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DIARIO DEL P. ANSELMO ANDREOTTI
(Omereque, 1983-1995)

Lo antiguo y lo moderno en Omereque

OmerequeEl 31 diciembre de 2008 ha entrado en el Archivo Franciscano de Tarija el “Diario del P. Anselmo Andreotti”. Es un texto de quinientas páginas en edición electrónica. Su autor me ha comunicado que posteriormente, además de la “Presentación”, se incluirán los “Índices”. Estos últimos son necesarios por la abundancia de personas involucradas y por lo tupido de los acontecimientos. Pocas resultarán las denominaciones topográficas (tantas violencias sobre una sola víctima): Omereque con su distribución de capillas en las comunidades aledañas, y más otros nombres de lugares, donde se esparcieron los acontecimientos, que alteraron la vida cotidiana de aquella población. Sin embargo, muchas acciones se generaron desde la triangulación administrativa política y civil más amplia: la ciudad de Cochabamba (capital del Departamento homónimo), Aiquile y Totora, como centros de las regionalizaciones Campero y Carrasco. El punto de referencia eclesiástico más importante era la sede del obispado de la Prelatura en Aiquile.

En los años entre 1983-1995, en esas coordenadas estuvo de vigía y animador comunitario, el P. Anselmo Andreotti, párroco de Omereque, pueblo señalado como villorrio antes de los años de 1970. Fue la conjunción vial con Totora, trazada por los Padres Mario Comina y Silvestre Sartori (posteriormente consolidada por el Servicio de Caminos) la que anuló el circuito caminero más largo de Omereque-Aiquile-Totora para entrar en comunicación directa con los mercados de Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. A pocos años después, fue la incansable labor de otro franciscano, el P. Ceferino Guzzo que, con la donación de un tractor de parte de “Mani Tese” (organización de voluntariado católico con sede en Milán), amplió los terrenos agrícolas conquistándolos al piedemonte. Por iniciativas de propietarios, llegaron más tractores,  que en breve tiempo quintuplicaron la producción del tomate y verduras.

El río Mizque, que baña lateralmente toda la extensión del pueblo, devolvió el bienestar de siglos pasados.  Antiguamente, la centralidad geográfica era determinada por el correr de las aguas. El P. Anselmo nos habla de las riquezas arqueológicas de Omereque. Ellas fueron el resultado de contactos comerciales entre altiplano y llanos orientales; y por ende encuentro entre las civilizaciones de los Andes y de la Amazonía. Los hallazgos de vasos, platos, jarrones, armas, instrumentos de trabajo, traídos por grupos étnicos de diferentes culturas, han conformado una selección casi completa de la arqueología de Bolivia. Las piezas se exhiben ahora en el museo “P. Anselmo Andreotti” del Centro Eclesial de Documentación del Convento San Francisco de Tarija. La colonización hispana oscureció ese “intercambio de vecindad desde las lejanías” para asentar las poblaciones dentro del ecosistema con la evidente ventaja de la complementariedad entre producción agrícola y administración económica. En razón de las múltiples posibilidades de comunicación, el pueblo de Mizque (de allí la denominación del río) se constituyó en centro y Omereque quedó como periferia. El nuevo rumbo económico y social se consolidó en las haciendas (unidad productiva de cereales, hortalizas y animales vacunos bajo la explotación de un solo propietario) con inclusión de la mano de obra indígena.

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Así nació el doble mercado: los terratenientes con productos destinados a los centros urbanos y los braceros agrícolas al trueque, que era (y es) el intercambio de bienes en natura. Esa modalidad permitió una economía de subsistencia, que quedó mimetizada en la economía más grande que, a su vez, no logró incentivar mercados con la trasformación de la materia prima (sin transporte mecanizado y caminos de fácil recorrido). La campiña se mantuvo sumergida en el silencio y sin significativos cambios hasta la revolución agraria de 1952. La redistribución de la tierra de las haciendas a los trabajadores del campo, trasformados de indígenas en campesinos, llevó al sistema de las parcelas, donde la familia era propietaria de una extensión mínima de tierra. El éxito social más  importante de aquella revolución fue la atribución de ciudadanía a toda persona. Los hijos de los campesinos emigraron y el voto político adquirió valor urbano, que envolvió a los omerequeños en las dinámicas que los distanciaban del horizonte comunitario. Sucesivamente, los padres siguieron a los hijos para establecerse en las aglomeraciones ciudadanas, dejando la campiña sin sustento técnico. La falta de comunicación vial amplió los espacios de la pobreza. La oposición entre ciudad y universo rural creó el desdoblamiento de la acción del estado: atención a las emergencias de las grandes ciudades y olvido de los campesinos.

