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Centro Eclesial de Documentación

Convento Franciscano de Tarija

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LORENZO CALZAVARINI. IN MEMORIAM. Por Josep M. Barnadas.

Fray Lorenzo (Giuseppe) Calzavarini G. ofmLo conocí hacia el año 1974: tanto él como yo acabábamos de instalarnos en Cochabamba. Más adelante coincidimos ocasionalmente en el ISET; pero al margen del trabajo, con más o menos paréntesis mantuvimos el contacto. Debo confesar que me llamaron poderosamente la atención su 'italañol', que nunca superó del todo, y su jerga propia del sociólogo que era (entonces más que después).

Cuando el tiempo me permitió conocerlo mejor, pude descubrir una serie de disfunciones entre un fraile franciscano, formado en Lovaina y doctorado en Urbino, pero enfrascado en las realidades bolivianas y perteneciente a una orden religiosa. Pronto conocí alguno de sus primeros estudios (sobre la religiosidad urbana); en 1980 saltó al ruedo con su monografía sobre los Chiriguano del Chaco, mezcla de investigación histórica (guiada por Gunnar Mendoza en Sucre) y de disquisiciones sociológicas. Y sea dicho de paso que a Thierry Saignes (entonces, 'el' chiriguanólogo) nunca le cayó bien aquel estudio; y que sólo estos últimos años Lorenzo se atrevió a darle una siempre diáfana respuesta (que Saignes no pudo conocer, pues lleva dos décadas bajo tierra).

San Simón se convirtió en la cancha de trabajo de Lorenzo, cosa que nunca acabé de entender; pero él aguantó hasta jubilarse. En todo caso, el Calzavarini investigador que yo conozco no ha debido nada o muy poco al entramado universitario. Con el tiempo Calzavarini aprendió a manejar bien la maquinita que le permitía financiar sus proyectos. Primero, fue la guía de fuentes documentales y bibliográficas franciscanas en el Archivo y Biblioteca Nacionales (que sólo pudo aparecer en 1994). Después, la recatalogación del archivo y las bibliotecas franciscanas de Tarija. Finalmente, la imponente serie de siete magníficos volúmenes de documentación franciscana tarijeña sobre las misiones del Chaco. En todos esos emprendimientos se puede ver cómo el sociólogo iba dando el brazo a torcer ante el historiador.

Pero Lorenzo presentaba muchas otras facetas. Sobre todo las que iban íntimamente ligadas a su personalidad. Podríamos mencionar su sentido de la hospitalidad y del bon vivant de la Toscana; amigo y esclavo del café y del tabaco, pero que también hacía los honores a un buen vino o a un tallarín al dente. Más allá de esto, un devoto cultor de las artes: consumidor de la mejor música; impulsor y mecenas de artistas, personal buscador de la belleza. Y la hercúlea guerra mantenida a favor de cuanto se relacionara con la cultura dentro de su Orden franciscana, en la que cosechó victorias y logros, pero también tuvo que tragarse derrotas y frustraciones. Mantener su amistad exigía acompañarle en sus ajos y culebras de incorregible primario, que nunca pudo superar aquel peculiar gusto por los juicios parciales, desequilibrados, presentistas, en caliente, urgido de compartirlo con el amigo paciente, comprensivo y con suficiente entereza como para acabar haciéndole aceptar cuanto había dejado de tomar en consideración en su primer exabrupto. Y si para lograrlo era necesaria media hora o una hora de charla telefónica, esto para Lorenzo formaba parte de la maniobra.

Contado todo, Lorenzo vivió sus décadas bolivianas bajo un doble interrogante: ¿podía otorgar alguna utilidad para el país a su trabajo? ¿valía la pena dedicarle su vida? Ante estas preguntas, ni la dilatada charla podía darle, naturalmente, respuestas concluyentes o por lo menos tranquilizadoras. Son el enigma que nos acompaña a todos, hagamos lo que hagamos, dondequiera lo hagamos y de la forma que lo hagamos.

Estoy casi seguro que ha muerto sin haber eliminado aquellas inquietudes. Quisiera creer que, ante Dios, por fin ha podido encontrar una respuesta plenamente satisfactoria y convincente.