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CRÓNICAS INTERIORES

 
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ÍNDICE

1.- UN CUMPLIMIENTO: DIAS Y SUEÑOS
2.- FIESOLE 1962 - 1966
3.- "1968": PREGUNTAS Y RESPUESTAS
4.- DE FLORENCIA A POTOSI
5.- INTERMEZZO
6.- DESDE LA BOLIVIA PROFUNDA
7.- NUEVAS RIBERAS

 

UN CUMPLIMIENTO: DIAS Y SUEÑOS

A mis veinticinco años de vida franciscana, del pasado mantengo un recuerdo activo. Por tanto, no me detengo en las alegrías ni en las tristezas que han marcado parte de mis días; prefiero entretenerme en los momentos que fueron signados por la indecisión. Aquellos en que las razones de un "sí" o de un "no", si bien no tenían el mismo peso lógico, para mí encerraban el mismo valor existencial. En los ojos de los jóvenes aún puedo leer la capacidad de sopesar proyectos de vida distintos y detrás de su mirada, opaca y algunas veces irreverente, veo el movimiento del mar: abismos, el sobrepujarse de las olas y coordinación de fuerzas profundas con horizontes de superficies que no tienen fronteras; sólo son dibujados por juegos de luces, que cerca cortan las aguas y, en lontananza, se mezclan con el cielo.

Yo sé que el seminario o colegio seráfico no goza de muy buena opinión. Las razones de su incoherencia, hoy en día, son muchas. Sin embargo no hay que invertir la secuencia del tiempo. Pasé por esta experiencia, entonces necesaria por mil razones, a fin de que aquello que yo deseaba pudiera hacerse realidad. En aquel am­biente, la lógica de los hechos, más allá o más acá de los distan­ciamientos afectivos, de la lejanía con respecto a la practicidad de la vida y el dominio de una dimensión existencial juvenil -biológica, psicológica e intelectual- diseñaba los términos de una aventura humana que, en su idealidad, prefería lo cualitativo a lo cuan­titativo de las cosas. Más tarde, luego de haber salido desde hacía varios años de los lugares de formación, que eran prolongados rituales introductorios a la vida institucional franciscana, difíciles circunstancias de trabajo me llevaron a la camilla de un psiquiatra. No hubieron sorpresas. También los años de seminario habían tenido su propia terapia diaria. Me asistían psicólogos que se habían formado en la vida. Más que cientistas, aunque hombres de ciencia, eran sabios: Fray Camilo Bensi, imponiendo juego y dis­ciplina; Fray Vito Boddi, indicando un porvenir entre el estudio y la coherencia; Fray Fedele Casagli, aclarando un futuro sobre la base de un presente humanista y Fray Bruno Marcucci, insistiendo en la programación de los propios deseos dentro del insondable "deseo" que es el misterio de Dios en nosotros y en el mundo. El transcurso de los años impuso decisiones siempre más con­dicionantes. Y el momento actual es el fruto, directo e indirecto, de aquel pasado que había tenido su inicio en una intuición.

El horizonte de Bolivia se presentó en los últimos años de preparación al sacerdocio. La idea se fue desarrollando al leer las relaciones de trabajo que los padres de Florencia, sacerdotes en Bolivia, enviaban a sus superiores. Mas la decisión no fue ni rápida ni fácil. La justificación que presenté fue bastante insólita; en efec­to, no insistía tanto en los aspectos misioneros como en la dimensión eclesial. No cambiaba los términos del trabajo, pero sí sus razones y objetivos. ¿Por qué? Aunque sumergidos en los mis­mos días, las referencias a la vida, las mías y las de los superiores, eran diferentes. Los relatos de los antiguos misioneros eran para mí documentos que manifestaban otra forma de Cristianismo, y para ellos, sólidos en estudios teológicos y en la clasicidad greco­romana, eran testimonio de pobreza, de precariedad de Iglesia y, finalmente, vestigios de un pueblo con el que se debía convivir para anticipar los tiempos de bienestar material y espiritual. Las distancias mentales estaban, seguramente, determinadas por el Concilio que, para ellos, era un punto de llegada y, para nosotros los jóvenes, un punto de partida por- un camino eclesial diferente.

FIESOLE 1962 - 1966

Fiésole es un convento franciscano, arrellanado en una de las colinas que circundan a Florencia. Su composición arquitectónica, erigida al borde de un amplio bosque, demuestra cómo en la soledad se hallan siempre presentes las razones de la historia. La pequeña iglesia fue edificada sobre lo que fue un templo dedicado a los dioses romanos. En 1400 se había plasmado en sus al­rededores un pequeño convento, pobre y austero según los ideales de la reforma franciscana, guiada por San Bernardino de Siena. Su estilo es tan esencial que, abandonado después por la vida comu­nitaria y relegado sólo a la veneración de los turistas, impuso sus cánones de belleza a las edificaciones sucesivas. La luminosidad del arte florentino y del Renacimiento vive en el claustro de 1600. En 1900 fue construida la parte que se integra al panorama de la ciudad de Florencia. Alta y solemne, aquella fachada resulta incómoda en las líneas armónicas de la tradición ambiental de la región.

Entre los años 1960 y 1966, el convento de Fiésole estaba com­puesto por una nutrida fraternidad de profesores y estudiantes en disciplinas teológicas. En su interior se vivía el debate conciliar y, poco después de su conclusión, en 1966 llegaba para estar con nosotros Mons. Giovanni Benelli, que iniciaba el curso de ejer­cicios espirituales como preparación para su consagración epis­copal. (Después de la Nunciatura africana de Alto Volta, fue Sus­tituto en la Secretaría de Estado en el Vaticano, terminando, aún joven, sus días como Cardenal Arzobispo de Florencia y dedicado también a la atención de drogadictos). Se insertó en la vida de todos. Solamente pedía un privilegio: tomar una taza de té a las cinco de la tarde. Fui el encargado de preparárselo. Entretanto, el proyecto Bolivia había sido discutido por los superiores mayores, y su respuesta fue lacónica: En octubre de 1966 debía estar en Tarija y luego, desde allí, se concretaría un campo de trabajo en el Chaco. Pero llegué a Potosí el 22 de julio de 1973. La fecha diferente no representó un retraso en el tiempo, sino una pequeña revolución en la toma de decisiones en la Provincia Franciscana de Toscana.

El Concilio ya había roto con ciertas prácticas de autoridad y en aquel "aggiornamento" jugaron a mi favor la presencia de Mons. Giovanni y la fraternidad de Fiésole que, además de una sustan­ciosa ciencia, gozaba de atributos que la hacían, al mismo tiempo, italiana e internacional por los vínculos que algunos cohermanos mantenían con Egipto, Palestina, China y Bolivia. Egipto llevaba la ventaja. La ciencia, la vida austera y la venerable edad (tes­timoniada además por una larga barba blanca) hacían del P. Ambrogio el centro del respeto de los jóvenes. Había sido, por más de cuarenta años, profesor de filosofía teorética en Fiésole y en Ghiza (Egipto). Los frailes que tenían una edad superior a los 60 años habían sido sus alumnos. Durante los fríos días invernales yo preparaba bolsas de agua caliente al P. Ambrogio. Lo visitaba en su habitación y siempre lo encontraba en meditación o en lec­turas. Me las agradecía diciendo: "Dios te bendiga", sin alargarse en más palabras. Mi gratificación la recogía los sábados, día des­tinado a la limpieza general del convento. Entre el paso y repaso de la escoba leía los manuscritos del P. Ambrogio. El que más me interesó fue una elaboración de la teoría de Duns Scoto en la perspectiva de los últimos avances científicos. El título era: El Cristo Omega. Las ideas básicas de aquellas páginas anticipaban algunas líneas de la interpretación de Teilhard de Chardin. No contenía ninguna fecha; por las respuestas evasivas del autor puedo establecer que se trataba de antes de 1925. No se hizo nin­guna edición porque el P. Ambrogio había sido sindicado de modernista por la Curia Episcopal de Fiésole (en uno de sus "block notes" hacía referencia a la decisión de no escribir más sobre filosofía; en los años 50, - por orden de los superiores, retranscribió en varios volúmenes sus lecciones de clase).

