba de un grupo de 150 milicianos, autoridades políticas y los eclesiásticos José de Osa Palacios y el P. Juan Cobos y Redondo. No se señalaron acciones específicas de apoyo de los franciscanos conversores de Salinas: Antonio Comajuncosa y Juan Ferrer. Con compromisos directos se anota la presencia del hermano Miguel de Arizmendi, hombre muy práctico en muchos quehaceres, enviado por los franciscanos de Tarija en ayuda de las circunstancias a Salinas. Tuvo seguramente un valiente protagonismo en la organización visto que la ida a Salinas está anotada en su biografía, escrita  por el P. Antonio Comajuncosa. (“Fray José Arizmendi” en Presencia franciscana y formación intercultural en el sudeste de Bolivia…, Tomo III, Ed. Centro Eclesial de Documentación, Tarija, 2004, págs. 1430-1431). Los personeros eclesiásticos y de más autoridad fueron alojados en la casa misional y los otros en el fuerte Santiago, donde había llegado también el capitán Chumay. El día 26 se trasladaron las principales autoridades con Chumay a la misión, donde el día 27 se dio el primer “parlamento”.

Se registraron las ausencias de todos los demás capitanes invitados: Itau, Caiza, Caraparí y Zapatera de la región sudoeste, de Ingre, Aguatiri y Guacaya de la región del norte y de Chiquiacá de la región del sur. Chumay mismo adelantó que tenía compromiso de volver pronto para encontrarse con los capitanes de su región y discutir con ellos sobre el tratado de paz. Los vacíos fueron justificados por la escasez de medios y preocupaciones para la siembra. Por tanto, el día 28 el dialogo inició con el solo Chumay en una pieza separada en la casa misional: frente a él “diputados y comandantes y el intérprete Manuel Paz. El capitán indio contestó a las preguntas del por qué no estaban presentes los capitanes de Ingre, Aguatiri y Guacaya, sobre los cuales su persona tenía la función de capitán grande. Las autoridades coloniales más que a la justificación de caza y siembra percibieron un cierto recelo hacia ellas. La primera pregunta inquisitoria a Chumay fue si él tenía conocimientos de las “guerras pasadas, que los indios de su Nación tuvieron contra los españoles en los años de 1727 y 1736”. La respuesta fue el aclarar que en aquellos años él era jovenzuelo y que conoció los hechos por el relato de los antiguos guaraníes. Las autoridades insistieron en los sucesos de 1776 acusando de robos a los capitanes guaraníes. Él no negó su participación afirmando, sin embargo, que los sucesos se debieron a la “fogosidad de los indios mozos, cuyo orgullo (él) procuró contener y reprimir con cuantos medios y arbitrios le fueron posibles”.

Después de la enumeración de las  guerras, se pasó a preguntas que habrían podido explicar la proximidad del  cacique Chumay al universo colonial. En tal sentido, afirmó una conexión con el P. Fray José de Ocaña del Colegio de Propaganda Fide que, por viaje, en 1784, desde Abapó a Tarija, se hospedó en su casa. A ése le pidió que interpusiese sus oficios para lograr un tratado de paz con las autoridades de Tarija y que, a prueba de su buena voluntad, entregó al franciscano una cautiva cristiana y lo auxilió con “soldados” en su camino hacia la frontera. En el año de 1786 tuvo contactos con Francisco Jirón, “mozo del referido padre”, y últimamente con Gregorio Bravo, que desde Sauces fue al pueblo de Chumay para rescatar a su madre y esposa, cautivas desde el principio del año de 1779. Nada se concluyó por el desentendimiento  de las autoridades hispanas.

