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ENCYCLICAS O CARTAS CIRCULARES
DEL P. FRAYANTONIO COMAJUNCOSA (1794-1801)

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V. LAS ENCYCLICAS O CARTAS CIRCULARES DEL P. ANTONIO COMAJUNCOSA

El Papa Pío VI, con Breve de 13 de marzo de 1792, a petición del P. Comisario General de Indias, Fray Manuel María Trujillo , instituía la figura del Comisario Prefecto de Misiones. En ese tiempo la coordinación misional estaba cubierta con la denominación de “Presidente” o “Comisario”. Era más un cargo de necesidad que un oficio, contemplado en el derecho eclesial. Escribiendo en 1794, el P. Comajuncosa se expresaba a nivel de autoridad del Prefecto de Misiones, por lo cual define su correspondencia con los misioneros con el término de Encyclicas o Cartas circulares , que generaba una obligación canónica no más ligada a la sola obediencia al P. Guardián del Colegio de Propaganda Fide sino también, al Comisario Prefecto. Por tanto, la lectura de las cartas debe entenderse como parte de otro momento del régimen reduccional. Podemos pensar que la institucionalidad de tal cargo correspondía a una redefinición conclusiva del régimen reduccional, concebido como accionar autónomo en las regiones donde se daba su presencia.

Las Encyclicas son en sí, un documento muy importante en cuanto nos ofrecen una comprensión del momento franciscano entre los pueblos originarios, no como reflexión posterior sino en la inmediatez de la toma de decisiones, que muestran, a la vez, la interiorización de parte de todo el grupo misionero de los propósitos que se explicitan en cada una de ellas.

El P. Antonio, en la escritura de las mismas, se nos muestra como hombre de autoridad. En tal sentido hace presente su asunción al cargo y la hermenéutica de sus decisiones que tocan al campo de la vida espiritual como misioneros, de la organización reduccional y del caminar de ella en las situaciones políticas del momento. El nombramiento de Prefecto de las reducciones de la Frontera de Chuquisaca, de la Cordillera y del Sur, el 23 agosto de 1794, fue posible por estar afiliado al Colegio de Tarija. Desde La Plata escribió su primera carta el 16 de diciembre de 1794 y en enero de 1795 llegó a Tarija.

Autoridad y pedagogía misional

La primera carta es, en su brevedad, una obra maestra de relaciones entre la autoridad y los Padres conversores: presentación de las ideas guías del Prefecto de Misiones, actitud hacia los padres conversores y circularidad de compromisos entre gobierno y responsables de las reducciones. Anunciando la visita a todas las reducciones, les hace presente el haber ya hablado con el Presidente de la Audiencia de Charcas. Las noticias son de críticas hacia ellos. El problema está anunciado no como verdad sino como puntos a dialogarse y examinarse juntos. Anticipa la gravedad de la situación económica de las nuevas reducciones: no son otorgados los subsidios sinodales o al caso reducidos a 100 pesos de los 200 anteriores. Avisa también sobre las repercusiones de las denuncias de los Padres Conversores en los ambientes de autoridad: “sonaron muy mal en los oydos de los que tal vez ignoran la fuerza violenta de una necesidad extremada, la cual llegando a los términos de la desconfianza, perturba, altera, y hace que el que la padece se olvide de la prudencia, y moderación, de la paciencia, y aun de la bella crianza en que fue educado. Pero yo, que no ignoro lo que se padece en las reducciones, donde los padres conversores se ven precisados a abrir las manos para dar, y tenerlas siempre cerradas por no haber cosa que recibir, porque todos les piden, y nadie da, no puedo dexar de excusar los excesos, que se notaron en sus violentas producciones” . Insiste en que hay que hacer “de la necesidad virtud”, y que se debe siempre diagramar paz con caridad.