Esa Bolivia de moldes tradicionales, cobijaba el otro estamento económico, que era la explotación de los minerales del altiplano. De hecho, era la sola entrada de divisas, que permitía el sustento de la infraestructura estatal. Las numerosas personas, ligadas a la común cadena económica, incentivaron una conciencia sindical muy fuerte; y los mineros fueron la voz crítica en todo el recorrido de la historia de Bolivia. Golpes y contragolpes nacieron desde las contradicciones de tres actores: los militares, los mineros y los campesinos. El terreno de las decisiones, sin embargo, se centralizaba en los estamentos de las ciudades. La realidad económica de esas aglomeraciones urbanas dependía de las remesas estatales de los servicios del terciario. La actividad privada era sacrificada, a su vez, por la falta de comunicación con los mercados internos y externos y por el surgimiento de la actividad de los mercados informales. Lo que se percibía eran movimientos de “masas” de población, que obedecían a los llamados de la tipología de los grupos de poder más visible.

Los años venideros fueron marcados por la búsqueda de una relación coherente entre estado y nación. Así, la entrada de Bolivia en la modernidad la podemos señalar como una sucesión de golpes militares e intersecciones de momentos democráticos. El peso de la decisiones colectiva se trasladó a los actores más importantes de la sociedad. Surgieron alianzas que alternaron inclusiones y exclusiones de sectores campesinos, mineros y de la burguesía ciudadana. Desde el 1971 al 1977, que fue la época de la continuidad militar banzerista, Bolivia sufrió el peso de la geopolítica continental, ensangrentada en la división ideológica entre sistemas socialistas y capitalistas. Los gobiernos democráticos  de más consistencia sobrevinieron a partir de 1982 con la victoria electoral de Hernán Siles Suazo. Fue presidente valiente en la herencia de una sociedad abigarrada y violenta. Sus sucesores insistieron en la organización de las finanzas públicas donde la atención al estado sacrificó a la nación. Las emergencias fueron la deuda interna y externa, la inversión económica en las ciudades, las políticas urbanas y las necesarias innovaciones en la educación y salud.

P. Anselmo Andreotti: una biografía social y misionera

Caseríos y villas a lo largo del río Mizque (Pucará-Puente Taperas)En un universo tan cambiante, aumentaron los espacios de descontrol: la consolidación del mercado de la cocaína (“la coca no es cocaína pero la cocaína es siempre  coca”), el inicio de la corrupción en grande escala fomentada por la indiscriminada contratación de la ONG-S extranjeras (su actividad económica no entraba -y no entra- formalmente en el circuito financiero del país) y el consecuente deterioro del principio de autoridad de las instituciones locales. Esas emergencias no fueron sopesadas en términos intelectuales y científicos. Por lo contrario fomentaron una sobrevaluación ideológica en las actuaciones sobre todo de los ambientes universitarios en sus conexiones con las ONG-S. Izquierda y derecha asumieron  determinaciones de trabajar “por” y “para” el pueblo excluyendo la otra, igualmente importante, de trabajar “con” el pueblo.

Las páginas del P. Anselmo relatan precisamente esa fatiga de inserción, que desde la tradición católica se define “búsqueda del bien común”. Esa su actitud ya la hemos conocida en su libro: Once años en el  Chapare, 1969-1980 (Editorial Verbo Divino, Cochabamba, 2003). En él se relataban los comienzos de una búsqueda de vida civil y sindical. Pionero de aquel inicio franciscano (1962), fue el P. Atilio Cozzio, seguido por otros que implantaron en pocos años la infraestructura de parroquias, escuelas y hospitales. El P. Anselmo fue seguramente el fraile más atento a la previsión de los conflictos, que se encresparon en la sociedad, en el trabajo y en las formas organizativas de una sociedad precaria e incierta en sus objetivos. En razón de tal peligro, unió escolaridad, vida parroquial, animación comunitaria (hasta cursillos para árbitros de partidos de futbol) y apoyo a la organización de los sindicatos. Los valores socio-culturales y religiosos no son islas mentales sino personalización de intersecciones colectivas entre deseos y prácticas del bien vivir.