A la acusación de aquel incumplimiento, las autoridades coloniales respondieron que así como los guaraníes tienen una jerarquía de autoridad así ellos dependen de “jefes mayores”, cuyo principal era el rey Carlos Tercero. Ahora, por decisión suya, las autoridades coloniales estaban dialogando. En contrapartida a ese sistema de decisiones, los hispanos hacen presente que no pueden tratar con un solo capitán sino con todos ellos sean regionales o locales. Se les advirtió que podían realizar antes un “parlamento” entre ellos y si dudaban ser aprehendidos en Salinas, se les entregaría como “rehenes” un número de españoles que iguale al número de los caciques  en “parlamento”. Con consideración se trataba a los capitanes Amerani y Tucchamini de Chiquiacá e Itau, territorialmente y políticamente más cercanos a las realidades coloniales. De hecho, algunos de los “soldados” (súbditos) de Amerani integraban la reducción de Salinas; hasta se disculpó  su ausencia por enfermedad o preocupación de dar vueltas en los pueblos para animar a los demás capitanes a asistir al próximo parlamento a iniciarse el 11 de noviembre inmediato. Para asegurar la presencia de estos últimos se enviaron dos soldados hispanos y dos guaraníes cristianos. A la declaración de compromiso de presencia de parte de Cumbay se otorgaron regalos y alimentos para él y sus comunidades. Don Joseph de Osa y Palacios por su parte hizo presente que el objetivo principal del “parlamento”, querido por el Arzobispo, como  “Grande de los padres” franciscanos, era la liberación de los cautivos. Firmaron la redacción del primer tiempo de la “…expedición…” Joseph de Osa y Palacios y Fray Juan Cobos, en Salinas el 3 de noviembre de 1787.

Retablo del templo de Salinas (sobre el modelo del templo de San Francisco de Tarija), obra de Fray Francisco Miguel Marí.La segunda parte del diario inició el 3 de noviembre. El “parlamento” quedó determinado en dos objetivos: entrega de los “cautivos” a llevarse a cabo por los guaraníes y el tratado de paz entre éstos y los hispanos. Las dificultades que se preveían eran dictadas por la dualidad del sistema de autoridad de los pueblos originarios chaqueños. Los grandes capitanes mantenían un poder regional, que no siempre era obedecido por los capitanes de los diferentes grupos humanos. La estrategia fue la de tratar simultáneamente con los dos niveles de autoridad otorgándoles la misma capacidad de decisión. Así los grandes capitanes invocaban siempre  a sus subalternos y éstos, que eran los directos dueños de los “cautivos”, tergiversaban jugando sobre la dispersión territorial de su residencia. Por tanto las autoridades coloniales decidieron contactarse directamente con los capitanes locales enviando lenguaraces hacia el Ingre y Guacaya,  Caiza,  Aguairenda, Itau y Chiquiacá. Las idas y venidas de los lenguaraces no lograron reunir a todos los capitanes a pesar de las donaciones solicitadas por ellos para tal fin. Sin la totalidad de los capitanes se formalizó un tratado de paz con la sola connotación de fiesta tradicional guaraní, que “celebraron (el día 17 de noviembre) con cánticos y un baile a su usanza, alrededor  de una gran cántara de chicha, con mucho regocijo y mayor satisfacción por el buen rato que discurrían habernos dado.”

El tratado de paz incluía las siguientes condiciones para los capitanes: entrega de los cautivos, entrega de algún terreno en compensación de los robos sufridos por parte de los indios, reconocimiento de posesión de tierras a favor de los hispanos  desde la Cordillera de Ñuguazo hasta el Pilcomayo y hasta Chiquiacá, compromiso de ofrecer trabadores para la construcción de un fuerte para su defensa, no permitir residencia de vagos en sus comunidades, no obstaculizar las conversiones al cristianismo y permitir la entrada de sacerdotes en sus comunidades asegurándoles buenos tratos. Vemos que se entremezclan varios objetivos confiados a la expedición. Las autoridades civiles son las que parecen guiar el complejo de las circunstancias mientras que los dos eclesiásticos, Don Joseph de Osa y el P. Juan Cobos y Redondo, se movían en la estrategia de conseguir la liberación de los “cautivos”. En esa prospectiva resalta la figura del Arzobispo de La Plata, Fray Joseph de San Alberto, que ofrecía donaciones a los capitanes para conseguir informaciones y resolver dificultades de vitualla de viajes. A pesar de los regalos ofrecidos, se aclaraba que la devolución de los “cautivos” no era a entenderse  como  “compra y venta” sino como solidaridad entre hermanos porque eran hijos del mismo Creador y súbditos del mismo “grande”, el rey de España. El arzobispo Joseph Antonio de San Alberto desarrolló las dos dimensiones con carta “A los muy queridos y nobles chiriguanos”, firmada en Tarija en 23 de octubre 1787, y leída en guaraní en el “parlamento” por el P. Juan Ferrer.