Pasamos a la encíclica segunda, escrita en Tarija el 4 de junio de 1795. Los lineamientos de su pensamiento se refieren a cómo deben comportarse los misioneros para favorecer la conversión de los infieles, fortalecer a los catecúmenos y llevar a la perfección cristiana a los que ya son radicados en la fe. Según los objetivos indicados, la carta está dividida en tres partes, que se mueven según los puntos que siguen. Recoge el testimonio del Apóstol San Pablo, por el cual la aceptación de la fe tiene un camino práctico que desde los oídos entra al corazón . La metodología debe siempre mantener una continuidad con los apóstoles que, por el don del Espíritu Santo, inmediatamente pudieron ser entendidos por diferentes lenguas. Este privilegio no ha sido concedido a nosotros pero queda la obligación de ponernos en sintonía lingüística con los oyentes, de otro modo “ellos serán bárbaros para nosotros y nosotros bárbaros para ellos” . El buen ejemplo debe revestirse de modales amables como testimonio del “vivir cristianamente”. Por la distancia intelectiva del paso de las tinieblas a la luz, la presentación de contenidos doctrinales debe atenerse a explicaciones simples y graduales en su posibilidad de comprensión y aceptación. En ese sentido, no se deben ofrecer súbitas representaciones que chocarían contra la imaginación del oyente: presentación del crucificado, para hacer entender que no son seguidores de un hombre “que fue digno de tan riguroso suplicio” . La propuesta pedagógica es proceder de lo visible a lo invisible para llegar a la comprensión de un Dios, que no castiga sino que es amor. Una vez que éstas “espantosas noticias” son entendidas, el corazón puede asumir los misterios escondidos; y ”suficientemente instruidos en los misterios de la fe, y obligaciones cristianas; ya no resta más que administrar el Bautismo, y agregarlos a la congregación de los fieles como verdaderos cristianos, discípulos de Jesús Cristo e hijos de la Iglesia” .

Para fomentar y conservar la fe en los neófitos es necesario comportarse como la madre que da leche buena a sus hijos. La vida es momento de decisiones: “precaver todos los peligros de la seducción… mantener la buena doctrina…, alejarse de las fábulas inútiles…asumir prácticas de penitencia (según lo previsto por la iglesia) y de caridad “y también pagasen ahora alguna cosa, la que debería distribuirse entre los más necesitados” . Tendrán cuidado en la comunicación con los malos cristianos y también con los que persisten en la gentilidad. La madurez en la fe se manifiesta en las relaciones del régimen reduccional, y éstos cristianos deben ser “honrados con los oficios públicos” : “reprender y castigar a los delincuentes, usando la “justicia con misericordia”. También deberán ser solícitos en las prácticas religiosas, en la vida sacramental y devocional. El saludo final de la carta está antecedido con el aviso de que no tengan los frailes dudas sobre “derechos y facultades” de “visitar corregir y gobernar esas reducciones sin dependencia alguna de este reverendo Padre Guardián y Venerable Discretorio” , que competen al P. Prefecto de Misiones según las Bulas Inocencianas; y les indica preparar a los fieles para recibir la confirmación.

La Encíclica sexta, escrita el 16 de enero de 1797, es la concreción de los propósitos para el conocimiento de la lengua guaraní. Entrega oficialmente a la padres conversores el diccionario y catecismo, escritos por el P. León de Santiago, que deberán copiar singularmente.

El franciscano: de misionero a conversor

La encíclica tercera, escrita el 9 de marzo de 1796 en Piray, es fundamental para la comprensión e interpretación del actuar franciscano entre los pueblos originarios y además en considerar aspectos de gobierno del régimen reduccional. La relación entre misionero y conversor se basa ante todo en la espiritualidad y el segundo en la responsabilidad de gobierno. La carta indicada es, asimismo, presentación de las conclusiones de la primera visita a todas las reducciones. Ante todo, la sorpresa: “Más con toda esta bondad (“buena conducta y buen ejemplo de los religiosos”) [Ib., pág. 27] hemos visto frustrados nuestros deseos: porque deseando administrar el Sacramento de la Confirmación a las catorce mil, doscientas, y veinte Almas, que pueblan las veinte Reducciones, hemos encontrado que ni la mitad eran cristianos, y cuánto nos hubiera servido de algún consuelo el haber confirmado a esta mitad, hemos sentido el dolor de ver que se quedaban de dos mil cuatrocientas sin recibir este Sacramento; lo que denota estar las misiones muy atrasadas, y no ser sus Ministros tan buenos como se nos ha asegurado” . De aquí las razones de los contenidos de la carta.