Palestina estaba representada por el P. Baldi, que llegaba a Fiésole durante los meses de vacación de verano. Parco en palabras y en gestos, infundía respeto inclusive en su modo de andar. Su respuesta era "sí" o "no" y cuando estos monosílabos le eran im­posibles se enfrascaba en disquisiciones filo lógicas. Un día, paseando por el bosque, me reveló (aquel año había llegado con la intención de quedarse; mas luego, no soportó la separación de sus libros y de sus discípulos) la razón por la que había dejado Fiésole: también él, por sospechas de modernismo. En el refugio de Jerusalén fundó la Escuela Bíblica Franciscana, que fue y sigue siendo un centro muy importante para el estudio de los Textos Sagrados. El P. Lino Randellini, nuestro profesor de Sagrada Escritura, era el permanente enlace escolástico con Palestina. La amplitud de su saber iba de Hammurabi a la Iglesia Primitiva. Irónico y lleno de esa gracia toscana, era autoritario sobre todo entre las flores. En el invernadero se podían contemplar siempre bellísimas dalias. El P. Sebastián era para nosotros la China. Hombre de mando, la vida de convento le resultaba estrecha. Del pequeño museo que existía en Fiésole hizo un centro de cultura. Los jóvenes nos referíamos a él con el apelativo de "mandarín"; había asumido las facciones (los ojos rasgados), el comportamiento señorial, la intransigencia en las decisiones y un gran afecto a la historia de aquel pueblo. Escribió sus memorias, las editó y las comercializó entre los que visitaban el museo. Por eso el libro tuvo después sucesivas ediciones.

El substrato italiano era sólido en arte, pintura, literatura y en per­sonajes. Nos detendremos sólo en las preciosidades. Fray Clemen­tino, portero y sacristán, conviviendo con los pobres de la zona, llegó a la amistad con Albert Einstein y con su prima Margot, así como dialogó largamente con A. Camus, diálogos que el escritor nos ha trasmitido en su diario de viaje. En el pequeño claustro (uno de los cuatro), silente y humilde, una virgen de terracota con­templaba las flores y admiraba el incesante canto de la fuente. Era una obra de Margot Einstein, que había sido enviada para Fray Clementino desde California. El P. Odorico Caramelli era el músico, famoso por sus composiciones y por sus ejecuciones en órgano. En sus momentos libres prestaba atención, con mucha delicadeza, a numerosos canarios que eran la sorpresa de los turis­tas. El campo literario era el dominio de Fray Giuseppe Rossi. Entre los amigos, era simplemente Beppe: por obediencia, her­mano que salía a recoger lo que la gente ofrecía para el sustento de la fraternidad y, por su generosidad, el "factotum" del convento. El resultado de su preocupación eran sobre todo los libros: raros en sus ediciones, preciosos por sus versos y simpáticos por las his­torias florentinas. Era íntimo de poetas, escritores y pintores. Con estos atavíos llegó a Bolivia. Aquellos mismos amigos lo maltrataron y veneraron mediante cartas que llegaban a Potosí; y Beppe no se movió, conquistado por la dimensión telúrica del Al­tiplano de los Andes. Por su cultura teológica, el P. Samuel Olivieri era un hombre europeo. Hablaba corrientemente el francés, inglés, alemán y, por supuesto, el italiano. Locuaz acerca de temas escolásticos, por lo demás dialogaba sólo con sus muchos libros. Bolivia estaba presente a través de las cartas que llegaban de los hermanos, misioneros en el Chaco.

"1968": PREGUNTAS Y RESPUESTAS

El "68" estaba ya a las puertas. El ambiente conventual no preveía crisis generacionales. Estos datos, normalmente, eran percibidos como si fuesen "huracanes" y, por tanto, llevados -quizá demasiado apresuradamente- a procesos de solución burocrática que niegan, en los mismos orígenes, los presupuestos del diálogo que fomen­tan. Hasta entonces, los aspectos de la vida social eran asumidos sólo en esquemas de interpretación intelectual. El "68", sin embar­go, llegaba con una carga de idealidad que rompía precisamente la quietud burocrática y, por ello, de fácil receptividad en los contex­tos religiosos juveniles.

Un camino de "aggiornamento" se estaba gestando ya desde hacía algunos años en la misma comunidad. El P. Martino Morganti, profesor de Derecho Canónico, había roto con el reposado sabor de la ley escrita. Sus lecciones no eran explicaciones lógicas de los cánones, sino una nueva perspectiva de filosofía del derecho que se proyectaba en términos positivos para la acción. El que se le hubiese confiado más tarde la dirección de una revista de amplio espectro teórico, habría podido significar el camino que pudo transformar las divergencias. La Revista "Studi Francescani" (Es­tudios Franciscanos) le fue arrebatada alrededor de 1975 (yo me encontraba ya en Bolivia) luego de haber publicado espléndidas monografías sobre la vida franciscana y eclesial. Algunas posiciones que se proyectaban en ella serán asumidas después por la nueva legislación de la Orden (1987). El posterior desarrollo de la situación anotó momentos de sufrimiento comunitario, en que el P. Martino pagó personalmente la hostilidad. ¿Incomprensión o violencia ideológica del tradicionalismo religioso? Fiésole quedó estupefacta e in culpable. En efecto, no se hallaba preparada para reaccionar ante los aspectos agresivos del conflicto.

Antes de que aconteciera todo esto, yo seguía conversando con Mons. Giovanni Benelli. Su experiencia era extraordinaria: Fran­cia, Estados Unidos, Inglaterra, España, al servicio de nunciaturas y luego sacerdote lanzado a las luchas más profundas de la historia moderna de la Iglesia. A él le contaba mis diálogos con los supe­riores y, como buen diplomático, me enseñó que el tiempo precisaba coraje y paciencia. Mons. Giovanni me daba el secreto de su pedagogía; yo pasaba de las discusiones escolásticas de notas a pie de página a las grandes reflexiones de la sociología moderna.

Era un día de agosto. Mons. Giovanni me esperaba menos para el té y más por los resultados de las conversaciones con los supe­riores, que permanecían firmes en su decisión: Tarija -Octubre- ­1966. Se mostró disconforme con estos últimos y me animó a insistir sobre la decisión que habíamos tomado. Fiésole estuvo a la espera ... Sólo el P. Bruno juzgó que no era desobediencia, sino tenues luces de un ocaso que retrasaba el día y no invocaba la noche. Y el "misterio" debía ser vivido en consecuencia. Benelli hablaba con uno y con otro de la comunidad, en público y en privado. Había llegado la cálida diplomacia de Paulo VI y la bon­dad de Juan XXIII. ¡Pero a qué precio! Al dejarse traslucir mi desánimo, Don Giovanni -prefería que se lo llamara así-, me lo rebatió con un hecho de su vida. Dijo -y con sus gestos me hizo comprender que me obligaba al secreto-: "En 1948, inicio de mi experiencia con los sacerdotes obreros de Francia, desde Roma se me encargó estudiar dicha actividad. Durante ocho años viví con ellos y el informe que envié en forma secreta era mi aprobación ... y Roma dijo: iNO!". Me clavó los ojos y me lanzó las preguntas: "¿Qué habrías hecho? ¿Habrías gritado el escándalo, denunciando las demás fuentes de información, que seguramente las había?" Respondí con el silencio. El advirtió la decisión tomada y me habló prolongadamente acerca de la Iglesia en América Latina en general. Sin embargo, sobresalieron nombres de personajes y trayectorias colectivas: Mons. Helder Cámara, Lorscheider y la ex­periencia chilena. Concluyó afirmando que la Universidad de Lovaina era el mejor lugar de preparación.

Con aquella decisión me presenté a los superiores. La autoridad de Benelli fue un aval y ellos se reservaron la revisión periódica del proyecto global. Cada año, y luego de prolongadísimas conver­saciones, al concluir una etapa de estudios y de trabajo, yo seguía adelante. En Roma, me inscribí en el Antonianum para la Licen­ciatura en Teología en la sección de historia. Como tesis presenté un trabajo bibliográfico sobre el Chaco Boliviano (1967). Después vino la Licenciatura en Sociología con una tesis sobre el cambio social (1971), que era una teorización del trabajo de F. Houtart en América Latina. En Lovaina encontré a los primeros amigos de Bolivia y, en cuanto a los estudios, fue como me lo había predicho Mons. Benelli.