El golpe de García Mesa (1980) lo alejó del Chapare. Fue una fuga (no alcanzada por los agentes policiales gubernamentales) hasta su ciudad natal, que es Trento (Italia). Su retorno a Bolivia se dio el 3 de diciembre de 1983. Las razones de esa decisión están escritas en su historia. Llegó a Tarata el 5 febrero de 1953. Pasó a Sorata, nuevamente Tarata, Pasorapa desde 1960 a 1967 y Chapare en los años de 1969 a 1980. Esta última etapa de su trabajo la relató en el libro que hemos citado (Once años en el Chapare: 1969-1980, op. cit.). Ahora nos describe su vida en Omereque (1983-1995). El título que hemos puesto en nuestra presentación no es de su satisfacción plena. No sabemos cuál será la decisión final. Su voluntad es resaltar la lucha de los buenos ciudadanos y menos su actividad personal. No considerando su escrito en forma de diario y visualizando sobre todo el lugar de los hechos, podríamos aconsejar  un título de: Conflictos en Omereque al final del siglo XX.

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La pregunta va ahora al “porqué” el P. Anselmo llegó a Omereque. La respuesta la encontramos en lo que lo psicólogos definen “motivación”, que es la base del proceso  en el cual el individuo prefigura su destino a partir de las circunstancias de su propia vida. ¿Pero, dónde la presencia de Bolivia en los Alpes? La lejanía se hizo proximidad por los escritos (transformados posteriormente en libros literarios y artísticos) que los franciscanos de Trento en Bolivia enviaban a sus hermanos en Italia. Pocos fueron los años entre los primeros frailes, llegados en Tarata el 5 de agosto del año de 1950, con la venida del P. Anselmo. El canal para él fueron seguramente las cartas que de aquí fueron allá. Así es que podemos considerar a nuestro autor entre los agentes que reforzaron la amistad entre Bolivia y Trento, y más entre los actores que consolidaron una realidad eclesial en nuestro país.

El campo de trabajo boliviano se definió con la consagración de Mons. Jacinto Eccher el 19 agosto de 1962, que fue el primer obispo de la Prelatura de Aiquile. Según la trayectoria de vida del P. Anselmo, podríamos marcar etapas de la presencia de los franciscanos de Trento: el inicio como forma de ayuda a realidades eclesiales dispersas, 1950-1962; los primeros esfuerzos para la reconstrucción del conjunto de parroquias en la unidad de la Prelatura de Aiquile, 1962-1980; y, finalmente, la tercera etapa, que ha sido la realización  de objetivos eclesiales enmarcados en el dicho evangélico (adecuación de Jn. 3.30): es necesario que yo disminuía para que otros crezcan. Es la síntesis de una historia colectiva de voluntariado católico, que ha involucrado a religiosos y laicos, italianos y bolivianos.                    

El arribo del P. Anselmo a Omereque se dio el 23 de diciembre de 1983. La estadía de tres años en Italia le complicó la vuelta a Chimoré. La norma que se observaba (y se observa) era no dejar las parroquias sin sacerdotes por largo tiempo. La diferencia entre las dos realidades era clara: Omereque con tradiciones católicas consolidadas y Chimoré con inicio de programación eclesial. Además Omereque, por la cercanía a Pasorapa, era territorio conocido por el P. Anselmo, donde fue párroco en los años 1960-1967. El descartar el camino antiguo de Totora-Aiquile lo muestra conocedor de las conexiones zonales. Un rostro de humanidad sencilla lo acompañaba. Era Clarita, la joven del internado de Totora, que habría sido la cuidadora de la casa parroquial. La descripción de la circunstancias del viaje fueron en sí mismas provocadoras de memorias antiguas. Como siempre, el futuro resplandece promisorio cuando el territorio es amigo. Bajando desde las alturas de Totora, de las regiones frías entraron en ecosistemas cálidos. Y la sucesión de flores, animales,  vestimenta de las personas y tipos de casas los guió hacia las fértiles huertas de Omereque.