Ante todo, el misionero de Propaganda Fide, que está constituido para mantenerse “con espíritu y fervor en la edificación de los Fieles, en la conversión de los Bárbaros, en la salud de todas las Almas, y en la dilatación de la Santa, y universal Iglesia Romana;…así es que en todas las cosas nos manifestemos siempre como misioneros de Dios, como unos seguidores de los Apóstoles del Señor, como unos Profesores distinguidos de la más pura Observancia, como unos verdaderos Imitadores de los Santos de nuestra Orden, y como unos legítimos Hijos del espíritu y ardor de Nuestro Seráfico Patriarca” . Eso se adquiere con las obligaciones adquiridas en el sacerdocio, que nos hace discípulos del Señor. Como franciscanos seguirán en el régimen de pobreza y austeridad, asumiendo el sentir y el obrar, indicados en la Regla y las Constituciones de la Orden. El cultivar ese camino obliga a una perenne lectura de la vida de los Santos y de las crónicas misioneras. Tales rasgos de espiritualidad eran inculcados en los Colegios de España, que eran espacios de preparación para llegar al continente.

La segunda parte se refiere al “conversor”. El conversor es hombre de gobierno pero no será tal sin mantener la espiritualidad misionera. Por eso deberá vivir también un horario de oraciones y meditaciones y de prácticas devocionales, según el calendario vigente en el Colegio de Tarija. Mortificación y fuga del ocio permitirán ocupar los tiempos libres en conversaciones con los indios, leer o usar una honesta recreación. La comunicación con los seglares se hará en un ambiente establecido. La obligación es que nunca el Conversor debe abandonar la reducción y, si por necesidad debe ausentarse, deberá tener el permiso del Prefecto de Misiones. Otro aspecto de la forma de vida franciscana es la prohibición de “ir a caballo”. Al tiempo de San Francisco, andar a pie o a caballo era distinción de estamento entre pobre y rico (lo señorial). En el caso de los conversores, la obligación era asumir la condición de la mayoría de las personas de la reducción. El uso estaba restringido al solo caso de necesidad por las distancias u otras causas. También se debía mantener austeridad en el vestir ateniéndose a usar tejido de “sayal, o de otra ropa pobre conforme al estado” . Acerca del manejo de la pecunia, a falta de un síndico fiel (un laico, delegado por tal oficio), los conversores podían “recurrir a la pecunia, retenerla, manejarla, y gastarla para el socorro” de las misiones; en tal sentido, aun los sínodos no se reciben en forma de “pago” sino de limosna. Por la austeridad de vida se entiende también en el tipo de convivencia que los conversores deben tener entre sí y con el conjunto reduccional. Entre ellos, se indica la asunción de los oficios administrativos y religiosos de forma alternada. Ambos mantendrán relaciones amistosas con los principales, buen trato con todos.