Como experiencia de vida, el ambiente universitario fue una encrucijada de caminos: senderos de Gracia y senderos de Pecado. Conocí, en los rostros ajenos, los signos de la muerte, la desesperación del no sentido de la existencia y la fatiga de los países emergentes, retranscrita en biografías juveniles. En el camino de los necesitados observé siempre la caridad del Buen Samaritano de los esposos Lucien y Hélene Morren. Dedicaban sus días a la atención de los estudiantes del Tercer Mundo y al Ecumenismo. Fue precisamente en aquella época en que recurrí a la ayuda de un psiquiatra; y recurrí a él cuando yo mismo, en la nebulosa suma de las tragedias, ya no podía reconocer la Gracia. Con respecto a los demás estudiantes tenía una ventaja a mi favor. Vivía en la fraternidad franciscana de Vlamingenstraat. Dentro de aquellos oscuros muros había otro e interesante mundo. El P. Van Breda era un especialista en Husserl. Fue quien, durante la destrucción de la guerra, salvó los manuscritos de este importante filósofo, transportándolos a lomo de mula, en sacos, hasta Lovaina. Sobre todo estaba viva la memoria del franciscano flamenco P. Tempels, misionero en el Zaire, que desafió la indiferencia oc­cidental dando categorías hermenéuticas al pensamiento indígena africano con el libro: " La Filosofía Bantu".

Después de mi tesis, con los profesores que habían colaborado en la preparación de los documentos de Medellín, concreté un trabajo boliviano: investigación antropológica y creación de un centro diaconal en Camiri; todo debía ser precedido por una labor "laical" en Italia: excluir todo tipo -de actividad inherente al sacer­docio para adquirir una experiencia de base. Vi a la Iglesia desde la otra orilla ... y los sacerdotes de Galliera Veneta me ayudaron a ser "laico", lejos de los asuntos clericales. P. Guido Manesso, P. Antonio y P. Giordano fueron mis hermanos en esta búsqueda de una nueva espiritualidad. Me resulta imposible ol­vidar a aquellas dos mujeres que prestaban servicios domésticos a los sacerdotes, a quienes el pueblo las llamaba "las Rosalías". En su fe popular captaron perfectamente mi proyecto (las había pues­to yo al corriente de él). Con ellas pasé de la gran liturgia conven­tual a la humildad de las plegarias que se desgranan de hora en hora y en las fatigas de cada día. Aquel período representó también la confrontación de mi ciencia universitaria con la prac­ticidad de la vida del obrero. Dos textos policopia dos son los tes­tigos de las discusiones, debates y estudios realizados con los jóvenes de la parroquia.

La Universidad de Urbino fue la recapitulación de mi preparación científica. Allí volví a vivir en un convento franciscano asistiendo a la facultad de Sociología y al Instituto Internacional de Lingüística y Semiótica, estudios que concluí en 1973. En la dulce ciudadela marquesana, la vitalidad del "68" había dados sus mejores resul­tados. En la fraternidad encontré a los amigos franciscanos de Roma. Volvimos a vivir juntos después de cinco años, cada uno con resultados científicos diferentes: filosofía, historia, liturgia, y con experiencias universitarias de Italia, Bélgica, Francia, Alemania. Y nos acogía un ambiente con frutos de coraje: el P. Adriano Gattucci en la comunidad franciscana y P. Italo Man­cini en el contexto más vasto de Urbino. P. Italo será desde en­tonces nuestro maestro y moderador para un "camino conjunto". En junio de 1973 partí hacia Bolivia. El recuerdo de las colinas, del arte, de los amigos y de una comunidad parroquial viva, me acompañaron en todo momento. Regresaba a ellos con cartas y con breves visitas cada cuatro o cinco años. Día tras día crecimos, en base a los presupuestos humanísticos de aquel tiempo, espiritual e intelectual, que constituyeron un agua saludable para todos.

DE FLORENCIA A POTOSI

Había estado ausente de Florencia desde 1966 y antes de embar­carme quise visitar los lugares de mi juventud: Giaccherino, San Rómolo, La Verna, Colleviti y Fiésole. A La Verna fui con unos amigos de Urbino, pasando primero por Sansepolcro, para con­templar algunos cuadros de Piero Della Francesca. La experiencia de Galliera, sin lugar a dudas, me había laicizado. En La Verna no busqué la sacralidad del lugar ni la solemnidad de la Misa Cantada en gregoriano; me perdí en el bosque y quise imprimir en mi mente el barranco rocoso de la capilla de los Estigmas. De entre mis hermanos franciscanos, me preocupé de encontrarme con el P. Bruno, quien de Fiésole había pasado a La Verna. Un apretón de manos, sonrisa con sonrisa, y aquel augurio que no se lo pro­nuncia sino que se dibuja con breves gestos y, de pronto, el desaparecer de uno y otro, en la penumbra de un largo corredor conventual. Finalmente, visité a Fray Camilo y Fray Vito. Fray Camilo, que era superior en San Francisco de Florencia, con un gran corazón, según su estilo improvisó una fiesta de despedida. Fue un gesto que agradecí mucho, tanto por el vino Chianti como por la gratuidad de acciones que significan respeto, benevolencia y fraternidad, si bien en la claridad de destinos distintos.

La sorpresa llegó después del Chianti -en los conventos había la costumbre antievangélica de presentar el mejor vino al final-. El P. Provincial me invitó a hablar con él, me sirvió un coñac y revol­viendo algunas cartas, comenzó a hacerme propuestas para posibles trabajos en Italia (añadiendo que las prácticas de viaje podían, ser retenidas sin graves daños económicos). Justificó, final­mente, esa expresión suya, advirtiéndome que la situación boliviana había empeorado, que entre los Padres se hablaba de mis ideas de izquierda ("comunista") y que en Camiri no era bien visto un proyecto de Centro Diaconal. Le hice recordar entonces que desde 1966 a 1973 habían sido años de preparación para Bolivia. No volvió sobre sus pasos argumentando que se podía ser sociólogo también en Italia. Comprendí su problema. Respetuosa­mente cubrí con un libro aquellas cartas y, por primera vez, consolé a un superior provincial que parecía llorar sobre mi suerte. Concluyó el coloquio con un "fiat voluntas tua". En Urbino, por el contrario, el adiós fue una vigilia cultural sobre el tema: ¿por qué una persona decide ir a Bolivia? Resonaron las opiniones y las sugerentes interpretaciones que insistían sobre todo en la pregun­ta: ¿por qué dejar Italia? Cerré personalmente la discusión y los ánimos se tranquilizaron. Conservo todavía en el recuerdo la ter­nura de aquellos rostros de padres, madres y amigos, que con­tinuaban firmes en las imágenes de la muerte del "Che" Guevara y confundidos por las noticias periodísticas que anunciaron que el Coronel Hugo Banzer había sido designado Presidente de Bolivia.

El último mes lo pasé con mis familiares, aunque también preocupado por los trámites burocráticos para el viaje. Por ello, las idas y venidas a Génova, sede del Consulado Boliviano, fueron frecuentes. Pero, aún sin tener la visa, jugaba a ser boliviano. Papá y mamá estaban preocupados por tantas dificultades y aprove­chaban todo momento de incertidumbre para decirme: ¿Por qué tienes que ir? Estaban sugestionados por la impresión que el mismo señor Cónsul dejaba traslucir. Bajo de estatura y duros lineamientos faciales, cavernosos por sus prominentes bigotes, tenía una extraña semejanza con una enorme y tosca fotografía del General Banzer. En la primera entrevista se entretuvo con mi título de sociólogo (era parte del contrato de trabajo con las Es­cuelas de Cristo de Potosí que aliviaba un tanto el costo del pasaje en barco). En la siguiente entrevista llevé conmigo también el título de Teología que no aminoró las impresiones precedentes. Volví a casa y me preparé para la última batalla. Logré neutralizar las insistencias de papá y mamá dejándolos en casa y me presenté solo al consulado.