La exposición del arzobispo miraba a inculcar un escenario de sociedad diversificada y unida, donde el aspecto civil estaba sustentado por el Rey y el religioso por su persona, según dictamen papal. La invitación era que olviden hechos pasados y logren el tratado de paz. Además por su vestidura religiosa, los invitaba a la conversión. Afirmaba que ya vivimos de la bondad de Dios porque ha creado el universo. Su ser trinitario muestra su rostro de Padre, de hijo que es Jesucristo y de fuerza que es el Espíritu Santo. La Iglesia, con sus sacramentos, es la prosecución de la salvación que vence nuestro destino de muerte. La religión cristiana no es un peso en nuestras vidas: ella nos da los mandamientos y la gracia para su vivencia en nosotros.  Siendo la religión, “católica y universal”, ella liga a todo hombre según circunstancias, condiciones y deberes. Por tanto, compartiremos la misma fe del rey de España. Por tal posibilidad permitid que los sacerdotes os prediquen, asimismo no debéis obstaculizar a los guaraníes que quieren vivir  en la reducciones ya establecidas en Salinas, Acero, Pilipili Tacurú… Ahora espero un signo de vuestra bondad: entregar a “mis comisionados” los feligreses míos que se hallan cautivos y, por invitaros a la generosidad yo mismo soy generoso entregando a ustedes  bienes y cosas útiles. Y esto no en función de un “rescate formal, y para menos “trato de compra y venta…de los cautivos como si fueran borricas”.

La carta  del arzobispo no fue rechazada. Respecto a la conversión, Chumay entendió que “así como Dios había criado a los cristianos, también había criado a los Chiriguanos, y que muy bien estaba así”. Por lo que tocaba a los cautivos siguieron las disculpas para su entrega: unos ocupados en la siembra, unas mujeres ocupadas en la atención de niños, unos postergados de un año y unos que quedaban a su gusto en aquello parajes. Los datos eran de 46 cautivos, esparcidos en las zonas norte, oeste y sur. Los comisionados  dieron vuelta a las diferentes comunidades, visitando a los capitanes pero sin poder tener contactos directos con los cautivos. La conclusión fue que, el 12 de enero de 1788, volvieron a Tarija seis cautivos que habían residido por 9 años entre los guaraníes.

Pasado y futuro chaqueño

Claustro central antes de la ampliación del templo de San Francisco, 1865. El “Diario de la expedición a Salinas” informa no sólo sobre el momento histórico de las sociedades del sudoeste de Bolivia al año de 1787, sino que, por la descripción del espacio en el cual se movieron los distinto personajes y las circunstancias que se dieron, resulta ser síntesis de los procesos culturales y sociales de las relaciones interétnicas que se dieron entre la Nación Chiriguana y el Estado colonial. Respecto a eso, la primera observación es que la “expedición a Salinas” no fue un acontecimientos limitado a la reducción del mismo nombre sino que nos da las descripciones de las andanzas de los “comisarios” por todo el territorio chaqueño y  nos relata los contactos que sostuvieron con los capitanes locales y su gente. La Nación de los chiriguanaes (primera nominación que tuvieron los guaraníes chaqueños por su origen paraguayo) se muestra todavía con sus características de organización territorial tradicional y con el mismo sistema de autoridad. Los grandes capitanes mantienen el rol político si bien limitado en su poder. Resultan, también, las grandes regionalizaciones del Ingre, Pilcomayo, Aguairenda y Chiquiacá. Sin embargo, ya se visibiliza una diversidad de relaciones de ellas con la entidad hispana. Las más próximas al territorio reduccional y estanciero manifiestan una comunicación más fluida. Evidentemente el territorio estaba surcado por una red caminera fija. Asimismo se indican lazos de parentesco entre los guaraníes, firmes en su rechazo al sistema de las reducciones, y los guaraníes que se habían integrado en él. También existía consanguinidad entre los capitanes de Salinas (capitán de la reducción), Aguairenda y Chiquiacá sin reducción. El contrario era igualmente real: hispanos que vivían “a su gusto” entre los guaraníes, y una mujer que no fue entregada con la justificación que ella debía atender a un “cunumi” (presumiblemente en situación familiar con su dueño). Las crónicas misionales definían como “renegados” a tales personas.