Deberán estar siempre atentos a “que los indios se dediquen al trabajo, para que tengan de comer, y cómo vestir; no les permitan estar ociosos, pues tanto importa a su vida, salud, y conservación: hagan que siembren una chacra competente de maíz, y de lo que diere la tierra para el socorro de la Misión. Las estancias de ganado serán protegidas por capataces y vaqueros y habrá distribución de carne para los Padres, para los que trabajan en ellas y para los enfermos.” . La organización reduccional tenía sus autoridades en los fiscales, alcaldes y regidores con obligaciones de control del orden en general y de administración de la justicia. Las horas del día eran guiadas por las prácticas religiosas. La prohibición de dejar entrar españoles, mestizos y negros, se complementaba con que también las personas de la reducción no debían alejarse de la misma. La norma era mantener la identidad reduccional, la unidad económica y la fuerza del conjunto sociocultural. El uso lingüístico guiaba hacia un doble esquema de referencia: el guaraní y castellano. La escuela era el motor de todos los cambios culturales y sociales. En ellos se insertó una nueva concepción del tiempo, ahora marcado por las estaciones agrícolas; y más, por las fiestas religiosas. El concepto de administración incluía una rendición de cuentas en todos los aspectos: “ el libro de Cuentas, a más de estar con el mismo aseo, y curiosidad, se dividía en seis ramos distintos: en el primero se apuntará por años el Ganado Bacuno, Caballar, y Mular, que quedó del año antecedente, y el que hubiese entrado en aquel año; en el segundo, se apuntará en la misma conformidad el ganado lanar, y otro menor; en el tercero, se apuntará también por años, la entrada de frutos que dieron las chacras, como maíz, cumandas, arroz, algodón, y semejantes; e los efectos producidos de la industria, como cera labrada, azúcar, miel aguardiente, liencería, y otros que hubiere; en el cuarto se apuntará todo lo que ganaron los Padres Conversores como limosna de Misa, de Responsos, de Entierros de algunos forasteros, y lo que les entrare de limosna del Rey, ú otros Bienhechores; en el quinto, se apuntará los conchabos de capataces, peones, o otros que hubiese; y en el sexto, se apuntarán las deudas, a favor y en contra de la Misión, con separación” . Asimismo se cuidaba los libros de inventarios: uno para la casa e iglesia, y otro, para la hacienda. Las estadísticas poblacionales señalaban el estado civil, la edad, preparación en la doctrina cristiana, participación en los actos litúrgicos y a los sacramentos.

Tiempos de resabios entre conflictos más antiguos

Siete Encyclicas , que van desde el año de 1796 al de 1801, son comunicaciones a los padres conversores sobre correspondencia que el P. Prefecto ha recibido de alguna autoridad civil. Las anotamos con los subtítulos del mismo P. Antonio Comujoncosa:

  1. Encíclica cuarta: Dirigida a los Padres confesores de Cabezas, Piray, Florida y Abapó, para que, exortando a sus Indios, les apronten de lo necesario para entrar a las Misiones de adentro, y contener a aquellos Indios que se alzaron. Abapó, 24 de Marzo de 1796 .
  2. Encíclica quinta: Dirigida a los Padres de las Reducciones que se mencionan, para que administren el Sacramento de la Penitencia a los Soldados del Fuerte de San Carlos sito en Saypurú. Abapó, 21 de agosto de 1796.
  3. Encíclica quartadécima: Dirigida a todos los conversores, a quienes se previene la moderación, que deben guardar en el castigo de los indios, a cuyo efecto se les da noticia de la Real Provisión expedida a este intento, cuyo Auto se inserta. Tarija. 10 de septiembre de 1799.
  4. Encíclica dieciséis: Dirigida a todos los Padres Conversores, a quienes se buelve a prevenir la lenidad en el Castigo de los indios, por otro encargo de la Real Audiencia, y se manda observar siete Puntos. Abapó, 9 de agosto de 1801 .
  5. Encíclica diez y ocho: Dirigida a los Padres Conversores de las Misiones sitas en el Gobierno de Santa Cruz, para que reconozcan, reciban, y traten con honor el nuevo Comandante de San Carlos de Zaypurú, y guarden con él la mejor armonía . Abapó, 13 de enero de 1801.
  6. Encíclica vigésima: Sobre la extracción de Ganado de las Misiones de Piray, Florida, Cabezas, y Abapó para el socorro de las restauradas de Tacuaremboti, Ibuirapucuti, Pirití, y Parapetí. Zaypurú 13 de mayo de 1801.
  7. Encíclica veinte y dos: En que se notifica a todos los Padres Conversores, que por decisión del Discretorio debe invertirse en las Misiones, en que ellos viven. Azero 31 de mayo de 1801

