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Centro Eclesial de Documentación

Convento Franciscano de Tarija

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UN TARDÍO TRIBUTO DE RESPETO. Por Gaby Vallejo Canedo.

Fray Lorenzo (Giuseppe) Calzavarini G. ofm- No sé qué azar o designio hizo que nos conociéramos en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Humanidades. No sé si el Instituto existió antes de él. Tampoco sé si sobrevivió después de él. Fue un organismo universitario que se fortaleció con su presencia, que vivió una época de oro.

Nos puso a trabajar a un grupo de docentes universitarios y publicamos bajo su égida cuatro números de la Revista "RUNAYAY". José Antonio Rocha, Nelson Ferrufino, Adolfo Cáceres Romero y Esther Balboa, fuimos su equipo. La revista no sólo tenía reseñas bibliográficas, sino verdaderas investigaciones. Todas podían ser motivo de talleres, cursos, conferencias, También nos puso a trabajar difundiendo nuestros trabajos en la misma universidad y otras ciudades y universidades.

Gracias a su estímulo indagué en territorios que jamás había pisado: los juegos de niños de la comunidad de Molle molle-(Arani), los hábito culturales de los niños de Cochabamba, la literatura y la historia como registros de la explotación del ser humano.

Pudimos haber logrado más, pero otros poderes universitarios, apoyados en su tradicional falta de ética y llenos de celos, nos impidieron crecer. Hicimos una huelga de hambre – la primera y la única en mi vida – con los docentes del Instituto de Investigaciones de la Facultad de Humanidades, para defenderla de los abusos de poder. Ninguna huelga de hambre fue tan rica en alimento emocional: nos acompañó una exposición de pintura y fotografías organizada por Gonzalo Rivero en el mismo recinto de la huelga. Los poetas leyeron textos bellísimos escogidos para la ocasión, entre ellos el poeta belga Ives Fromen. Llegaron conjuntos musicales, escritores, periodistas, amigos de la misma universidad y de otros ámbitos. La Prensa dijo "Escritora y sacerdote se suman a la huelga de hambre de la UMSS". Fue una huelga por la dignidad, por la cultura, por la honestidad.

Tal vez aquella hazaña, fue uno de los golpes que le desgastó. Ganamos algo, perdimos otro tanto. Muy poco después Lorenzo se fue a Tarija, donde sé que realizó una enorme labor de investigación.

Tal como era de una talla gigante en la investigación, también era un niño. Leyó, con singular placer mi libro para niños "Juvenal Nina" y con mucha convicción me dijo que era "un libro de antropología andina para niños". Un regalo de un sabio para un libro para niños.

No fui digna de su enfermedad y muerte. Estuve ausente, en otras ciudades. Y cuando estuve en Cochabamba, no pude visitarlo. Una deuda inmensa me acompañará siempre que recuerde a Lorenzo, una deuda impagable, porque no existe lugar donde pagar cuando se trata de la muerte.

Va mi tardío tributo de respeto.