La fotografía del General Banzer me pareció aún más fea. Retocada con tintes artificiales, parecía una oleografía del 800: un negro muy fuerte en todo el cuerpo que adquiría corte y relieve por los colores brillantes de la gorra y el cinturón de militar; el fondo era más bien rojo, quizá provocado por la luz que se expandía desde las dos banderas que pendían a los lados. De todos modos, esta vez el señor Cónsul parecía más tranquilo y con la intención de tratar me mejor. Quiso romper también las miradas que me ligaban al cuadro. Me informó que se trataba del General Banzer Suárez, Presidente de Bolivia. Acepté la información pero no me mostré muy de acuerdo con el significado de los gestos que me lo mostraban como a un "salvador". Persistí en mi curiosidad de establecer el grado de parentesco entre la fisonomía de quien me hablaba y la del cuadro que se magnificaba sobre su cabeza. Sin soluciones para aquello, salí con la sensación de que había tocado suelo boliviano. La visa estaba ya en mi maletín de viaje.

Me embarqué en Génova el 16 ó 18 de junio en el navío "Giuseppe Verdi". En el camarote tenía una gramática española y un dic­cionario. Las cajas, llenas de libros, estaban en los depósitos del barco. En los minutos previos a la partida, me despedí de mis padres y hermanos y asumí la actitud de pensar que, más que dejar Italia, me estaba acercando a Bolivia. Los pasajeros del barco eran, en su mayoría, provenientes de América Latina, lo cual 'rep­resentaba para mí una introducción a las informaciones. En Barcelona se unió al contingente Sor Eugenia, que desde aquel momento sería mi profesora del nuevo idioma. También desde Barcelona, fue mi compañía de mesa en el comedor una joven pareja sevillana. Eran músicos de cabaret. Con un dominio ex­traordinario de la guitarra se explayaban en canciones gitanas y cantos que proclamaban su antifranquismo. Tenían una sólida formación política y habían elegido a Venezuela como patria de su libertad. Con ellos conversaba en francés. Sor Eugenia, que había conseguido el doctorado en Física en la Universidad de Nueva York y ahora con destino a Colombia, más que el antifranquismo, declaraba su opción por los pobres de San Buenaventura.

Tuve que luchar contra el "anti-68", liderizado por un sacerdote jubilado que durante toda su vida había sido capellán militar. Dirigía torpemente a nivel ideológico a un nutrido grupo de sacer­dotes y religiosas. Sor Eugenia y yo representábamos la parte con­traria y resistíamos a los ataques. Eugenia había leído los primeros libros de Teología de la Liberación y dilucidaba espléndidamente las razones de la supuesta subversión. Pero no habríamos logrado balancear la violencia verbal sin la ayuda, taciturna y asidua, de los inmigrantes. Rostros retostados por el sol y con ropas des­coloridas, manifestaban en silencio una enorme energía interior para la lucha continua por el pan de cada día. Algunos dejaban en Italia a sus familias y el sufrimiento los hacía parcos y carentes de toda retórica.

En realidad, la nave era un mundo de amores, tristezas y receptáculo de vagabundos, cuyos límites eran las aguas. Por tanto, todo se vivía intensamente. Sólo de esta manera puedo hallar explicación a un bizarro amor que explotó unos días antes de que Sor Eugenia desembarcara. El pianista se negaba a alegrar una noche de fiesta si Sor Eugenia no le susurraba a los oídos la canción de "Granada". Ella correspondió a las insinuaciones explayándose inclusive en algunos pasos de danza. Los aplausos de los inmigrantes fueron la apoteosis de Sor Eugenia. También el pianista salió de su posesión imaginaria; se sumergió en la alegría de todos golpeando fuertemente las notas de una tarantela.

Después de las imágenes de una América Latina lujuriante en vegetación, ideas y contrastes de vida, llegué casi solitario a Arica. Allí el gobierno de Allende se manifestaba en confusión, in­moralidad funcionaria en el puerto y, sobre todo, desatención a los pobres. En la parte boliviana sucedía lo mismo. El tren se arrastró durante todo un día por los Andes. La tierra era escuálida, los cerros desnudos y vi poquísima gente que estaba de pie junto a casuchas de piedra, cubiertas de paja, pastoreando camélidos. Mi sorpresa fueron las llamas -nunca antes las había visto-, y el cielo de un azul profundo. Me parecía que me encontraba en otro mundo, muy lejano de aquél en que había vivido antes. Inclusive La Paz me pareció triste. Y sobre todo, demasiado fría. El hor­migueo de los pobres en la Plaza San Francisco, con una marcada presencia de policías, me hizo recordar con tristeza aquel desagradable cuadro del Consulado en Génova. Acompañado por el P. Cristiano, quien ya vivía desde hacía años en Bolivia, pasé a Potosí en un autobús de viaje nocturno. Previendo mi estado de ánimo, el Padre buscaba alguna forma para aligerar mis im­presiones con graciosas anécdotas y dando lógica a lo que se veía. Todo el trayecto fue de frío y de miedo: los barrancos, la carretera casi imperceptible en la oscuridad, pero siempre presente por los rebotes que provocaba y la nieve que hacía incierta la marcha, me causaron una crisis de nervios y fuertes dolores estomacales.

Llegamos a Potosí al rayar el alba. Todo me parecía irreal, excepto el cansancio. Nuevamente aquel hormigueo de pobres y de mineros que, en grupos, se dirigían hacía el Cerro Rico y el ruido ronco de los taxistas con sus vehículos de mínima seguridad y un rojo que teñía los oscuros rostros sin palabras, acabaron con la decisión de inhibirme de pensar en cualquier cosa o impresión. El P. Cristiano se encargó de las maletas y un taxi nos condujo hasta el convento de San Francisco.

Fui recibido por caras soñolientas y sólo el P. Sergio, que había sido mi profesor en el seminario, se alegró mucho por el encuentro y dio las soluciones del caso: mate de coca y el consejo de meterme a la cama. En su época, el P. Sergio Castelli había dejado en nosotros los jóvenes una imagen de bondad y sencillez de vida.

En las clases sorprendía por la claridad de sus exposiciones y por su elegante lenguaje italiano. En Potosí le descubrí otras virtudes: a sus 60 años jugaba al fútbol y dedicaba casi todo el día a los pobres. Se lo puede pintar fácilmente: de mediana estatura, muy delgado de contextura, con un hábito franciscano descolorido y humilde; el capuchón le envolvía el cuello colgando a cualquier parte y el cordón blanco marcaba una línea o demasiado baja o demasiado alta con respecto al lugar de la cintura. Envuelto en un amplio manto, esparcía en los corredores del convento un aura de silencio y de respeto. Su pasión era descubrir un motor que fun­cionase a aire. Una enorme cantidad de latas llenaba un cuarto del convento; más que una oficina de trabajo parecía un repostillo de cosas viejas. Tengo conocimiento de que los esfuerzos de antaño se han concretado en un observatorio astronómico, ubicado en una cúpula de la bellísima Iglesia de San Francisco.

INTERMEZZO

Por innumerables razones Potosí es el corazón, no real sino histórico, de la nacionalidad boliviana. La "Casa de la Moneda", en 1600 y 1700, hizo de esta ciudad la Wall Street de aquella época, porque allí se acuñaban monedas; las minas, las iglesias y el con­texto quechua, omnipresente en todo, son vestigios de un lejano pasado y de un tiempo más cercano a nosotros, inaceptables en su conformación sociológico-económica. Las impresiones eran desor­denadas y crueles, por tanto, más allá de un concepto de destrucción, quise recoger imágenes de una dignidad humana que persistió a aquella tragedia. Sus testimonios estaban allí, esculpidos en el portal de San Lorenzo, en la pintura religiosa de Melchor Pérez de Holguín, en los mantos dorados de la escuela de Lima, así como en los cuadros y esculturas de crucifixiones de la escuela potosina que son sufrimiento y resurrección esparcidos en altares, edificios públicos y conventos.