Las autoridades de Tarija además pidieron a los guaraníes un ensanchamiento de su frontera agrícola hasta el Pilcomayo y, al sur, hasta Chiquiacá según la línea de la Cordillera de Ñuguazo. La respuesta fue positiva aun con el compromiso de construir allí un fortín con la ayuda de los pobladores locales. Y no faltó leer una intención de guerra de los hispanos en el hecho que ellos habían abandonado las estancias limítrofes al territorio indígena.  Así venimos al problema de los “cautivos” y de la renuencia a su entrega por los capitanes. La percepción de la comprensión cabal de esta negativa está clarificada en la insistencia de la afirmación de parte del Señor Arzobispo que los bienes entregados eran manifestaciones de generosidad, que pedían una contrapartida de generosidad y no como compra de “burritos”. La equiparación del “cautivo” con la situación del “chané” es memoria de la tradicional actitud guerrera de los  guaraníes hacia la población anteriormente residente de los arawak, asumida en régimen de esclavitud. El número mayoritario de mujeres “cautivas” (la mujer de todo hacer en la casa y en el trabajo agrícola para los guaraníes) evidentemente otorgaba estatus y capacidad económica a su dueño. Los tantos incumplimientos y disculpas para la no entrega tienen su razón de ser en esa actitud agresiva, tipificada como “robo”.

Sorpresivo es que los guaraníes aceptan la asimilación de la jerarquía colonial a la del sistema indígena. La amenaza de la declaración de guerra no cambia su actitud que parece acordada entre ellos: siguen aceptando la propuesta del tratado de paz  manteniéndose firmes en no acatar las condiciones del mismo. Hay que admitir que la línea periférica del Estado colonial estaba trasformada por lo guaraníes en territorio de contratación para alimentos de carne y que los cautivos eran mercancía de intercambio de bienes. Para ellos era necesario, por tanto, mantener una acción de enemistad para determinarse como otro polo de la relación: ser indígenas en contra de los definidos civilizados. Sin embargo, el “Diario de la expedición…” nos muestra una desigualdad de relaciones de las capitanías presentes con las autoridades coloniales. El peso mayor estaba en las regiones de Aguairenda, Chiquiacá y Pilcomayo. Más lejanas las actuaciones en el Ingre, que era regionalización del gran capitán Chumay. Éste más que conductor de las decisiones es quien lleva aspectos de mediación sin imponer conclusiones. Saignes Thierry (Saignes Thierry, “Historia de Cumbay: derrotero de un líder chiriguano” en Estudios Bolivianos en homenaje a Gunnar Mendoza, Texto mimeografiado, La Paz, 1878, págs. 125-129) describe las acciones de “guerra permanente en contra los estancieros de Sauces” del Gran capitán Cumbay del Ingre en los años de 1799, 1802 y 1805. Este mismo, sucesivamente se integrará en las guerras de la independencia y, en 1813, se encontró en Potosí con el General Belgrano al cual ofrecerá la ayuda de 2.000 flecheros.

4.	Antigua vista de la plaza Sucre de Tarija.Importante para establecer una misma identidad personal entre los dos nombres de Chumay y Cumbay es el documento (Expediente del litigio interdepartamental de “Cuevo e Ibo”, formado por el Sr. Prefecto y Comandante Doctor Joaquín Lemoine, Imprenta La Libertad, La Paz, 1863), presente en el Archivo Franciscano de Tarija, donde se escribe: “En cuanto al  cantón de Abatiri aparte de las pacificas entradas, que practicaron en él nuestros misioneros de Tarija, no puede dudarse que las muchas y numerosas expediciones que para defensa de estas fronteras y castigo de los indios sublevados salieron de este mismo convento, lo recorriesen. Esto sucedió en los últimos años del siglo pasado y en los primeros del actual. En la misma época estaba de nuestro aliado  un Gran Casique de aquellos parajes, llamado “Chumbay”, abuelo del capitán Guayupa, quién por su fidelidad, al tiempo de la guerra de la independencia, mereció  del Supremo Gobierno una subvención anual de doscientos a trecientos pesos, la misma que se pagó desde entonces hasta nuestros días  por este Tesoro de Tarija, como podrá comprobarse  con los libros de esta Tesorería. Finalmente, en estos últimos años se fundó en dicho cañón de Abatiri el fuerte de “Guembi” en lo cual tuvieron la mayor cooperación los tarijeños, como pueden atestiguarlo los primeros colonos de dicho fuerte que aún viven”.  Sigue la indicación de más acciones de parte de los tarijeños en las zonas chaqueñas para mostrar los derechos de Tarija sobre aquellos territorios a incluirse en su espacio departamental.