Las noticias que se pueden colegir cubren el espacio de cinco años. En ellos sobrevinieron acontecimientos de insurrección, empezados en el año de 1796, desarrollados más dramáticamente en 1799, y terminados, el 5 de julio de 1.800. La fecha de 1801 es de la reconstrucción de las reducciones de Parapití, Obaíg, Pirití Igüirapucuti, Taquaremboti y Tapuitá. La primera carta nos informa que el comandante del fuerte de San Carlos, sito en Saypurú, pide y se le envíen indios flecheros de las misiones más al Norte para controlar la insurrección en las del Sur. La quinta es indicación de las discordias entre los padres conversores y los soldados de Saypurú. La cuartadécima es del año de 1799, cuando con más violencia sigue la sublevación, y se invita a los franciscanos a no imponer castigos a los indios. La carta dieciséis, está fechada al año de 1801, que es tiempo de aseveración de responsabilidades. En ella, los franciscanos son indicados culpables, directa e indirectamente, de la sublevación. La acusación está ligada al nombre de la india Tambora y sus hijos, de la reducción de Cabezas.

El P. Antonio Comajuncosa pone siete puntos de obligación a los frailes: 1) Ningún religioso castigue por sí mismo. 2) No se impondrá ningún castigo sin la “expresa orden” del Padre Conversor principal. 3) El castigo se podrá dar cuando el acusado haya recibido tres avisos y no quiera enmendarse. 4) En el acto del castigo ningún religioso mostrará hazaña, más bien operará para que la pena sea suave. 5) No se castigará a ningún “Bárbaro de la Infidelidad” y, en caso de daño recibido, se recurrirá al Comandante del Fuerte o al Prefecto de Misiones. 6) No se ejecutará públicamente el castigo de corte de cabello u otros, a mujeres; al caso, el castigo se realizará en la escuela de las muchachas, con intervención de la maestra u otra mujer. 7) Ningún religioso llevará armas; y en caso de necesitarlas, serán llevadas por el seglar que lo acompañare. Las otras cartas que hemos señalado, insisten en el respeto al comandante del fuerte y del traslado de ganado desde las reducciones del norte a las reconstruidas; en otra más se indica que lo sobrante de los sínodos debe ser revertido a la misión.

Los acontecimientos vislumbrados en las cartas, tienen una más amplia explicación en el libro Manifiesto… del P. Antonio Comajuncosa. Para tiempos de rendición de cuentas, queda desproporcionada la relación entre “castigo” y “sublevación”, ostentada por las autoridades coloniales. No se trata, evidentemente, de no buscar culpables, sino construir una argumentación para hacer entender otra; y la otra tiene el trasfondo de la polémica entre franciscanos y el Intendente y Gobernador Francisco de Viedma y demás autoridades, estacionadas en Santa Cruz de la Sierra. Las cartas del P. Antonio sobre el argumento se limitan a trasmitir “comunicaciones”, exhortando a los religiosos a mantener siempre un ideal de virtudes como misioneros y conversores. ¿Un nivel de prudencia frente a enemigo inconmensurablemente grande y escondido? La verdad de los hechos la redactará en el Manifiesto y en otra documentación, que enviará a las autoridades del Colegio y hasta el Virrey de Buenos Aires. Su explicación de los acontecimientos tiene la siguiente lógica.

Las reducciones, mayormente involucradas en la sublevación, son las de más reciente fundación, por la cual es posible encontrar debilidad de asunción de responsabilidades reduccionales; y además una verdad anterior. “… su fin principal, y tal vez único, que tuvieron para solicitar a admitir Misión, no fue otro que la seguridad de sus personas en el tiempo de guerra y las comodidades temporales que se disfrutan bajo la dirección de ministros caritativos”;… pidieron se le fundase misión, no para dar vida a sus Almas sino para matar el hambre que tenían en sus cuerpos”. Queda siempre, sin embargo, la fuerza de una cultura ancestral, muy presente en la reducción, por lo cual “la cabra siempre tira al monte” .