P. Sergio tomó la iniciativa de conducirme por las librerías. Volví a casa con mis primeras novelas de la literatura boliviana: Juan de la Rosa, Arguedas y la "Creación de la Pedagogía Nacional" de Franz Tamayo. Afirmando su oficio de "ecónomo" de la fraternidad, hizo unos retoques para darle un ambiente de estudio a mi habitación: amplia biblioteca, un sillón y una máquina de escribir. Sin embar­go, no eran esas las realidades con las que deseaba encontrarme. Los estudios me habían provisto de esquemas para la interpretación de la realidad boliviana y lo que quería comprobar no era precisamente cuánto sabía yo sino cuál era la verdad. En las habitaciones olvidadas del convento descubrí toda una tradición de metodología misionera que comenzaba en los ideogramas con los que se enseñaba las plegarias y verdades católicas. En el archivo encontré la documentación de primera mano respecto a contien­das del Altiplano y de los territorios orientales. Logré establecer una sucesión temporal de las insurrecciones chiriguanas que habían tenido lugar entre 1850 y 1892, año en que ocurrió la última. Eran relaciones que los mismos "conversores" enviaban a los superiores del Colegio de Propaganda Fide; de este modo vi las firmas originales de los Padres Piccinini, Martarelli, D'Ambrogi y De Nino. La dignidad de aquella lucha me pareció plastificada en los "rezadores" del mercado. Me acercaba a ellos mientras el Joven sacristán del convento me traducía sus murmullos; también los car­gadores me impresionaron por su capacidad de sufrimiento.

La caridad activa se manifestaba en las Escuelas de Cristo. La figura del P. Zampa, por esta razón, estaba presente en cada lugar. Sin duda, por su iniciativa se podía leer en la biblioteca, en edición original, las obras del socialismo francés así como las del sur­gimiento y desarrollo del pensamiento católico europeo en torno a la cuestión obrera. Aquella misma problemática fue enfrentada en Potosí en los presupuestos del programa global elaborado por el P. Zampa: el "Círculo Obrero de San José" para los mineros, las Es­cuelas de Cristo para los campesinos y un periódico "La Propagan­da" que quería ser la voz nacional de la Encíclica "Rerum Novarum". En el P. Landini, que había llegado con motivo de una condecoración y a quien yo conocía por primera vez, pude medir el esfuerzo titánico para continuar en la totalidad de las inten­ciones... Pero solamente las Escuelas lograron sobrevivir, muchas, y todas ellas entre los condenados de la tierra. Los testimonios suplementarios los pude recoger en los archivos de "La Moneda", en la biblioteca de Don Armando Alba y en los libros bien selec­cionados de Don Mario Chacón. El abogado C. Derpic me invitó para asistir en su oficina a la filigrana de las contradicciones de cada día.

En una dramática mañana del 10 de octubre, a las 10:00, aquella oficina fue invadida por un grupo de campesinos, sin militares y sin violencia, que conducían a un "comunario". En los pies y en los brazos de éste observé signos de lucha. El abogado impuso el orden. Siempre muy seguro en su actuar, controlaba solamente la puerta de la oficina que daba a la calle. Me dijo que al día siguiente me explicaría todo lo que estaba sucediendo. Tampoco el joven sacristán hablaba y retorné solo al convento. Lo volví a ver ya avanzada la tarde. ¿Por qué juzgar con nuestra ley actos que estaban encuadrados en otros esquemas de normas sociales? ¿Por qué un héroe de otra cultura puede convertirse en asesino en la nuestra? Durante la fiesta de San Miguel, aquella comunidad (per­sonas vestidas de ponchos negros, camisas de artesanía de un color que se acercaba al blanco, pantalones también negros y atados un poco debajo de la rodilla y una chaquetita con hileras de dibujos rojos en los bordes) actualiza en sus juegos el funcionamiento simbólico de sí misma. La complementariedad de los contrarios reproduce fertilidad; de este modo la comunidad expresa el deseo de su renovación futura entre "los de arriba" y "los de abajo". El juego era el tinku. Los representantes de ambas partes lucharon a favor de la colectividad. El saldo fue el destino de la muerte que no desnaturalizó las premisas. El Sr. Derpic dio una satisfacción judicial que cubrió con el silencio y que no entorpecía las normas de aquel juego.

Para conocer a la gente de la Iglesia dialogué principalmente con el Obispo de Potosí, Mons. Bernardo Fey. Su trayectoria sacerdo­tal me impresionó positivamente. Había sido educado en la cultura francesa y sabía relatar con expresiones simples el contexto potosino y boliviano en general. Fue un Obispo valiente en las proposiciones y prudente en la práctica. ¿De dónde fluía tanta prudencia? Precisamente del conjunto heterogéneo del cristianis­mo boliviano. No gustaba hablar en nombre de otros (en nuestro caso de los obispos); sin embargo, había sopesado los aspectos globales. Se podría afirmar que vivió el Concilio antes, durante y después. De él recuerdo el sobrevolar sobre hechos periféricos y fijarse en los elementos centrales del evento:

- Presencia de los laicos.
- Reestructuración ministerial.
- Inculturación del Cristianismo.

En esa perspectiva era animador de iniciativas poco estructura das entre ellas, pero que preparaban para más sólidas actuaciones pas­torales: la catequesis, la J.O.C. (Juventud Obrera Católica), grupos de reflexión universitaria, como también una nueva forma de en­tidad parroquial. Por ello la Parroquia de San Pedro estaba con­fiada a los sacerdotes de la OCSHA (Organización Sacerdotal de Ayuda Hispano-Americana). Estos últimos, expulsados de casi todo el territorio nacional, habían sido acogidos en la diócesis de Potosí, porque Mons. Fey era partidario del pluralismo. Padre Paco (Francisco) se ocupaba de la parte universitaria y de la J.O.C. Era todo un personaje: libros y más libros y una despiadada desatención de sí mismo; combatía el frío con mucho café y una gruesa chompa, que seguramente era parte de un plan quinquenal de vestuario. Los jóvenes se embebían de su claridad y sinceridad. A mi modo de ver, era demasiado directo y racional en la acción. Algunas veces nos encontrábamos en el Hogar Copacabana. Las muchachas del orfelinato nos rodeaban y Paco les hacía preguntas sobre la situación excluyendo cualquier atención a su alegría de vivir.

Cuando acompañé en jeep al P. Landini, que se hallaba en Potosí para la bien merecida condecoración, se presentó la ocasión de visitar la biblioteca, el archivo y a los hermanos del convento fran­ciscano de Tarija. Puse pie en la región de Bolivia que más conocía, aunque solamente por medio de libros. No tuve que corregir nada de los innumerables aspectos que había imaginado. Tarija es el polo opuesto de Potosí. Una ciudad situada a 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar, tiene un clima templado. Su pobla­ción es toda hispano-parlante ("castellana") y, sobre todo, la que ha tenido contactos continuos con el Chaco. Los profesores del colegio San Antonio improvisaron un día de campo que concluyó con un chapuzón en el río.

De esa manera conocí la psicología chapaca: bellas mujeres, amabilidad en los gestos de todos, un acento que dibujaba lo simpático de la vida y un gran afecto para con los padres francis­canos. En realidad, el convento había sido el impulsor de muchas iniciativas eclesiales y sociales. En todo ese efluvio de crecimiento y cambio de circunstancias, la iglesia, la biblioteca y el archivo habían mantenido una linealidad de intenciones. El devocionario católico me pareció un tanto "italiano" pero muy bien interiorizado. El P. Landini, El P. Coppedé y el P. Maldini eran los pilares de la historia misionera moderna. Fray José, encargado de la sacristía, de la bodega de vino, del refectorio y responsable de la atención a los huéspedes, estaba siempre atento para satisfacer mis curiosidades. Su bondad resplandecía en un rostro silencioso. Era originario de Potosí y lograba unir la altivez de su comportamiento con la amabilidad chapaca y había adquirido un "savoir faire", todo italiano, para la cocina. En cuanto a dimensión humanitaria y a reflexión crítica, registré ya desde los primeros días en Bolivia, muchos puntos a favor de las religiosas. Aunque la mayoría de origen extranjero, habían amalgamado características populares. Tanto en Potosí como en Tarija, su nombre resonaba entre las familias y entre los jóvenes. Estaban ocupadas en ministerios de Iglesia y también responsables de zonas enteras de pastoral.