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La casa parroquial y la plaza, unidas en una única arquitectura, aparecieron solitarias en el silencio que envuelve a las unidades habitacionales rurales. A los pocos minutos, llamados por el ruido del jeep, se presentaron el custodio del conjunto parroquial y las  señoras del club de madres. Eran los actores directamente conectados con las acciones parroquiales de servicios al pueblo de Omereque. El P. Anselmo, en la tarde del mismo día, visitó los ambientes de las varias actividades y consideró los proyectos de sus predecesores como obligación de sus preocupaciones. Evaluó positivamente las tantas iniciativas impulsadas por la parroquia: contactos para la construcción de un puente, la casa para el club de madres, el motor de la luz, el querosene (traído desde Cochabamba para anular idas y vueltas de los campesinos), la cancha, la posta sanitaria y los parlantes pegados a la torre del templo.

A los pocos días hizo la visita al círculo de las capillas de los alrededores de Omereque, combinadas siempre con la presencia de las escuelas. Cada una de ellas llevaba el recuerdo de los párrocos anteriores y del obispo de la Prelatura de Aiquile, Mons. Jacinto Eccher. Relucía, también, la nominación de instituciones de ayuda intereclesial de Alemania y de Trento. Las realizaciones arquitectónicas marcaban siempre la significación  humilde y sufrida de las condiciones de vida campesina y la esencialidad de las prácticas religiosas. “La jornada de trabajo en agricultura es larga, el dueño que siempre acompaña a los peones, es exigente y el salario diario es muy escaso.” Las horas de la fatiga eran intercaladas por los engaños  al hambre y al cansancio: “en hora temprana agua con té o yerbas olorosas, almuerzo de sopa y el pijchu de coca (mascar la hoja de coca), vuelta al trabajo, cena y nuevamente el pijchu”. Era una vida de poco espesor, restringida al solo esfuerzo de vencer las necesidades primarias del núcleo familiar.

La primera navidad en Omereque se preveía tan  precaria como la de Belén.  El reducido pesebre (la Sagrada Familia acompañada por el buey, el asno y dos ovejas) más que tradiciones litúrgicas pareció evocar costumbres familiares: consumir en las horas profundas de la noche comidas típicas. El reclamo de la Misa de media noche fue presentado por antiguos conocidos del Padre (no originarios de la comunidad), pero las campanas ya habían repicado para las horas 22. La capilla se llenó de personas: niños (acurrucados en el piso de cemento) y mayores actualizaron las sorpresas de los pastores.

Aquella celebración litúrgica fue el comienzo de los compromisos del P. Anselmo con la comunidad de Omereque. Ese obvio discurrir de la vida de un sacerdote, nuestro autor lo manifiesta, sobre todo, en la ternura de los diálogos con las personas, que describe con mucha agilidad en su diario.  La atención al “otro”, individual y colectivo, era (y es) el centro de sus relaciones humanas. Transcurría los días en reuniones parroquiales, de los sindicatos, de la alcaldía, del club de madres, visitando familias, y haciéndose presente allí donde había algún sufrimiento y problema. Su forma de vida era en sí abierta al intercambio de informaciones. Así fue que el 23 de febrero de 1984, con ayuda de los parlantes de la torre, inició el programa “Las cosas que pasan”. Trataba las situaciones y circunstancias que acaecían en Omereque. La pregunta debe ir al porqué de su éxito. Aquellos fueron años de superinflación, de resabios de conflictividad política y de acciones delincuenciales permitidas por las autoridades de niveles superiores y locales. En consecuencia, todo el conjunto institucional se había devaluado: alcaldía, escuela, posta sanitaria, sindicatos y clubes de madres.