La reacción empieza en la reducción de Pirití, el 28 de febrero 1796. Los propósitos declarados son que “querían matar a los Padres y a los soldados de Zaypurú”. El Conversor, P. Rodríguez Carro, para silenciar a los opositores proclama que vendrían “los españoles, que precisamente los sujetarían y castigarían, si no se mantenían quietos”. El resultado es lo contrario: multiplican sus fuerzas y rápidamente en los meses se sublevan las reducciones de Obaíg, Igüirapucuti, Tacuaremboiti y después de Parapití, Tapuitá, Iti y Tayerenda, amenazando atacar también los pueblos de españoles de Sauces y La Laguna. La primera tentativa del P. Antonio Comajuncosa es la de enviar a Fray Francisco del Pilar. “Obedeció prontamente exponiendo su vida para el bien de la paz; pasó por todas ellas, exhortó a los Indios, los amonestó, los acarició, los regaló, pero después de todo esto escribió a dicho superior que los indios estaban muy malos, que no querían aplacarse y que no era libre de salir de la Misión de Pirití, porque sospechaban que les quería hacer traición. Frustrada esta diligencia no se presentaron otros recursos que pedir más tropas para resistir y castigar a los rebeldes” . Pero la sucesión más dramática de los acontecimientos se realiza en el año de 1799. Las misiones cercanas a la orilla del Parapetí, que permiten una fácil coordinación con los guaraníes del “monte” del lado de Charagua y Ingre, son atacadas por los sublevados. Se recurre a dos expediciones militares desde Santa Cruz, con flecheros, y nuevamente a los militares y por último aparece don Francisco Viedma con 2000 soldados. Con el castigo dado a algunos capitanes, los rebeldes se aquietan e inicia la campaña de la reconstrucción, muy solicitada por Viedma. A los Padres, encargados “no les dieron más que cuatro reses flaquísimas y un pan de sal a cada uno, los Indios que no habían sembrado no tenían un grano de maíz; aquel año no se les dio el sínodo acostumbrado ni otro socorro, hasta que saliendo de la expedición, les repartieron algunas reses y cuatro chucherías, de lo que participó también el dicho hermano Pilar; y con esto, lo dejaron en manos de la Providencia y de sus industrias” .

Ayudó sólo la caridad de los bienhechores y el ir de limosna en Potosí. “…el Comisario Prefecto de Misiones, que en esta revolución se hallaba haciendo misiones en las ciudades de Salta y Jujuy, al tener esta lamentable noticia caminando para Potosí, resolvióse a quedarse en esta Villa Imperial para predicar las ferias de la iglesia, que fue de los Padres de la Compañía de Jesús, y después de ellas, ir de puerta en puerta pidiendo limosna para las restauración de estas seis Misiones; y en estas diligencias, recogió 679 pesos y 2 reales, que juntos con el legado pío del dicho Señor Maestre Escuela (Dr. don Carlos de San Martín), ascendieron a 3.029 pesos 6 reales” .

Comajuncosa A., Encyclicas o cartas circulares…, T.A.F., pág. 10.
Ib., pág. 7.
Ib., pág. 11.
Ib., pág. 12.
Ib., pág. 14.
Ib., pág. 17.
Ib., pág. 20.
Ib., pág. 23.
Ib., pág. 26.
Ib., pág. 27.
Ib., pág. 28.
Ib., pág. 42.
Ib., pág.44.
Ib., pág. 49.
Ib., pág. 57.
Comajuncosa A., Manifiesto …, op. cit., págs. 242-243.
Op. cit., pág. 243.
Op. cit., pág. 250.
Op. cit., pág. 250.

 

 

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