Por el Chaco apunté las noticias que ya conocía. El nuevo Obispo era Mons. Juan Pellegrini que sucedía a Mons. Francisco Benedet­ti, quien había renunciado por límites de edad. A este último le debo el favor de haberme hecho llegar desde Italia algunos libros y, entre todas las fatigas de traslado, también un comentario: "Los misioneros ahora llegan con libros, antes se llegaba sólo con un poco de ropa". Aludía seguramente a la necesidad de la Iglesia del Chaco, donde él prefiguraba la imagen de sacerdotes dedicados más a una actividad multisectorial de base y menos a la formación intelectual. La frase, como pude yo mismo comprobar, fue dicha y repetida y no favoreció a la fama de misionero de quien moría de frío a los 4.000 metros de altura de Potosí.

DESDE LA BOLIVIA PROFUNDA

Al regresar a Potosí, con gran sorpresa mía, encontré a Fray Giuseppe Rossi que llegaba de Fiésole. Apareció con una alforja, de un negro reluciente que sobresalía sobre el marrón del hábito, y en los pies las tradicionales sandalias. Por el modo en que se presentó, su fisonomía manifestaba un nuevo proyecto de vida: ser franciscano en Bolivia. Entre las pocas cosas que traía consigo, había un regalo para mí: era la última edición de los "Canti Orfici" (Cantos Orficos) de Dino Campana, resultado de un congreso en Palazzo Vecchio de Florencia, organizado por Fray Giuseppe. En aquella alforja, pues, había también un poco de Mugello, territorio en el que Fray Giuseppe, por muchos años, había sido recolector de limosnas, además cuna de Giotto y del mismo Dino Campana: colinas ondulantes, una secuencia continua de verdes prados y ejemplo de sana vida campesina. La grandeza de Potosí le quedaba lejos en aquellos primeros días; le aprisionaban los recuerdos y las bellísimas cartas espirituales de los amigos florentinos: Bargellini, Conti, Prezzolini. Nuestros diálogos se realizaban en las calles llenas de calor, lo cual quiere decir después de las diez de la mañana y no más de las tres de la tarde. El resto del día y de la noche era un frío tremendo. Intercambiábamos impresiones que, dichas a tanta altura y en una atmósfera tan escasa de oxígeno, de cualquier forma daban en el blanco. Hablábamos de lo que dos religiosos, que se hallaban allí por vocación misionera, habrían querido entender, a fin de que su decisión pudiera gloriarse de una identidad diferente de aquello que había sido hasta entonces. Así se manifestaba tanto el doctor como el hermano lego.

Mientras Beppe aprendía el "castellano", yo había sido invitado, no sé a sugerencia de quién, para dictar la cátedra de Sociología del Desarrollo en la Universidad de Potosí. Acepté con sumo placer. Desarrollé las teorías correspondientes al tema y algunos capítulos del estudio que fue mi tesis para el doctorado en Italia. El Dr. Derpic, que había sido catedrático en la misma Universidad y expulsado por el golpe de 1971, me dio útiles consejos de prudencia y de necesaria ética profesoral. La problemática social se adhirió a mis huesos y, aún ahora, agradezco a aquellos estudiantes. A pesar de que no recuerdo sus nombres, tengo siempre presentes sus rostros. Quise descifrar, tenuemente, más que una Bolivia lanzada hacia el futuro, el sentido de su pasado. El etno-historiador francés Nathan Wachtel, que se encontraba allá con motivo de investigación en el archivo del convento, me regaló su libro "La visión des vaincus" (Ed. Gallimard, París, 1971). Fue una ocasión que se trasmutó en evento: otra interpretación de la historia que demostraba cómo los vencidos han logrado conquistar al conquistador. Con él bajé muchas veces al archivo y consolidé la metodología histórica. Ya no más cifras oficiales, sino lo informal, que quiere decir una economía de pueblo ligada a las obras de precariedad, que ponía en relación: horas de trabajo, costo de los productos básicos y valor de la moneda. Era esto lo que se requería para comprender los espacios de la pobreza. Reproché a la sociología el haberse sumergido en un darwinismo social que había hipostatizado por más de un siglo un mecanismo teórico marxista y anti-marxista.

Por la profundidad del pasado y por la inmensidad del presente, reflexioné (siempre con Fray Giuseppe) sobre las responsabilidades que nos tocaba asumir: ya no se trataba de responsabilidades por ocupar un territorio específico (en nuestro caso: las llanuras del Chaco y los pináculos de Potosí), sino el peso de una contralógica que tenía sus antecedentes en un contexto nacional. El Gral. Hugo Banzer Suárez, año tras año, se sucedía a sí mismo, no por razones militares sino por un esquema de Estado que hacía omnipresentes las armas, al servicio de razones ajenas.

Siempre me ha molestado el mucho hablar sin decir nada y la maraña de actuaciones que esconde el vacío existencial. Por esto, los dos religiosos, preparados y "empaquetados" desde Italia hacia Bolivia, experimentaban que, con un poco de buena voluntad, se habrían podido dedicar a cualquier cosa. Por el contrario, desde el Chaco se mantenía el silencio. En uno y otro caso, era necesario tomar conciencia de haber aprendido una teoría eclesial, inadecuada a las circunstancias que vivíamos. En su tiempo, por buena o mala suerte, fue bastante publicitada la expresión de que la obediencia ya no era una virtud. El reverso de la misma medalla era igualmente dramático: a fin de no aceptar un conjunto de innovaciones se permitía que el necesario diálogo fuera a la deriva. De ahí la sensación de vacío. Y descuidando lo necesario se impuso la lógica de lo útil, según los cálculos y balances, discutidos y rediscutidos con Beppe. En consecuencia, lo importante era superar la ideología de lo obvio que hacía hasta de un movimiento de hoja algo útil y, por ende, algo necesario. Para concluir, Beppe fue a la Dirección Nacional de las Escuelas de Cristo en La Paz y yo a Cochabamba, para convivir con jóvenes franciscanos que provenían desde las más diversas experiencias: Italia, Brasil, Austria, Colombia y Perú. Era el primer resultado positivo de la efervescencia interna de la organización franciscana, en la que se trataba de eliminar al menos las incongruencias pasadas. La creación de la Federación había conducido a la decisión de formar casas de estudio en Bolivia.

De la admiración a la tierra pasé a vivencias bolivianas. Mi fraternidad era el convento de San Francisco de Cochabamba. Aquellos jóvenes habían regresado gustosamente a su propia casa. El entusiasmo era admirable: trabajos domésticos, estudio y prefiguración de un destino común. El P. Luis Fernández, ya cargado de años y de experiencia, era nuestro vate. Fray Pascual, también de avanzada edad, era el hermano que hacía la colecta para la comunidad, mejorando nuestra economía con las limosnas que le daban en "La Cancha". Este último, de Pascual pasó rápidamente al nombre de Siripaka, por ser él originario de una pequeña aldea a orilla del lago Titicaca. Sus preocupaciones por los jóvenes, que le habían transformado en el abuelo de la casa, lo convertían a veces en el maestro de disciplina. La diferencia de edades, las imprevisibles actitudes frente a la vida y los proyectos de acción habían hecho de nuestra fraternidad un ambiente muy rico en iniciativas. Poco a poco, el avance de la organización global de la Federación hizo que estos jóvenes asumieran responsabilidades que no les eran propias. De lo interesante se volvió a lo obvio, que se proponía como necesario: la obediencia a las cosas contra la fidelidad a un proyecto. En algunas ocasiones encontré a muchos de ellos por los caminos de Bolivia. Un maestro inolvidable vivió por poco tiempo con ellos; una cruz lo recuerda en el Altiplano, entre Oruro y La Paz: era el P. Leo Eichensser.