Nos permitimos algunas anotaciones sobre las vicisitudes de las zonas chaqueñas en el momento republicano. A ése correspondió la formación del Estado boliviano, cuya exigencia principal es el dominio del territorio estableciendo redes de comunicación continua. Así se dio que las regiones de Aguayrenda, Pilcomayo e Ingre tuvieron una inclusión directa en la Nación boliviana según la realización de las grandes vías de comunicación y del comercio. Chiquiacá quedó ligada a la conformación del extremo sur de Bolivia con su centro en la población de Bermejo, incluida en las vías de tránsito entre Tarija, Salta y Jujuy; Salinas, Itau y Caraparí, como zona intermedia en la red caminera entre Tarija-Yacuiba; la región sudoeste de Aguayrenda hasta el Parapetí como camino para con Tarija y Santa Cruz; y la zona norte de Ingre y Guacaya en la red caminera hacia la ciudad de Sucre.  Con los caminos, y a veces antes de ellos, se dio el avance de las estancias ganaderas de los mestizos. Fue precisamente el acoso ganadero lo que rompió la frontera entre Colonia y guaraníes. Las reducciones se fundaron a partir de los años 1846 en Itau, Chimeo (1849), Aguairenda (1852), Tarairí (1854), Yacuiba (1866), San Antonio a la orilla del Pilcomayo (1863), Macharetí (1869) y Tigüipa (1872).

El caso más emblemático si dio con la reducción de Cuevo e Ivo. La ventaja de los guaraníes en la reducción era que ésta otorgaba tierra para cultivo individual y colectivo (normalmente estancia de ganado). El acoso estanciero creó el despojo de las tierras para los guaraníes. Además el gobierno central no concedió, a partir del año de 1887, el permiso para la reducción sino sólo de parroquia, lo que significaba un doble cambio: las parroquias no eran territorio exclusivamente guaraní y no incluían la asignación de terrenos. Los capitanes de Cuevo, fueron en el año de 1880 a pedir la reducción al P. Doroteo Giannecchini. Éste inició las prácticas que, sin embargo, no tuvieron éxito. Mientras tanto, los estancieros se instalaron en Guacaya, declarada parroquia en 1875, dejando sin tierras a los guaraníes. La sublevación fue organizada en toda la zona central por el Tumpa Apiaguaiqui, y los guaraníes fueron martirizados sin piedad en Kuruyqui el 28 de enero de 1892.

Distintos actores en las contrataciones

Arzobispo José Antonio de San Alberto.Con propósitos ilustrativos, la autora hace una memoria de los actores involucrados en el “parlamento”. Estos están descritos en los nueve capítulos que anteceden la transcripción completa del “Diario…”.  Después de indicaciones sobre la “Resistencia del Indio Chiriguano”, rememorada en sus vicisitudes hasta el año de 1786, nos presenta el interés de la biografía del P. Juan Cobos Redondo y sus acciones en Salinas y demás andanzas para el rescate de los cautivos. Los datos para la reconstrucción de su biografía están presentes en el archivo franciscanos de Tarija, que son armonizados entre sí para ilustrar una imagen bien positiva del fraile. Quedan momentos sin mención específica, sin embargo lo que nos relata  la investigadora  Purificación Gato es suficiente para recomponer su personalidad de franciscano y misionero en Tarija. Juan Cobos nació en la Villa de Pozoblanco en el año de 1735. No disponemos de su curriculum vitae en sus tiempos de juventud. Tal vacío lo debemos a las  supresiones de conventos que se dieron a partir de Napoleón en su invasión de España y sucesivamente por la política española.