“Con el pueblo” en los tiempos de cólera      

Caseríos a lo largo del río Mizque (Omereque-Chhari-ChhariEl río Mizque, por su descenso rápido desde los valles subandinos  cercanos, es caprichoso y malhumorado. En esas situaciones impide la comunicación con Aiquile, que es el mercado más próximo. Por oficios enviados a instituciones militares y civiles por el P. Pompeo Rigon en 1967, se hicieron los estudios. El año de 1983, el P. Anselmo observa: “Todo se realiza a mano: picota para cavar, pala para cargar, baldes de la cancha para evacuar el material. Durante la noche había llovido unas horas y la greda del fondo había tenido unos centímetros de agua que los peones vaciaron llenando los baldes con latas vacías de sardinas Lombarda. Con abarcas, la ropa salpicada de manchas de barro desecado durante el día, empapados de sudor, trabajaban a desgano quizás debido al calor del momento o al sueldo reducido que no compensaba el sudor gastado.”

El puente fue la primera obra de envergadura que las grandes instituciones estatales realizaban en Omereque. El poderío, sin embargo, incluía el engaño de descargar costos sobre los ciudadanos de Omereque y las entidades del pueblo. Más, el desfalco de plata con juegos de participación de varias empresas, que subdividiéndose la obra no hacían otra casa que cobrar del mismo bulto sin aumentar la capacidad de trabajo.  Los lentos tiempos permitieron que el agua venciera las pocas realizaciones. El 14 de noviembre de 1986 el río se llevó los dos pilares. Finalmente la intervención de Doña Lucy Ruiz, a nombre del Mercado Común Europeo, puso una ayuda sustancial y cuidó de la realización. Los controles más directos no impidieron la substracción  de materiales destinados a Omereque hacia otro puente en Sucre. El poder de Doña Lucy interpeló las instituciones comprometidas y ministros de gobiernos. La inauguración del puente se hizo oscureciendo a los verdaderos financiadores. Grandes anuncios en los periódicos indicaban también la presencia del embajador de Estados Unidos para el 30 de junio de 1991. Todo pasó recluido en el silencio para oscurecer obligaciones y para no dar reconocimientos a los merecedores.

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El 5 de febrero del año de 1984, y 21 de enero 1985 son dos fechas redactadas lacónicamente en el diario del P. Anselmo a manera de anuncio de un acto teatral.  La primera se refería a la invitación de firmar un convenio entre la comunidad y sindicatos campesinos de la región de Omereque y la fantasiosa empresa alemana de EMBOJO (Empresa Boliviana de la Jojoba) y la segunda a la inauguración de los trabajos con presencia de autoridades del pueblo, técnicos, abogados y de personajes de instituciones estatales de desarrollo. La promesa era de millones de dólares para el pueblo que compensaban necesidades en sueño: “Agua potable, alcantarillado, escuela, hospital, asilo de ancianos, kínder modelo, empedrado de calles (¿o asfaltado?), camino a Totora, a Aiquile, a Pasorapa, luz eléctrica permanente, industrialización de los productos agrícolas.” La incertidumbre del P. Anselmo surgió del comportamiento del responsable de la empresa: “La intervenciones de don Miko eran breves, secas, autoritarias. Deben firmar…les damos luz, agua, empleos, el 10% de utilidades ¿qué más quieren? O firman o me voy”.

Los milagros se referían a la producción de la planta jojoba de la cual se extraía un aceite especial apto para motores de alta velocidad. Los ensayos ya hechos por la empresa mostraban que los terrenos a secano de Omereque eran muy aptos para su cultivo. Con la venia del contrato con la comunidad, que había cedido terrenos de pastoreo, los trabajos de infraestructura enardecieron. Empleos, ofrecidos a autoridades del pueblo, cobertura de necesidades mínimas, participación a los gastos de salud, crearon una indiscriminada forma de consenso. Sin embargo, alguna sospecha nació desde el mismo actuar de la empresa. La duda se consolidaba alrededor de las tantas fiestas organizadas con abundancia de comidas y bebidas, inyectadas con droga. Lo sorpresa era la promiscuidad y el proclamado uso de cocaína en los individuos más cercanos a la dirigencia. Esto obedecía, seguramente, a un descontrol de actitudes viciosas y a un programa de corrupción de la tradición cultural de la comunidad campesina. ¿De dónde tanta osadía? Lo que se consiguió fue alterar la normatividad de las varias instituciones aceptando elementos de una modernidad enfermiza: alcaldía que esquilmaba a la ciudadanía, mala distribución de la ayuda alimentaria gubernamental, trivialidad del accionar de los maestros (no originarios de Omereque), e incitamiento a la agresividad de grupos de religión no católica (quemaron una estatua de la Virgen).