En Cochabamba encontré las cenizas, aún calientes, de un trabajo eclesial que había sido realizado en años precedentes. El nombre de los sacerdotes de la OCSHA estaba siempre presente. Entre las opiniones, a veces contradictorias, reconocí que se había estado gestando una primavera. Por su forzoso alejamiento, el seminario de San José quedaba con pocos sacerdotes asistentes y, por aquella imagen, la configuración de un gran trabajo futuro. La generosidad y dedicación de los profesores del ISET (Instituto Superior de Estudios Teológicos) fue maravillosa para bien de los jóvenes. También se presentaron entre nosotros los términos de una aventura intelectual sobre la base de los documentos conciliares, que se convirtieron en algo propio de un momento eclesial boliviano: una teología con sabor de "La Cancha" y menos al estilo de la Plaza Principal, bella aún sin la presencia de las personas. Se estaba programando una pequeña revolución del pensamiento católico: la centralidad del estudio de la Palabra de Dios, la confrontación de ésta con la realidad, histórica y actual, y la consiguiente elaboración teológica en cuanto a Dogma y eticidad. Era un sacrosanto deber de los profesores una reunión semanal para preparar los cursos del siguiente semestre. Imagínense: profesores que estudian, elaboración de un contexto boliviano y diálogo cotidiano con los estudiantes. En mi vida, las virtudes teologales jamás habían tenido tanta realidad. En la fatiga intelectual de entonces, inclusive aquellos trabajos de preparación y elaboración de la tesis para el doctorado resultaron, como nunca, básicos para su continuación. Se podían especificar dos grandes intereses o líneas de estudio: las relaciones entre indigenismo y catolicismo popular y la persistencia de la "memoria colectiva" en lo conflictivo del pasado. Ambos temas exigían, más allá de una metodología histórica, sobre todo una teorización antropológica. Una vez organizado el esquema general de trabajo, era necesario afrontar por partes las respectivas problemáticas y organizar la fatiga cotidiana a largo plazo.

Todo este proyecto no habría dado frutos sin la constancia en el estudio, un lugar de problemática intelectual y un interés de fraternidad. Felizmente, por aquellas raras combinaciones de estrategia conventual, los tres espacios se hicieron presentes cuando dejé el Convento de San Francisco y pasé a vivir en la fraternidad de San Carlos. También la Universidad de San Simón de Cochabamba me ofreció la posibilidad de dedicarme, sobre todo, a la investigación. San Carlos era administrado en aquel tiempo por sacerdotes de origen trentino (de la ciudad de Trento) que, nuevos en la experiencia de Bolivia, afrontaban el trabajo misionero de acuerdo a las novedades conciliares. También ellos, gente de montaña, tenían algo en común con la dureza de los Andes y con la terquedad campesina para el trabajo. El P. Angelo Donati con experiencia de trabajo pastoral en Italia, sabía distinguir muy bien la paja del grano. Por tanto, el P. Valerio, el P. Luca y el P. Ángelo obraban según un programa discutido con los parroquianos que combinaba los diferentes aspectos de la vida. La vida de fraternidad se armonizaba con la presencia de los franciscanos, también originarios de Trento, que trabajaban en el campo. Efervescencia de ideas, realización de trabajos y juventud, mostraron el rostro de la Bolivia valluna. El Obispo de Aiquile, Mons. Jacinto Eccher, para manifestar su suerte de poder contar con sacerdotes llenos de vida y por el hecho de que las diferentes iniciativas iban tomando cuerpo, se había autodefinido como "director de tránsito". Más que una verdad expresaba una actitud franciscana; era tal el respeto por los hermanos, que de su rol de Obispo mantenía firme solamente esta idea directiva: las exigencias del pueblo son nuestro deber. Le llamaban el "Obispo Campesino ".

El I.E.S.E.(Instituto de Estudios Sociales y Económicos) me ofreció el ambiente intelectual. Eran los años cuando el compromiso político presuponía la dedicación al estudio. Contra los barbarismos de Norteamérica y de la clase dominante boliviana, se había consolidado la ideología de "ser del pueblo". Así, economistas, sociólogos y arquitectos, habían hecho de aquel centro de investigaciones un laboratorio para construir un lenguaje, más verdadero y más acorde con el proclamado "nacionalismo". Las tesis de grado alcanzaron un alto nivel de perfeccionamiento. En un primer momento se afrontaron temas de investigación aplicada y, en un segundo, los colaterales aspectos teóricos que dieron como resultado una conceptualización del contexto socio-económico de Cochabamba: ciudad y campo. Aquellos estudiantes pasaron luego a más grandes intereses de estudio en universidades bolivianas y extranjeras, así como en organizaciones internacionales. Mientras tanto, yo continuaba en la ampliación de mi tesis de grado sobre el Chaco. Así, todos los jueves, en autobús, llegaba a Sucre a trabajar en el Archivo y Biblioteca Nacional. Don Gunnar Mendoza, que era y continúa siendo su infatigable director, guió mis pasos. Fueron cuatro años de esfuerzo que pude coronar merced a la ayuda económica de la asociación "Intercambio Cultural Alemán -Latinoamericano" con sede en Münster.

NUEVAS RIBERAS

Por exigencias de la investigación tuve que recorrer por dos veces el territorio del Chaco. Todo quedaba ya muy lejos de las informaciones que había recabado de los libros. Los conflictos presentes habían hecho que quedaran en el olvido inclusive los nombres de los acontecimientos históricos y los chiriguanos estaban insertos en la nomenclatura de los pobres. En Tentayapi -la "tierra del fin del mundo"- los he visto en su especificidad originaria, pero también allí sepultados por la presión "civilizadora". Fijándome en su tragedia, a mi retorno a Cuevo, tuve una discusión acalorada con el P. Benardino Del Pace, que estaba en Bolivia desde hacía más de 30 años. El P. Benardino era una persona de buena formación científica. Después de haberse titulado en letras clásicas en la Universidad de Florencia, había llegado a Bolivia para ejercer de profesor en Potosí y desde allí pasó al Chaco.

Mi presencia y mis intereses lo devolvieron al espíritu científico y decidió gritar la rabia que había contenido por mucho tiempo: hacer conocer la documentación que testificaba la historia del pueblo guaraní en Bolivia. Editó, algunos años después, la crónica del P. Manuel Mingo, una crónica que se remonta a 1796. Discutiendo hasta las cuatro de la mañana, a la luz de la luna unos ratos y otros alumbrados por una vela, él bebiendo litros de leche para controlar una úlcera y yo otros líquidos muy distintos, festejamos en el claroscuro de aquella noche nuestros destinos de .vida guaraní y boliviana. También yo decidí mi dedicación a la cultura guaraní que planifiqué en tres libros: una parte introductoria, como lectura antropológica del choque entre civilizaciones en el Chaco; una parte histórica, para descifrar las particularidades de la "Nación Chiriguana" en el contexto colonial y republicano y una parte sociológica, que debía explicitar el sistema de relaciones guaraníes, pasadas y presentes, que los mantiene aún ligados a aquella cultura.

El golpe de García Meza de julio de 1980 me encontró en Cuevo. Por las noticias acerca de las represiones que se estaban llevando a cabo, retorné, rápida y silenciosamente, a Cochabamba. Junto con los amigos del IESE y otros más, fui expulsado de la Universidad, lo cual me permitió encerrarme, por necesidad y por virtud, en mi biblioteca para concluir el primer libro programado. Fr. Claudiano Turri y Fr. Adalberto Rosat, actual Obispo de Aiquile, fueron para mí una ayuda inconmensurable, así como el Prof. Adolfo Cáceres y el Lic. Jaime Vargas. Con el contrato de publicación ya firmado, me llegó la noticia del fallecimiento de mi padre. Las frecuentes llamadas telefónicas de mi familia insistían para que yo viajara a Italia, lo cual no fue posible por las circunstancias políticas de Bolivia: unos amigos me hicieron saber que mi nombre estaba en una "lista negra" y que, de ir a Italia, me sería negado el reingreso a Bolivia. Decidí cumplir mis deberes de hijo desde la distancia. La vida había sido poco generosa con mi padre. Siendo de extracción campesina y dado que el hijo mayor tomó el camino de sacerdote franciscano, pensó que solo no habría podido afrontar los trabajos agrícolas y decidió emigrar a la periferia de la ciudad. Aunque profundamente católico, jamás quiso entender mi decisión y, al verme partir en el barco hacia Bolivia, le salió aquello que había querido decirme mucho tiempo atrás: "Hijo, que vagas por el mundo, con tantos libros y sin mujeres que te atiendan".

El viaje a Italia tenía un sabor de refugio. Los militares perturbaban la tranquilidad de mi biblioteca y la vida se había hecho incómoda para mí y para los otros. Las cartas de mis familiares hacían ver que mi presencia habría aliviado el vacío que rodeaba a mi madre. Por un cálculo político, que atribuía a los militares la posibilidad de un gobierno de largo aliento, pensé buscar un trabajo en Italia. ¿Pero dónde? La Universidad de Urbino, mediante Don ítalo Mancini, me invitó a tomar una cátedra de etnología en el Instituto de Ciencias Religiosas. Jamás un afecto y aprecio se han demostrado tan verdaderos en el transcurso del tiempo. Los estudiantes fueron maravillosos; asimismo los amigos que, con su ternura, pensaban sustituir o complementar la distancia de Bolivia.