Se embarca en el Puerto de Rota, juntamente con 35 franciscanos: “13 eran Padres Predicadores, 17 aún estudiantes filósofos o teólogos, 4 legos, más el Padre Comisario, Francisco Escribano…”. El perfil corporal del P. Juan  está indicado de la siguiente forma: “hijo de  la Provincia de los Ángeles, natural de Pozoblanco, obispado de Córdoba, y morador del convento de Hinojosa; edad 35 años y 18 de religión; estatura mediana y de color blanco”. Era el carnet de identidad, formalizado en los papeles  oficiales, otorgado en España para el trayecto hacia Tarija. Llegaba al Colegio encontrándolo en una nueva etapa de vida. Terminados los trabajos esenciales de construcción conventual, más impulso se daba a la implementación del régimen reduccional. En ese sentido, se ampliaba la presencia franciscana en la frontera de Chuquisaca y se daba el inicio en Salinas. P. Juan desde 1771 vivirá allí hasta el año de 1781 cuando fue nombrado P. Guardián hasta el año de 1784. Oficio que retomará, en sustitución del nombrado, P. Manuel Parra, con título de “Presidente” desde 1788 a 1791. Purificación Gato Castaño enumera, según la documentación encontrada en el Archivo Franciscano de Tarija, varios de sus quehaceres. Evidentemente el más importante será su ida a España como colector de misioneros en 1791. Envió 7 misiones hasta el año de 1805, año que fue también el de su muerte en el convento de Pedroce. Sobre estas líneas de vida entendemos la decisión del arzobispo de Chuquisa de enviarlo como “su comisionado”   a Salinas y escritor del “Diario…”, que por su destino al Virrey debía tener matices de formalidad. El conocimiento de los lugares, de los personajes y de las circunstancias del “sentir” de los capitanes nos da una redacción de ambiente de vida y de psicología de los guaraníes.

La biografía del P. Juan Cobos sintoniza perfectamente con la acción y destino misionero del Colegio de Propaganda Fide de Tarija (creado en el año de 1755 en el convento de Santa María de los Ángeles, fundado en 1808). El atributo de misionero no debe entenderse tan sólo como presencia entre los guaraníes, sino también como elemento renovador entre las poblaciones ya cristiana. Lo que implicaba un número consistente de frailes en la comunidad de la Villa y más numerosos todavía en las reducciones. Con el crecimiento que se dio a partir de la misión colectora de 1771 el convento se organizó en el “cuartel general” de los franciscanos en el sur de Bolivia. Así se dio la organización de la biblioteca, oficinas y la diversidad de trabajos en el contexto comunitario. Con la llegada de la siguiente misión de quince religiosos, salida  de España en el año 1778, se consolidaron las antiguas reducciones y se abrieron más vías a favor de ellas: las de la frontera de Chuquisaca, las de entre el Rio Grande y Parapetí, las de Salinas e Itau y las de Centa (actualmente Argentina), totalizando en 1810 el número de 22. La autora nos informa que fue obra del P. Juan Cobos la construcción de la enfermería conventual en 1784. Esto significa que la estructura de edades de los frailes iba marcándose con presencia de ancianos y de enfermos y de una estable decisión de mantenerse en el Colegio a pesar del permiso de vuelta a España después de diez años de trabajo. Esa permanencia, que insertaba a los franciscanos en el destino guaraní y tarijeño, dio tiempo para la escritura  de las crónicas  y el implante  de una metodología  interpretativa de las circunstancias de vida social, política y misionera de la labor de los frailes. Además, la relación entre espacio de las reducciones y acción de la predicación en los alrededores de Tarija, Tucumán y Charcas dio renombre al Colegio de Propaganda Fide de la Villa de Tarija, por lo cual no disminuyó su capacidad de invitación para más franciscanos. 

La realidad eclesial  y misionera, guiada por el arzobispado de La Plata, Josep Antonio de San Alberto así como su personalidad, había ya sido estudiada por nuestra investigadora. Su resultado nos ha dado el interesante libro: Purificación Gasto Cataño, La  educación en el Virreinato de La Plata: acción de José Antonio de San Alberto en la audiencia de Charcas, 1768-1810, Zaragoza, 1990. Las indicaciones de años corresponden a la acción del Arzobispo: 1768 se refiere a la orden del Rey Carlos III para la construcción de casas de la enseñanza y 1810 por tomar tal fecha como inicio del proceso de la independencia, nacido en el Virreinato de La Plata.  San Alberto nace en 1727. Su padre era médico y cumple los estudios en la Orden de los Carmelitas Descalzos en España. Ocupa inmediatamente después de su ordenación sacerdotal (Huesca, 1750) puestos de mando en la orden hasta 1778 cuando es nombrado Procurador de la Orden en Madrid y predicador en la corte de Carlos III. En 1778 es nombrado Obispo de Córdoba llegando a ésa en el año 1780. En 1785 es nombrado arzobispo de La Plata en Charcas.