Era el círculo de la corrupción. La realidad de la empresa Embojo no era el cultivo de la planta de jojoba sino el comercio de la cocaína. La relación directa era con el Chapare. Faltaban las pruebas. La atención del P. Anselmo no es ser policía. El pueblo era la víctima y con él se debía trabajar. El nuevo programa radial, desde la torre del templo, fue “La corrida”, que recogía y trasmitía informaciones sobre Jojoba. Seguramente a la empresa no le interesaba una permanencia indefinida. Er necesario lucrar para mantener la aparente infraestructura y desde ella organizar un golpe gordo. Así fue que los hechos se programaron en tiempos breves. La corrupción estaba también en función del programa rápido y sin ceder a precauciones. Se preparó  la pista de aterrizaje en un área bastante cercana y el anuncio desde la torre fue que el 12 de enero de 1985 un bimotor había aterrizado en Peña Colorada. Ya el 22 de marzo 1985 una contradicción: maletas, entregadas en la casa de un campesino, con cocaína y armas, fueron violentadas. El 26 de abril 1985, helicópteros militares bajaron directamente en el lugar de la empresa; y dos días después, de un vuelo de ida y vuelta, se pasó a dos. Y el 10 de mayo de 1985 los “Leopardos”, con jeep desde Aiquile y Totora y con 4 helicópteros que bajaron en Peña Colorada, sincronizaron un asedio a EMBOJO. Revisaron las oficinas centrales y se fueron. No investigaron más de lo que se veía en superficie. Hasta se dio un encuentro en el aeropuerto campestre entre los helicópteros militares y el bimotor de Jojoba. Miko distribuyó cerveza. Los militares eran parte de la fuerza antidroga de la DEA. Seguramente se rompieron algunas amistades.  

El P. Anselmo para asistir a su madre viajó a Italia (23 de mayo de 1985). La labor parroquial fue llevada adelante por el hermano Marco Laurentis. El 4 de julio 1986 volvió a Omereque. Jojoba seguía encerrada en su infraestructura y en acciones fragmentarias. El responsable huyó  y, el 19 de septiembre de 1990, se daba el despojo de los bienes que no fueron suficientes para satisfacer a todos los acreedores. Una amarga reflexión del P. Anselmo se realizaba. “En el año 1985 irrumpe en la historia de Omereque deshaciendo estructura sociales, pulverizando valores cultivados con sacrificios y develando las redes subterráneas del tráfico ilegal existente. Seguimos preguntándonos si el mal tiene su origen en los niveles superiores de la sociedad propagándose después hacia abajo hasta contagiar la base o más bien recorre un camino a la inversa, generándose, en forma limitada, en el terreno popular, para después escalar posiciones y llegar, engrosado, a las cumbres del aparato social, donde, como es notorio, impera la corrupción. Los años empero, transcurridos en el ambiente campesino nos inducen a creer que la gente vive del trabajo de la tierra, generalmente, es honrada y actúa en los límites de la legalidad contenida en el molde de su comprensión. De todos modos la manzana prohibida sigue viva desde el inicio de la humanidad.”                     

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El capítulo XXXII lleva un título que suena a acusación: “Las ONGS vehículo del control de natalidad.” La referencia es a la organización italiana de voluntariado COOPI (COOPeración Internacional). Su presencia en Bolivia había sido invitación para un “Proyecto de desarrollo integrado en la Provincia Campero”; proyecto que, armonizando las características agrícolas tradicionales, consolidaba visiones de futuro en las secciones de agricultura, salud, educación y artesanía (la fábrica de charangos es  realidad de Aiquile).  Las páginas del P. Anselmo relatan varias acciones contradictorias de COOPI. La ampulosidad de las inauguraciones indebidas (el hospital Bertol, el 11 de noviembre de 1989, con presencia del embajador de Italia), el afán de ampliar la denominación de asistencia sanitaria, la campaña antitetánica con uso de una vacuna con hormonas anticonceptivas, responsables de instituciones bolivianas pagados por COOPI, corta vida de la “Escuela de enfermeras en Aiquile” (inaugurada el 19 de Agosto de 1993), inmediatamente después, el inicio de la “Escuela para artesanos”, esfumada a los poco meses y al final “el fraude de dos millones de dólares, que se esfumaron en manos de COOPI”.  