Conocí un nuevo modo de pensar europeo que se había hecho más planetario. P. Ìtalo era la convergencia de la reflexión que llegaba desde los países comunistas del Este y se había convertido en un "maître á penser". Silvia, Cino, Graziano, Vincenzo, Adriano, Delisio, Teresa, Giuliano y el grupo de "solidaridad" eran mi diaria compañía. Más que hermano de una comunidad franciscana me sentí hermano de todos ellos. Muy pronto las llamadas telefónicas y cartas desde Bolivia se hicieron insistentes sobre la posibilidad de regreso. Sólo aquellos compromisos de trabajo retrasaron los días. -Debo a la Universidad de San Simón, en la persona de su Rector, el Dr. Jorge Trigo Andia y en la del Decano de la Facultad de Economía, Lic. Roberto Valdivieso, el que se me hubiera allanado el camino. También la comunidad franciscana de Urbino había tomado el ritmo del mundo: Fr. Giacomo partía hacia el África y los que quedaban, a través nuestro, tomaban contacto con Bolivia y Burundi.

En aquel tiempo de añoranzas, escribí varios artículos sobre la Bolivia profunda: los Trinitarios y el carnaval de Oruro. Reconozco que la línea de los escritos era un tanto polémica respecto de la Iglesia Católica de Bolivia: ¿Por qué no se vinculaba, como había sucedido en el movimiento franciscano del 800 y 900, a los hechos de subversión? Mi pensamiento chocaba inclusive con los últimos sucesos que se habían dado en la preparación de Puebla. Valga recordar que la "Evangelii Nuntiandi" de Paulo VI debía ser el documento guía; una Iglesia misionera en el mundo entero: Italia, Francia, Bolivia, África... Yo había participado, como representante de Bolivia, en las reuniones preparatorias. En Bogotá observé el ausentismo de la Argentina que ya se encontraba en situación militar; la prudencia de Colombia, demasiado curial y sin sabor de pueblo; Chile, lanzado a una indescifrable contradicción; Venezuela, optimista por el petróleo y por la gestión presidencial de Carlos Andrés Pérez; Perú, Bolivia, Ecuador y Haití en los umbrales de una problemática que comenzaba con las situaciones indígenas. Por último, en la reunión de Buenos Aires, se transcribió todo a nivel dicotómico: ateísmo sí y ateísmo no. ¿Qué se puede pensar? En América Latina no existe ni existía una problemática de ateísmo: allí la Iglesia debía afrontar la dimensión de los ministerios para una nueva configuración institucional. Por desgracia, estaba ausente el jesuíta P. E. Rubianes de Ecuador; con él había compartido una perfecta sintonía de análisis en la etapa de Bogotá. Los temas que yo había confrontado en Urbino favorecían la dimensión popular del catolicismo en contra de la parte aristócrata.

Al regresar a Bolivia no fue fácil volverme a vincular con la nueva realidad. El proyecto guaraní no prosperó por no haber conseguido fondos para la investigación. J. Riester publicó, algunos años después, una valiosa documentación y los Padres Jesuitas de Charagua iniciaron una colección de temas muy actuales. Sin embargo, se abrió una perspectiva de trabajo con el P. Franco Valli, que residía en Cuevo. El era animador del Centro "Ñandeve", que significa el "nosotros inclusivo" en lengua guaraní. Sus objetivos eran hacer que emergieran una nueva conciencia cultural y un mejoramiento de las condiciones socio-económicas. Franco, también originario de Toscana con estudios en Fiésole, era un franciscano relativamente joven pero con grandes experiencias de vida. Durante ocho años había sido Director de las Escuelas de Cristo en Potosí e inmediatamente después pasó a Cuevo. Tenía el don de la autoridad. Los superiores de la Orden le confiaron una misión muy importante: visitar a los Padres Franciscanos que trabajaban en Centro América (Guatemala, El Salvador, Panamá, Nicaragua). Yo fui con él. Aquellas tierras estaban ya martirizadas por las guerrillas y por el imperialismo norteamericano. Vimos mártires y rostros de sufrimiento y en contrapartida, también pudimos palpar la caridad, silenciosa y humilde, de nuestros cohermanos. Pero Franco murió en una jornada lluviosa, en las aguas intempestivas de la "quebrada" de Macharetí. Quise recordarlo en la frescura de los años en que lo conocí profundamente y siempre vivo en su dedicación a los guaraníes. Por eso todavía no he visitado su tumba. En 1988 yo también fui enviado en una misión similar a la Argentina. Allí pude mesurar los crímenes de los gobiernos militares, sus consecuencias para los pobres y la relación directa entre vida religiosa y vicisitudes del pueblo.

La imagen de Franco se me presentó siempre emblemáticamente. La modernidad era para él unirse al destino de las personas indigentes, preparar una institucionalidad eclesial pobre entre los pobres y una relación directa entre el ser intelectual y el hombre de acción. El P. Francisco Focardi continúa en Cuevo la imagen operativa de los comienzos. Un primer resultado positivo es la solidaridad que se ha construido entre las diversas comunidades guaraníes, donde el sacerdote es tal por ser una persona "con autoridad" y no por gestión de un poder. Quizá no es apropiado aún escribir sobre una experiencia que, desde hace diez años, ocupa el tiempo libre de las tareas universitarias de un grupo de profesores de la Universidad de San Simón, quienes han puesto al servicio de los campesinos de Pasorapa y de Aiquile su capacidad científica. El concepto que los animó y los sigue animando es el del voluntariado. Para adquirir representatividad han creado COTESA (Cooperación Técnica y Estudios Aplicados). Los resultados están ya presentes. Que sean estos agrios o sabrosos, su bondad dependerá de la eticidad con que se los recibe.

Del recuerdo de mis días nace, para todos los amigos, la invitación a aceptar un misterio nuestro que una invocación de resurrección:

Muchas veces... He visto morir mi vida
cuando menos lo esperaba
y pensaba que podía ya estar llena.

Nadie descubrirá
aquellos momentos de cruz,
clavados sólo en mi carne.

Grité en el silencio
porque no quise vender
algo de mí mismo.

Pienso (siempre lo he pensado)
que la soledad de la vida
es aquella cruz que a todos nos crucifica.

Antes de concluir estas páginas, un cálido "gracias" a cuantos han compartido conmigo los bancos de clase en las casas de formación franciscana, ahora sacerdotes en Italia: Fray Vittorio Acciai y Fray Mauro Niquozíani. El 7 de octubre de 1989 nos hemos vuelto a encontrar los tres para una misa de agradecimiento en la Iglesia de Ognissanti de Florencia, desde donde habían partido muchos misioneros hacia Bolivia. Fray Vittorio esbozó para los participantes el destino de cada uno y concluyó: "Lorenzo dicta clases en la Universidad de Cochabamba; Mauro vive en Poggibonsi, donde recibe a los turistas y peregrinos que llegan para visitar el Santuario del Fundador de la Tercera Orden Franciscana y Fray Vittorio -el que habla- es párroco, por tanto es esposo de esta bellísima, sin embargo vieja "Iglesia". Entre lo serio y lo jocoso se asignaba una clausura a la etapa de los 25 años, sobre el presupuesto de que la vida seguiría adelante con sus sorpresas. Luego, visitando y admirando la soberbia Iglesia de Ognissanti, a pocos metros del presbiterio, me mostraron la tumba familiar de Americo Vespuccio. Sus carabelas fueron y volvieron y otras más salieron y volvieron. Su vaivén hizo que las costas se acercaran unas a otras y el mundo de los hombres fuera más grande. Amerigo Vespucci navegó, no para buscar oro, sino para conocer.

P. Lorenzo Calzavarini

San Carlos - Cochabamba, diciembre 1989.

* Calzavarini Lorenzo, Los Franciscanos en la hora de Bolivia , Ed. Arol, Cochabamba, Pág. 36-49. 1990.



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