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Centro Eclesial de Documentación

Convento Franciscano de Tarija

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SE FUE EL HERMANO, SE FUE EL AMIGO. Por Leonel Camacho Torres

Fray Lorenzo (Giuseppe) Calzavarini G. ofmEran mis años de estudiante en Italia. Una mañana de principios del verano, alguien golpeó la puerta de mi habitación en Via di San Giovanni in Laterano (Roma). Eran dos personajes que nunca antes había visto: Lorenzo Calzavarini y Leonardo Boff. ¿Cuál era el objetivo de su visita? Era que Lorenzo había decidido venir a Bolivia para trabajar en el Chaco; como no cabía en sí de alegría y, habiéndose enterado de que por allí vivía un boliviano y chaqueño, quería tomar un primer contacto personal con la gente que después habría de ser "su" gente.

Desde sus años jóvenes como estudiante de Teología había sentido una fuerte inclinación por las misiones franciscanas en el Chaco boliviano, donde muchos religiosos italianos habían trabajado y dejado por escrito sus vibrantes experiencias entre los indígenas chiriguanos, tobas, matacos, tapietes, etc. La figura que capturó el alma de Lorenzo fue definitivamente la del P. Doroteo Giannecchini, de cuya familia sólo quedaban tres sobrinos en Pascoso (Pistoia). Calzavarini se vino a Bolivia con algunos libros y una alforja cargada de ilusiones que el tiempo se encargó de hacerlas realidad; aunque no todas, porque, como se dice en jerga chaqueña, aún le quedaba "mucho tiento que cortar", de no haberse interpuesto esa silenciosa enfermedad que acabó con su vida el pasado 9 de febrero.

Su paso por la Universidad Mayor de San Simón fue como el de un buen sembrador que va abriendo surcos inclusive en terrenos áridos y pedregosos. Los que él abrió fueron surcos profundos y en ellos echó semillas de verdadera amistad y de silenciosa evangelización que era su propia vida. En un ambiente académico hasta parecería impropio emplear espacios para difundir la Palabra; él jamás se avergonzó de lo que era, sacerdote, y, como buen cristiano, supo bautizar no solamente a las personas sino también a las cosas y circunstancias. Su lectura de la realidad boliviana era diáfana, imparcial y esclarecedora para nosotros los bolivianos que, muchas veces metidos en el problema hasta el cuello, no lográbamos ver la vastedad de la problemática. Al respecto, solía repetir: "No hay que preocuparse sólo de lo importante sino también de lo esencial; esa es la cuestión en la vida diaria y en los procesos de la investigación".

Desde el principio fue fiel a su compromiso con la suerte futura de Bolivia. Tanto fue así que sintió en carne propia el rechazo, la persecución y el exilio. Volvió a Italia no para refugiarse y buscar otros destinos, sino para dejar pasar un poco el tiempo y volver con nuevos bríos. En la Facultad de Ciencias Económicas y en la de Humanidades de la UMSS fue persistente en su afán de no encasillar la labor docente en un aula, unos horarios y algunas decenas de alumnos; casi perdiendo la paciencia le oímos decir muchas veces: "El buen docente tiene que ser al mismo tiempo investigador para no convertirse en una simple caja de resonancia".

La gota logró horadar la piedra y consiguió que en la Facultad de Humanidades se creara el Instituto de Investigaciones de Humanidades y Ciencias de la Educación. Pero las condiciones de infraestructura y recursos humanos y económicos no eran suficientes para responder al desafío. Las barreras burocráticas y los temores de imaginarias sombras al poder se encargaron de hacer que el trabajo de la investigación arrastrara pesadas cadenas. ¿Qué hacer habiendo ya agotado todos los recursos? ¿Una huelga como es la tradición? Sí, dijo él, pero una huelga diferente, sui géneris, no rompiendo candados, bloqueando calles ni tapiando oficinas, sino exponiendo los objetivos de la investigación científica, los trabajos en proceso y los resultados obtenidos. Y nos lanzamos. Allí estaban grandes investigadores y escritores que eran también miembros del Instituto, como Adolfo Cáceres Romero, Waldo Peña Cazas, Gaby Vallejo, José Antonio Rocha, Esther Balboa, Nelson Ferrufino. Lorenzo era el alma de todo, el cemento que daba consistencia al armazón. Sin embargo, la mezquindad humana es tan miserable que, finalmente, me confió: "Que reine el que quiera reinar; yo sólo quiero trabajar por Bolivia".