El 31 de diciembre de 1994, COOPI de forma confusa entregó los inmuebles a diferentes instituciones. El comentario del P. Anselmo fue: “Un simple inventario y un documento de entrega hubiera puesto término a cualquier disputa. Pero COOPI durante la ejecución del proyecto trató de granjearse varias instituciones del pueblo con promesas de participación en la “herencia”. Los indicios de esta maniobra salieron a luz a la hora de firmar documentos. Aparecieron supuestos pretendientes a recibir su parte, entre ellos, SEAPAN (servicio de Agua Potable y Alcantarillado), la alcaldía, los campesinos. El Mons. Rosat y el Dr. Mazzucato en breve distribuyeron todo a su criterio, tratando de acallarlos a todos.”

Las percepciones de COOPI de parte del P. Anselmo, son muy pertinentes. En el Diario…   éldescribe tres instituciones que, bajo la denominación de cooperación, defraudaron en los hechos a los destinatarios de la ayuda económica otorgada.  En cada uno de ellos existió el factor de la corrupción:

  1. la construcción del puente de “corrupción informal” (mala realización, pero con posibilidad de recurso jurídico),
  2. la de EMBOJO (o COJOBA) de “corrupción con submundos de ilegalidad por disfraz de objetivos” (propuesta de desarrollo como encubridora de comercio de  cocaína),
  3. y la de COOPI una “corrupción legalizada”, hecha a la luz de día y con participación de las autoridades.

El proyecto de Aiquile fue propulsado por COTESA (Cooperación Técnica y Estudios Aplicados), que era organización de voluntariado ligado a la Prelatura de Aiquile. Nació el 22 de mayo de 1983, con la presidencia institucional del Obispo de Aiquile Mons. Jacinto Eccher y con la dirección del P. Lorenzo Calzavarini. COTESA confeccionó el programa de intervención hasta en sus mínimos particulares y lo presentó al gobierno italiano, que lo aprobó en agosto de 1987, encargando a COOPI como contraparte italiana para su ejecución. COTESA era la contraparte boliviana. La estructura jurídica resultaba ser: acuerdo entre gobierno boliviano y gobierno italiano. Los dos gobiernos obraban a través de las instituciones técnicas de COOPI para Italia y COTESA para la Prelatura (Bolivia). Pero el 2 de febrero de 1987, en Aiquile se ordenaba el nuevo  obispo en la persona del P. Adalberto Rosat. Por límite de edad, el obispo Mons. Jacinto Eccher dejó la conducción de la Prelatura. “La verdad que duele” fue que el nuevo prelado, en su discurso de presentación no expresó ningún agradecimiento específico para Mons. Jacinto Eccher ni en general para los frailes franciscanos, que habían sido lo constructores de aquella realidad eclesial y que representaban la totalidad de los sacerdotes de las varias parroquias.

De lo dicho al hecho. Mons. Rosat interrumpió toda organización comunitaria y relacional entre los actores eclesiales (infraestructura eclesial y eclesiástica). También COTESA fue anulada e inició la cuesta abajo de la destrucción del proyecto, donde como únicos interlocutores (hablaban entre sí), a nivel técnico y operativo, quedaban el prelado Rosat y COOPI. Después de la entrega de los despojos, anotados por el P. Anselmo, el P. Lorenzo (COTESA) hiso una auditoría sobre los resultados del proyectos, que publicó en el número 2 del boletín Noqanchej (Cochabamba, enero de 1992, edición en propio). Se reveló una bajísima realización en todos los sectores: agricultura 14%, artesanía 0%, educación 0%, salud 26%. La ayuda total, aprobada por el gobierno italiano era de 3.068.500 mil dólares, COOPI sólo gastó 1.285.700, dejando al descubierto la suma de 1. 782.800 dólares.