Ya desde Córdoba había asumido dos directivas que persistirán en toda su vida (muerto en La Plata en 1804). Según las informaciones de Purificación Gato, su autoridad se manifestó ante todo como pastor, educador e impulsor de una organización eclesial de base entre sacerdote y feligreses. En la Carta “A los indios chiriganos” insistirá en la devolución de los “cautivos” definiéndolos “mis feligreses”. El conjunto de su acción está definido por Purificación Gato de hombre iluminado intelectualmente y teológicamente. Inmediatamente al comienzo de su mandato episcopal en Córdoba se puso en la fatiga de conocer su diócesis, implantar institutos educativos y animar la espiritualidad sacerdotal. Esto se dará con más persistencia en la arquidiócesis de La Plata. Incluida en aquella porción de Iglesia, dos hechos notables en Tarija. El primero, atestiguado por el Padre Manuel Mingo de la Concepción, (Historia de las misiones franciscanas de Tarija entre chiriguanos, Ed. Universidad Juan Misael Saracho, Tomo I, Tarija, 1981, Pág. 64) que escribe: “No hay en esta Villa monasterio alguno o casa alguna de niñas dotadas ni recogidas aunque esto se intentó cuando acaeció la expatriación de los jesuitas cuyo colegio sirve solamente para tener en él dos aulas, una de primeras letras y otra de latinidad  y retórica a expensas  del Illmo. Señor arzobispo actual de Charcas, Don Fray José Antonio de San Alberto.”;  el otro fue su acción para la entrega de los cautivos y la carta abierta a los “indios chiriguanos”, dictada en aquella circunstancia y escrita en castellano y guaraní. Purificación Gato nos indica también el traductor al guaraní de la misma que reconoce en la persona del franciscano el P. Juan Ignacio Cabrera del convento de San Francisco de Buenos Aires.

Los capítulos introductorios a las circunstancias para la comprensión del “Diario…” siguen en la especificación del rol de las autoridad indígena (capítulo VI), los “requisitos de la Paz (capítulo VII),  el diario por entregas (capítulo VIII), el capítulo IX: “Visiones distintas de una misma realidad”, donde la autora clarifica las dos posturas frente a los hechos conseguidos: un cierto optimismo de los eclesiásticos a pesar de lo poco conseguido y amargura de las autoridades coloniales (se da el nombre del gobernador intendente de Potosí, Juan del Pino Manrique). El capítulo X es la trascripción del “Diario…, de página 89 a 150. Signen las indicaciones de las fuentes documentales; las del archivo de San Francisco de Tarija, presentes  en capia fotostática, nos relatan las vicisitudes misioneras de la biografía del P. Juan Cobos Redondo.

Conclusiones

Expresamos un agradecimiento especial a Purificación Gato  por habernos permitido conocer el “Diario de la expedición a Salinas”. Hechos, discordes con el tratado de paz se sucederán inmediatamente; a los pocos años se dará el conflicto entre los franciscanos de Tarija y Viedma  y, contemporánea será la sublevación de los años de 1796 en las reducciones  entre Río Grande y Parapetí. Las guerras de la independencia destruirán la red misional guaraní. Los franciscanos volverán a las zonas chaqueñas en el momento republicano, firmes en actitud a favor de los guaraníes desde Aguayrenda hasta el Parapetí. Será el dictamen de la secularización de las misiones, impuesto por los gobiernos liberales a partir del 1906, que desalojará a los guaraníes de sus poblados y tierras.    

Tarija, 22 de mayo, 2011. 

P. Lorenzo Calzavarini
Director del CED

 

logo centro eclesial de documentación
Centro Eclesial de Documentación
e-mail: ced@franciscanosdetarija.com
teléfono/fax: 00591-4-6644909
Tarija-Bolivia