Después de jubilarse en la UMSS, prefirió dejar Cochabamba y dedicarse a lo que le venía como anillo al dedo. Con alma, vida y corazón realizó muchos trabajos para recuperar la memoria histórica revisando incunables, diarios de los misioneros y archivos, restaurar y conservar monumentos históricos, entre ellos el templo de Tolomosa, donde gozaba compartiendo con aquella gente sencilla, el templo de San Francisco, el museo de San Francisco, alimentando la biblioteca y ordenando los catálogos. Los superiores le encomendaron la creación del Centro Eclesial de Documentación, que es algo fascinante, con un buen equipo de colaboradores. Para ello viajaba mucho; si hoy estaba en Tarija, mañana podía estar, al volante de una vagoneta, en Villamontes, Chimeo, Tarairí, Macharetí, Boyuibe, Cuevo, Santa Rosa, Charagua, Lagunillas, o quizás en Sucre para trabajar con su entrañable amigo don Gunnar Mendoza en la Biblioteca Nacional, o en Potosí, arcano de la historia boliviana y centro importante del trabajo misionero. A pesar de las trabas burocráticas, salió adelante, no porque buscara aplausos o reconocimientos (de lo que prefería huir), sino porque estaba convencido de lo que hacia por la historia y por la cultura de nuestro pueblo.

Como persona era poseedor de un alto nivel de madurez y equilibrio; cuando reía lo hacía con una sonora carcajada, sincera y franca. Personalmente, jamás percibí en él una explosión de ira; si en caso extremo algo le desagradaba, prefería cerrar la boca con siete candados, mostraba una palidez de papel… y callaba. Buen antropólogo, rendía homenaje a la cultura del silencio. Como enseñó Jesús, su palabra era sí, cuando debía decir sí, y no cuando debía decir no. La verdad ante todo. En su análisis de las diversas situaciones fue siempre objetivo; detestaba "dorar la píldora" para agradar a alguien, aún a riesgo de salir perdiendo. Eso fue lo que le hizo probar la amarga hiel del exilio.

Como amigo fue un hombre leal. Conforme pasaban los años más disfrutaba conversando con los amigos; inclusive en su lecho de enfermo, como si estuviera seguro de que pronto volvería a engolfarse en su trabajo tarijeño, ya debilitadas sus fuerzas, no daba pausa a su pensamiento, alimentando proyectos, buscando soluciones, abriendo más espacios de reflexión. Toda visita nuestra era recibida con su permanente sonrisa. A pesar del dolor que llevábamos dentro al ver que el hermano se iba apagando poco a poco, esa serenidad suya era para nosotros una evangelización menuda (spicciola), sin palabras, que nos animaba a recibir todo, aún el dolor, como una muestra del amor de Dios.

Un día me atreví a decirle: "Lorenzo, creo que el Señor te ha colocado en el Huerto de los Olivos". Él, con su acostumbrada sencillez y humildad, me respondió: "Parece, pero habría sido mejor que me lo anunciara un poco antes". ¿Se estaba dando, tal vez, un tira y afloja entre él y Dios? Es que después del misterio de la vida viene necesariamente el misterio de la muerte, y cuesta aceptarlo. A pesar de todo, su incontenible deseo de volver a su Tarija le daba fuerzas para seguir esperando. La enfermera que le habría de acompañar ya le había preparado la maleta y sólo esperaba el visto bueno de su médico. Y se cumplió la frase bíblica: "El hombre propone y Dios dispone".

Por lo visto, estaba dispuesto que terminara su historia rodeado de los amigos con los que había comenzado su vida en Bolivia. Llanto, lágrimas, congoja, son los recursos que nos quedan para agradecer su amistad, pero seguramente lo que más le agradaría sería que siguiéramos sus pasos trabajando, sirviendo sin ambages a la Patria que le acogió y que él amó, sobre todo amando su historia, su cultura, sus sueños.

El erke y la caña callaron. Las chulupías enmudecieron. Las amancayas cubren el ataúd del hermano que se fue. ¡No esperábamos que fuera tan pronto!… Se adelantó el amigo dejándonos en llanto. Pero… es verdad que nos volveremos a ver, con otros cuerpos, con otras cajas sonoras.