Sin embargo, conocimos (más tarde) la carta de COOPI al Ministro de Planeamiento y Coordinación del gobierno de Bolivia del 11 de septiembre de 1991, firmada por el representante de COOPI, don Hugo Magón, que revelaba datos insospechados: la ayuda del gobierno italiano había aumentado a 4.500.000 dólares americanos y la contraparte COTESA sustituida por una indescifrable cuanto inexistente “Sociedad franciscana”. Esta última era una fórmula que cementaba dos palabras con el más osado descaro: Mons. Rosat, no aparecía en el juego y, en su lugar -por la referencia a lo “franciscano”-, se aludía a la orden franciscana que, si bien presente en la Prelatura de Aiquile, nunca fue consultada en las decisiones y realizaciones del proyecto.  

Después del conocimiento de dicha carta, el P. Lorenzo envió la relación de Noqanchej al gobierno italiano. Vino a Bolivia una comisión para hablar con él en La Paz. Las acusaciones de la comisión eran directas a Mons. Rosat; y, sin respaldo del gobierno de Bolivia, no se pudo buscar más aclaraciones. También el P. Anselmo siguió en idas y venidas. Por ulteriores análisis de la vacuna antitetánica se fue hasta a Santiago de Chile, donde las autoridades de la Universidad Católica no quisieron comprometerse en el asunto. La respuesta definitiva vino del Instituto Pasteur,  el 7 de Julio de 1995, de Cochabamba: “todas las ampollas analizadas contienen la hormona del embarazo [anticonceptiva]; por tanto, la desconfianza contra la vacuna en general tiene fundamento.”       

¿Cómo entender la lucha del P. Anselmo?

La lógica de nuestro escrito evalúa el actuar del P. Anselmo así como resulta de su Diario… Otro lector del texto afirmó que esas páginas deberían integrar la formación pastoral de los candidatos al sacerdocio. La imagen podría ser la del Buen Pastor. Sin embargo, en el caso nuestro no se trata de buscar la oveja perdida alejándonos de las noventa y nueve. El problema es de todo el conjunto de todo el cuerpo eclesial. Defendernos de los corruptos en la sociedad moderna es entrar en el régimen de una dimensión diabólica, vestida de cien mil violencias. El juego se hace devastador también en la institución eclesial, cuando en ella no priman las exigencias del “bien común”.

El P. Anselmo aceptó los varios desafíos. ¿Una vida sin éxitos? Su fortaleza era hablar con los feligreses. En líneas anteriores hemos subrayado su capacidad de dialogar con la gente sencilla. En general, hombres y mujeres desahuciados por los acontecimientos violentos. Desde ellos recogía pensamientos para retirarse en la soledad de la capilla o bien, al terminar del día, mirar a las estrellas. Ese entendimiento directo, además de una vida enraizada en la Fe, no era posible sin un cultivo continuo de actitudes estéticas. El P. Anselmo es buen lector y buen músico. Las respuestas a las tristezas le venían muchas veces del correr de las notas en el tinglado de un pianoforte.

Más fundamental fue consolidar los espacios del ser Iglesia. El formar el coro parroquial para las liturgias, la preparación de las fiestas religiosas, la atención a los sufridos y la cercanía a las familias heridas por un difunto, son acciones que pueden combinar perfectamente con las duras decisiones de envolverse en los proyectos comunitarios.  Difícilmente podemos conjugar violencia y sentimientos de bien hacia los rostros, conocidos o no, que encontramos en nuestro camino. Volviendo a las distinciones conceptuales anteriormente anotadas, el obrar “con el pueblo” es tejer humanismo en las relaciones entre las personas. Las solas indicaciones de “para el pueblo” y “por el pueblo” podrían esconder voluntades de dominación. ¿Ha sido el P. Anselmo un desprovisto sociólogo? Afirmarlo sería justificarlo no como sembrador de esperanzas sino de instigador de guerra. Vencedor en lo primero y perdedor en lo segundo. Supo prever muchas situaciones y de allí el ahínco de sus determinaciones de vida. 

Tarija, 18 de marzo de 2009.

Lorenzo Calzavarini ofm
Director del Centro Eclesial de Documentación